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Aquiles Nazoa, profesión: perseguido político, por Laureano Márquez P. 

@laureanomar 

El 16 de este mes de mayo de 2020 se cumplieron 100 años del nacimiento de Aquiles Nazoa, una figura de enorme relevancia en la historia cultural de Venezuela, uno de esos faros de amor que ayudan a orientar la esperanza de todo un pueblo.

Y es que la palabra pueblo y la figura de Aquiles van de la mano, porque él fue pueblo hecho cultura, expresión en sí mismo de “los poderes creadores” que vienen de las gentes sencillas y de sus cotidianidades, del que enfrenta “Los apagones” o del que está haciendo cuentas de cuánto va a tocarle del gesto del papa Pablo VI de renunciar a la tiara y repartir su valor entre los pobres.

Para los grandes espíritus literarios la procedencia humilde, lejos de ser una limitación o motivo de resentida amargura, se convierte en fuerza creadora, en espíritu de emprendimiento, en comprensión profunda de lo esencial de la vida, en definitiva en amor… y humor.

Nacer de padre jardinero en el barrio popular de El Guarataro en la Venezuela de 1920, también podía hacer de ti un poeta, un conferencista, un librepensador, un culto autodidacta, un políglota y un humorista de extraordinario ingenio, si tu alma tenía una sensibilidad especial.

La obra de Aquiles Nazoa, sus poemas, sus ensayos, su teatro para leer y su trabajo audiovisual -lamentablemente perdido en ese empeño nuestro de borrar nuestros mejores recuerdos-, constituyen una auténtica aproximación sociológica a nuestra manera de ser, de pensar, de sentir. Una comprensión amable e indulgente de lo que somos, que entiende las fallas, pero que también conlleva el anhelo, la exigencia de cambio y rectificación, el deseo de un mundo mejor, más justo, honesto y libre.

Las convicciones de Aquiles estuvieron siempre del lado de los que padecen la opresión -económica o política- de los poderosos, también de los excluidos y olvidados de siempre, del estudiante que tiene que irse a estudiar a una plaza con su termo, con sus libros, con su silla de extensión, a la luz de un farol del alumbrado público porque en su casa no puede; del mesonero en cuyo “coco” cae el coco que se desprende de lo alto en una lujosa recepción al aire libre, habiendo allí tantas cabezas dignas de un ilustre cocotazo, o del hijo que celebra el día del padre desde el cuartel de policía al que le han llevado por seguir el “ejemplo” de su progenitor.

Cuentan que Francisco Pimentel (Job Pim), uno de los grandes humoristas de Caracas, cuando fue llevado a La Rotunda en tiempos de Juan Vicente Gómez, inquirido por el alcaide sobre su profesión, respondió: “preso político” y cuando este le exigió seriedad en sus respuestas remató diciendo: “¿Y acaso ustedes me dejan ejercer otra profesión?”.

Como escuché decir a un amigo que comparte la admiración por Aquiles Nazoa, su verdadera profesión fue la de perseguido político: en 1940 un artículo suyo para El Verbo Democrático de Puerto Cabello le lleva a la cárcel por vez primera. También durante la dictadura de Pérez Jiménez se le impuso el exilio, ese castigo tan nuestro que ha obligado demasiadas veces a los mejores espíritus del país a vivir lejos de todo aquello que aman y al que suele designarse con palabras tan terribles y crueles como extrañamiento o destierro.

A su regreso al país comienza la etapa más fértil de su vida creativa, que tampoco estuvo exenta de censuras y cierres de las publicaciones humorísticas en las que participaba, como aquella de El Fósforo, cuyo eslogan era: “porque en cualquier momento lo raspan”. Corrían los tiempos de la guerrilla en Venezuela, y la cercanía de Aquiles al partido comunista era motivo de persecución y sanciones. 

