—¿Cómo amaneció la pared hoy?
Desde el terremoto, la pregunta forma parte de las conversaciones entre Carolina Páez y su hija Sabrina Timaure.
Antes hablaban del trabajo, de si Sabrina había almorzado o de cualquier cosa que ayudara a acortar los miles de kilómetros entre Caracas y Estados Unidos. A partir del 24 de junio, las llamadas empiezan igual. Carolina quiere saber si apareció otra grieta, si la fisura de la sala sigue igual, si alguna puerta dejó de cerrar o si el edificio hizo algún ruido durante la noche.
Sabrina responde con la naturalidad que da repetir la misma conversación durante varios días.
—Todo sigue igual, mami.
Después toma el teléfono, fotografía otra vez la esquina de la sala y envía la imagen.
Carolina la amplía desde la pequeña habitación que comparte con otras mujeres migrantes en Estados Unidos. Acerca la imagen con los dedos como si la pantalla pudiera decirle cuánto mide realmente la grieta.
No es ingeniera. Su hija tampoco. Aun así, las dos terminan haciendo exactamente lo mismo cada noche: comparar la fotografía nueva con la del día anterior para convencerse de que el edificio no empeoró.
Carolina emigró en 2019 porque, recuerda, en Venezuela ya era imposible vivir.
Hubo semanas en las que comer dos veces al día era un lujo. Las cuentas dejaron de cerrar mucho antes de comprar el pasaje. La decisión de irse no respondió a un proyecto migratorio cuidadosamente planificado, sino al agotamiento de todas las alternativas para permanecer.
Hoy limpia baños en edificios durante parte de la semana y también trabaja preparando comida para un pequeño negocio de catering. Entre los 2 trabajos logra reunir alrededor de 2000 dólares al mes.
La cifra parece alta cuando se escucha por primera vez. Deja de parecerlo cuando Carolina empieza a disgregarla para los pagos: el alquiler de una habitación compartida con otras mujeres venezolanas, alimentación, transporte, teléfono, algún que otro gasto (siempre lo básico) y lo que todavía mantiene en Venezuela.
Cada mes envía 300 dólares a Sabrina. Ese dinero sale antes que cualquier gasto personal.
—Yo resuelvo después —dice.
Del otro lado del teléfono, Sabrina conoce esa rutina casi de memoria. Por eso evita contarle cada preocupación.
—Si le digo todo, ella se desespera y no puede hacer más de lo que ya hace.
Sabrina tiene 24 años. Trabaja, pero su ingreso no alcanza para asumir sola los gastos que aparecieron después del sismo. Los 300 dólares enviados por Carolina dejaron de ser un complemento económico hace tiempo. Son la base sobre la que organiza todo el mes.
Treinta dólares se van en internet. No porque sea un lujo, sino porque es la única forma estable de mantenerse comunicada con su madre y porque muchas diligencias laborales dependen también de la conexión.
Entre 150 y 180 dólares se destinan ahora a comida. Antes del sismo, ese monto podía acercarse a los 220 dólares. La diferencia no parece grande sobre el papel. En la cocina sí.
El pollo dejó de aparecer todas las semanas. La carne se convirtió en una compra ocasional. Las proteínas comenzaron a ceder espacio a los granos, el arroz, la pasta y la harina de maíz.
—Uno compra lo que rinde, no necesariamente lo que alimenta mejor.
El resto del dinero se distribuye entre transporte, recargas telefónicas, algún medicamento, productos de limpieza y cualquier imprevisto que aparezca.
Después del sismo apareció uno nuevo: el edificio.
Daños y presupuestos
El Meteor, en San Bernardino, nunca fue un edificio de lujo. Es una construcción donde viven principalmente personas mayores: jubilados que sobreviven con la pensión del Seguro Social, parejas de ancianos cuyos hijos emigraron hace años y vecinos que ya antes del terremoto discutían cada mes por el pago del condominio, porque simplemente no podían cubrirlo completo.
El ascensor llevaba tiempo presentando fallas. Las tuberías requerían mantenimiento. La pintura de algunas áreas comunes se había deteriorado con los años.
Como ocurre en muchos edificios caraqueños, el mantenimiento siempre dependía de cuánto pudieran reunir los propietarios, no de cuánto necesitara realmente la estructura.
A partir de los terremotos del 24 de junio, la conversación dejó de girar alrededor del agua o del ascensor. Ahora todos hablan de paredes.
