Crónica: El día que el bombardeo me dejó sin luz

La madrugada se quebró cerca de las 2:00 a.m. del 3 de enero de 2026. Primero fue la oscuridad súbita: el televisor murió en silencio, el ventilador exhaló su último soplo y el suroeste de Caracas —el que habito— quedó sumergido en una negrura espesa. No se trataba de uno de esos bajones habituales que se toleran como quien se acostumbra a una gotera. Treinta segundos después llegó el golpe. Un estruendo seco, prolongado, que partió el aire y confirmó el presagio: no era una falla, era algo mucho mayor. Así escuchamos la primera de muchas bombas que estremecieron a Caracas en el marco del operativo de captura del gobernante venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos.

El estallido arrastró consigo la memoria. Volvieron, como fantasmas mal dormidos, las intentonas golpistas del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992. Entonces yo vivía en San José del Ávila, cerca de las antenas de televisión bombardeadas. El recuerdo es difuso, agujereado por la infancia, pero el miedo no envejece. Esa sensación regresó intacta: las paredes parecen venirse encima, las ventanas amenazan con estallar, el vacío del susto corre por el cuerpo como una descarga y las piernas traicionan.

A ese primer impacto se le sumaron otros. No menos de diez explosiones registró el cerebro mientras el cuerpo actuaba por instinto: despertar a la familia, sacarla de los cuartos, refugiarnos en los baños, lejos de las ventanas que temblaban con cada estallido. La casa respiraba a sobresaltos.

Durante los últimos minutos de vida de los datos móviles, los teléfonos se convirtieron en pequeñas ventanas a lo que ocurría afuera. Los mensajes de familiares y amigos caían como escombros. “Se metieron, se metieron”, escribió un primo desde La Vega. “Acá en La Guaira está ardiendo el puerto y la meseta de Mamo”, avisó una amiga en un grupo de WhatsApp donde, apenas dos horas antes, hablábamos sobre el round robin del béisbol profesional. “En Guarenas solo oímos aviones, pasan muchos aviones y lo que creemos,son helicópteros”, dijo una prima. El país hablaba en susurros digitales, fragmentado, alarmado.

En la primera hora de encierro dentro de los baños escuchamos al menos tres explosiones más, espaciadas. Al fondo, el zumbido persistente de aviones y helicópteros estadounidenses componía el paisaje sonoro, interrumpido por alguna sirena —¿ambulancias?, ¿bomberos?— y una ráfaga de disparos. Solo una. Aterradora, precisamente por su soledad cuando todo lo demás calló.

Casi dos horas después del ataque, los datos móviles se extinguieron. Entonces, llegó el silencio verdadero: el del ambiente y el de los teléfonos mudos. Una calma tensa se posó sobre la madrugada, cubierta por completo de humo. El olor a quemado se colaba por las ventanas, raspaba la garganta, agravaba las molestias respiratorias. La incertidumbre crecía con la desconexión, con la sensación de estar desamparados, sin saber si quedarse era más seguro que huir.

 La mayoría de las emisoras radiales que sintonizamos a través de una radio portátil solo transmitían música, como si el país no estuviera siendo sacudido por una situación inédita. Ni noticias, ni balances, ni orientación. La censura y la autocensura —instrumentos aceitados para evitar represalias— se volvieron más evidentes en la madrugada del bombardeo. Desde 2003, según Espacio Público, más de 320 emisoras han sido cerradas por el gobierno; solo en 2025, 27 de esos cierres. Son voces apagadas que se extrañan, sobre todo cuando la emergencia exige información y solo devuelve melodías.

Las emisoras que comenzaron a transmitir información de última hora lo hacían siguiendo la narrativa oficial. Solo una parte de la historia se contaba. No había precisión sobre zonas bombardeadas, ni instrucciones precisas sobre dónde acudir en casos de emergencia, ni qué calles o sectores evitar. En esas estaciones progobierno el foco estaba en las reacciones del poder. Se leyó un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores denunciando los ataques estadounidenses, informando que Maduro había declarado “estado de conmoción exterior” y exhortando a los ciudadanos a sumarse a los planes de defensa nacional. Luego vino la declaración de la vicepresidenta Delcy Rodríguez, alertando al mundo de que Maduro había sido “secuestrado”. También sonaron los pronunciamientos de Diosdado Cabello y del ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López. El país escuchaba, pero no sabía.

