
Por Juan Carlos Zapata
Esta es una historia reciente. Finales del gobierno de Caldera, que también fueron los finales de un sistema. Vale recordar. Ahora que la oposición se encuentra en una encrucijada tan importante como los partidos entonces. En política, los errores se pagan caro. Y pagan muchos.
Al salir de la cárcel de Yare, el comandante golpista –flaco, feo, llanero, ordinario, derrotado- le resultaba atractivo a unas cuantas damas del añejo Country Club de Caracas. La nostalgia de un gobierno fuerte, de un hombre fuerte, desataba en torno a él la erótica del poder, la concupiscencia del poder. Pero todavía él no era una opción de poder.
Ocurrió sin embargo lo impensable. En febrero de 1998, una eternidad dese los golpes de Estado de 1992, y tras penar en solitario por los caminos del país, ser señalado de simpatías con la guerrilla colombiana, ser seguido y acosado por jefes militares en guarniciones del interior, organizar reuniones con grupos de la vieja izquierda radical o de militantes descontentos de los partidos del status en pueblos y caseríos, de ser una curiosa atracción para los desprevenidos medios locales, de clamar por una y otra ayuda ante su amigo Tobías Carrero, ante Luis Miquilena, ante José Vicente Rangel, ante pequeños y medianos comerciantes, medianos y a veces grandes productores del campo, y con la sola compañía del coronel Luis Alfonso Dávila y un selecto grupo de escoltas, el candidato Chávez desplazaba de las preferencias electorales a Irene Saéz.
La alcaldesa de Chacao había sido Mis Venezuela y luego Miss Universo. Con una gestión atractiva por la novedad del orden en el tráfico, la limpieza de las calles, la atención directa a niños y ancianos, la seguridad policial, y los adornos navideños, la bella Irene era un producto de pocas ideas aunque de mucha imagen, colocada en el mercado para impactar los públicos electorales, y lo que comenzó como un vamos a ver terminó siendo una candidatura de gran potencial. Irene sería la primera gran apuesta del estatus, bajo la seguridad de que la reina de belleza no contaba con herramientas –ni partido propio ni formación- para gobernar y por tanto, manejable desde los centros de decisión tradicionales. Eso era en 1997. Pues a los comienzos de 1998, Chávez pasaba a tomar la punta, y los mismos que aflojaban recursos a la candidatura de Irene, se dieron cuenta de la trampa en que se habían metido. En que los habían metido las élites de poder.
Un régimen anciano y el hijo de Caldera
Un panorama incierto, en verdad. Pues en el seno del gobierno de Rafael Caldera no había cuajado candidatura alguna y Acción Democrática se decantaba por Luis Alfaro Ucero, su secretario general. El presidente Caldera se acercaba a los 80 años y su anciana humanidad –vaya paradoja- encarnaba la senectud del régimen que moriría en 1998. Para colmo, Alfaro Ucero, pasando los 70, terminaba de confirmar los signos de ese tiempo, de una época que agonizaba, de un modelo en terapia intensiva.
Caldera se había esforzado por una solución de última hora. Varias personas de su entorno habían alentado primero al benjamín de sus hijos, Andrés Caldera, secretario de la Presidencia. Pero qué va. El padre optó por lo seguro, quitándolo del cargo, alejándolo del poder, guardándolo de los sinsabores del político profesional, pues, para desgracia, Andrés andaba de boca en boca, amigos y adversarios lo llamaban el pimentón, mote que destilaba el propósito: Andrés está en todos los guisos, en todos los negocios, como el pimentón. En algún momento se tomó en serio el consejo del entorno: tú puedes ser el sucesor. ¡Viva la dinastía de los Caldera! De allí nace el programa Un cariño para mi ciudad, y el plan de entrarle de lleno al 23 de enero, la emblemática y muy popular parroquia de Caracas. No obstante, nada cuajó. Pasó de ser un ministro muy activo, de imprimirle un dinámico rol de enlace con la comunidad y las élites al despacho, a ser un personaje desconfiado, cerrando el círculo en torno al padre Presidente. Y mientras el país reclamaba la proyección de una figura, en cambio se mostraba limitado, pequeño, ególatra y egoísta. De hecho, al salir del cargo se perdió en las nubes del olvido.
