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Sobre las antígonas criollas y la buena vida, por Asdrúbal Aguiar

ManifestacionesVenezuela2017

 

Mi apreciado condiscípulo Edgar Cherubini escribe, a profundidad, su reciente artículo Antígonas criollas en homenaje de “admiración y orgullo por las mujeres que se enfrentan a la denigrante dictadura comunista en Venezuela”. Lo hace para afirmar el carácter simbólico y ejemplarizante de quienes han visto asesinar, torturar, encarcelar a sus seres queridos y a la par reaccionan con dignidad y coraje inenarrables, ejemplarizantes; dignas de ser emuladas por todos quienes luchan por desatarse del oprobio y el mal absoluto instalados en este sufriente país de hoy, donde ayer abriera mis ojos como vecino de la Capilla de la muy caraqueña esquina de La Fe.

Lo esencial es su enseñanza, el introducir el dilema antiguo que esta vez rasga a las generaciones del presente y las sitúa sobre un parte aguas existencial, a saber, o seguir a Antígona, quien obedece y se comporta guiada por las leyes inalterables no escritas, ancladas en el sacrosanto principio del respeto a la dignidad humana, optando incluso por el sacrificio, o transar con la voluntad humana representada en Creonte, el dictador que entrega a las fieras el inerte cuerpo de su hermano Polinice.    

Es éste, como lo creo, el dilema que confunde e interpela a los líderes democráticos venezolanos. Todos, acaso de buena fe, se encuentran empeñados en la tarea de la conquista de la libertad y para la reconstrucción democrática. Unos lo hacen atados a los principios, “hasta el sacrificio”, y se inmolan sin reparar en si verán logrados o no sus objetivos, en tanto que otros, quizás convencidos de que no existen leyes universales para el quehacer humano, menos el político, ni que hay, siquiera, causalidades cósmicas o a lo mejor profanas a las cuales servir, optan por lidiar con la realidad y aligerarle sus cargas.

No por azar – lo digo sin intenciones subalternas – una parte de la oposición democrática ha acudido sin agenda ni propósitos definidos e inalterables a unos diálogos exploratorios con la dictadura de Nicolás Maduro. Opta por atender una invitación y auscultar su pertinencia, a fin de saber lo que podría o no lograr dentro de ella y en una lucha de poderes desbalanceados que, al término y de suyo, siempre favorecen al citado Creonte criollo.

Pero volvamos a lo que interesa. En su cuidadosa elaboración Edgar deja reflexiones de calado, como la cita de la filósofa de origen galo Anne Dufourmantelle – quien fallece ahogada tratando de salvar a unos niños – y a cuyo tenor “una sociedad que no está en condiciones de soportar el sacrificio es una sociedad pervertida”. Una lectura apresurada de su artículo, no obstante, puede sugerir que ambas posturas encuentran igual sustento en la tragedia de Antígona: La primera por afincarse en una interpretación ética, de suyo personal, conforme con la moral de la civilización, y la segunda, por revelarse contra la tesis determinista – “el guion de nuestras vidas ya ha sido trazado por el destino” – y sobreponerle el quehacer humano, la voluntad hecha acto.

Se trata, lo repito, de una cuestión agonal. La ausencia probable de una clara resolución sobre el particular acaso explica lo que asimismo llevara a los opositores venezolanos – otra vez vuelvo al ejemplo inevitable – a caer en la vil trampa de las elecciones regionales planteadas por Maduro luego de ejecutar su golpe de Estado constituyente: “Si no vamos perdemos nuestras gobernaciones, y si vamos el régimen puede quitárnoslas”. Se trata, al cabo, de una trampa de palabras, que la misma oposición resuelve de modo adverbial: “Si nos desconocen quedarán al descubierto, como una dictadura”.

El tema es álgido en cuanto al fondo y ocupa a la mesa global, bajo pugna abierta. Cada sociedad o cada parte de ésta en sociedades pulverizadas como la nuestra, tiene, entonces, el deber de hacerse el planteamiento moral. De encontrarle una respuesta ética, si el compromiso que se tiene es devolverle el sentido a la política y la misma democracia durante el siglo que ya corre presuroso.

Papa Ratzinger, quien actualiza el debate sobre Razón y Fe con motivo del que sostuviese con Jürgen Habermas, ante el interrogante de este sobre si las constituciones escritas se bastan a sí, con sus fardos de normas prescriptivas, para resolver todos los problemas, desde antes de ser electo como Cardenal responde lapidario. Apela, para sorpresa de no pocos, a lo afirmado por la misma Ilustración en la antesala de nuestras repúblicas modernas: “Las normas morales esenciales… [son] válidas etsi Deus non daretur, incluso en el caso de que Dios no existiera…. [pues de] este modo se quisieron asegurar los fundamentos de la convivencia y, más en general, los fundamentos de la humanidad. En aquel entonces, pareció que era posible, pues las grandes convicciones de fondo surgidas del cristianismo en gran parte resistían y parecían innegables. Pero ahora ya no es así”, se lamenta el pontífice que renunciara luego.