El amanecer llegó escoltado por el canto insistente y confuso de guacamayas y guacharacas. Llegó la luz del día, pero no la electricidad. Sin energía, tampoco había agua: las bombas de los edificios no podían distribuir el líquido. La gente salió a aprovechar la claridad para abastecerse.

Los negocios cercanos donde se procesa y potabiliza agua no abrieron. Recorrimos varias zonas, hasta encontrar uno abierto en la zona del Cementerio. Allí, al menos 100 botellones aguardaban “en cola”. Cuando la fila creció, llegaron varios efectivos del Sebin: en motos, en una pickup, rostros cubiertos, armas visibles. Colocaron no menos de 30 botellones al inicio de la cola. Nos fuimos. Cuatro calles más allá logramos recargar. El botellón que suele costar trescientos bolívares tenía ahora una “tarifa especial por invasión”, como dijeron los manejadores del negocio: tres dólares.

Después, comenzó el recorrido en procura de comida. Panaderías y pequeños abastos cerrados. En una conocida red de supermercados, decenas de personas exigían la apertura. Desde adentro alegaban que la planta eléctrica no tenía capacidad para levantar el sistema. En los pocos comercios abiertos, solo aceptaban efectivo. En la avenida Victoria, mientras caminábamos, entró un SMS de un primo en Quinta Crespo –centro de Caracas-, también a oscuras: “Estamos bien, estaba sin pila, tuve que pagar mil bolívares para cargar la batería en la calle”.

Cerca de las 5:00 p.m. caminamos a una zona próxima a la autopista Valle-Coche para cazar señal telefónica y entender qué ocurría más allá de nuestras cuadras. Así supimos, por el relato del gobierno de Estados Unidos, los detalles de la operación y que Nicolás Maduro había sido llevado a Nueva York. A lo lejos, una de las instalaciones bombardeadas seguía ardiendo. No había información oficial sobre la causa del apagón. No fue sino hasta la tarde del 4 de enero cuando Corpoelec confirmó que dos subestaciones eléctricas habían sido atacadas y que diversas zonas de la capital, en las parroquias Caricuao, El Paraíso, San Pedro, El Valle, Coche, Catedral, Santa Teresa y Santa Rosalía, así como en Baruta, resultaron afectadas.

Regresamos a casa con la noche. Sin luz aún y con el temor de un nuevo ataque, luego de que Donald Trump anunciara que no descartaban una segunda actuación que, de llegar a suceder, nos encontraría en tinieblas, con pocas baterías y escasas reservas de agua.

Las velas de Navidad que hace pocos días iluminaron la cena de Año Nuevo alumbraron esta noche posinvasión. La mesa nuevamente se sirvió con hallacas recalentadas, no como signo de festejo sino “para que no se dañaran” en la nevera que se descongelaba. Y en lugar del ánimo festivo de tres jornadas atrás, había temor e incertidumbre. Otra noche larga de incomunicación se anunciaba. Y así fue.

No fue sino hasta las 9:30 de la mañana del 4 de enero, 31 horas después del bombardeo en Caracas, cuando el servicio eléctrico fue restituido, justo cuando planeábamos movernos a casa de familiares en la periferia. Entonces, retomamos un contacto más cercano con la realidad y comenzamos a digerir, lentamente, el peso de lo ocurrido.

