José De Bastos, autor en Runrun

Marco Rubio y el triunfo del tercer lugar por José De Bastos

MarcoRubio2

 

La amplísima cantidad de recursos, financieros, de personal y de tiempo, que los aspirantes a la presidencia de Estados Unidos dedican a la elección en el estado de Iowa no se debe a los 52 delegados en disputa en el partido Demócrata (de los 2.382 necesarios para ganar la nominación) ni a los 30 delegados que entrega el partido Republicano (de los 1.237 necesarios para la nominación).

Dos son las claves para tal atención. Por una parte está el juego de expectativas, de ilusión, de ‘moméntum’, que buscan ganar los candidatos picando adelante en la primera elección dentro de un largo calendario. Por otro lado, está la lucha por no quedar eliminado, o mal herido, en las primeras de cambio. Como se dice dentro del mundo político estadounidense, Iowa no elige candidatos, pero sí elimina a unos cuantos. Mike Huckabee, Martin O´Malley y Rand Paul fueron víctimas directas de esto último.

En tal sentido es que se puede declarar a Marco Rubio como el gran ganador de la noche del lunes. El joven Senador de Florida llegó a la primera parada de las primarias intentando saltar del segundo grupo de aspirantes al primero, con una intención de voto en las encuestas más cercana al 10% que al 20%, y generando todavía mucho recelo entre el liderazgo del partido Republicano, que se niega a verlo como el candidato del “establishment”.

Su impulso de última hora y los 23,1% de votos que recibió, muy cerca del gran protagonista en los medios de comunicación Donald Trump, convirtieron a Rubio en el centro de la atención el día después de la elección, superando todas las expectativas, y creando la narrativa de que viene ganando fuerza con el paso de los días, algo que le puede dar más alegrías en New Hampshire. Además, el resultado acabó con cualquier duda de que el hijo de inmigrantes cubanos pertenece al primer lote de aspirantes y no al segundo, que cada vez se hace más pequeño. Iowa legitimó las posibilidades de Rubio.

Por supuesto que Ted Cruz quedó en el primer lugar, pero también es verdad que en 2008 y 2012, los que finalizaron primeros en Iowa (Huckabee y Rick Santorum) tuvieron poco éxito en el resto de la lucha por la nominación y, al igual que Cruz, se adaptaban perfectamente al votante más conservador y más cristiano de Iowa.

El triunfo de Rubio, sin embargo, debe confirmarse en New Hampshire el próximo martes 9 de febrero. De momento se espera que Trump se lleve la victoria (dada la amplia ventaja que muestra en todas las encuestas), por lo que la lucha por la percepción y las expectativas está en quedar en el segundo lugar. Antes del “caucus” en Iowa, Rubio aparecía en las encuestas en medio de una cerrada pelea con Cruz, Jeb Bush y John Kasich, en torno al 10%.

Bush, Kasich y Chris Christie se juegan sus últimas cartas en la entidad al noreste de Estados Unidos. Se trata de un territorio de pensamiento más moderado, donde la fe pesa menos y el pragmatismo más. La meta de los tres es finalizar de primero en esa mini-elección, e intentar superar a Rubio o a Cruz, algo que hasta hace unos días parecía viable.

Kasich y Christie no sobrevivirán si no logran tal objetivo, y Bush quedará muy golpeado si queda por detrás de Rubio. La campaña del hijo y hermano de ex presidentes tiene mucho dinero y respaldos predeterminados desde hace meses, pero ha ido en picada desde la aparición intempestiva de Donald Trump. Es muy probable que, de ser derrotado por su pupilo, la presión para que Jeb se retire sea monumental.

Por eso es que Rubio ganó el lunes en Iowa y confirmaría su victoria el martes quedando segundo en New Hampshire. Porque el 10 de febrero se habría consolidado como la opción pragmática del partido Republicano, la opción preferida por el liderazgo y, sobre todo, la única opción para detener a Donald Trump y Ted Cruz en su camino a la nominación. Todo esto sin mencionar que es el Republicano que mejor aparece en las encuestas para la elección general, que habla español, que es joven y que viene de un estado fundamental para ganar en noviembre.

Entre los Demócratas, la elección en Iowa sólo confirmó que Hillary Clinton tendrá que esforzarse mucho más de lo esperado para poder ganarse la nominación de su partido. Más allá de las siempre mencionadas particularidades de los votantes en Iowa (pocos afroamericanos, pocos latinos, más progresistas del lado Demócrata y más conservadores del lado Republicano), lo cierto es que Bernie Sanders obtuvo 84% de respaldo de parte de los menores de 30 años, según las encuestas previas a los “caucus”.

