La oposición da la pelea con una sola mano

En el último mitin organizado por la oposición en Valencia, el pasado sábado 13 de julio, la ciudad estuvo tomada policialmente desde muy temprano; todos los accesos por autopista a sus avenidas amanecieron trancados.

La actividad de Edmundo González Urrutia y María Corina Machado no tuvo convocatoria, no tenía hora fija, nadie tenía claro por donde iba a aparecer la candidata. No fue posible hacer anuncios públicos, salvo en las redes sociales, para invitar a los valencianos a aquella cita.

Durante su trayecto a Valencia desde Caracas, Machado tuvo que detenerse en tres ocasiones, gracias a cortes unilaterales e injustificados del tránsito que hizo la Policía Nacional Bolivariana en Tejerías, la Cabrera y Guacara, de al menos media hora cada vez, y que fueron remontados rodando en moto ofrecida por un militante voluntario, aventón que recibió luego de arengar a los oficiales. 

El evento no tuvo tarimas, ni micrófonos; el liderazgo no se pudo dirigir a la audiencia. Ese día en Valencia no funcionó el metro ni el transporte público. Aquella multitud se congregó para, por cuenta propia, ver pasar a su líder, en una concentración probablemente de mayor tamaño que la organizada por la dupla Machado-González Urrutia en Caracas, aunque quizás no tan grande como la de San Cristóbal.

 Machado y González Urrutia fueron luego agredidos verbalmente por unos funcionarios del chavismo cuando terminó la actividad en un restaurante en la Encrucijada.

El de Valencia es un capítulo más de una secuencia ininterrumpida de irregularidades en otras ciudades y pueblos del país, convertidas ahora en tradición cultural, que tienen que ser afrontadas por las expresiones políticas de la disidencia en esta campaña electoral, en un momento en el cual el chavismo interpreta la alternabilidad política como una especie de sedición.

Es cierto que los colectivos y escuadrones armados del oficialismo parecen haber sido arropados, en parte, por el río humano de los actos organizados en el interior por Machado. A cambio, la arremetida del estado frente a la huella que va dejando la pisada de María Corina Machado en sus giras nacionales, es silente e implacable.

En rigor, la campaña electoral de la oposición, entendida como tal, no existe. Su comando de campaña, de alguna forma, tampoco.  Aun así, su candidato domina con claridad las intenciones de voto. El comando opositor está atado de manos, impedido de enviar mensajes a la población, de colocar afiches, de argumentar, de acarrear militantes o usar espacios públicos para sus concentraciones.

Sectores de la opinión pública del momento actual tienden a naturalizar la circunstancia, en parte, quizás, porque nada se puede hacer frente a ella. Como viene sucediendo aproximadamente desde 2010, el único camino que tienen los partidos opositores es asumir las arbitrariedades del chavismo e intentar remontarlas con nuevas exigencias logísticas, a la espera de un resultado electoral enteramente satisfactorio que produzca un cambio de poder en el país.

 El fin de semana del 14 y el 15 de julio, 8 dirigentes opositores más fueron detenidos en los estados Carabobo, Monagas, Anzoátegui y Portuguesa. Entre ellos, la dueña del camión y dos de los empleados que ayudaron a Machado, González Urrutia y su comitiva a encabezar la multitudinaria manifestación en Valencia.

Aumentan de frecuencia y volumen las amenazas de los funcionarios del estado, particularmente de la Fiscalía General de la República. Se han hecho ya incontables acusaciones sobre planes de sabotajes a puentes, al tendido eléctrico o la vida del presidente-candidato. El empresario Ricardo Albacete Vidal ya había sido detenido con graves acusaciones por prestar apoyo a Machado y su comando a su paso por el Táchira.

En el Comando con Venezuela hay en este momento un enorme hermetismo en torno a los efectos de este asedio. Cualquiera siente que puede ser el próximo. La caída de los dirigentes en el acoso oficialista, confirman algunas fuentes, generan importantes trastornos en lo organizativo y anímico y una enorme ansiedad, que no puede ser calmada únicamente con voluntarismo. No es sencillo llenar las vacantes de aquellos que caen presos.

