Suspenden venta de electrodomésticos en Los Próceres

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Largas colas y caos marcaron el jueves 6 y viernes 7 de noviembre las jornadas de venta del programa Mi Casa Bien Equipada. El Gobierno se vio obligado a mudar el operativo a los abastos Bicentenarios.

Jesús Alberto Yajure | @albertoyajure

Es viernes 7 de noviembre de 2014 por la noche y una multitud de casi 300 personas grita y jadea en una de las tribunas del paseo Los Próceres, que por estos días luce repleto de toldos en los que se venden productos de la cesta básica —incluyendo algunos de los ingredientes para la elaboración de hallacas y pernil a Bs. 80 por kilo—, ropa, calzado, teléfonos celulares, colchones, arepas rellenas, y productos de la estatal Lácteos Los Andes, casi desaparecidos de los anaqueles de supermercados. Hay colas por todos lados, gente que camina con bolsas repletas de harina de maíz y leche en polvo; camiones identificados con el logo de Mercal entran y salen, los despachadores mueven carretillas de aquí para allá mientras descargan mercancía.

El alboroto en un área donde hasta el miércoles 5 de noviembre se distribuyeron artículos de línea blanca es visible desde lejos. Un tumulto rodea a una mujer que está sentada en una silla y que apunta en hojas sueltas los datos de aquellos que aún permanecen en una cola: nombre, cédula y número de teléfono. Hay confusión, la gente que recién llega con perspectivas de acampar durante la noche pregunta qué sucede, cuál es el procedimiento, cuál es la fila, qué pasa si no tengo número en el brazo.

“Es que yo estoy llegando ahorita”, “¿La venta es aquí o en Plaza Venezuela?”. El despelote se acrecienta cuando —en medio de una discusión— una mujer vocifera: “¿Por qué se va a anotar tanta gente si aquí solo había 256 cuando se presentó el peo?”

 

De despelote en despelote

El caos y una trifulca (jueves 6 y mañana del 7 de noviembre) que dejó al menos dos personas heridas, provocaron que la suspensión en la venta de electrodomésticos del programa ‘Mi Casa Bien Equipada’, en el Paseo Los Próceres. En la cola de viernes por la noche, las personas esperan la entrega de números para comprar artefactos distribuidos por el Gobierno a precios subsidiados. Algunos cuentan que un hombre fue herido de una puñalada, mientras que, en otro incidente, una botella fue lanzada a la cabeza de un agente de la FANB, en los hechos que precedieron la suspensión de la venta como se estaba haciendo.

“La gente se salió de las tribunas, se cayeron a coñazos, había gritos y empujones. Eso fue horrible”, narra una mujer que, a las 7 pm ya llevaba más de cuatro horas en cola.  El cansancio de quienes tenían hasta dos días acampando en la calle ganó cuando un grupo se abalanzó y rompió el orden. Los episodios del jueves repitieron el viernes y obligaron a cambiar el procedimiento.

Esta información la confirma un funcionario de apellido Rodríguez: “Lo que sucede es que está llegando gente del interior del país. Son muchos los que necesitan comprar. Pero ha habido mucho desorden. Usted quizá tiene necesidad, pero hay también gente que está detrás de los equipos para revenderlos. Imagínese, una laptop aquí cuesta 8.300 bolívares cuando en la calle vale casi 40.000 mil”.

 

El rally militar

El funcionario también explica el procedimiento que operó hasta el miércoles 5 de noviembre: Se hacía una cola que daba acceso a un ticket o comprobante de cita. Después se debía acudir a la Academia Militar, donde se solicitaba el equipo que se deseaba comprar; luego había que hacer otra cola para pagar y —finalmente— retirar el electrodoméstico.

-¿Pero están vendiendo los productos o no?

-No, eso se tuvo que suspender por el problema que hubo ayer [jueves] y lo que pasó hoy [viernes]. Los electrodomésticos se van a vender desde ahora en el Bicentenario de Plaza Venezuela, respondió el funcionario trajeado de verde oliva.

Una mujer que camina por el paseo Los Próceres recuerda: “Lo que pasa es que aquí se formó una tángana, después vino la ministra (Isabel Delgado, de Comercio e Industria) y la gente se volvió como loca, la pitaron. Parecía como si la fueran a linchar. Por eso suspendieron la venta y ahora parece que sólo se hará en los Bicentenario”.

 

La página web del ministerio de Comercio mostraba ayer un banner que confirmaba el cambio de señas: las ventas de línea blanca se harían sólo en los Abastos Bicentenario, de Plaza Venezuela y Terrazas del Ávila, y a través de un sistema de citas. El funcionario militar recomendó: “Hay que tener paciencia, esto va a mermar porque el operativo será hasta el 25 de diciembre. En la Guaira hay 1.000 containers con mercancía traída de China”. Pero la gente no desiste.