Hay gente a la que le gusta especular sobre cuáles serían las opiniones políticas de Aquiles Nazoa hoy. Creo que a nadie le corresponde opinar por quien no tiene cómo argumentar en su defensa.

Personalmente creo que, conociendo la aguda inteligencia, el carácter librepensador de Aquiles y su manera de conmoverse ante el dolor del pueblo, no lo habría pasado bien en tiempos en que se exige incondicionalidad absoluta y donde los generales asesinan -no ya a caballos que se alimentan de jardines- sino a jóvenes que se nutren de sueños y esperanzas; quizá, en los tiempos que corren, habría hecho honor a lo que fue su verdadera  profesión: la de perseguido político.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Kakistocracia, por Laureano Márquez P.

@laureanomar 

Es difícil encontrar un término o una expresión que sintetice lo que sucede hoy en Venezuela. El realismo mágico, que es una corriente literaria latinoamericana donde lo irreal o incluso absurdo se nos muestra como algo cotidiano y común, ya se nos quedó corto. Habría que sumarle el surrealismo, que según la definición de André Breton consiste en: “convertir las contradicciones de los sueños y la realidad en una realidad absoluta, una súper realidad” y cuidado, que todavía falta.

Menester sería, además, añadir algo del absurdo de Ionesco: incoherencia, disparate y carencia total de lógica: sin gasolina en el país de mayores reservas de petróleo, sin agua en el país con el segundo lugar en reservas de agua dulce, sin electricidad en el país que cuenta con la cuarta central hidroeléctrica del planeta.

Son situaciones tan absurdas que parecen obra de un autor que se ha propuesto desquiciarnos con su historia, pero eso que tantas veces se ha dicho de que la realidad supera a la ficción, es particularmente cierto en Venezuela.

Resulta increíble que el destino de la tierra que desveló a Miranda, que acompañó a Bolívar en la liberación de la mitad de un continente, termine debatiéndose en enfrentamientos entre bandas rivales, que los “nuevos libertadores” sean simplemente hampa común y, si le parece poco todavía, meta al narcotráfico en el asunto.

Imagínese, lector, que pudiera alguno de nosotros volver al congreso de 1811 y contarle a los padres fundadores de la primera república lo que aconteció luego y particularmente este dramático momento, doscientos y tantos años después. ¿Cómo habría sido la votación en los días anteriores a aquel célebre 5 de julio de 1811?

Pero más allá de la literatura, hay un término que ya aparece en el Dictionary of Sociology del año 1944 que nos ayuda a explicar esta cadena de absurdos por el que transitamos, que es el resultado de haber puesto nuestro rumbo en manos de los incapaces.

El término que más se parece a la caracterización política de la Venezuela actual es el de kakistocracia, el gobierno de los peores, acuñado por el profesor Michelangelo Bovero de la Universidad de Turín.

Frederick M. Lumley, en el mencionado diccionario, lo define así: “Gobierno de los peores; estado de degeneración de las relaciones humanas en que la organización gubernativa está controlada y dirigida por gobernantes que ofrecen toda la gama, desde ignorantes y matones electoreros hasta bandas y camarillas sagaces, pero sin escrúpulos” (¿les suena familiar?).

El filósofo argentino L. García Venturini nos dice que en griego kakistos es superlativo de kakos. Kakos significa “malo”, y también, “sórdido”, “sucio”, “vil”, “incapaz”, “innoble”, “perverso”, “nocivo”, “funesto” y  cosas por el estilo. No creo que se pueda explicar mejor el drama que padecemos: el gobierno de los kakos.

La pregunta es cómo salimos de esta forma de gobierno, que se fundamenta en un círculo vicioso: embrutecer a los ciudadanos para que elijan a los peores, que siguen embruteciendo a la gente para mantenerse en el poder. El embrutecimiento no viene solo, sino acompañado de la -también brutal- represión contra aquellos que se atrevan a pensar y a desear algo mejor.

