El descontento y malestar que estamos viviendo los venezolanos desde hace unos años y que se ha acrecentado en los últimos meses con los reiterados desaciertos económicos producto de la implantación de un modelo de estado socialista utópico fracasado en el mundo, ha generado la ola de protestas actuales que están comprometiendo la muy menguada gobernabilidad.
Ese malestar que, no dudo en afirmar, es un punto de encuentro de los venezolanos de todas las tendencias políticas y clases sociales, viene marcado por enormes frustraciones que han llenado el ambiente de desesperanza.
Son nuestros jóvenes quienes perciben que la situación del país los coloca en una situación de extrema preocupación ya que no avizoran en su futuro la certidumbre de contar con un país que les ofrezca oportunidades de desarrollo y por ende estabilidad.
Por ello han salido a la calle a denunciar su inconformidad llenándose el país de manifestaciones a las cuales se han sumado otros grupos etarios que exigen cambios de rumbo que permitan vivir en un país normal.
Aún cuando en situaciones extremas la naturaleza humana muestra sus mejores y peores atributos, pudiendo generarse de lado y lado actitudes radicales y primitivas, puedo afirmar que el clamor general es que sin violencia y por las vías civilizadas con que cuenta la sociedad se implementen las medidas necesarias para rectificar el rumbo del país, desviado por un accidente histórico que pretendió instaurar un sistema que tenía el sello del fracaso desde sus inicios.
Estos muchachos no quieren convertirse en una “generación saltada”, como magistralmente describió el escritor e intelectual cubano Leonardo Padura en reciente artículo, a su generación la cual en más de 30 años de trabajo, pasó por dos rectificaciones de errores, un perfeccionamiento empresarial y ahora va por el reordenamiento laboral para hoy resumir su lastimoso papel en: trabajar duro, demostrar lo aprendido y agradecer a la Revolución y a sus dirigentes. Esa generación saltada creció y envejeció, guiados por otra generación que enfrentó responsabilidades y aprendió y ganó experiencia ensayando en el pellejo de otros por el método de prueba y error. A esto es a lo que se niegan nuestros jóvenes. No quieren ser una generación perdida, sino por el contrario la generación que permita impulsar el cambio de rumbo indispensable.
El gobierno está obligado a cambiar para evitar ser cambiado por otro. Ese es su desafío.
Meses atrás comenté que se estaban gestando las condiciones para una tormenta perfecta: crisis económica devastadora, desgaste y frustración, desesperanza, desborde de la violencia -en todas sus manifestaciones física, verbal, sicológica- falta de orientación. Pareciera que si no hemos llegado a ese momento, estamos muy cerca.
Siempre existen las posibilidades de rectificación y la oportunidad está servida para ello.
Las protestas no buscan salir del gobierno, sino reclamar cambios indispensables para enfrentar y buscarle solución a los problemas que aquejan la población: inseguridad, desabastecimiento, deficientes servicios públicos, corrupción, falta de oportunidades, respeto de las instituciones, tolerancia a la diversidad y muchos otros. Los hechos siempre son tercos y desafían ideologías llegando a subvertir el orden preestablecido y la calle está hablando y hablando duro por lo que hay que escucharla.
Existe el talento y los mecanismos para iniciar los cambios por lo que veremos si existe la disposición para ello. Soy de la que ofrece siempre el beneficio de la duda ya que parto de la bonhomía del venezolano, por lo que veremos si la contundencia de los hechos y la sensatez del gobierno para sobrevivir permite generar los cambios indispensables.




