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A Maduro como que se le “olvidó” la confesión de Aponte Aponte

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HOY QUE EL VICEPRESIDENTE NICOLÁS MADURO afirmó tras reunirse con los familiares del las víctimas del 11 de abril que los crímenes sucedidos durante el 2002, “son sumamente graves y deben ser castigados para que no haya impunidad” luego que la hija y demás familiares del comisario Ivan Simonovis pideran su libertad por razones humanitarias vale la pena recordarle la confesión del ex magistrado rojo rojito y ficha clave del régimen el Coronel Eladio Aponte Aponte.

Sostuvo Maduro, sin rubor alguno, que debe caer todo el peso de la ley sobre quienes hayan participado en hechos de lesa humanidad y rechazó que los comisarios Lázaro Forero, Henry Vivas y el ex inspector de la PTJ, Iván Simonovis  sean “presos políticos”.

Señaló que el 11 de abril, el Gobierno y los familiares de las víctimas lo recuerdan “con dolor y no con odio”.

“Las secuelas de las balas asesinas del 11 de abril aún pasan por su cuerpo y nos tienen que recordar lo que es la oligarquía”, agregó

Aquí tiene, para que lo digiera esta noche en su casa con la Procuradora Cilia Flores el texto de la carta de quien confesara que todas estas sentencias fueron una patraña urdida por órdenes del presidente Hugo Chávez. La tomo del diario Tal Cual del pasado 14 de septiembre de 2012:

La confesión de Aponte

La carta de confesión del ex magistrado Ramón Eladio Aponte Aponte detalla los motivos que lo llevaron a sentenciar a 30 años a los comisarios vinculados con los hechos del 11 de abril de 2002. Reveló que la orden la recibió directamente del propio Chávez

A continuación, la “carta confesión” que el abogado Carlos Ramírez López, representante legal del ex magistrado Eladio Aponte Aponte, leyó con referencia al caso los comisarios condenados a 30 años de prisión por su presunta vinculación con los sucesos del 11 de abril del 2002:

Señores:
Ex Comisionados
Henry Vivas Lázaro Forero
Iván Simonovis
Erasmo Bolívar
Luis Molina
Arube Pérez
Marco Hurtado
Héctor Rovaina

El suscrito, Dr. Ramón Eladio Aponte Aponte, ex Magistrado de la sala Penal del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, titular de la cédula de identidad número tres cinco ocho uno uno cero cuatro, digo:

Es un deber inaplazable, confesar ante ustedes, y ante todos, que he cometido el pecado de haber transmitido a los jueces que los juzgaron, la orden de condenarles a 30 años de prisión a como diera lugar. Yo estaba cumpliendo instrucciones directas del Presidente Hugo Chávez Frías, quien así me lo ordenó.

No pretendo ser librado de responsabilidades por eso que hice, ya que nada lo justifica, solo quiero confesar para descansar un poco mi conciencia, ya que ahora estoy sintiendo en carne propia lo que se siente al ser perseguido.

Ordené a la Jueza Anabella Rodríguez del Juzgado 13 de Primera Instancia en Funciones de Control en Caracas, que decretara la orden de captura que le solicitó la Fiscal Luisa Ortega Díaz, aún cuando dicha jueza no tenía competencia en el caso que estaba radicado en Maracay. También mantuve comunicación constante con la Jueza Marjorie Calderón de Maracay y con la Fiscal Haifa El aissami para que hicieran todo para retrasar el juicio, y así causarles toda clase de penurias con traslados, y para que finalmente se produjera sentencia condenatoria a como diera lugar, sentencia que entregué en formato digital a dicha Jueza y que estaba elaborada por uno de mis asistentes. Posteriormente hice lo mismo con los Jueces de la Corte de Apelaciones de Aragua, Fabiola Colmenares, Antonio Perillo y Francisco Coggiola, a quienes les entregué de la misma manera la sentencia sobre la apelación que formularon los procesados a través de sus defensores.

Finalmente en ese caso ustedes elevaron recurso de Casación ante la Sala Penal donde yo lo asumí y de inmediato mandé a elaborar el proyecto de sentencia declarando sin lugar por recurso manifestante infundado, esto es sin siquiera haberlo leído ya  que era demasiado extenso y la orden que expresamente me dio el Presidente Chávez era “Salir de eso de inmediato sin más tardanza” “Condénelos de una vez” así lo hice, y al tener el proyecto lo firmamos el 18 de mayo de 2010 y se publicó el fallo el 21 de mayo, sentencia 173 con la aprobación mía, Deyanira Nieves, Miriam Morando y Héctor Coronado Flores, y a cada uno de ellos les hice saber, que esa era la orden de Chávez por lo que se apresuraron a firmar. Salvo el voto de Blanca Rosa Mármol.