¿Cómo se sale de la kakistocracia? Es la pregunta de las 64.000 lochas. En Venezuela se ha probado de todo. La carencia total de ética y principios hace que lo malo tenga más fuerza que lo bueno. Pero lo bueno termina imponiéndose desde el corazón y la cabeza. Dejar de embestir y comenzar a pensar, que diría Machado, para no ser también nosotros una “kakistoposición”. 

 

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La (mala) experiencia de Miranda, por Laureano Márquez P.

@laureanomar 

La historia no es una ciencia exacta. Dicho esto, el 9 de noviembre de 1805 a eso de las 11:52 de la mañana, desembarca en Nueva York, procedente de Londres, Francisco de Miranda. Contaba el precursor con 55 años, 8 meses, 11 días y 15 minutos de edad. Para la fecha Miranda ya era una figura de prestigio internacional.

Había combatido en el sitio de Melilla como capitán del Ejército español, en ese episodio lograron rechazar el embate del sultán de Marruecos Sidi Mohammed ben Abdallah. En esta oportunidad, Miranda que ya había leído muchos textos de estrategia militar, presentó un plan para inutilizar la artillería enemiga que resultó exitoso.

Había participado también en la guerra de independencia de los Estados Unidos en contra de Inglaterra. El rey de España mandó tropas, en ellas iba Miranda. Participó en la batalla de Pensacola (no Pepsi Cola, como dicen algunos) en 1871 y desarrolló en esa acción militar sus habilidades para reconocer el terreno y su genio en la planificación de la batalla, lo cual le valió un ascenso al rango de teniente coronel (ya estaba pues en condiciones de participar en un golpe de Estado). Luego Miranda es enviado por su superior Juan Manuel Cajigal como espía a Jamaica. Misión que también cumplió con éxito.

También había estado en el ataque español a las Bahamas y negociado la capitulación inglesa ante España, obteniendo el dominio de las islas. Como la Inquisición le abrió juicio en España y se había ordenado su detención por comprar libros prohibidos y pinturas obscenas (no me consta), ante la posibilidad de un juicio injusto escapa de Cuba a los Estados Unidos y se convierte en el primer balsero de la historia.

En el recién inaugurado país del norte concibe sus ideas de independizar a hispanoamérica. Luego de pasar un tiempo en EE. UU., se va a Inglaterra y recorre Europa en un tour de 4 años. Se incorpora a la Revolución francesa en 1792, allí participa en varias batallas y es ascendido a mariscal de campo y luego a general (su nombre está en el Arco de Triunfo de París).

Pasa algunos años entre Inglaterra y Francia, siempre buscando apoyo para su obsesión de fundar una nación hispanoamericana, la Colombeia, pero ni los ingleses ni los norteamericanos terminan de darle su apoyo claramente (parece que eso va en el espíritu anglosajón).

Aquí volvemos otra vez con él al 9 de noviembre de 1805 desembarcando en Nueva York. Se reunió con Jefferson, Anderson, Hamilton Washington y todo el resto del malandraje de por allá, pero no consigue -nuevamente- apoyo formal. Con ayuda de amigos fleta un barco, el Leander, un bergantín de 180 toneladas, 18 cañones y 200 hombres reclutados en los Estados Unidos. Hace una parada en Haití para ir al baño y compra dos goletas más: Bacchus y Bee. Llevaba la expedición suficientes suministros, material de guerra, la bandera de Venezuela y una imprenta.

Al llegar a Ocumare, en Aragua las goletas son apresadas. Miranda huye en el Leander hacia el Caribe y vuelve  nuevamente luego de conseguir más apoyo. Viene ahora con 400 hombres, 5 bergantines, 3 cañoneras y dos barcos mercantes desarmados. Estamos hablando del año 1806, sin radares, sin gps, sin vías de comunicación y sin gasolina (eso sí como hoy).