Lo que se pensaba que podía ser una lucha entre géneros, ha terminado siendo una lucha generacional, con mujeres jóvenes decantándose por el Senador socialdemócrata y los hombres mayores por la ex Secretaria de Estado. En New Hampshire se espera que se imponga Sanders, pero Clinton debe luchar por reducir una ventaja que, en las encuestas, es de más de 25 puntos en favor del dirigente político de Vermont.

@JDeBastosH

Ene 29, 2016 | Actualizado hace 4 años
Entendiendo a Trump (y a Sanders) por José De Bastos

DonaldTrump

 

David Axelrod, asesor principal de las dos exitosas campañas presidenciales de Barack Obama, lamentó recientemente en un artículo publicado en el New York Times no haber podido predecir el fenómeno de Donald Trump, y haberlo descartado como algo pasajero, al momento en que el multimillonario empezó a ganar popularidad.

Según Axelrod, Trump cumple uno de los requisitos que él mismo vio en Obama, y que considera le fue vital para ganar en 2008: ser diametralmente opuesto a su antecesor en la Casa Blanca.

Trump no sólo es lo opuesto a Obama, sino que es una figura poco o nunca antes vista en la política estadounidense. Cuando faltan pocas horas para que (finalmente) se emitan los primeros votos en las elecciones primarias, en el estado de Iowa, nadie espera una rápida desaparición del empresario. Por el contrario, buena parte del partido Republicano lo ve con altas posibilidades de ser el candidato a la elección general en noviembre.

A pesar de haber roto todas las reglas no escritas de las elecciones primarias, de atacar sin escrúpulos a quien se le atraviesa en el camino y de nunca pedir disculpas, Trump mantiene amplia ventaja en encuestas sobre intención de voto entre Republicanos a nivel nacional. Su actitud, vista por los expertos desde el inicio como una receta para el fracaso, ha sido la base de su popularidad.

Más allá de ideología y propuestas argumentadas, millones de estadounidenses están hartos de todo lo que tenga que ver con política tradicional. Están hartos del fracaso del Congreso, de las luchas partidistas, de las polémicas mediáticas, de los discursos preparados por asesores. Tal hartazgo llega desde la derecha, con Donald Trump y Ted Cruz como sus mayores emblemas, pero también desde la izquierda con Bernie Sanders. Mientras más se critique al “establishment”, mientras más se aparente ser revolucionario, más éxito parece conseguirse en esta elección.

Desde ambos extremos del espectro ideológico se tiene a un enemigo central, que se puede describir como ´la política de siempre´, habitual enemigo de los líderes populistas. Pero ese enemigo tiene características muy diferentes desde el lado que se le mire.

Para los seguidores de Trump, ese enemigo le quiere cambiar el rostro a Estados Unidos. Quiere hacer al país más oscuro, más hispanoparlante, menos cristiano, con menos armas. Sus seguidores añoran un pasado en el que presuntamente la vida era mejor. Un pasado en el que Estados Unidos era la potencia mundial dominante, en el que no existía lo ´políticamente correcto´ y en el que no se miraba mucho al resto del mundo, más allá de para saber cuáles países eran comunistas y cuáles eran aliados.

Aunque es exagerado tildar de abiertamente racista, xenófoba o misógina su campaña, está claro que en ese pasado que se sueña con reimponer no había demasiados derechos para los afroamericanos, ni para las mujeres ni para los homosexuales, y no había demasiados latinos, asiáticos o musulmanes en Estados Unidos. “Hacer a Estados Unidos grande otra vez”, como dice el lema de la campaña de Trump, es tener al pasado como horizonte, dándole la espalda a los cambios demográficos que, inevitablemente, está atravesando el país. Es darle la espalda también a la estrategia que el partido Republicano se intentó trazar tras la derrota en 2012, de abrirse a las minorías con las que Mitt Romney sufrió una derrota aplastante.

Para los seguidores de Bernie Sanders el enemigo es el “1%”. Desde el sector más izquierdista del partido Demócrata, Sanders busca crear una “revolución política” ya que el cambio (propuesto por Obama en 2008) no es suficiente para derrotar a los grandes intereses que presuntamente se han apoderado de Washington.

