¡Ay con los escoltas! Y no es tanto que lo protejan, sino lo que connotan. ¿Algo peor está sucediendo que no sepan los venezolanos? Lo decimos por el ministro Alà RodrÃguez. Siendo tan ponderado, ¿qué puede temer? ¿O acaso el equipo de seguridad se toma muy a pecho el trabajo? Hace dos fines de semana comÃa el ministro en un restaurant de La Candelaria. Léase que no es Altamira, ni la Castellana. Ni Las Mercedes. Y léase que el tiempo de cacerolear a un funcionario en un sitio público,  es clavo pasado. Los escoltas aparecieron con él, en el restaurant. Los escoltas casi lo ubicaron y por poco no le retiran la silla. A lo mejor alguno pensó en ponerle el babero. Y todo fue notorio, puesto que se trata de un local de seis mesas. Y los comensales son pocos, conocidos, habituales. De la polÃtica, la empresa, la farándula. Algún sibarita. Por lo general los escoltas se esfuman. No están y sà están. Nunca son tan obvios. A Pedro Tinoco lo cuidaban cuatro individuos, y nadie se percataba. No pasó en este caso. Porque la escolta entraba y salÃa del local. MedÃa el tiempo. ¿Terminó el ministro? ¿Cuánto falta? De suerte no preguntaban qué comÃa, o si comÃa mucho y podÃa perder la lÃnea. Y la encargada del restaurant y el menú sorprendida. Claro, si aquel lugar fueron habituales Rómulo Betancourt, Gonzalo Barrios, Carlos Andrés Pérez, y nunca fue asÃ. Jamás aquel pujo. Y  no habÃa terminado Alà RodrÃguez de almorzar, y los tipos que entraban y salÃan, hasta que ellas les dijo que mejor se q uedaban quietos, que lo dejaran comer tranquilo. Qué quieren en realidad. Entonces es cuando le informaron: debemos saber cuándo ha terminado para ubicar el carro oficial justo frente a la puerta. ¿Justo frente a la puerta? ¿Eso era todo? Y asà ocurrió. Asà sucedió. Terminó Alà y en consecuencia la parafernalia. El automóvil, la camioneta –todo blindado, se supone-las dos motos. Por favor. Entretanto, Alà todavÃa se entretuvo treinta segundos para saludar ligeramente a Gustavo Tarre que estaba allÃ. Ya sabes dónde encontrarme, le dice el Ministro. Y luego la puerta. Y él, tragado, desaparecido entre brazos, manos, logÃstica, vehÃculos, del operativo. Allá va AlÃ. Qué caravana la del comandante Fausto, la del ex-guerrillero. El ministro de Electricidad. Con una escolta muy eléctrica. ¿Qué temen? Y qu&eacu te; tiempos aquellos en que Chávez decÃa: nada de escoltas. Eso es lujo. Eso no va con la revolución.
¡Ay con los escoltas! Y no es tanto que lo protejan, sino lo que connotan. ¿Algo peor está sucediendo que no sepan los venezolanos? Lo decimos por el ministro Alà RodrÃguez. Siendo tan ponderado, ¿qué puede temer? ¿O acaso el equipo de seguridad se toma muy a pecho el trabajo? Hace dos fines de semana comÃa el ministro en un restaurant de La Candelaria. Léase que no es Altamira, ni la Castellana. Ni Las Mercedes. Y léase que el tiempo de cacerolear a un funcionario en un sitio público,  es clavo pasado. Los escoltas aparecieron con él, en el restaurant. Los escoltas casi lo ubicaron y por poco no le retiran la silla. A lo mejor alguno pensó en ponerle el babero. Y todo fue notorio, puesto que se trata de un local de seis mesas. Y los comensales son pocos, conocidos, habituales. De la polÃtica, la empresa, la farándula. Algún sibarita. Por lo general los escoltas se esfuman. No están y sà están. Nunca son tan obvios. A Pedro Tinoco lo cuidaban cuatro individuos, y nadie se percataba. No pasó en este caso. Porque la escolta entraba y salÃa del local. MedÃa el tiempo. ¿Terminó el ministro? ¿Cuánto falta? De suerte no preguntaban qué comÃa, o si comÃa mucho y podÃa perder la lÃnea. Y la encargada del restaurant y el menú sorprendida. Claro, si aquel lugar fueron habituales Rómulo Betancourt, Gonzalo Barrios, Carlos Andrés Pérez, y nunca fue asÃ. Jamás aquel pujo. Y  no habÃa terminado Alà RodrÃguez de almorzar, y los tipos que entraban y salÃan, hasta que ellas les dijo que mejor se q uedaban quietos, que lo dejaran comer tranquilo. Qué quieren en realidad. Entonces es cuando le informaron: debemos saber cuándo ha terminado para ubicar el carro oficial justo frente a la puerta. ¿Justo frente a la puerta? ¿Eso era todo? Y asà ocurrió. Asà sucedió. Terminó Alà y en consecuencia la parafernalia. El automóvil, la camioneta –todo blindado, se supone-las dos motos. Por favor. Entretanto, Alà todavÃa se entretuvo treinta segundos para saludar ligeramente a Gustavo Tarre que estaba allÃ. Ya sabes dónde encontrarme, le dice el Ministro. Y luego la puerta. Y él, tragado, desaparecido entre brazos, manos, logÃstica, vehÃculos, del operativo. Allá va AlÃ. Qué caravana la del comandante Fausto, la del ex-guerrillero. El ministro de Electricidad. Con una escolta muy eléctrica. ¿Qué temen? Y qu&eacu te; tiempos aquellos en que Chávez decÃa: nada de escoltas. Eso es lujo. Eso no va con la revolución.