Tras la fórmula mágica
Al anciano Presidente le gustaba una fórmula electoral que entusiasmara la militancia bipartidista, la de AD y Convergencia, el partido de gobierno, y ¿por qué no?, también la de Copei, su antiguo partido. Son meses de cálculo y búsqueda. El status intenta salvar la situación. La sapiencia de los años le dice a Caldera que están entrampados. Que el país puede caer en una situación similar a la de Brasil con Collor de Mello o de Ecuador con Abdala Bucaram en Ecuador. (O como la Ollanta Humala y Keiko Fujimori en Parús, hoy). Irene no puede ser presidenta. Es débil. Inexperta. Representa una suma incalculable de riesgos. Caldera tantea a sus dos ministros estrella, Teodoro Petkoff y Luis Raúl Matos Azócar. Caldera entiende además que ninguna decisión debe pasar por alto la opinión de Alfaro Ucero, su mayor apoyo en la estabilidad de su gobierno disperso, frágil, sin recursos petroleros, que ha sufrido una crisis bancaria, hiperinflación, y varias devaluaciones en fila. Era un gobierno inclusive sin planes, tal como lo había declarado el titular del Fondo de Inversiones de Venezuela, ministro y ex-banquero, Carlos Bernárdez Lossada.
Recalcula Caldera y, de pronto, se saca un as de la manga. Luis Eduardo Martínez, alias el Burro Martínez, gobernador de Monagas, pupilo de Luis Alfaro Ucero, dirigente de la nueva generación adeca, con gestión aceptable en su entidad, y además, presidente de la Asociación de Gobernadores.
Ya Alfaro ha descartado a quien era su mano derecha, Lewis Pérez, sin fuerza ni imagen para aglutinar factores y pueblo a su alrededor. Ya ha descartado a Claudio Fermín, a quien con la mejor imagen de los dirigentes de AD, no se le perdona que luego de llegar segundo, detrás de Caldera en 1993, se haya ido del país, dejando en el limbo buena parte de su capital político y electoral. Claudio terminará por abandonar las filas de AD, y sus propios amigos le criticarán la falta de decisión para enfrentarse a Alfaro Ucero.
El parto del Burro Martínez
Por esos días ocurre la feliz coincidencia del nacimiento de una hija del gobernador Martínez, y éste le propone al Presidente que sea el padrino. Cómo no, dice Caldera. Pero que el bautizo sea en Maturín. Y el anciano Presidente ya estaba pensando en la fotografía del día siguiente. Una partida de dominó en la que él hacía pareja con el gobernador, frente a otra conformada por Alfaro Ucero y el secretario general de Convergencia en Monagas, Pablo Morillo Robles. En papel de espectadores, los banqueros Víctor Gill Ramírez y Arístides Maza Tirado, más los funcionarios de mayor confianza en el Palacio, Fernando Febres, Fernando Egaña y Enrique Alvarado. Fue éste el encargado de convocar a los asistentes, incluyendo los banqueros. Alvarado ha contado que los banqueros no esperaron por una segunda llamada, acudiendo a la cita tan pronto como se les llamó. Su vinculación era doble: se sentían amigos de Andrés Caldera y el gobierno de Caldera, así como de Luis Alfaro Ucero. De hecho, Gill Ramírez era el mayor financista del caudillo adeco. Después también se sentirán amigos de Chávez, respaldándolo.
Hubo bautizo, hubo partida de dominó y hubo foto en la primera página del diario El Nacional. Lo que no hubo fue candidatura de Martínez. A Caldera se lo advirtieron: Alfaro Ucero quiere ser el candidato. Y el Presidente no se lo podía creer. Imposible. Cómo puede ser eso. Para salir de dudas, el Presidente invita al caudillo adeco a una reunión a La Casona, la residencia Presidencial. Nadie conoce los detalles de ese encuentro. Lo que sí se sabe es que Caldera quedó inconforme, y hasta se tomó la licencia de un comentario: Tenían razón. Alfaro Ucero quiere ser candidato. Así que la apuesta por Luis Eduardo Martínez quedaba descartada, a menos que…Y otra vez el Presidente, convencido del complicado escenario político para los partidos y la democracia de partidos, se empeñó en buscarse otra opción que dejara sin argumentos al caudillo adeco, tal vez una figura sin militancia partidista para no despertar celos ni suspicacias, y al mismo tiempo pudiera encarnar la fórmula del gobierno, de un gobierno sin relevo, sin candidatura, y la de los partidos.