La campaña del Senador de Vermont ha sido más específica en políticas a implementar que la de Trump, pero se basa en el mismo sentimiento de rechazo: los políticos de siempre (como Hillary Clinton) no sirven para la lucha que el país debe dar en este momento. Sólo un ´outsider´ puede luchar contra Wall Street, contra los grandes bancos, contra los lobbys, contra la creciente desigualdad.

Curiosamente, los seguidores de Sanders son parecidos a los de Trump: personas de cierto nivel económico, en su gran mayoría blancos. Se parecen también en que han sido motivados por un discurso distinto y en que podrían no participar en las elecciones de noviembre de no estar su candidato en el tarjetón. En ambos casos también los respaldos políticos que han recibido han sido escasos: Ningún gobernador o Senador ha dado su respaldo a Trump o a Sanders y tan sólo dos miembros de la Cámara se han mostrado en favor de Sanders, de acuerdo al portal fivethirtyeight.com.

Todavía es muy temprano para saber si Trump o Sanders se impondrán en las elecciones internas de sus partidos. El Demócrata parece tener opciones de ganar en Iowa y New Hampshire, los dos primeros estados donde se celebran las primarias, pero está por debajo de Clinton a nivel nacional. Un triunfo en las dos primeras elecciones sería un notable impulso para el resto de la carrera. Trump, por su parte, sigue dominando a nivel nacional pero se tienen dudas sobre su fuerza organizativa. Una derrota en Iowa, en donde Ted Cruz le ha estado peleando la intención de voto, acabaría con su imagen de invencible, y podría reconducir el resto de la larga elección.

 

@JDeBastosH

6D: Los retos de la MUD ante un chavismo que sigue vivo por José De Bastos

MUDParlamentarias-

 

La oposición obtuvo el domingo una inapelable y contundente victoria. Superó su marca histórica de votos, venció al chavismo en sitios donde antes había perdido por amplio margen, duplicó al PSUV en algunas entidades y alcanzó el mejor escenario institucional imaginable: la mayoría calificada de la Asamblea Nacional con 112 diputados.

En sus primeras reacciones, el chavismo parece no haber entendido el mensaje popular, y en lugar de reflexión ha planteado radicalización, en lugar de diálogo, más confrontación.

De ser ese el camino que nos depara, la MUD, a diferencia de lo mostrado por el PSUV, debe tener una lectura correcta de los resultados del 6D. Aunque en cuanto al número de diputados se dio el mejor panorama posible, el voto a nivel nacional dejó algunos asteriscos que deben tomarse en cuenta.

Si bien es cierto que la coalición opositora llegó a un nuevo techo con más de 7,7 millones de votos, la cifra es sólo ‘levemente’ superior a la lograda por Henrique Capriles en 2013: unos 350.000 votos más. Aun tomando en cuenta los votos nulos y asumiendo que parte de la abstención provino de filas opositoras, la MUD no fue la gran receptora de los casi dos millones de votos que en el mismo período perdió el chavismo.

La votación opositora del domingo fue superior a la obtenida por Nicolás Maduro en 2013, pero se quedó unos 400.000 votos por debajo del respaldo recibido por Hugo Chávez en las presidenciales de 2012.

Si se analizan procesos electorales anteriores, se puede inferir (no existen encuestas que confirmen tal tendencia) que la gran mayoría de votantes que respaldan activamente a la oposición en una elección se quedan con ella en futuros comicios: desde 2006 la oposición ha aumentado siempre su total de votos en elecciones nacionales (presidenciales, parlamentarias, referéndums).

Sin embargo, también la historia electoral reciente muestra que mucho votante del chavismo parece preferir abstenerse o apelar a terceras opciones en comicios que le resultan ‘incómodos’, para luego regresar a la tarjeta del PSUV en elecciones consideradas más trascendentales. Así pues, el chavismo perdió 3 millones de votos entre las presidenciales 2006 y el referéndum 2007, (de 7,3 a 4,3 millones), para luego recuperar 2 de esos millones en el referéndum 2009 por la Enmienda Constitucional.

En esta ocasión, aunque la abstención fue baja tratándose de una elección parlamentaria, resultó ser suficientemente importante entre los votantes de Maduro de 2013 para permitir la notable derrota del chavismo. Dado que la mayor parte del voto no parece haber migrado a la MUD, no se puede descartar que en futuras elecciones los abstencionistas del domingo puedan volver a respaldar al chavismo.