Hay vecinos que recorren los pasillos varias veces al día para observar las columnas. Otros fotografían las mismas grietas desde distintos ángulos para compararlas después. Algunos golpean suavemente las paredes con los nudillos buscando un sonido que les dé tranquilidad.
Los adultos mayores permanecen más tiempo sentados en la planta baja porque subir varios pisos por las escaleras les cuesta cada vez más, pero tampoco quieren pasar demasiado tiempo dentro de apartamentos que ya no sienten iguales.
La psicóloga Claudia Torres describió el impacto emocional de los desastres como un proceso de duelo prolongado en el que la pérdida no es únicamente material, sino identitaria. Explicó que las personas no solo pierden bienes, sino la idea de estabilidad que sostenía su vida cotidiana, lo que genera una fractura emocional profunda:
“La gente cree que el problema es la casa, pero no es solo la casa. Es la sensación de que tu vida era estable y de repente ya no lo es. Es como si el piso emocional desapareciera. Y eso no se reconstruye rápido, porque no es concreto, es confianza, es rutina, es la idea de que mañana vas a estar bien. Y eso es lo más difícil de recuperar”.
—Uno empieza a mirar cosas que antes ni veía —recuerda Sabrina—. Una rayita en una pared antes era pintura. Ahora uno piensa otra cosa.
Los presupuestos comenzaron a circular entre los vecinos casi al mismo tiempo que las fotografías de las grietas. Uno preguntó a un ingeniero. Otro llamó a un maestro de obra. Otro consultó a un arquitecto conocido. Concluyeron que reparar un edificio no se parece a reparar un apartamento. Porque el problema no termina en las paredes de cada vivienda. También están las columnas, las áreas comunes, las juntas estructurales, las escaleras, las conexiones eléctricas, los espacios que pertenecen a todos.
El cálculo más repetido ronda los 8000 dólares por apartamento, si se considera una reparación integral. Solo intervenir las grietas estructurales puede superar los 2000 dólares. La revisión del sistema eléctrico añade varios cientos más.
Después vienen la demolición de áreas comprometidas, la reposición de acabados, la pintura, las puertas que dejaron de cerrar correctamente y los daños internos que aparecieron con el movimiento.
En este escenario, el rescatista chileno Francisco Lermanda, con 27 años de experiencia en labores de búsqueda y rescate, afirmó en una entrevista para la Alianza Rebelde Investiga que la magnitud de la devastación en Venezuela también remite a la calidad de las edificaciones.
Consideró que la norma constructiva del país es “bastante menor en términos de calidad”. Contó que vio edificios de unos 20 pisos caer “como una torre de dominó” y que en algunos casos “el hormigón se pulverizaba” y podía retirarse “con la mano como si fuera arena”. Además, señaló presuntas fallas en la fiscalización de esas obras.
Mientras que el ingeniero civil Juan Pérez explicó en una entrevista con Runrun.es que en países sin cultura sísmica consolidada el problema no aparece cuando tiembla el suelo, sino mucho antes, en la forma como se construye y se supervisa lo construido.
Aún así, Sabrina sabe que el verdadero problema no es la cifra. Es que ninguna reparación depende únicamente de ella. Aunque consiguiera reunir el dinero, el edificio seguiría siendo el mismo.
—Si el vecino no puede arreglar su parte, el problema sigue estando ahí.
Carolina escucha esas conversaciones desde otro país. Ha pensado incluso en solicitar un préstamo. No porque tenga capacidad económica para asumir otra deuda, sino porque la idea de que su hija permanezca en un edificio que ahora observa con desconfianza le produce una angustia constante.
—Yo prefiero deber dinero que sentir que ella está en peligro.
Sabrina no quiere que lo haga. Sabe cuánto cuesta reunir esos 2000 dólares mensuales.
Sabe que detrás de cada transferencia hay baños limpiados, jornadas dobles en la cocina, fines de semana sin descanso y una habitación compartida donde Carolina sigue viviendo para poder enviar dinero a Venezuela. Por eso intenta minimizar lo que ocurre cuando habla con su madre:
—Tranquila, mami… aquí estamos resolviendo.
Y del otro lado de la llamada, Carolina responde igual.
—Mándame otra foto de la pared.
La mudanza como única solución
Kassandra Pirela vive a pocas calles del edificio Meteor, también en San Bernardino, pero su casa se volvió, sin planificación alguna, una extensión del problema.