Luis Giusti sueña
Volvió al punto de Luis Raúl Matos Azócar. Pero no: se trata de un ex-adeco, muy ligado al lusinchismo y a Jaime Luisnchi, el ex-presidente de imagen tan vapuleada. Tampoco lo van a aceptar. De hecho, los ataques no han cesado contra Matos, convertido en el ministro más poderoso del gobierno. A Caldera le conviene un ministro así, joven, con garra. Qué tiempos aquellos, piensa, del primer gobierno, 1969-1974, cuando él era el joven, dinámico, y se bastaba por sí mismo. Caldera llegó a preguntarse: ¿Y Teodoro Petkoff? No une. Le pesa el pasado guerrillero, el pasado socialista, pese a que ha sido el ministro más exitoso de su gabinete. Y…¿Y? Bingo. Luis Giusti, el presidente de PDVSA. Tiene verbo. Es tecnócrata. Ha salido airoso con la apertura petrolera. Lo aceptan adecos, copeyanos y convergentes. Sabe que Giusti se ha salido a veces del carril, declarando aspectos de política económica, generando celos en el gabinete, incomodando a veces a Matos Azócar, ministro de Hacienda. Caldera recuerda. Esa es una bobería. Lo que está en juego es más importante. De modo que no lo piensa más. Y lo que hace es planificar de nuevo el cuadro y la foto. Entonces cae en cuenta que en los próximos días va de viaje a Alemania. Coge el teléfono y le apunta a Enrique Alvarado que invite a Giusti a la gira, pero que él se vaya por su lado. Que se encuentren en Berlín. No mejor, en Bonn, cambia más tarde la señal. Y al aterrizar en Frankfurt, pregunta si Giusti ha llegado a Alemania. Y cuando vuelan a Bonn en el avión de la Presidencia de Alemania (el de Caldera es el avión viejo que Chávez bautizará como el camastrón y cambiará en el segundo año de mandato) ordena que vuele con ellos. Y en el vuelo es cuando se lo dice. Y Giusti que claro, que será el candidato de los partidos sólo que no renunciará a la presidencia de PDVSA. Y Caldera pasa por alto la exigencia –es un detalle que podía desmontar luego –pues lo principal es analizar el segundo paso. Cómo convencer esta vez a Alfaro Ucero.
Alfaro Ucero se impone
No pudo. Lo intentó y no pudo. Alfaro Ucero ya se había arropado un halo providencial. Eso creía. Y eso se entiende en esta confesión a Matos Azócar, mediando 1997:
-Creo que obligatoriamente voy a ser el candidato de AD. Yo no quería ser secretario general, soy secretario general; y no quería ser candidato, con seguridad seré candidato; yo no quería ser Presidente, a lo mejor seré Presidente.
Caldera con seguridad conocía esta confesión. Y sabiéndolo, también estaba convencido de que nadaba contracorriente. Y no podía entenderlo. Puesto que había que buscar una fórmula que asegurara el triunfo. Si de él dependiera, Alfaro Ucero sería su mejor opción, en tanto que lo blindaría de futuras retaliaciones. Pero no. No eran sólo él y su gobierno. Era el país. De allí el quebradero de cabeza en que se le había convertido el dominó electoral. Por ello, más tarde, pasado un año, transcurridos dos años, y todavía antes de salir de manera definitiva de circulación y morir una década después, cada vez que le reclamen su responsabilidad en la llegada de Chávez al poder, él dirá: los partidos cometieron más errores. ¿Y su error? Sólo oídos muy exclusivos le escucharon decir cuál era su error. No haber convocado a Asamblea Constituyente. No haber promovido la refundación de la República, el remozamiento de las instituciones. En esas horas en que observaba el juego trancado del dominó, pensó en ello, y meditándolo caía siempre en lo mismo: la Constituyente no fue posible porque estaba muy viejo para la tarea y porque al gobierno le estallaba la crisis financiera que se llevó pulmones, nervios, ganas, ánimos y 8.000 millones de dólares. En su libro-testamento político, Los causahabientes de Carabobo a Punto Fijo, Caldera lo recuerda. El proyecto de reforma de la Constitución que presentara comenzando los años 90’ quedó engavetado en el Senado. En esa reforma se establecía un carácter “más participativo” del régimen democrático, incorporando, entre otras figuras, la de los referendos que más tarde Chávez suma a la Constituyente, y a la Constitución bolivariana.
Confesiones de último minuto
-Lamentablemente –escribe Caldera en el libro- faltó la voluntad política para darle el curso final, que de haberse adoptado habría creado un panorama diferente del que se vivió en 1998.
Panorama que él quiso eludir, sin éxito. Pues valga un dato adicional en el dominó jugado por anciano Presidente. Entre la operación Giusti y la operación Martínez hay un mes de diferencia. O sea, nada. Lo cual indica, como ha observado Enrique Alvarado en reuniones privadas, que Caldera, entre marzo y abril de 1998, jugaba dos piezas al mismo tiempo. Jugaba la opción partidista y la opción del independiente, del tecnócrata. Cabe destacar que nunca consideró a ninguno de sus ex-delfines, Oswaldo Alvaraez Paz y Eduardo Fernández, y su oposición a Irene Sáez también estaba matizada por la ascendencia que sobre ella mantenía su antiguo contendor en Copei, el ex-presidente Luis Herrera Campins. Resultó un juego trancado. Al final ni una opción ni la otra sino todo lo contrario. Ganó Chávez.