Miranda llega por La Vela de Coro, toma la ciudad, pero entre la indiferencia de la gente y el bloqueo realista, la invasión de Miranda fracasa nuevamente. Regresa a Londres desilusionado, pero no será su último intento por liberar a su patria. Miranda, victorioso en cuanta revolución participó, vino a fracasar una y otra vez en la única que le quitaba el sueño: la suya. Él, que escapó de tantas adversidades y sobrevivió a tantos peligros, no pudo con la fatalidad de sus paisanos.

No sé por qué vino este recuerdo de Miranda en los tiempos que corren, así como de la frase que parece ser el cierre de su prodigiosa vida: “¡Bochinche, ¡Bochinche! Esta gente no sabe hacer sino bochinche”. Frase de la que dice Uslar Pietri: “Más que un gesto de profundo desengaño, era la voz del oráculo que anunciaba los tormentosos anales de nuestra larga desunión civil”.

 

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José Gregorio Hernández, por Laureano Márquez P.

@laureanomar 

Que el primer santo venezolano llegue a ser un médico, es algo que lo llena a uno de profunda emoción (¡una alegría en medio de tanta angustia!), porque todos nuestros médicos llevan algo de la santidad de José Gregorio Hernández y -encima- ucevista, ¿qué más se puede pedir?

Graduado de médico en 1888, se fue a hacer “la rural” a su Isnotú natal. Le habían ofrecido ayuda económica para montar un consultorio en Caracas, pero él la rechazó amablemente diciendo: “En Isnotú no hay médicos y mi puesto está allí, allí donde un día mi propia madre me pidió que volviera para que aliviara los dolores de las gentes humildes de nuestra tierra. Ahora que soy médico, me doy cuenta de que mi puesto está allí entre los míos”.

Pero luego de un año de ejercicio en los Andes, recibió una beca de la fundación Gran Mariscal de Ayacucho de la época y se fue a estudiar a París. A su regreso al país se convirtió en uno de los pioneros de la modernización de la medicina venezolana. Fue de los fundadores de la Academia de Medicina y una autoridad en materia de bacteriología. A él se debe la introducción del microscopio en Venezuela, lo que ya es en sí mismo un milagro, si recordamos que hablamos de finales del siglo XIX, cuando el país no estaba para muchos miramientos sanitarios.

Publicó algunos trabajos de investigación sobre diversas materias vinculadas a su quehacer. Sus intereses intelectuales fueron diversos: la música, el arte, la filosofía y -naturalmente- la teología. Hablaba inglés, francés, portugués, alemán e italiano, dominaba el latín y tenía conocimientos de hebreo (esta gente de antes, empeñada en avergonzarlo a uno. Claro, no tenía Instagram ni Whatsaap (¡así cualquiera!).

Como galeno, su fama de persona incondicionalmente entregada a su prójimo fue notable y si no ha sido canonizado antes es porque tal virtud en un médico venezolano es cosa natural. Pero él fue más allá: la vida del Dr. Hernández estuvo llena de notables muestras de santidad, en primer lugar, en relación con la devoción por su trabajo como médico, profesor e investigador, amén del compromiso y entrega con sus pacientes y -naturalmente- su vida de hombre de profunda religiosidad.

En lo que respecta a este último aspecto, hay que comenzar por decir que su segundo apellido: Cisneros, le conecta con uno de sus antepasados, el cardenal Cisneros, confesor de la reina Isabel La Católica. Sintió el llamado de la vocación religiosa y se fue a una cartuja en Italia. Los cartujos son de las órdenes religiosas de mayor austeridad y rigor. El silencio es parte de su norma de vida. Siempre que pienso en los cartujos viene a mi memoria el simpático chiste del novicio que solo tenía la posibilidad de decir dos palabras al año al padre abad, pasado el primer año le dijo:

¡Cama dura!

El abad le respondió:

Hijo, las durezas de tu cama recuerdan lo duro que es el camino que has tomado del seguimiento de nuestro Señor.