Al cierre de esta crónica, a las 5:45 p.m. del 4 de enero, zonas de El Valle, Coche y El Cementerio permanecen sin luz. Esa fue también la “tarifa por invasión” que pagaron sus habitantes y quienes sufrimos apagones en medio del bombardeo a Caracas: oscuridad, incomunicación, tensión añadida y una vigilia forzada en medio de una jornada histórica.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Las velas de Navidad que hace pocos días iluminaron la cena de Año Nuevo alumbraron esta noche posinvasión
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La madrugada se quebró cerca de las 2:00 a.m. del 3 de enero de 2026. Primero fue la oscuridad súbita: el televisor murió en silencio, el ventilador exhaló su último soplo y el suroeste de Caracas —el que habito— quedó sumergido en una negrura espesa. No se trataba de uno de esos bajones habituales que se toleran como quien se acostumbra a una gotera. Treinta segundos después llegó el golpe. Un estruendo seco, prolongado, que partió el aire y confirmó el presagio: no era una falla, era algo mucho mayor. Así escuchamos la primera de muchas bombas que estremecieron a Caracas en el marco del operativo de captura del gobernante venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos.

El estallido arrastró consigo la memoria. Volvieron, como fantasmas mal dormidos, las intentonas golpistas del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992. Entonces yo vivía en San José del Ávila, cerca de las antenas de televisión bombardeadas. El recuerdo es difuso, agujereado por la infancia, pero el miedo no envejece. Esa sensación regresó intacta: las paredes parecen venirse encima, las ventanas amenazan con estallar, el vacío del susto corre por el cuerpo como una descarga y las piernas traicionan.

A ese primer impacto se le sumaron otros. No menos de diez explosiones registró el cerebro mientras el cuerpo actuaba por instinto: despertar a la familia, sacarla de los cuartos, refugiarnos en los baños, lejos de las ventanas que temblaban con cada estallido. La casa respiraba a sobresaltos.

Durante los últimos minutos de vida de los datos móviles, los teléfonos se convirtieron en pequeñas ventanas a lo que ocurría afuera. Los mensajes de familiares y amigos caían como escombros. “Se metieron, se metieron”, escribió un primo desde La Vega. “Acá en La Guaira está ardiendo el puerto y la meseta de Mamo”, avisó una amiga en un grupo de WhatsApp donde, apenas dos horas antes, hablábamos sobre el round robin del béisbol profesional. “En Guarenas solo oímos aviones, pasan muchos aviones y lo que creemos,son helicópteros”, dijo una prima. El país hablaba en susurros digitales, fragmentado, alarmado.

En la primera hora de encierro dentro de los baños escuchamos al menos tres explosiones más, espaciadas. Al fondo, el zumbido persistente de aviones y helicópteros estadounidenses componía el paisaje sonoro, interrumpido por alguna sirena —¿ambulancias?, ¿bomberos?— y una ráfaga de disparos. Solo una. Aterradora, precisamente por su soledad cuando todo lo demás calló.

Casi dos horas después del ataque, los datos móviles se extinguieron. Entonces, llegó el silencio verdadero: el del ambiente y el de los teléfonos mudos. Una calma tensa se posó sobre la madrugada, cubierta por completo de humo. El olor a quemado se colaba por las ventanas, raspaba la garganta, agravaba las molestias respiratorias. La incertidumbre crecía con la desconexión, con la sensación de estar desamparados, sin saber si quedarse era más seguro que huir.

 La mayoría de las emisoras radiales que sintonizamos a través de una radio portátil solo transmitían música, como si el país no estuviera siendo sacudido por una situación inédita. Ni noticias, ni balances, ni orientación. La censura y la autocensura —instrumentos aceitados para evitar represalias— se volvieron más evidentes en la madrugada del bombardeo. Desde 2003, según Espacio Público, más de 320 emisoras han sido cerradas por el gobierno; solo en 2025, 27 de esos cierres. Son voces apagadas que se extrañan, sobre todo cuando la emergencia exige información y solo devuelve melodías.

Las emisoras que comenzaron a transmitir información de última hora lo hacían siguiendo la narrativa oficial. Solo una parte de la historia se contaba. No había precisión sobre zonas bombardeadas, ni instrucciones precisas sobre dónde acudir en casos de emergencia, ni qué calles o sectores evitar. En esas estaciones progobierno el foco estaba en las reacciones del poder. Se leyó un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores denunciando los ataques estadounidenses, informando que Maduro había declarado “estado de conmoción exterior” y exhortando a los ciudadanos a sumarse a los planes de defensa nacional. Luego vino la declaración de la vicepresidenta Delcy Rodríguez, alertando al mundo de que Maduro había sido “secuestrado”. También sonaron los pronunciamientos de Diosdado Cabello y del ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López. El país escuchaba, pero no sabía.

