(CRÓNICA) El libro de la selva, las Voces de Chernóbil, el terremoto de Guayaquil por @Bujandah - Runrun

(CRÓNICA) El libro de la selva, las Voces de Chernóbil, el terremoto de Guayaquil por @Bujandah

Sismo-Ecuador-dos.jpg

Héctor Bujanda | @Bujandah 

ESTAMOS BIEN. PUDIMOS NO ESTARLO. Quién sabe, al final el azar nos puso del lado de los salvados. Esta ciudad, desde que llegamos, nos coloca en unas situaciones…

El hecho es que ayer nos agarró el temblor minutos después de salir del cine del centro comercial San Marino. Vimos la nueva versión del Libro de la Selva. Estupenda, electrizante. Emiliano no dejó de guindarse a los brazos de la mamá durante toda la función. Sólo atinaba a decir, “qué pasó, mami, cuando va a venir el tigre”.

Se refería, por supuesto, a la atmósfera algo opresiva de la película -sobre todo para un niño de cuatro años- en la que uno pasa buena parte del tiempo esperando el combate final entre Shere Kan y Mowgli.

La cosas estaban tan calientes dentro del cine que hasta un globo que le habían regalado a Emiliano en una tienda explotó en medio de la función y él no sólo se asustó, se le mezcló todo con la historia de la selva y no sabía a quién culpar. Comenzó por mí, “fuiste tu, papá, destruiste el globo”. Después por mamá: “Lo rompiste”. Yo le decía, para calmarlo: “fue Shere Kan, Emiliano”. Con ese argumento logré cierta amnistía.

Salimos de la película y no teníamos a un hijo con nosotros sino a un Mowgli suelto en Guayaquil. Corría por el último nivel del centro comercial como un gato, a pesar de que tiene dos semanas con un yeso en el pie derecho. Este Mowgli, por supuesto, lo intentaba todo, pero se caía al suelo seguido, dada su limitación.

Al pasar frente a la librería del centro comercial pude observar en la vidriera que habían llegado de nuevo, después de meses de espera, los libros de Svetlana Alexiévich. Le dije a Tiziana que compráramos Voces de Chernóbil, había leído uno de sus monólogos (el de las lombrices, el manjar de las gallinas) y me había quedado sencillamente en el sitio.

Entramos y lo compramos. Emiliano empezó a agarrar mínimo en la sección infantil, donde vio varios libros a placer y en eso comenzó el temblor. La cosa me agarró cerca de otra madre y le pregunté “¿Está temblando, verdad?” Ella sonrío como si fuera natural lo que estaba pasando.

Y en verdad debía ser algo natural. Desde que llegamos a Guayaquil hemos sentido varios temblores y la gente habla con frecuencia de que esta ciudad se mueve, sobre todo durante el cambio de estaciones. Ese temblor, me dije, es parte del folclore. Tranquilo.

Pero el temblor no agarraba mínimo, más bien iba creciendo en fuerza. Cuando empezaron a volar los libros de las estanterías, Tiziana me grita desde donde estaba que agarre al muchacho, pero yo me había quedado atónito, no sabía hacia dónde correr. Lo alzó ella y salió de la librería hacia una columna grande que teníamos al frente del local. La seguí, pero no dejaba de pensar en cómo crujía la estructura, en lo alto que estábamos y en la posibilidad cierta de que todo se viniera abajo.

La vista que teníamos desde la columna era la entrada del cine que la oíamos rugir, llenarse de polvo y hasta caerse a pedazos. Lo admito, pensé en lo peor.

Cuando se calmó todo, Tiziana corrió con Emiliano en brazos hacia el otro extremo del nivel y nos conseguimos con una escalera salvadora. Por allí salimos del Centro Comercial, metidos en una corriente de pánico, y dejamos el cine hecho escombros. Yo le decía a Emliano, en plan del padre de La Vida es bella, que fue el mono, el que había destruido el cine.

Volvimos a casa en autobús, la ciudad se había quedado sin luz. Llevábamos con nosotros el libro de Alexiévich, que cuenta la historia de una catástrofe. Cosas raras que pasan en Guayaquil, me dije, con el libro y sus radiaciones en las manos.

Nos bajamos en la avenida y caminamos tres cuadras hacia la casa en una absoluta oscuridad. La selva y sus peligros volvían a resucitar en la mente de mi hijo. No paraba de hablar, de tejer sus propias conjeturas. Al final compuso su propia explicación de lo que había ocurrido y se la espetó a un vecino que estaba en la puerta de su casa y al que nos acercamos para pedirle amablemente una vela. “Fue el globo, yo no fui. Fue el globo, explotó y se cayó el techo del cine. Todo hizo pum”.

En medio de aquella oscuridad, conociendo por primera vez al vecino sin verle la cara, recibiendo una vela para defendernos, suena en la calle la melodía del camión de la basura. ¿Sabían que en Guayaquil el servicio del aseo se anuncia con una música que en Venezuela podríamos confundir con la del heladero? El camión pasó ante nosotros, sus trabajadores se bajaron, como lo hacen todos los días, a recoger las bolsas que dejan las casas sobre la acera.

El vecino le dijo a su mujer en ese momento: “La mejor prueba de que la vida sigue, ¿ah?”…

Tenía razón.

El libro de la Selva. Las voces de Chérnobil y su radiación letal sobre Guayaquil. El globo que había explotado.

El terremoto de 7.8 grados.

Pero allí estaba el camión de la basura recordándonos que la vida era y la vida continúa, a pesar de todo. Su música de heladero, lo confieso, no me había causado tanta alegría como anoche.

Nos abrazamos. La vida está viva, sigue siendo una crónica del futuro.

¡Qué viva el camión de la basura!

Enviar Comentarios



© Manapro Consultores

Enviar Comentarios