Pasado un año, tuvo la segunda entrevista con el abad:

¡Comida escasa!- dijo el novicio.

El abad respondió:

Hijo, la comida frugal nos recuerda que nuestro paso por la vida es breve, que los goces de este mundo son pasajeros, que la humildad es buena y que nos preparamos aquí para la plenitud celestial.

Pasó otro año y el novicio tuvo su encuentro programado con el superior:

¡Me voy!- dijo.

Gracias a Dios, hijo, -respondió el abad- porque no abres la boca sino para quejarte.

No fue el caso del Dr. José Gregorio Hernández, que enfermó en el monasterio y el superior le recomendó regresar a Venezuela para reponerse. El resto de su vida se dedicó a la medicina y a ayudar a los más necesitados. Casualmente se dirigía a atender a una paciente humilde cuando en la esquina de Amadores fue arrollado por un vehículo al descender del tranvía.

Ser oficialmente santo no es cosa fácil, más si se viste paltó, corbata y se lleva sombrero, aunque José Gregorio ya lo es en el alma venezolana. Los trámites comenzaron en 1949. El papa Juan Pablo II lo declaró “venerable” y ahora un nuevo milagro lo pone en camino de su beatificación.

Se trata de una niña de 13 años víctima del hampa que llegó al hospital con un tiro en la cabeza, luego de 4 horas de vía crucis. Contra todos los pronósticos científicos, se recuperó de manera inexplicable. Su madre la había puesto en manos de José Gregorio Hernández. Un milagro que de pasada pone de manifiesto los infortunios y angustias cotidianas de nuestra gente.

¡Ay!, nuestra misteriosa y a veces incomprensible patria, donde unos destruyen vidas mientras otros luchan afanosamente por salvarlas, haciendo milagros así en la tierra como en el cielo.

Venerable siervo de Dios José Gregorio Hernández: Venezuela está pobre y está enferma, dos situaciones de dolor que por igual te conmueven. Concédenos el milagro en el que todos estamos pensando justo en este preciso instante.

 

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Lo barato sale caro, por Laureano Márquez

@laureanomar 

La sentencia de este dicho no es –ciertamente– una ley universal, sin duda, existen cosas baratas que resultan ser un buen negocio, pero cuando algo es sospechosamente barato, más de lo que es lógico esperar, seguramente terminará saliendo muy costoso al final, de una manera u otra.

La gasolina en Venezuela fue siempre barata y su aumento uno de nuestros tabúes colectivos. Fue especialmente barata durante la mayor parte del régimen chavista, tanto que algunas veces no había manera de pagarla. Con lo que costaba un tanque de gasolina en cualquier país del primer mundo, nosotros conseguíamos gasolina para un año primero, para toda la vida más tarde, hasta que de repente no tuvimos más.

Uno no es economista, pero el puro sentido común indica que aquello que cuesta menos de lo que se invierte en producirlo, terminará saliendo muy caro. Fue el caso de la gasolina en Venezuela.

Movidos por una mentalidad rentista, que antecede al chavismo, pensamos que la gasolina gratuita era una especie de derecho adquirido.

Siguiendo la premisa tan en boga –lamentablemente– de que “toda situación caótica genera un negocio que se nutre del caos”, nuestro Estado, absolutamente intervencionista, aplicaba –curiosamente– en la frontera el laissez faire, laissez passer des les gandolès de gasolinè y surgió entonces lo que podríamos llamar el negoción del siglo en términos generales (así como también capitanes y tenientes coroneles) y una subida del precio lo pondría en échame.

El detonante del Caracazo, que al final terminó sacando a Carlos Andrés Pérez del poder, fue –supuestamente– el aumento del precio de la gasolina en un 30 %, que generó una inmediata subida del precio del transporte público y el consiguiente estallido popular.