Ojalá y esta confesión les ayude a encontrar alguna solución a su problema, y estoy dispuesto a ratificar todo ante Tribunales en verdad independientes, con Jueces imparciales y en un país donde haya democracia verdadera y libertad. San José, Costa Rica, dieciséis de abril del año dos mil doce.

Dr. Ramón Eladio Aponte Aponte

 

Ex Magistrado de la Sala Penal

del Tribunal de la Justicia de la República Bolivariana de Venezuela

 

Jon Lee Anderson desnuda al chavismo presente y futuro

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EL MAGNÍFICO PORTAL VENEZOLANO  Prodavinci- que se define como un espacio para las ideas, las conversaciones y los debates- viene aportando desde que se inició las colaboraciones de un gran periodista de investigación de los Estados Unidos que conoce muy bien la idiosincrasia latinoamericana pues ha vivido muchos años por estas tierras habiéndose iniciado en el periodismo en la ciudad de Lima, Perú.

Se trata de Jon Lee Anderson quien con su pluma ha descubierto -o desenmascarado-  algunos íconos de la política mundial.

Su último trabajo sobre Venezuela y el gobierno de Hugo Chávez publicado en inglés y traducido por la gente de Prodavinci  (www.prodavinci.com) nos relata con crudeza el deterioro de una sociedad que en 14 años de socialismo falso, de enorme ineficiencia y de la más grande corrupción que conocíamos se ha apoderado del país en todas sus entrañas e instituciones.

El desmantelamiento de lo que fue la sociedad venezolana, lo que fue Venezuela, los valores que alguna vez tuvimos y los antivalores que yacían dormidos fueron claves en este logro de Hugo Chávez junto a la supervisión y consejos de los hermanos Castro de Cuba.

Un socialismo que está pegado únicamente por el billete de un dólar entre sus dirigentes principales, en millones de bolívares para su dirigencia media y en el empoderamiento de la clase más pobre a la que le demostró cariño y atención aunque sigan igual o peor que antes.

El relato es tan espantoso como cierto. Gracias a Prodavinci por brindarnos tan dura y cruda radiografía.

Aquí el texto en español traducido por Nelson Algomeda:

El Poder y la Torre

por Jon Lee Anderson

Desde el primer triunfo de Hugo Chávez, hace 14 años, Jon Lee Anderson ha seguido de cerca el proceso político venezolano a través de dos perfiles del Presidente Hugo Chávez en la revista The New Yorker, de la cual es periodista de planta. El propio Chávez reconoció lo riguroso de su trabajo y lo calificó como un “amigo crítico” del proceso. La crónica que a continuación presentamos fue publicada en inglés en The New Yorker en la edición del 21 al 28 de enero de 2013. En ella, Anderson se adentra en la crisis urbana actual de Caracas. El resultado es una de las imágenes más controvertidas del proceso revolucionario y, a la vez, un balance del posible legado de Hugo Chávez. Es una reflexión constructiva e imprescindible, pero a la vez crítica y severa, sobre nuestro país y su futuro.

El 11 de diciembre, Hugo Chávez Frías, el extravagante y radical presidente de Venezuela, se sometió a su cuarta cirugía contra el cáncer y desde entonces ha languidecido en un hospital de La Habana bajo una celosa guardia. Sólo familiares y allegados políticos cercanos —y, se presume, los hermanos Castro— tienen permiso para verlo. No ha habido ningún vídeo de él sonriendo desde su cama de hospital ni animando a sus seguidores. Funcionarios del gobierno reconocen que está experimentando “severas dificultades respiratorias”, a pesar de los rumores de que está bajo un coma inducido y conectado a un respirador. La presidenta de Argentina, Cristina Kirchner, visitó La Habana la semana pasada llevando una Biblia para Chávez. Y aunque no comentó si lo llegó a ver, tuiteó poco después: “Hasta siempre”. Los partidarios de Chávez insisten en que el presidente se está recuperando, y que incluso firmó un documento- una prueba de vida que se exhibió debidamente a la prensa. Pero el mensaje de Kirchner sonaba como un último adiós.