Tiene 30 años. No estudió una carrera universitaria. Trabaja como manicurista. Sus ingresos dependen de citas diarias: si una clienta llega, hay dinero; si cancela, ese día no existe económicamente.
Antes del sismo, su rutina estaba organizada alrededor de ese margen inestable. Compraba materiales cuando podía, ajustaba precios cuando el mes venía flojo y administraba su agenda con la precisión que permite vivir al día.
Después del sismo, su casa dejó de ser solo su casa. Sabrina llegó allí el mismo día que decidió no dormir más en el edificio. No hubo una conversación larga.
—Vente para acá mientras ves qué haces —le dijo Kassandra.
El cuarto donde Sabrina empezó a dormir era originalmente el espacio de trabajo de Kassandra. Allí guardaba esmaltes, lámparas UV, cajas de acrílicos, tips, limas, todo el material con el que sostiene su ingreso diario.
La socióloga Marlene Primera explicó que los refugios no son solo soluciones temporales de vivienda, sino espacios donde se reconfigura la vida social de personas que han perdido su estructura material y emocional. Señaló que estos lugares generan nuevas dinámicas de convivencia forzada, dependencia institucional y reconstrucción lenta de rutinas cotidianas:
“Un refugio no es solo un techo improvisado, es un lugar donde la gente tiene que volver a aprender a vivir con extraños, con pérdidas encima y con incertidumbre diaria. Allí no solo se espera ayuda, también se espera tiempo, y el tiempo en un refugio no pasa igual que afuera. Es más pesado, más lento, más cargado de historias que nadie pidió vivir”.
Pirela recuerda que la primera noche no movieron todo. Solo hicieron espacio como se pudo. Las cajas quedaron apiladas en la sala. Parte del material se distribuyó en bolsas plásticas. El colchón se colocó donde antes había una mesa de manicura.
—Yo me acomodé como pude —subraya Kassandra—. No iba a dejarla en la calle tampoco.
El arreglo no fue pensado como una solución, sino como una pausa que se fue extendiendo.
Kassandra no tiene ingresos fijos. Hay semanas en las que apenas llega a cubrir la comida. Sus padres, Roberta Muñoz y Álvaro Toledo, dependen únicamente de la pensión del Seguro Social, lo que limita también cualquier apoyo externo. Aun así, asumió la presencia de Sabrina como algo natural, casi automático.
—Uno no piensa mucho esas cosas. Solo lo hace.
En las mañanas, su hogar funciona como salón improvisado y refugio al mismo tiempo. Mientras Kassandra atiende clientas, Sabrina trabaja o revisa mensajes de su madre. En ocasiones coinciden en la cocina, donde se reparten el espacio para preparar comida sencilla: arroz, caraotas, pasta.
La economía del hogar se ajustó sin discusión formal. Más gente, mismos ingresos. Más consumo, mismo límite. Kassandra lo resume sin dramatizar.
—Esto no estaba planeado, pero tampoco es algo que uno pueda medir en frío.
Su casa no sufrió daños estructurales con el sismo, pero el movimiento sí dejó una reparación pendiente: unas ventanas que comenzaron a trabarse y a perder sellado porque los marcos se desajustaron. En una habitación aparecieron pequeñas fisuras diagonales cerca del borde superior de la pared y parte del friso comenzó a desprenderse en fragmentos finos.
Ningún ingeniero le habló de riesgo estructural inmediato, pero sí le recomendaron sustituir las ventanas y reparar las zonas afectadas para evitar que el problema empeore con el tiempo.
El presupuesto llegó poco después. Entre retirar los marcos dañados, colocar nuevos vidrios, volver a sellar las ventanas y reparar las paredes, el costo ronda los 600 dólares. Para Kassandra, esa cantidad equivale a varias semanas de trabajo sin destinar un solo dólar a comida, transporte o materiales para atender a sus clientas.
Planes derrumbados por los sismos
Mientras en el Meteor las grietas se convierten en tema diario de conversación, Carla Zambrano intenta reconstruir mentalmente una casa en la que nunca llegó a vivir.
Tiene 28 años. Es diseñadora. Vive con su novio en el estado Táchira, en un apartamento en la avenida Isaías Medina Angarita, en San Cristóbal. Su compañero desde hace años, Gerardo Flores, es un ingeniero en sistemas, también tachirense.