El precio de la gasolina mundial oscila entre el 0,00 $ de Venezuela y los 2,15$ de Hong Kong, que paga la gasolina más cara del mundo, claro, en Hong Kong hay. En Venezuela hoy se pagan hasta 4 dólares por litro de gasolina. Es decir, que en el momento en que el precio de la gasolina baja en el resto mundo a consecuencia de la COVID-19, en Venezuela sube, como corresponde al país de Jauja, donde todo está al revés y por tanto, aquí no se cumple eso de que “todo lo que sube baja”.

En Venezuela todo lo que sube sigue subiendo porque hace demasiados años que carecemos de un modelo económico estable sustentado en el equilibrio y el esfuerzo.

Es decir, que en lo sucesivo el 30 % de CAP será risible y si antes tuvimos los “bolichicos”, ahora florecerán los “gasoenchufados”, nuevos millonarios surgidos de esta tragedia.

Y así fue como pasamos de ser el país con la gasolina más barata del planeta al de la más cara. Dicen que lo barato sale caro, menos en Venezuela, que sale carísimo.

 

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Medicina tropical, por Laureano Márquez
La ciencia  (1950) parece clamar al cielo por la destrucción del alma mater. La obra, de Francisco Narváez, integra la Síntesis de las Artes Mayores de la UCV. Foto archivo IAM Venezuela / Luis Chacín, 2016.

@laureanomar 

La medicina tropical -como su nombre lo indica- es la rama de la Medicina que se ocupa de las enfermedades que se producen y desarrollan fundamentalmente en zonas tropicales. Venezuela es, hasta donde sabemos, un país tropical, ergo el Instituto de Medicina Tropical de la Universidad Central de Venezuela, nuestra máxima casa de estudios, tiene una importancia crucial para la salud del país y para la investigación sobre las enfermedades propias de la “zona tórrida”, como diría Andrés Bello.

Dicho lo anterior, nos topamos con la noticia de que el mencionado instituto ha sido este mes robado por septuagésima sexta vez (se lee setenta y seis). En sucesivas incursiones los “antisociales” -siempre me ha parecido graciosa esa manera de nombrar a los malandros, como si fueran anarquistas- se han llevado desde bacterias (sí leyó bien, bacterias -animales vivos- y no baterías, que seguro también, si las había) hasta pocetas que han arrancado de los baños, pasando naturalmente por equipos electrónicos, tuberías, lavamanos, cables, enchufes, mobiliario. Tantas batidas del hampa colocan al instituto en difíciles condiciones para su funcionamiento, para atender a las miles de personas que allí acuden cada día. La sala de atención al público, recién remodelada, ha sido destrozada porque, usualmente, al robo suele añadirse el indolente destrozo de costosos equipos necesarios para las tareas de los profesionales que allí trabajan, más por vocación que por salarios, los cuales, dicho sea de paso, son vergonzosamente miserables.

Pero no es este el único robo que recibe nuestra alma mater, el hampa campea a sus anchas por el campus de la UCV, asaltando otros institutos y escuelas. Sin embargo, el peor hurto que recibe nuestra universidad es el del deliberado recorte presupuestario con el que se penaliza su insumisión política.

Destruir la universidad es el mayor daño que se le puede hacer a una nación, equivale a destruir el futuro, el saber y el progreso del país. Es, sin duda, de las peores agresiones  de cuantas pueden hacérsele, porque es un atentado contra la esperanza.

Es particularmente doloroso vivir la destrucción de nuestra universidad, de sus magníficos espacios llenos de arte, edificados -para el avance de la cultura y del conocimiento de nuestro pueblo- por los mejores artistas con que el mundo contaba  para el momento. Algún día, cuando la tormenta pase, una de las tareas más importantes será la reconstrucción de la universidad venezolana que ha formado a tanta gente talentosa y útil para Venezuela.