Esto no quiere decir que el cambio definitivo en Venezuela esté lejos, al contrario, la posibilidad y el rango de recuperación del chavismo lucen más limitados que nunca. Pero sí quiere decir, en mi opinión, que la MUD tiene que analizar muy bien cada una de sus acciones, tomarlas de forma pragmática y con consenso interno.

Desde el hasta ahora desconocido poder que se tendrá con la mayoría en la Asamblea Nacional, la oposición deberá hacer valer la legitimidad popular para tomar las acciones que considere correctas, sabiendo que el chavismo buscará obstruirlas, aun a riesgo de sanciones electorales a futuro o quiebres significativos dentro de su estructura.

La MUD no debe rehuir a la pelea si ésta es presentada por el chavismo, no debe esconder sus propuestas ni sus intenciones de buscar un cambio definitivo en el país, pero debe actuar consiente del escenario en el que está, uno en el que todavía no se puede considerar electoralmente muerto al chavismo.

 

@JDeBastosh

May 22, 2015 | Actualizado hace 4 años
Las primarias de Scarano por José De Bastos

EnzoScarano

 

Hasta a los golpes llegaron las tensiones entre los dos sectores de oposición que han dominado la política carabobeña por cerca de una década. En ese lapso Enzo Scarano y sus aliados han sido casi siempre los afectados.

El primer claro ejemplo podría remontarse a las elecciones regionales de 2008, cuando respaldado por Cuentas Claras y la amplia mayoría de los partidos opositores, Michele Cocchiola perdió la alcaldía de Valencia ante su rival del chavismo, Edgardo Parra, por 6.000 votos, diferencia que no habría existido si los 37.000 sufragios que recibió la entonces candidata de Proyecto Venezuela Dahyana Padrón hubieran ido al que fue casi el candidato por consenso.

La lucha de Scarano por quitarse de encima el yugo de los Salas tuvo otros momentos bajos, como las primarias hechas para las parlamentarias en 2010 (semanas después de la pelea a golpes entre representantes de ambos bandos en una reunión en la que estaban presentes Aveledo, Guanipa y otros dirigentes de la MUD) o la elección por consenso de Henrique Salas Feo como candidato a gobernador en 2012. También tuvo puntos altos, como su creciente dominio en Valencia y San Diego en años recientes, pero ninguno tan positivo como el de este domingo.

Pocos meses después de haber salido de prisión, con Cocchiola montando tienda aparte y distanciado de su antiguo jefe policial, Scarano dominó las primarias, acabó con el dominio de Proyecto Venezuela y apaciguó cualquier intención de arrebatarle el liderazgo regional por los próximos años.

El triunfo de su alianza fue casi absoluto (perdió en el circuito 4 ante el candidato de Voluntad Popular) y frente a frente: sobre Henrique Salas Feo y uno de los jóvenes más reconocidos de su organización, Carlos Graffe, en el circuito 5; sin retador de PV y dejando en lejanos tercero y cuarto lugar a sus antiguos aliados (Salvatore Lucchese y la ficha de Cocchiola, el Director de la Alcaldía de Valencia Santiago Rodríguez) en el circuito 3; y ante la única diputada que se contó en la entidad, Vestalia Sampedro, en el circuito 2.

A nadie le deben quedar dudas sobre la intención de Scarano de buscar la gobernación en 2016. Aún si aparecieran voces en contra, la nominación tendría que decidirse en primarias y nunca por consenso en favor de otro candidato, como hace tres años. En todo caso, pensando en un posible cambio de rol, el ex alcalde de San Diego colocó de suplente en su ruta al Parlamento a Ángel Álvarez Gil, Coordinador de Cuentas Claras en el estado.

Quedará por ver si el cambio de mando en Carabobo tiene algún impacto positivo para la oposición a nivel nacional. Los primeros retos vendrán en las parlamentarias: obtener la mayoría de los votos en la entidad, y con ella dos de los tres diputados por lista, así como mantener el curul obtenido en 2010 por Sampedro, en un circuito notablemente rojo, y pescar el circuito 5, que con tres diputados y votaciones recientes parejas lo hacen uno de los más fundamentales en el país si se quiere alcanzar la mayoría en la Asamblea Nacional.

Con Proyecto Venezuela al frente, y tras una esperanzadora votación en 2010, en Carabobo la oposición perdió la mayoría en 2012 y 2013, con cifras que impactaron en las derrotas de Henrique Capriles. Con un registro electoral que va creciendo hacia los dos millones de electores, quien lleve el timón en la entidad tiene en sus manos buena parte del destino del país.