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En la cola de viernes en la noche (7:40 PM), los ánimos se caldean. Una niña llora en brazos de su madre. La madre grita y pide a un joven de chaqueta negra, que hace las veces de organizador, que la incluya en la lista. Él responde: “mi amor, yo no tengo chapa del Gobierno”, aunque porta un marcador en la mano con el que raya números en los antebrazos de la gente. Otro joven de camisa a rayas se solidariza con la mujer y su hija e interviene: “Chamo, ellas están aquí desde ahora, pero todo el mundo se les ha coleado, anda con una carajita, anótala ahí, vale”.

Nada. A unos metros del lugar, una señora mayor pregunta a otro de los supuestos “organizadores” de la cola: “Hijo, dígame una cosa, sólo para saber… ¿Cuándo nos van a vender a los de la tercera edad? Aquí no hay prioridad para nosotros”. El hombre no responde, ni siquiera él lo sabe: “Señora, venga mañana a ver”. Otra mujer se desgañita: “Aquí hay que quedarse y dormir, ya yo tengo mi número. El que quiera chaca-chaca nueva tiene que joderse como nosotros”.

-¿Y para qué es esa lista?

-Esa es la lista que le van a dar a la ministra para que entreguen las citas, responde la señora de la chaca-chaca.

 

Número en el brazo

La resolución no tarda en llegar. Los líderes del grupo deciden que sólo los que tengan número en sus brazos hasta el 256 —los que estaban cuando se canceló la entrega de citas— serán incluidos en la lista que será entregada a la ministra. El resto deberá volver mañana y ver si puede acceder a la cita para compras.

Un hombre que esperaba junto a su esposa en la cola se desanima. La mujer entró y salió de la cola varias veces, cada vez pedía que le guardaran el puesto. “Ya vuelvo”. Cuando por fin desistieron, el señor dijo: “¡Nos vamos! Esto está muy mal organizado, cómo es posible que uno pierda horas aquí y ahora resulta que sólo van a anotar a 256 personas”.

A su lado, una muchacha celebraba a medias. Muestra en su brazo el número 116. Ella sí entrará en la lista. Sin embargo, no parece sentirse afortunada. Confiesa que no confía mucho en el sistema: “Yo tengo este número, estoy aquí desde ahora, pero es que mira, están anotando los datos en hojas de cuaderno. ¿Quién me asegura a mí que de verdad le van a dar esa lista a la ministra, que de verdad nos van a dar la cita?”.

Un par de familias abandonan la fila. De regreso, otro grupo se aglomera en torno a un oficial que aporta algunos datos. Repite: “Todo se hará en Plaza Venezuela”. Algunos lucen dispuestos, hasta que una muchacha les aplasta el entusiasmo: “¿Plaza Venezuela? Si esto aquí es un infierno, allá todo está peor, la cola llega a la fuente. Ni de vaina me voy yo pa’ allá”.

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Largas colas y caos marcaron el jueves 6 y viernes 7 de noviembre las jornadas de venta del programa Mi Casa Bien Equipada. El Gobierno se vio obligado a mudar el operativo a los abastos Bicentenarios.

Jesús Alberto Yajure | @albertoyajure

Es viernes 7 de noviembre de 2014 por la noche y una multitud de casi 300 personas grita y jadea en una de las tribunas del paseo Los Próceres, que por estos días luce repleto de toldos en los que se venden productos de la cesta básica —incluyendo algunos de los ingredientes para la elaboración de hallacas y pernil a Bs. 80 por kilo—, ropa, calzado, teléfonos celulares, colchones, arepas rellenas, y productos de la estatal Lácteos Los Andes, casi desaparecidos de los anaqueles de supermercados. Hay colas por todos lados, gente que camina con bolsas repletas de harina de maíz y leche en polvo; camiones identificados con el logo de Mercal entran y salen, los despachadores mueven carretillas de aquí para allá mientras descargan mercancía.

El alboroto en un área donde hasta el miércoles 5 de noviembre se distribuyeron artículos de línea blanca es visible desde lejos. Un tumulto rodea a una mujer que está sentada en una silla y que apunta en hojas sueltas los datos de aquellos que aún permanecen en una cola: nombre, cédula y número de teléfono. Hay confusión, la gente que recién llega con perspectivas de acampar durante la noche pregunta qué sucede, cuál es el procedimiento, cuál es la fila, qué pasa si no tengo número en el brazo.

“Es que yo estoy llegando ahorita”, “¿La venta es aquí o en Plaza Venezuela?”. El despelote se acrecienta cuando —en medio de una discusión— una mujer vocifera: “¿Por qué se va a anotar tanta gente si aquí solo había 256 cuando se presentó el peo?”

 

De despelote en despelote

El caos y una trifulca (jueves 6 y mañana del 7 de noviembre) que dejó al menos dos personas heridas, provocaron que la suspensión en la venta de electrodomésticos del programa ‘Mi Casa Bien Equipada’, en el Paseo Los Próceres. En la cola de viernes por la noche, las personas esperan la entrega de números para comprar artefactos distribuidos por el Gobierno a precios subsidiados. Algunos cuentan que un hombre fue herido de una puñalada, mientras que, en otro incidente, una botella fue lanzada a la cabeza de un agente de la FANB, en los hechos que precedieron la suspensión de la venta como se estaba haciendo.