Es apropiado que Chávez haya escogido Cuba como el mejor lugar para recuperarse, ya que el país ha sido un segundo hogar para él durante mucho tiempo. En noviembre de 1999, Fidel Castro lo invitó a dar una charla magistral en la Universidad de La Habana. Chávez, un ex-paracaidista militar, se había convertido en presidente de Venezuela apenas nueve meses antes, pero ya contaba con una audiencia embelesada, incluyendo a Castro, a su hermano menor Raúl y a otros altos cargos del buró político de Cuba. El discurso de Chávez estuvo lleno de expresiones de buena voluntad hacia Cuba y elogió a Castro, a quien llamó “hermano”. Era imposible pasar por alto las implicaciones de su visita. Desde el fin del subsidio soviético, ocho años antes, Cuba luchaba por sostenerse y Venezuela era una nación rica en petróleo. Chávez había viajado con una delegación de la empresa petrolera nacional. El presidente, ya en ese entonces un orador expansivo, habló durante noventa minutos, y Castro sonrió atentamente todo ese tiempo. El hombre que estaba a mi lado susurró que nunca había visto a Fidel mostrar tanto respeto por otro líder.

Esa noche, una multitud llenó el Estadio Nacional de Béisbol de La Habana en ocasión de un partido amistoso entre jugadores veteranos de las dos naciones. El ambiente era festivo. Chávez pichó y bateó para Venezuela, jugando las nueve entradas. Castro, vestido con una chaqueta de béisbol sobre su uniforme de faena militar, fue el mánager de Cuba y aprovechó para darle a su huésped una lección en tácticas: a medida que el juego avanzaba, Castro infiltró jóvenes impostores al campo de juego, disfrazados con barbas postizas que luego se arrancaron, desencadenando aplausos y risas en la audiencia. Al final del juego Cuba ganaba cinco a cuatro pero, como declaró Chávez, “tanto Cuba como Venezuela han ganado. Esto profundizó nuestra amistad”.

Antes de que pasara mucho tiempo, Cuba empezó a recibir envíos de petróleo venezolano a menores precios, a cambio de los servicios de docentes, médicos e instructores deportivos cubanos que trabajaron en un enorme programa de alivio de la pobreza lanzado por Chávez. Desde el año 2001, decenas de miles de médicos cubanos han proporcionado tratamiento a los pobres de Venezuela, y personas con enfermedades de la vista han recibido atención médica en Cuba, en el marco de un programa que Chávez llamó, con su típica grandiosidad, Misión Milagro.

Como parte no escrita del acuerdo, Chávez también adquirió una ideología. Desde el principio él era un ferviente discípulo de Simón Bolívar, libertador de Venezuela y su máximo héroe nacional. Poco después de haber asumido el poder, Chávez cambió el nombre del país a República Bolivariana de Venezuela. Bolívar era un modelo complicado: fue un luchador carismático por la libertad, cuyas sangrientas campañas liberaron a gran parte de América del Sur de la España colonial. Pero, a pesar de ser admirador de la Revolución Americana, Bolívar era mucho más un autócrata que un demócrata. Para Chávez, Castro era el Bolívar de los tiempos modernos, el actual guardián de la lucha antiimperialista. En 2005, después de un largo período de estudio y reflexión, Chávez anunció que había decidido que el socialismo era la mejor propuesta de progreso para la región. En sólo unos pocos años, con sus miles de millones en petróleo y guiado por Castro, Chávez resucitó el discurso y el espíritu de la revolución izquierdista en América Latina. Él transformaría Venezuela en lo que llamó, en su discurso en la Universidad de La Habana, “un mar de felicidad y de verdadera justicia social y paz”. Su máximo objetivo fue elevar a los pobres. En Caracas, la capital del país, los resultados de esta irregular campaña están a la vista de todos.