 

@JDeBastosh

¿Por qué no le llamamos dictadura? por José De Bastos

 GobiernodeNM

 

Que 15 funcionarios fuertemente armados saquen de su oficina a un alcalde (re)electo o que un oficial de policía mate a quemarropa a un joven por estar en una manifestación opositora, no son hechos que ocurran en una democracia.

Al igual que en diversos momentos del pasado reciente, muchos en Venezuela se preguntan qué más tiene que pasar para que haya un ‘consenso’ sobre la dictadura que se vive en el país. Opositores, más cercanos a las posturas de Leopoldo López y María Corina Machado, exigen del resto de dirigentes críticos del gobierno una postura clara y sin tapujos, pero ni Henrique Capriles ni Jesús Torrealba, Secretario Ejecutivo de la MUD, hablan con claridad de una dictadura. ¿Por qué?

¿Por qué también evita hacerlo Lilian Tintori? Quien ha llevado por el mundo el mensaje de su detenido esposo Leopoldo López, mientras pide atención para el caso del país. ¿Por qué la palabra dictadura no aparece siquiera en el llamado ‘Acuerdo para la Transición?

¿Por qué se habla de gobierno autoritario, de gobierno anti-democrático, de medidas o actitudes totalitarias y no se dice de una vez por todas, sin rodeos, que Venezuela padece una dictadura? ¿Por qué cada nuevo incidente (y han sido centenares desde los días de Hugo Chávez) nos lleva a repetir que ‘al gobierno se le está cayendo la careta’ pero no nos atrevemos a confirmar que hace años se le cayó por completo?

Recientemente una amiga me dijo sobre tal debate: “No se lucha de la misma forma contra una dictadura que contra una democracia”. Y tiene razón.

No es lo mismo asumir que lo que está enfrente es una dictadura, y actuar en base a ello, que enfrentar a un gobierno autoritario, con actitudes dictatoriales, con intenciones totalitarias y demás eufemismos utilizados recientemente, pero con algún vestigio de democracia.

En países con arraigadas dictaduras, con pretendidas elecciones de partido único, donde la oposición está abiertamente ilegalizada y los medios de comunicación en pleno cerrados, no se piensa en una solución electoral o en un cambio constitucional para cambiar al gobierno. No se pide una simple renuncia o se grita por cierta solidaridad internacional. Los objetivos son distintos, y por lo general violentos, porque dentro y fuera de estos países se reconoce la total inexistencia de cualquier rasgo democrático.

En Venezuela, a pesar de las denuncias sin pruebas de Nicolás Maduro, ningún grupo o dirigente opositor está buscando algo así. Desde el planteamiento de una nueva Constitución, la solicitud a la renuncia del mandatario o la participación en las elecciones parlamentarias, todos los métodos opositores están en la Constitución y las leyes venezolanas, y todas son estrategias que se espera den resultado en una democracia, por muy golpeada que esté.

Asumirse en dictadura y actuar en base a ello tiene el costo altísimo de dejar de lado cualquier estrategia usada por todo sector de la oposición en los últimos años, y requeriría actuaciones mucho más extremas con resultados probablemente mucho más dolorosos (y negativos) de los muy duros vividos en los últimos meses.

Si se grita en consenso que hay dictadura, hay que enterrar la opción electoral, renunciar a todo cargo que se tenga en el Estado (concejales, alcaldes, gobernadores, legisladores estadales y diputados), dejar de lado convocatorias a marchas y olvidarse de que a cualquier detenido se le cumplirán los más básicos de los derechos.

Las vinculaciones con el resto del mundo también deberían ser diferentes, con el problema añadido de que los gobiernos y organismos, que todavía no lucen muy convencidos de la barbarie que sufre Venezuela, tendrían también que dar el paso de considerar al gobierno chavista una dictadura, y empezar a dar respuestas en base a ello. De lo contrario la oposición, que ha ganado un terreno diplomático importante en los últimos meses, correría el riesgo de desprestigiarse mundialmente como lo estuvo hasta el año 2006.

¿Por qué entonces se evita hablar de dictadura cuando todos los indicios nos dicen claramente que (hace rato y cada vez más) el país no vive en democracia? Porque el precio de actuar en consecuencia a tal declaración es demasiado alto y arriesga tener un final todavía peor al que hoy nos atrevemos a vislumbrar.

 

@JDeBastos