Zambrano y Flores habían conseguido una oferta laboral en Caracas que implicaba un cambio completo de vida. No era solo un trabajo: era el inicio de una etapa de crecimiento.
Buscaron vivienda con cuidado. Compararon precios. Revisaron zonas. Hicieron cálculos. El objetivo era simple: llegar a Caracas y tener un lugar estable para empezar.
Después de semanas encontraron una casa en La Castellana, una zona residencial del este de la ciudad. El precio estaba dentro de lo posible. No era una casa ideal, pero sí funcional.
Firmaron el acuerdo. Pagaron de 400 dólares por adelantado. 3 días después ocurrió el sismo.
El propietario, en conversaciones posteriores, estimó que la vivienda requeriría una intervención parcial de estructura ligera: reparación de grietas en paredes internas, reposición de techos afectados por fisuras menores y refuerzo de algunas zonas de carga.
El cálculo no era cerrado, pero la cifra de lo requerido más baja superaba los 5000 dólares, sin incluir acabados ni pintura general, lo que podía elevarla por encima de los 8000. En ese margen se instaló el conflicto: para Carla no era una inversión a futuro, sino la confirmación de que el espacio que había pagado ya no coincidía con el que había firmado.
Al principio, Carla no pensó en el contrato, pensó en los muertos, heridos y damnificados. Pensó en cómo reorganizar el viaje. La casa quedó en segundo plano hasta que pudo revisarla.
Cuando entró, notó la diferencia con respecto a la vivienda que había recorrido días antes. Las paredes tenían grietas nuevas que nacían en las esquinas de puertas y ventanas y se extendían varios centímetros sobre el friso. El techo mostraba fisuras que no estaban antes y, en algunos puntos, la pintura recién aplicada se había desprendido en placas y dejado pequeños fragmentos esparcidos sobre el piso.
Varias puertas ya no cerraban con la misma suavidad y el silencio de la casa se mezclaba con la sensación de estar caminando por un lugar que había cambiado de un momento a otro. El inmueble ya no se correspondía con el que habían alquilado. Carla llamó otra vez al propietario.
—Eso fue fuerza mayor, y no es mi culpa. Entiendo tu frustración, pero ahorita lo que menos importa es una mudanza con lo duro que está todo. Pronto te contactaré —le aseguró.
Después de eso, dejó de contestar. No hubo una tercera conversación. El dinero, más de 1000 dólares, no se lo han devuelto.
—Es como si la casa nunca hubiera sido mía, pero el pago sí —lamenta Carla.
De acuerdo con la arquitecta Catalina Báez, lo ocurrido no puede leerse solo como un daño visible en la superficie del inmueble. Explica que, tras un sismo, la atención suele concentrarse en las grietas o en los edificios más afectados, pero que el problema también está en lo que no se ve a simple vista: el comportamiento del terreno y la manera como este condiciona cualquier estructura, sea una casa o un edificio:
“Más que un desastre físico, habría que ver qué hay más adentro, el suelo. Ahorita todo el foco está en los edificios, pero las casas también son vulnerables. La diferencia es que, en una vivienda unifamiliar, los procesos son menos burocráticos: el propietario tiene mayor margen de decisión y, en teoría, puede resolver más directamente con el inquilino”.
En casos como el de Carla, esa diferencia no se traduce necesariamente en una solución más rápida, sino en una zona gris donde la responsabilidad se diluye entre el propietario, el estado del inmueble y las condiciones del entorno.
Gerardo insiste. Ambos habían pasado por un proceso de reclutamiento exigente hasta que quedaron en puestos de trabajo en Caracas, y renunciaron a los que tenían en Táchira para asumir sus nuevas responsabilidades. Ahora la empresa les exige empezar, y el tiempo les juega en contra.
Con los ahorros justos, analizan quedarse temporalmente en casa de un conocido para evitar regresar a Táchira, pero la respuesta del propietario no cambia. La mudanza queda en pausa.
—No es solo perder dinero —expresa Carla—. Es que todo lo que habías organizado se desordena de golpe.
En el papel, el sistema es claro: la Ley de Propiedad Horizontal obliga a los copropietarios a sostener el mantenimiento de los edificios, y la Ley Orgánica de Protección Civil y Administración de Desastres define la respuesta ante emergencias y establece las responsabilidades frente a los daños.