El amanecer llegó escoltado por el canto insistente y confuso de guacamayas y guacharacas. Llegó la luz del día, pero no la electricidad. Sin energía, tampoco había agua: las bombas de los edificios no podían distribuir el líquido. La gente salió a aprovechar la claridad para abastecerse.

Los negocios cercanos donde se procesa y potabiliza agua no abrieron. Recorrimos varias zonas, hasta encontrar uno abierto en la zona del Cementerio. Allí, al menos 100 botellones aguardaban “en cola”. Cuando la fila creció, llegaron varios efectivos del Sebin: en motos, en una pickup, rostros cubiertos, armas visibles. Colocaron no menos de 30 botellones al inicio de la cola. Nos fuimos. Cuatro calles más allá logramos recargar. El botellón que suele costar trescientos bolívares tenía ahora una “tarifa especial por invasión”, como dijeron los manejadores del negocio: tres dólares.

Después, comenzó el recorrido en procura de comida. Panaderías y pequeños abastos cerrados. En una conocida red de supermercados, decenas de personas exigían la apertura. Desde adentro alegaban que la planta eléctrica no tenía capacidad para levantar el sistema. En los pocos comercios abiertos, solo aceptaban efectivo. En la avenida Victoria, mientras caminábamos, entró un SMS de un primo en Quinta Crespo –centro de Caracas-, también a oscuras: “Estamos bien, estaba sin pila, tuve que pagar mil bolívares para cargar la batería en la calle”.

Cerca de las 5:00 p.m. caminamos a una zona próxima a la autopista Valle-Coche para cazar señal telefónica y entender qué ocurría más allá de nuestras cuadras. Así supimos, por el relato del gobierno de Estados Unidos, los detalles de la operación y que Nicolás Maduro había sido llevado a Nueva York. A lo lejos, una de las instalaciones bombardeadas seguía ardiendo. No había información oficial sobre la causa del apagón. No fue sino hasta la tarde del 4 de enero cuando Corpoelec confirmó que dos subestaciones eléctricas habían sido atacadas y que diversas zonas de la capital, en las parroquias Caricuao, El Paraíso, San Pedro, El Valle, Coche, Catedral, Santa Teresa y Santa Rosalía, así como en Baruta, resultaron afectadas.

Regresamos a casa con la noche. Sin luz aún y con el temor de un nuevo ataque, luego de que Donald Trump anunciara que no descartaban una segunda actuación que, de llegar a suceder, nos encontraría en tinieblas, con pocas baterías y escasas reservas de agua.

Las velas de Navidad que hace pocos días iluminaron la cena de Año Nuevo alumbraron esta noche posinvasión. La mesa nuevamente se sirvió con hallacas recalentadas, no como signo de festejo sino “para que no se dañaran” en la nevera que se descongelaba. Y en lugar del ánimo festivo de tres jornadas atrás, había temor e incertidumbre. Otra noche larga de incomunicación se anunciaba. Y así fue.

No fue sino hasta las 9:30 de la mañana del 4 de enero, 31 horas después del bombardeo en Caracas, cuando el servicio eléctrico fue restituido, justo cuando planeábamos movernos a casa de familiares en la periferia. Entonces, retomamos un contacto más cercano con la realidad y comenzamos a digerir, lentamente, el peso de lo ocurrido.

Al cierre de esta crónica, a las 5:45 p.m. del 4 de enero, zonas de El Valle, Coche y El Cementerio permanecen sin luz. Esa fue también la “tarifa por invasión” que pagaron sus habitantes y quienes sufrimos apagones en medio del bombardeo a Caracas: oscuridad, incomunicación, tensión añadida y una vigilia forzada en medio de una jornada histórica.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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