No huelga, por ende, con vistas a ese “ahora ya no es así”, recordar que para David Hume (1711-1776), historiador escocés, el bien y el mal, lo valioso o despreciable, lo correcto o incorrecto, se reduce a un mero sentimiento humano; lo que es inherente al narcisismo digital en boga. De allí que la valoración negativa que acerca de la dictadura en Venezuela tiene la comunidad internacional, consciente de que resume todas las perversidades posibles – corrupción, peculado, drogas, terrorismo, sadismo político y policial -, algunos actores la morigeren, como “realidad política”.

De modo que, en el esfuerzo por darle contenido a la ética en la política dentro de un contexto a redescubrir, el de la moral democrática, vale el consejo de Ronald Dworkin en su Justicia para erizos: Se “requiere trazar en la ética una distinción que es conocida en la moral: una distinción entre el deber y la consecuencia, entre lo correcto y lo bueno. Deberíamos distinguir entre vivir bien y tener una vida buena…. [y] vivir bien significa – para Dworkin – bregar por crear una vida buena, sujeta a las restricciones esenciales para la dignidad humana” y en procura, no siempre alcanzable por perfectible, de la vida buena.

@asdrubalaguiar

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La USAID buena y la USAID mala por Yoani Sánchez

medicoscubanos

Hace apenas unos meses vivíamos bajo una avalancha de propaganda oficial cuyo blanco de ataques era laAgencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Aquellas siglas pasaron a representar al enemigo con que nos asustaban desde la pantalla de los televisores, las tribunas y hasta las propias aulas. Sin embargo, para nuestra sorpresa, esta semana se ha sabido que algunos médicos cubanos llegados a Liberia laborarán en un hospital de campaña financiado por tan “terrible organismo”.

Aunque la prensa oficial ha evitado publicar las fotos que muestran a nuestros compatriotas junto al membrete de la USAID, alguna que otra se les ha escapado de la censura. Así que de pronto, el relato del enfrentamiento se agrieta, la retórica del adversario hace aguas y queda en evidencia todo el relativismo moral de quienes fabrican las cruzadas ideológicas con que nos bombardean desde los medios masivos.

¿Alguien podría pedirle a Associated Press (AP) que vaya cuanto antes a investigar ese contubernio “secreto” entre la Plaza de la Revolución y una agencia que recibe directrices del Departamento de Estado? Estamos deseosos de ver los ríos de tinta que esta extraña colaboración va a provocar, los “destapes”, los memorándums secretos y las confesiones a rostro velado, que expliquen semejante colaboración.

Sin embargo, la respuesta que darán quienes rechazaron el apoyo de la USAID a la sociedad civil cubana pero les parece muy bien que trabaje codo a codo con las autoridades de la Isla, será que en cuestiones humanitarias no hay colores políticos. Como si informarse y empoderarse tecnológicamente no fuera también una cuestión de sobrevivencia en este siglo veintiuno. La propia prensa oficial, por su parte, se aprestará a exponer que cuando de salvar vidas se trata, los galenos cubanos están dispuestos a dejar a un lado las diferencias. Pero ninguna de esas es la verdadera explicación.

El meollo del asunto es que el gobierno de Raúl Castro está deseoso de darle y recibir beligerancia de parte del gran vecino del Norte. Lo que no tolera y nunca aceptará es otorgarle o permitir que se le reconozca la beligerancia a su propia sociedad civil. Está ansioso de la foto de familia con el Tío Sam, siempre y cuando nadie invite al sobrino bastardo que es la población cubana.

El poder tiene esas atracciones hacia sí mismo, parecen querer decirnos las imágenes de estos últimos días. Si un joven cubano recibe un mensaje de texto que lo convoca a un concierto alternativo, debe tener cuidado –según nos advierten los comentaristas oficiales en nuestra pantalla chica– porque el imperialismo puede estar detrás de cada caracter. La misma vara ética no la usan, no obstante, para medir a un profesional de la salud que trabaja bajo la carpa, sobre las camillas y con las jeringas financiadas por la USAID.

¿Cómo van a explicarles a esos niños que llevan meses siendo asustados con la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, que ahora su papa o su tío que se fue a Liberia trabaja en un hospital construido con fondos de esa agencia?

Cuando Ronald Hernández Torres, uno de los médicos cubanos que viajaron a Liberia, escribió en su página de Facebook que “esta unidad cuenta con las mejores condiciones para el cuidado del paciente, y los mejores profesionales de diferentes países que trabajan codo con codo”, ¿sabía acaso que todo eso está siendo costeado por el mismo organismo que es la última bestia negra que ha encontrado el castrismo para asustarnos?

Como siempre suele ocurrir, los gritos de la histeria política terminan por ahogar las voces que enarbolan argumentos. Aunque por regla general termine imponiéndose la versión oficial, porque es la que más alto insulta, eso no debe desanimarnos en buscar las razones y revelar las contradicciones de su discurso.

Ya sé, que al final del año, cuando se pase balance informativo a los titulares de nuestros periódicos nacionales, quedará la impresión que el gobierno de La Habana y la USAID son enemigos irreconciliables. Mas es mentira. La principal confrontación que sigue inamovible y sin ceder ni un centímetro, es esa que brota desde el poder en Cuba y hacia su propio pueblo.

@yoanisanchez

14 y medio