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Los colonizadores españoles que fundaron Caracas en el siglo XVI lo hicieron con cuidado: situaron la ciudad en las montañas, en vez de la cercana costa del Caribe, para protegerla de piratas ingleses y de los indios que merodeaban. Actualmente, la costa ubicada a diez millas de distancia de la ciudad es accesible por una carretera escarpada entre las montañas construida por órdenes del fallecido dictador militar Marcos Pérez Jiménez, quien dominó el país durante la década de los cincuenta. De cruel carácter y ampliamente odiado en su país, Pérez Jiménez fue derrocado después de sólo seis años como Presidente, pero dejó tras de sí un impresionante legado de obras públicas: edificios gubernamentales, proyectos de vivienda pública, túneles, puentes, parques y carreteras. En las décadas siguientes, mientras las dictaduras molestaban a gran parte de América Latina, Venezuela resultó ser una democracia dinámica y generalmente estable. Siendo una de las naciones petroleras más ricas del mundo, el país tuvo una creciente clase media con un nivel increíblemente alto de vida. También fue un firme aliado de EE.UU.: los Rockefellers tenían campos petroleros en Venezuela, así como grandes ranchos donde sus familiares montaban a caballo con amigos venezolanos.

La perspectiva de una buena vida en Venezuela atrajo a cientos de miles de inmigrantes del resto de América Latina y de Europa, quienes ayudaron a darle a Caracas la reputación de ser una de las ciudades más atractivas y modernas de la región. Tenía una espléndida universidad —la Universidad Central de Venezuela—, un museo de arte moderno de primer orden, un elegante Country Club, una serie de buenos hoteles y exquisitas playas. A finales de los años setenta, cuando las mujeres venezolanas se convirtieron en perennes ganadoras del concurso de Miss Universo, la mayoría de los latinoamericanos consideraban al país como un lugar hermoso para gente hermosa. Incluso su criminal más infame, el terrorista marxista Illich Ramírez Sánchez (Carlos El Chacal), fue un todo un dandy, con un gusto por los pañuelos de seda y el whiskey Johnnie Walker. En 1983, en lo que puede haber sido la cúspide del encanto de Caracas, fue inaugurada la primera línea del Metro y el Teresa Carreño, un complejo teatral de clase mundial.

Esa ciudad apenas puede percibirse hoy. Después de décadas de abandono, pobreza, corrupción y agitación social, Caracas se ha deteriorado muchísimo. Tiene una de las tasas de homicidios más altas del mundo: el año pasado, en una ciudad de tres millones de habitantes, se estima que tres mil seiscientas personas fueron asesinadas, cifra que equivale a una muerte cada dos horas. La tasa de homicidios en Venezuela se ha triplicado desde que Chávez asumió el poder. De hecho, el crimen violento (o la amenaza de que suceda) es probablemente el carácter definitorio de Caracas, tan ineludible como el clima, que generalmente es maravilloso, y el terrible tráfico, con autos atascados durante horas en las calles día tras día. Vendedores deambulan a través del embotellamiento, vendiendo juguetes, insecticidas y DVDs piratas, mientras que los drogadictos lavan los parabrisas o hacen malabares a cambio de monedas. Se observan fachadas enteras cubiertas de graffitis y con basura amontonada en las vías. El río Guaire, su cauce a lo largo de toda la ciudad, es un torrente gris de agua maloliente. A lo largo de sus riberas viven cientos de personas sin hogar, indigentes —en su mayoría adictos a las drogas— y enfermos mentales. Los barrios más ricos de Caracas son enclaves fortificados, protegidos por muros de seguridad con alambre electrificado. En las entradas de las urbanizaciones, guardias armados permanecen en vigilia tras un vidrio oscuro.

Caracas es una ciudad fallida y la Torre de David es quizás el símbolo más importante de ese fracaso. La torre es un zigurat de espejos de vidrio coronado por un gran eje vertical, que se eleva a cuarenta y cinco pisos por encima de la ciudad. La principal característica del complejo de rascacielos de Confinanzas, que incluye otra torre de dieciocho pisos y un estacionamiento elevado, es su visibilidad desde cualquier punto de Caracas, que sigue siendo mayormente una ciudad de edificios modestos. El vecindario que rodea al edificio es típico: una ladera cuadriculada de casas y comercios de uno o dos pisos que se disipan a pocas cuadras de las faldas del cerro El Ávila, un montaña selvática que forma un dramático muro verde entre Caracas y el Mar Caribe.

La torre ha sido nombrada en honor a David Brillembourg, un banquero que hizo fortuna durante elboom petrolero de Venezuela en los años setenta. En 1990, Brillembourg se lanzó a la construcción de un complejo que esperaba convertirse en la respuesta venezolana a Wall Street. Sin embargo,  Brillembourg murió en 1993, mientras el complejo seguía en construcción, y poco después de su muerte una crisis bancaria acabó con un tercio de la instituciones financieras del país. La construcción, completada en un sesenta por ciento, se detuvo y nunca fue reanudada.