“La gente se salió de las tribunas, se cayeron a coñazos, había gritos y empujones. Eso fue horrible”, narra una mujer que, a las 7 pm ya llevaba más de cuatro horas en cola.  El cansancio de quienes tenían hasta dos días acampando en la calle ganó cuando un grupo se abalanzó y rompió el orden. Los episodios del jueves repitieron el viernes y obligaron a cambiar el procedimiento.

Esta información la confirma un funcionario de apellido Rodríguez: “Lo que sucede es que está llegando gente del interior del país. Son muchos los que necesitan comprar. Pero ha habido mucho desorden. Usted quizá tiene necesidad, pero hay también gente que está detrás de los equipos para revenderlos. Imagínese, una laptop aquí cuesta 8.300 bolívares cuando en la calle vale casi 40.000 mil”.

 

El rally militar

El funcionario también explica el procedimiento que operó hasta el miércoles 5 de noviembre: Se hacía una cola que daba acceso a un ticket o comprobante de cita. Después se debía acudir a la Academia Militar, donde se solicitaba el equipo que se deseaba comprar; luego había que hacer otra cola para pagar y —finalmente— retirar el electrodoméstico.

-¿Pero están vendiendo los productos o no?

-No, eso se tuvo que suspender por el problema que hubo ayer [jueves] y lo que pasó hoy [viernes]. Los electrodomésticos se van a vender desde ahora en el Bicentenario de Plaza Venezuela, respondió el funcionario trajeado de verde oliva.

Una mujer que camina por el paseo Los Próceres recuerda: “Lo que pasa es que aquí se formó una tángana, después vino la ministra (Isabel Delgado, de Comercio e Industria) y la gente se volvió como loca, la pitaron. Parecía como si la fueran a linchar. Por eso suspendieron la venta y ahora parece que sólo se hará en los Bicentenario”.

 

La página web del ministerio de Comercio mostraba ayer un banner que confirmaba el cambio de señas: las ventas de línea blanca se harían sólo en los Abastos Bicentenario, de Plaza Venezuela y Terrazas del Ávila, y a través de un sistema de citas. El funcionario militar recomendó: “Hay que tener paciencia, esto va a mermar porque el operativo será hasta el 25 de diciembre. En la Guaira hay 1.000 containers con mercancía traída de China”. Pero la gente no desiste.

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En la cola de viernes en la noche (7:40 PM), los ánimos se caldean. Una niña llora en brazos de su madre. La madre grita y pide a un joven de chaqueta negra, que hace las veces de organizador, que la incluya en la lista. Él responde: “mi amor, yo no tengo chapa del Gobierno”, aunque porta un marcador en la mano con el que raya números en los antebrazos de la gente. Otro joven de camisa a rayas se solidariza con la mujer y su hija e interviene: “Chamo, ellas están aquí desde ahora, pero todo el mundo se les ha coleado, anda con una carajita, anótala ahí, vale”.

Nada. A unos metros del lugar, una señora mayor pregunta a otro de los supuestos “organizadores” de la cola: “Hijo, dígame una cosa, sólo para saber… ¿Cuándo nos van a vender a los de la tercera edad? Aquí no hay prioridad para nosotros”. El hombre no responde, ni siquiera él lo sabe: “Señora, venga mañana a ver”. Otra mujer se desgañita: “Aquí hay que quedarse y dormir, ya yo tengo mi número. El que quiera chaca-chaca nueva tiene que joderse como nosotros”.

-¿Y para qué es esa lista?

-Esa es la lista que le van a dar a la ministra para que entreguen las citas, responde la señora de la chaca-chaca.

 

Número en el brazo

La resolución no tarda en llegar. Los líderes del grupo deciden que sólo los que tengan número en sus brazos hasta el 256 —los que estaban cuando se canceló la entrega de citas— serán incluidos en la lista que será entregada a la ministra. El resto deberá volver mañana y ver si puede acceder a la cita para compras.

Un hombre que esperaba junto a su esposa en la cola se desanima. La mujer entró y salió de la cola varias veces, cada vez pedía que le guardaran el puesto. “Ya vuelvo”. Cuando por fin desistieron, el señor dijo: “¡Nos vamos! Esto está muy mal organizado, cómo es posible que uno pierda horas aquí y ahora resulta que sólo van a anotar a 256 personas”.

A su lado, una muchacha celebraba a medias. Muestra en su brazo el número 116. Ella sí entrará en la lista. Sin embargo, no parece sentirse afortunada. Confiesa que no confía mucho en el sistema: “Yo tengo este número, estoy aquí desde ahora, pero es que mira, están anotando los datos en hojas de cuaderno. ¿Quién me asegura a mí que de verdad le van a dar esa lista a la ministra, que de verdad nos van a dar la cita?”.

Un par de familias abandonan la fila. De regreso, otro grupo se aglomera en torno a un oficial que aporta algunos datos. Repite: “Todo se hará en Plaza Venezuela”. Algunos lucen dispuestos, hasta que una muchacha les aplasta el entusiasmo: “¿Plaza Venezuela? Si esto aquí es un infierno, allá todo está peor, la cola llega a la fuente. Ni de vaina me voy yo pa’ allá”.

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.