 Hay mucha renuencia a declarar, y un enorme sigilo al momento de hablar de nombres y responsabilidades en medio de este terremoto represivo. En total, 30 miembros, incluyendo a la plana dirigente del Comando, y su jefe, Magalli Meda, han sido judicializados desde enero de este año.

Mientras todo esto sucede, paradójicamente, el gobierno chavista exige a la oposición venezolana un pacto, firmado en sus términos, con los candidatos minoritarios y el Consejo Nacional Electoral, para aceptar los resultados de la consulta que se avecina.

En el alto gobierno se coloca a los adversarios en estado general de sospecha y se le previene a todo el mundo con los peligros de denunciar un fraude electoral, evento para el cual luce particularmente prevenido.

La decisión de asistir a las elecciones, de acuerdo a las fuentes, está tomada a todo evento, independientemente de cuán absurda y limitante sea la maniobra que se presente.

Aparecieron nuevos voluntarios para llenar los baches en la recolección de testigos electorales, y, de acuerdo a las informaciones más recientes, el tema parece encaminado.

El Comando Con Venezuela -después de todo, un equipo político admitido en una contienda electoral por las autoridades- trabaja hoy en condiciones de semi clandestinidad, penado únicamente por existir, expuesto a que cualquiera de sus miembros sea llevado a El Helicoide, y renuente, por ello, a declarar, informar, y operar.

 Es una circunstancia no vista en una consulta electoral en 60 años; acaso las elecciones presidenciales que enfrentaron a Marcos Pérez Jiménez con URD en 1952 ofrezcan una comparación similar.

“Hay miedo, la gente que uno tiene cerca está asustada”, afirma un vocero que forma parte del equipo político de Machado, y prefirió -también- mantener su nombre en la reserva. “Gente cercana que ha tenido que esconderse. Al mismo tiempo, hay enorme expectativa, la consciencia de que los votos existen, que en una consulta limpia se gana. Hay mucha ansiedad con lo que pueda pasar el 28. También mucho ánimo: la euforia de la gente te alimenta, es contagiosa.”  

 

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Cortesía redes sociales
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En el último mitin organizado por la oposición en Valencia, el pasado sábado 13 de julio, la ciudad estuvo tomada policialmente desde muy temprano; todos los accesos por autopista a sus avenidas amanecieron trancados.

La actividad de Edmundo González Urrutia y María Corina Machado no tuvo convocatoria, no tenía hora fija, nadie tenía claro por donde iba a aparecer la candidata. No fue posible hacer anuncios públicos, salvo en las redes sociales, para invitar a los valencianos a aquella cita.

Durante su trayecto a Valencia desde Caracas, Machado tuvo que detenerse en tres ocasiones, gracias a cortes unilaterales e injustificados del tránsito que hizo la Policía Nacional Bolivariana en Tejerías, la Cabrera y Guacara, de al menos media hora cada vez, y que fueron remontados rodando en moto ofrecida por un militante voluntario, aventón que recibió luego de arengar a los oficiales. 

El evento no tuvo tarimas, ni micrófonos; el liderazgo no se pudo dirigir a la audiencia. Ese día en Valencia no funcionó el metro ni el transporte público. Aquella multitud se congregó para, por cuenta propia, ver pasar a su líder, en una concentración probablemente de mayor tamaño que la organizada por la dupla Machado-González Urrutia en Caracas, aunque quizás no tan grande como la de San Cristóbal.

 Machado y González Urrutia fueron luego agredidos verbalmente por unos funcionarios del chavismo cuando terminó la actividad en un restaurante en la Encrucijada.

El de Valencia es un capítulo más de una secuencia ininterrumpida de irregularidades en otras ciudades y pueblos del país, convertidas ahora en tradición cultural, que tienen que ser afrontadas por las expresiones políticas de la disidencia en esta campaña electoral, en un momento en el cual el chavismo interpreta la alternabilidad política como una especie de sedición.

Es cierto que los colectivos y escuadrones armados del oficialismo parecen haber sido arropados, en parte, por el río humano de los actos organizados en el interior por Machado. A cambio, la arremetida del estado frente a la huella que va dejando la pisada de María Corina Machado en sus giras nacionales, es silente e implacable.