Vista desde la distancia, la Torre no da indicio alguno de sus problemas. De cerca, sin embargo, las irregularidades en su fachada son claramente evidentes. Hay partes donde los paneles de vidrio se han perdido y los agujeros han sido rellenados; en otras partes de la fachada, las antenas parabólicas y satelitales se asoman como hongos. En los costados no hay paneles de vidrio en absoluto. El complejo es un coloso de hormigón sin terminar —en el que habitan personas. Casas de ladrillo mal ensambladas, similares a las que cubren los cerros alrededor de Caracas como costras, han llenado los espacios vacíos dentro de muchos de los pisos. Sólo las plantas superiores están abiertas al cielo, como plataformas de un gran pastel de bodas. El decano de Arquitectura de la Universidad Central, Guillermo Barrios, me dijo: “Todo régimen tiene su impronta arquitectónica, su icono, y no tengo duda de que la imagen arquitectónica de este régimen es la Torre de David. Encarna la política urbana de este régimen, que puede definirse por la confiscación y expropiación, por la incapacidad gubernamental y el uso de la violencia”. La Torre, construida como una muestra de la eminencia del país, se ha convertido en el barrio alto del mundo.

 

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Cuando Chávez asumió el poder en 1999, el centro de la ciudad ya estaba descuidado y en franca decadencia, y la torre había caído bajo custodia del Fondo de Garantías de Depósitos. Cuando el gobierno trató de venderla mediante subasta pública en el 2001 nadie ofertó y el plan que existía para convertirla en la nueva sede de la Alcaldía fue abandonado. Finalmente, una noche de octubre del 2007, varios cientos de hombres, mujeres y niños, dirigidos por un grupo de duros y decididos exconvictos, invadieron la torre y acamparon allí. Una mujer que fue parte de la invasión me dijo: “Entramos como si fuera una cueva. Parecíamos cochinos, todos ahí juntos. Abrimos la puerta y desde ese día hemos estado viviendo aquí”. Estaba asustada, pero sentía que no tenía otra opción. “Todos buscaban un techo sobre sus cabezas porque nadie tenía donde vivir. Y era una solución”. Muchos más los siguieron. Los líderes de la invasión comenzaron a vender el derecho de entrada a los recién llegados, en su mayoría personas pobres de las barriadas de Caracas que deseaban cambiar las laderas fangosas por el centro citadino.

Hoy en día, la torre es el emblema de una tendencia de la era Chávez: la “invasión” organizada de edificios desocupados por grupos grandes de ocupantes ilegales. Cientos de edificios han sido invadidos desde que el fenómeno se inició en 2003: bloques de apartamentos, torres de oficinas, almacenes, centros comerciales. Cerca de ciento cincuenta edificios en Caracas están ocupados por invasores. La Torre de David alberga un estimado de tres mil personas, llenando la torre más pequeña por completo y la más alta hasta el piso veintiocho. Jóvenes motociclistas operan una línea de “mototaxistas” para los residentes de los pisos más altos, llevándolos desde la planta baja hasta el décimo piso del estacionamiento adjunto, desde donde pueden ascender por unas rudimentarias escaleras de concreto. Para quienes viven por encima del décimo piso, es un largo camino hasta el tope.

En un reciente viaje a Caracas, le pedí a un taxista que me dejara en frente de la Torre de David y me contestó con una mirada de asombro. “No vas a entrar allí, ¿verdad? “, dijo, “¡De ahí sale todo el mal de esta ciudad!”. La Torre se ha ganado el dudoso honor de ser un centro criminal, alimentado por los relatos de la prensa que presenta al lugar como un refugio para delincuentes, asesinos y secuestradores. Para muchos caraqueños, la Torre es sinónimo de todo lo que está mal en su sociedad: una comunidad de invasores que habitan en medio de la ciudad, controlada por pandilleros armados con el consentimiento tácito del gobierno de Chávez.