Cómo explicarle al malandro que aquello que destruye es lo que puede salvarle la vida a su madre, a su hermana, a su hijo o a él mismo. Cómo lograr que la universidad cuente con los recursos necesarios para su funcionamiento y cómo hacer que los propios universitarios comprendamos la naturaleza profunda del espíritu universitario, para que el amor y la eficiencia, la honestidad y el sentido común guíen nuestro proceder. No es casual que a las naciones que mejor les va son aquellas que han puesto interés en el engrandecimiento de sus universidades.

Los ucevistas no podemos guardar silencio frente a tantas atrocidades. Debemos levantar la voz para que no se apague nuestra universidad, generar corrientes de opinión a favor de la casa que nos formó, debemos ponernos en pie para su defensa, porque allí nuestras almas juveniles -llenas de búsquedas y de sueños- transitaron un lustro por espacios e historias que aún hoy -“post molestam senectutem”- transitan por nosotros. Fueron nuestros mejores años, allí se fraguó nuestra alma para siempre. Desentendernos de su destino sería demasiada ingratitud filial.

Con el dolor de la indolencia que padecemos y que en esta oportunidad se pone de manifiesto en el Instituto de Medicina Tropical de la UCV, lanzamos este mensaje sin destino, como diría Mario Briceño Iragorry, con nuestra conciencia orientada a que, algún día, superemos esta “crisis de pueblo”, de la que no es ajena nuestra querida “casa que vence la sombra con su lumbre de fiel claridad”.

¿Soy un robot?, por Laureano Márquez

@laureanomar 

Con tanta frecuencia tengo que demostrar a Internet que “no soy un robot”, que la duda ha comenzado a embargarme a mí también. Por ejemplo: cuando hago ejercicio siguiendo a algún entrenador de estos que aparecen en las redes, descubro que soy capaz de simular la forma y los movimientos de un ser humano, pero no alcanzo, ni de lejos, su soltura y perfección.

Por otro lado, soy capaz de interactuar con otras máquinas, de hecho al escribir estas líneas, lo hago con una máquina que, al final, hará llegar hasta usted este texto; cuando hablo por teléfono, me comunico también con una máquina que me da instrucciones que obedezco mecánicamente.

Muchísimas, pero muchísimas veces me siento manipulado por humanos, como si alguien manejara los controles de mi vida y programara muchas de las cosas que hago, sin que alcance a entender por qué las hago.

Me muevo dentro de un espacio limitado, no puedo ir donde quiero, requiero de revisión y limpieza periódica y por último, cuando veo en retrospectiva la grabación de mi vida, mi trabajo ha consistido –esencialmente– en imitar seres humanos.

Sin embargo, lo que más me está haciendo sospechar de mi humanidad, en los últimos tiempos, es que veo que mi comportamiento se repite en serie, formo parte de una muchedumbre de robots igualmente manipulados que fingen –como yo– ser humanos. Todos hacemos lo mismo: vestimos igual, estamos en las mismas redes, retuiteamos las mismas cosas (sin que la verdad importe demasiado)…

Realmente a los robots no nos importa mucho la verdad, la variedad, ni la diversidad, nuestra misión es procesar información, no tomar posición ni distancia frente a ella. A mi procesador le llegan –¡a través de las redes!– exhortos para una vida sabia en silencio y soledad alejado de las redes. Recibo muchos consejos sabios invitándome a la sencillez, mezclados con chistes que hacen mofa de los más humildes, asesinatos en vivo grabados por cámaras que habrían podido evitarlos, cadenas de oración al Espíritu Santo seguidas de una dama en cueros.

Cada vez que tomo el teléfono para hacer algo puntual, se desprograma mi función vital, me sumerjo en un mar de aplicaciones en las que me disperso un par de horas sin hacer aquello para lo que había tomado el teléfono. En otras palabras, he perdido aquello que el padre Balmes buscaba en su libro: El criterio. No tengo capacidad para matizar hechos ni circunstancias, me muevo conforme a una programación cerebral binaria: bueno o malo, de derecha o de izquierda (o izquierda, derecha), carnívoro o vegano.