Después del doblete sísmico, esa arquitectura normativa se encuentra con otra realidad: edificios donde los vecinos no logran ponerse de acuerdo ni costear reparaciones estructurales, contratos de alquiler en los que la “fuerza mayor” se convierte en punto de fricción para retener o perder pagos y viviendas afectadas para las cuales la ayuda institucional llega tarde o no alcanza.
La incertidumbre como deuda colectiva
En el edificio Meteor, las conversaciones se repiten con pequeñas variaciones.
A veces es Sabrina la que manda la misma foto de la grieta a su madre en Estados Unidos. A veces es Carolina la que responde con un audio largo en el que intenta sonar tranquila, mientras calcula en silencio cuánto tiempo más puede sostener ese envío mensual de 300 dólares.
En la planta baja, algunos vecinos siguen discutiendo si vale la pena reparar todo el edificio o solo intervenir las zonas más afectadas. La palabra “ingeniero” aparece más en las conversaciones que antes del sismo, pero casi siempre seguida de otra palabra: “cuánto”.
Hay quienes han empezado a evitar subir a sus apartamentos cuando no es necesario. No porque el edificio haya dejado de ser habitable, sino porque ahora es habitable bajo una condición nueva: la duda.
Sabrina ya no piensa el espacio solo como su casa. Lo piensa como un lugar que tiene un costo de mantenimiento que todavía desconoce.
—Uno no sabe si está invirtiendo en arreglar o en aguantar —reitera.
Carolina, desde Estados Unidos, sigue enviando dinero.
En su caso, el cálculo ya no es mensual sino acumulativo. Cada transferencia no es solo un envío, sino una resta de algo más grande: horas de trabajo, cansancio físico y una rutina que se extiende entre baños de edificios y cocina de comidas por encargo.
A veces, después de trabajar varias horas seguidas, se queda en silencio en la habitación compartida. No hay espacio propio real. Solo una cama, una maleta y un teléfono.
En ese teléfono están las fotos del edificio de su hija. Las mira en momentos muertos del día, cuando ya terminó un turno pero todavía no empieza el siguiente.
—Yo lo único que quiero es que eso no se le venga encima —comenta.
En Caracas, Kassandra continúa su rutina entre esmaltes, citas y reorganización constante del espacio donde ahora también duerme Sabrina. La separación de las funciones de trabajo y refugio que ahora cumple esa habitación nunca es clara.
Algunas clientas preguntan por la situación del edificio de Sabrina como quien pregunta por el clima.
—¿Y eso de la grieta cómo sigue?
Kassandra responde sin dramatizar.
—Ahí va.
Después cambia de tema.
Sabrina intenta seguir con su rutina, pero el Meteor nunca desaparece del todo de la conversación. Está en mensajes, en llamadas, en fotos, en decisiones aplazadas.
A veces ambas coinciden en la cocina y no hablan mucho. El ruido de la olla o del agua llena los silencios. En esos momentos, el sismo parece algo que no terminó de irse.
En Táchira, Carla sigue sin cerrar el capítulo.
Gerardo volvió a hablar con ella sobre la posibilidad de buscar otra vivienda en Caracas, pero el tema ya no tiene la urgencia inicial. Hay una especie de suspensión práctica: no se abandona la idea, pero tampoco se ejecuta.
El dinero perdido sigue siendo un punto fijo en la conversación. No como reclamo constante, sino como hecho.
Mientras el gobierno de Delcy Rodríguez atribuye parte de las dificultades para la reconstrucción a las sanciones internacionales y solicita su levantamiento para acceder a recursos destinados a atender la emergencia, el debate trae de vuelta sobre la mesa otra dependencia: la de la ayuda extraordinaria como mecanismo permanente de financiamiento.
Según el economista Omar Abreu, ninguna reconstrucción puede sostenerse esperando aportes externos cada vez que ocurre una crisis:
“Un país no puede vivir de la ayuda como si fuera un ingreso fijo. Eso no es recuperación, eso es supervivencia extendida. Hoy llega un aporte, mañana otro, pero el problema de fondo sigue ahí. Y mientras no haya una estructura económica que sostenga la reconstrucción, lo único que tienes es una emergencia que nunca deja de llamarse emergencia”.
—Es raro —concluye Carla—. Uno firma un contrato pensando que por fin resolvió algo y termina con un problema más. En Venezuela el bolsillo no da tregua; ahorrar es un lujo y gastar una angustia.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.