El jefe de la Torre es un excriminal convertido en pastor evangélico, llamado Alexánder “El Niño” Daza. Un ardiente partidario de Chávez que aceptó reunirse conmigo sólo después de que un intermediario le aseguró que era políticamente aceptable. Cuando llegué a la entrada principal de la Torre había mujeres dentro de una cabina de seguridad que operaban una puerta controlada electrónicamente. Me pidieron una identificación y que firmara un registro, permitiéndome pasar sólo porque era un invitado de Daza. Daza me esperaba en el atrio, un espacio de concreto al aire libre entre los dos edificios principales. Una música ensordecedora salía de un par de altavoces grandes justo en la puerta de entrada a la “iglesia” de Daza, una habitación ubicada en la planta baja donde predica los domingos. Según contaba, se había convertido o “renacido” estando en prisión. De baja estatura, cuerpo fornido y cara de niño, tiene treinta y ocho años pero luce mucho más joven.

Nos sentamos en un muro pequeño para hablar pero, con los altavoces a todo volumen, Daza era prácticamente inaudible. No habló de la Torre, su comunidad ni de su papel como una figura de autoridad. En su lugar, haciendo eco del lenguaje de los funcionarios del gobierno, se quejó de que los “medios de comunicación privados” siempre buscaban la manera de distorsionar la verdad, hacer daño a “la causa de la gente” y de “dañar a Chávez”. Durante mi experiencia reportando sobre Chávez, he llegado a pasar una buena cantidad de tiempo con él, y cuando le dije esto a Daza me miró con cautelosa impresión. Después de un rato, se relajó considerablemente, señalándome a su esposa, una bonita joven llamada Gina, mientras caminaba junto a nosotros con un niño.

Gran parte de la vida comunitaria de la Torre estaba fuera de nuestra vista, por encima de nosotros, pero algunos de los apartamentos de los niveles más bajo estaban al pie del atrio. Había ropa tendida en balcones por terminar y en algunas antenas. También pueden verse signos de la lealtad política imperante. En las últimas elecciones, Daza hizo todo lo posible para que la Torre de David fuese una base de apoyo para Chávez y colgó una pancarta grande y roja en su honor.

Daza protestó por las historias sobre la Torre que la denunciaban como centro de crimen y a él como un criminal. Él y su gente se hicieron cargo de algo que estaba “muerto” y “le dimos vida”, dijo: “La rescatamos con la visión de vivir aquí en armonía”. Ésta fue una opinión minoritaria. Guillermo Barrios, el Decano de Arquitectura, me dijo: “La Torre de David no era un bello ejemplo de la autodeterminación de una comunidad sino una invasión violenta”. Describió a Daza como un malandro, como el tipo de oportunista matón que ha llegado a tipificar la vida urbana en Venezuela, con la apariencia de un pastor. “Es el líder de un grupo de invasores que vende la entrada al edificio, un ejemplo del más salvaje capitalismo”, dijo. “Se arropa en la religiosidad, pero hay un grupo violento detrás de él que le permite llevar a cabo sus acciones”.

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Chávez ganó la reelección en octubre, y en las semanas siguientes la ciudad tenía una atmósfera de incertidumbre. El presidente de cincuenta y ocho años había estado recibiendo tratamiento para el cáncer desde junio del 2011, pero se declaró a sí mismo lo suficientemente sano como para competir para gobernar otros seis años más. Libró una dura campaña en contra de su oponente Henrique Capriles Radonski, un atlético abogado de cuarenta años que representó la centro derecha y ganó por un respetable margen de once puntos. Sin embargo, desde su discurso de victoria, no había aparecido en público.

En noviembre, uno de los funcionarios de Chávez me dijo: “El Presidente se está recuperando de una agotadora campaña”. Un par de semanas más tarde, Chávez viajó a Cuba para un chequeo médico y poco después regresó a Caracas y anunció que sus médicos le habían detectado nuevas células cancerígenas. Sentado junto a su vicepresidente, Nicolás Maduro, dijo: “Si algo me llegara a suceder… elijan a Nicolás Maduro”.

Chávez me dijo una vez que Castro le había advertido públicamente que debía mejorar su seguridad, diciendo: “Sin este hombre, esta revolución se acabará de inmediato”. A los ojos de Chávez, esto ponía demasiada importancia en él. Pero en la medida en que su revolución ha avanzado, lo ha hecho arrastrada por su personalidad: el lograba que las cosas pasaran  cuando estaba físicamente presente pero, apartando esto, su administración era caótica y desordenada.

