La urgencia de brindar ayuda tras los terremotos del 24 de junio se impuso a la rutina. Ángel Moreno, un joven 26 años, oriundo del estado Táchira y residenciado en Caracas desde hace años, ha sido uno de los miles de jóvenes que pausaron su vida personal para ayudar a las personas afectadas por el desastre.
El día de los sismos, resguardado en casa de unas amigas, experimentó una profunda ansiedad. La certeza de que el tiempo corría en contra de los sobrevivientes lo movilizó de inmediato.
Al día siguiente, compró unos panes, reunió tres bolsos con ropa que guardaba de donaciones anteriores y agarró camino hacia las zonas afectadas en un vehículo que colaboró con el traslado. Su objetivo inicial era Los Palos Grandes, pero las circunstancias lo llevaron hacia La Guaira, la zona más afectada por los terremotos.
El primer contacto con la magnitud del desastre
Ángel llegó a Catia La Mar el 25 de junio sin ningún equipo de protección; solo pudo comprar un tapabocas. Una vez en la zona entendió la verdadera escala del desastre. En el “Hospitalito” la emergencia sanitaria se le hizo evidente al ver el estado de los pacientes. Jóvenes de su misma edad presentaban heridas graves y estaban severamente afectados por lo ocurrido.
“Les di los sándwiches en las manos y les ví las caritas rotas, las piernas vendadas… muchachos de mi edad en pañales, ¿sabes? Y dejé la ropa allí y me fui caminando hasta Playa Grande”, relató en entrevista con Runrun.es.
Se dirigió a ese sector motivado por los reportes en redes sociales que advertían sobre la falta de asistencia. El recorrido por las calles de Catia La Mar lo enfrentó a un panorama de desolación y estructuras colapsadas. Ante la percepción de que la ayuda institucional no llegaba a los puntos críticos, consideró que, por su propia condición física, podría ser útil para las labores de búsqueda.
“Yo sé que yo tengo fuerza, que tengo un cuerpo ágil, estoy sano, que no me pasó nada. Afortunadamente, en este terremoto estuve seguro, y siento que no es casualidad, porque si estoy bien, (…) si tengo un cuerpo que puedo utilizar para ayudar a otros, ¿por qué no?”, dijo.

Labores de búsqueda sin amparo institucional
El primer punto de intervención directa fue una de las torres de las Residencias Belo Horizonte. “Ese primer día solo éramos voluntarios y las personas que vivían allí”, relató Moreno, quien destacó la ausencia de bomberos, policías o personal de Protección Civil en las horas más cruciales posteriores al sismo.
La demanda de los familiares de las víctimas determinó la continuidad de las jornadas de búsqueda, a pesar de los riesgos estructurales y de la falta de implementos de seguridad. Ángel ingresó en espacios reducidos con desprendimientos constantes de escombros para verificar la presencia de personas atrapadas.
Al descender de la edificación, los residentes solicitaban nuevas inspecciones en niveles específicos donde presumían que se encontraban sus allegados. “A pesar de que ya había revisado, era como, ‘no importa, vuelvo a subir y vuelvo a buscar”, señaló.
Contrastes institucionales y colapso logístico
La dinámica en el terreno expuso diferencias en el despliegue de las autoridades según la localidad. Mientras que en Caracas –donde también colaboró en labores de rescate– se observaba el uso de maquinaria pesada y una presencia coordinada de rescatistas, bomberos y delegaciones extranjeras, en La Guaira la situación inicial estuvo marcada por el colapso logístico.
El incremento del tránsito hacia el litoral central en los días posteriores al doblete sísmico generó un embotellamiento que dificultó el acceso de los suministros y los equipos especializados. En sus palabras, la movilización fue tan masiva que “entorpeció la ayuda, porque colapsó La Guaira”.
En el contexto de los rescates no ejecutados por entes oficiales o institucionales, se presentaron interrupciones por parte del personal oficial en las zonas de escombros. Moreno describió situaciones específicas en Macuto donde las labores de recuperación de cuerpos fueron detenidas momentáneamente por funcionarios públicos con fines de registro fotográfico.
“Yo estoy metido en un hueco donde hay un cadáver al lado mío, un hueco inaccesible (…) y llega un funcionario a sacarme. Me pasó dos veces. El funcionario me sacaba para meterse, tomar unas fotos y se iba”, contó. Añadió que las expectativas del equipo de voluntarios era que los uniformados ayudaran, pero se retiraban del sitio tras obtener las imágenes.
El impacto de la cercanía y las pérdidas personales
La labor comunitaria adquirió una dimensión distinta cuando se trasladó al entorno cercano. Ángel acompañó a un amigo hasta el edificio donde este residía, en el piso nueve, con la misión inicial de encontrar a su mascota. Durante el ingreso a los niveles inferiores de la estructura dañada, recolectó artículos personales y fotografías familiares antes del arribo de su allegado.
“Fue muy complejo porque, claro, yo soy el que entra a los escombros y el que manipula. Me afectó mucho el olor a descomposición (…). Yo me he ido acostumbrando a los diferentes olores de descomposición desde el día uno hasta ese momento, porque el primer día olía a sangre fresca y los demás días se percibía una descomposición progresiva”, relató.
El hallazgo de la mascota de su amigo confirmó lo que se temían, en un entorno donde las labores de extracción total resultaron inviables debido a las condiciones del colapso. Posteriormente, ambos ascendieron al apartamento para asegurar bienes personales ante el riesgo latente de saqueos en la zona.

La jornada concluyó con palabras de apoyo y acompañamiento emocional para su amigo ante la pérdida total de la vivienda. “Fue un pequeño espacio, un pequeño momento de decirle como ‘okay, despídete de este espacio, agradécele porque este fue tu hogar”, recordó Moreno.
Para Ángel, fue duro ver a su amigo “quebrarse porque lo acababa de perder todo y se tenía que ir de ese lugar”. Darle ese abrazo, estar con él y tratar de sacarle una sonrisa fue fuerte: “Porque cuando es una persona que no conoces, igual lo haces, pero cuando es un amigo se siente diferente”.
Alteración de la rutina y el costo de la ayuda
El impacto de la contingencia transformó la cotidianidad de Ángel. Los traslados diarios en moto hacia La Guaira y la compra de insumos médicos básicos fueron costeados principalmente con recursos propios, complementados después por donaciones.
Esta dedicación exclusiva generó la suspensión temporal de sus rutinas de entrenamiento físico, afectó el cumplimiento de sus compromisos laborales remotos y generó repercusiones en el manejo de su bienestar personal.
Los días en los que se ha quedado en Caracas no los ha usado para descansar, sino para apoyar en el centro de acopio de la iglesia San Bernardino de Siena en Caracas. Diariamente despierta pensando en ayudar, bien sea yendo a La Guaira o al centro de acopio.
Su vida ha cambiado completamente. “Antes de esto yo era como Ángel, el chico que entrena todos los días, el que tiene su trabajo en un proyecto de salud de prevención de VIH, que trabaja también los fines de semana en su trabajo remoto en casa”, detalló.

A pesar del agotamiento acumulado y de las recomendaciones de su entorno para pausar las actividades, el compromiso con los afectados se mantiene vigente debido a las carencias estructurales que persisten en las comunidades.
“Quizás, en algún momento, todos como venezolanos retomaremos nuestras vidas, pero eso no va a borrar lo que pasó. Y no va a borrar que la necesidad va a seguir existiendo”, concluyó.
Puede ver la entrevista completa a continuación:
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.