Mi cerebro no tiene capacidad para discernir, estoy diseñado para disparar a todo aquello que no entra en los casilleros matemáticos que tengo en mi disco duro. Mido los resultados por el número de seguidores.

No abrigo la menor duda, no me doy tiempo para meditar nada con detenimiento, vivo de la inmediatez. En fin soy un robot, estoy diseñado para ser influencer.

Laureano Márquez P. Mar 24, 2020 | Actualizado hace 2 meses
Fragilidad, por Laureano Márquez

@laureanomar

Este tiempo de claustro forzado por una pandemia -que alcanza niveles inimaginables para nosotros hace unos meses-, nos invita  a meditar sobre muchas cosas. “Fragilidad” es una palabra que se le viene a uno con frecuencia a la cabeza. Hemos tomado conciencia de nuestra fragilidad.

Un bicho microscópico se ha coronado rey del planeta que habitamos. Un monarca tiránico, que no respeta la vida, que confina, encarcela y persigue. Para los venezolanos una variante extrema de algo que ya conocemos.

Somos frágiles, somos débiles. Todo lo que ayer parecía fuerte e inconmovible, luce hoy endeble, indefenso. Ser rico, ser pobre, poderoso o débil, es todo tan relativo. Pienso en Italia y la soledad de sus bellos monumentos que solo son fría piedra si no hay un alma humana que los goce y contemple. El mundo es mundo porque nuestro cerebro así lo ha decidido, al final solo somos nuestro propio relato. Pienso en España, reconociéndose como una nación unida por la presencia de un verdadero enemigo que viene a decirles que solo juntos son fuertes.

Somos frágiles, a veces nuestra vida depende de la solidaridad y de la sabiduría de nuestro prójimo, de nuestra capacidad para convertirnos en responsables de nuestros hermanos. Piensa uno en los que nos cuidan, en los que en estos días han dado todo de sí para salvar vidas y nos viene la bella frase del Talmud: “Quien salva a un hombre salva a toda la humanidad”.

Somos frágiles, ya puede percibirse que la humanidad no será la misma luego de esto. Un virus nos ha puesto en jaque y esto hará que nos replanteemos muchas cosas en relación con nosotros mismos, con nuestra manera de vivir, de ser. No hay mayor riqueza que el tiempo, ni casa de mayor lujo que la morada interior. Después de todo, qué pequeñito el mundo es “como un juguete de cristal que con cariño hay que cuidar”.

Somos frágiles, cierto, pero también somos fuertes. Descubrimos que nuestra fuerza no está en el arsenal atómico que puede destruir, sino en los hospitales que pueden salvar, en la solidaridad que somos capaces de construir como especie. Somos poderosos porque nuestro mayor arsenal son nuestras bibliotecas. Allí está todo lo que somos desde que uno de nuestros antepasados encendió un fuego, que también fue chispa de inteligencia robada a los dioses en una aventura que, aún hoy, continúa. Nuestra fuerza es la inteligencia, sin duda, por eso el virus será vencido. Nos recuperaremos como tantas veces lo hemos hecho y seguiremos construyendo un mundo que tiene sentido porque estamos nosotros en él.

Amanece en el lugar en el que me encuentro, la oscura noche cede y los albores de un nuevo día anuncian que dentro de poco saldrá el Sol. Es el mismo sol que iluminó a Sócrates y a Pasteur, a Miguel Ángel y a la señora Curie y a tantos otros que tienen que ver con nuestras vidas, con nuestro destino. El vislumbre de un nuevo día me recuerda que esta es una carrera de relevos y que la respuesta a todo el misterio de lo que somos está -como diría Whitman- en “Que estás aquí, que existe la vida y la identidad, que el poderoso drama prosigue y que puedes contribuir con un verso”.

La  arena infinita del reloj que mide la brevedad de mi tiempo, ignora que debe su infinitud a este efímero ser que la piensa.