En rigor, la campaña electoral de la oposición, entendida como tal, no existe. Su comando de campaña, de alguna forma, tampoco.  Aun así, su candidato domina con claridad las intenciones de voto. El comando opositor está atado de manos, impedido de enviar mensajes a la población, de colocar afiches, de argumentar, de acarrear militantes o usar espacios públicos para sus concentraciones.

Sectores de la opinión pública del momento actual tienden a naturalizar la circunstancia, en parte, quizás, porque nada se puede hacer frente a ella. Como viene sucediendo aproximadamente desde 2010, el único camino que tienen los partidos opositores es asumir las arbitrariedades del chavismo e intentar remontarlas con nuevas exigencias logísticas, a la espera de un resultado electoral enteramente satisfactorio que produzca un cambio de poder en el país.

 El fin de semana del 14 y el 15 de julio, 8 dirigentes opositores más fueron detenidos en los estados Carabobo, Monagas, Anzoátegui y Portuguesa. Entre ellos, la dueña del camión y dos de los empleados que ayudaron a Machado, González Urrutia y su comitiva a encabezar la multitudinaria manifestación en Valencia.

Aumentan de frecuencia y volumen las amenazas de los funcionarios del estado, particularmente de la Fiscalía General de la República. Se han hecho ya incontables acusaciones sobre planes de sabotajes a puentes, al tendido eléctrico o la vida del presidente-candidato. El empresario Ricardo Albacete Vidal ya había sido detenido con graves acusaciones por prestar apoyo a Machado y su comando a su paso por el Táchira.

En el Comando con Venezuela hay en este momento un enorme hermetismo en torno a los efectos de este asedio. Cualquiera siente que puede ser el próximo. La caída de los dirigentes en el acoso oficialista, confirman algunas fuentes, generan importantes trastornos en lo organizativo y anímico y una enorme ansiedad, que no puede ser calmada únicamente con voluntarismo. No es sencillo llenar las vacantes de aquellos que caen presos.

 Hay mucha renuencia a declarar, y un enorme sigilo al momento de hablar de nombres y responsabilidades en medio de este terremoto represivo. En total, 30 miembros, incluyendo a la plana dirigente del Comando, y su jefe, Magalli Meda, han sido judicializados desde enero de este año.

Mientras todo esto sucede, paradójicamente, el gobierno chavista exige a la oposición venezolana un pacto, firmado en sus términos, con los candidatos minoritarios y el Consejo Nacional Electoral, para aceptar los resultados de la consulta que se avecina.

En el alto gobierno se coloca a los adversarios en estado general de sospecha y se le previene a todo el mundo con los peligros de denunciar un fraude electoral, evento para el cual luce particularmente prevenido.

La decisión de asistir a las elecciones, de acuerdo a las fuentes, está tomada a todo evento, independientemente de cuán absurda y limitante sea la maniobra que se presente.

Aparecieron nuevos voluntarios para llenar los baches en la recolección de testigos electorales, y, de acuerdo a las informaciones más recientes, el tema parece encaminado.

El Comando Con Venezuela -después de todo, un equipo político admitido en una contienda electoral por las autoridades- trabaja hoy en condiciones de semi clandestinidad, penado únicamente por existir, expuesto a que cualquiera de sus miembros sea llevado a El Helicoide, y renuente, por ello, a declarar, informar, y operar.

 Es una circunstancia no vista en una consulta electoral en 60 años; acaso las elecciones presidenciales que enfrentaron a Marcos Pérez Jiménez con URD en 1952 ofrezcan una comparación similar.

“Hay miedo, la gente que uno tiene cerca está asustada”, afirma un vocero que forma parte del equipo político de Machado, y prefirió -también- mantener su nombre en la reserva. “Gente cercana que ha tenido que esconderse. Al mismo tiempo, hay enorme expectativa, la consciencia de que los votos existen, que en una consulta limpia se gana. Hay mucha ansiedad con lo que pueda pasar el 28. También mucho ánimo: la euforia de la gente te alimenta, es contagiosa.”  

 

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