Chávez consolidó su educación ideológica estando en prisión. Fue encarcelado en 1992, por liderar un fallido Golpe de Estado Militar contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Mientras cumplía su condena, llamó a Jorge Giordani (un profesor marxista de economía y planificación social de la Universidad Central) para que le diera clases. “El plan era que Chávez escribiera una tesis sobre cómo convertir su movimiento bolivariano en un gobierno”, me dijo Giordani en el 2001, cuando servía como Ministro de Planificación de Chávez. Se echó a reír: “Nunca terminó la tesis. Cada vez que le pregunto por eso, sólo me dice: ‘Eso es lo que estamos haciendo ahora: llevar la teoría a la práctica’”.

Giordani me mostró los planes de uno de sus proyectos revolucionarios. “Queremos deshacernos de las favelas y repoblar el campo”, dijo. Por lo que Chávez y él habían mandado al ejército al centro no desarrollado del país para comenzar a construir “comunidades agroindustriales autosostenibles” o SARAOs, que a su juicio se convertirían en pequeñas ciudades. Reconoció que era una idea utópica, “pero en la planificación social uno debe moverse entre la utopía y la realidad”. Al final, los SARAOs fueron engavetados y los barrios crecieron en su lugar. Era típico del gobierno ad hoc de Chávez. Una vez en el set de “Aló Presidente” (su programa de televisión exento de forma), lo vi lanzar un importante programa de expropiaciones de grandes fincas que serían entregadas a los campesinos. Hizo el anuncio con gran cordialidad, a lo cual le siguió un comentario, jugada por jugada, de un partido de voleibol.

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Cuando llegué a Caracas en noviembre tenía casi cuatro años sin volver, y la ciudad se veía más inmunda y desgastada que nunca, aunque se mantenía llena de carteles y pancartas en las que el gobierno se felicitaba a sí mismo por diversos logros. Se mostraba a Chávez en gigantescas vallas abrazando con cariño a ancianas y niños. Por todas partes había carteles sobrantes de la última campaña electoral, en las paredes, en postes de electricidad, puentes y carreteras. Había grafitis políticos de ambos bandos y salpicones de pintura en los lugares donde un partido había tratado de sabotear la propaganda del otro.

La polarización es lo que ha definido la era chavista. Son raras las cuestiones de la vida pública que no sean batalladas y discutidas amargamente. Esto se extiende a la Torre de David: todas las personas que conocí tenían una opinión al respecto. Un amigo periodista, Boris Muñoz, me dijo que el edificio está manejado por el “lumpen empoderado” que controlaba la vida de los residentes con el mismo sistema violento que rige la vida dentro de las cárceles venezolanas. Guillermo Barrios respondabiliza de las invasiones al gobierno y a su política negligente sobre la ciudad, incluyendo al propio Chávez. “El lenguaje político que ha justificado las invasiones y el robo absoluto proviene de los discursos de Chávez “, dijo. En el año 2011, Chávez dio un discurso exhortando a los indigentes de Caracas a tomar almacenes abandonados y galpones bajo su poder. “Invito al pueblo”, dijo, “a que busquen su propio galpón y me digan dónde está. Cada quién que busque sus galpones. ¡Vamos a buscarnos un galpón! Hay mil, dos mil galpones abandonados en Caracas. ¡Vamos para allá! Que Chávez los expropiará y los pondrá al servicio del pueblo”.

Las ocupaciones ilegales de todo tipo de edificios se habían disparado. Después de que una inundación desastrosa en diciembre del 2010 dejó a cien mil personas más sin hogar —la mayoría desalojados de los barrios pobres ubicados en los cerros— Chávez obligó a hoteles, un club de campo y hasta un centro comercial a alojarlos. Durante meses, varios miles de damnificados vivieron en parques de la ciudad y en una tienda de campaña levantada frente al Palacio Presidencial de Miraflores. Algunos fueron alojados dentro del palacio. La situación era claramente urgente y Chávez, en típico estilo cuasi militar, declaró una nueva “misión”: la Gran Misión Vivienda Venezuela.

En Caracas, buena parte de la carga de la Gran Misión Vivienda Venezuela recayó en manos de Jorge Rodríguez. Rodríguez fue vicepresidente bajo el mandato de Chávez y es el alcalde del municipio Libertador, el centro de la ciudad, desde el año 2008. Fui a verlo una mañana a su oficina ubicada en un hermoso edificio colonial, con balcones y un patio interior lleno de árboles. Es un hombre delgado y amistoso con la cabeza rapada, vestido a la manera informal de muchos de los ministros de Chávez: una pulcra guayabera blanca sobre jeans negros y zapatos deportivos. Sobre su oficina se alzaba un enorme óleo de Simón Bolívar y la ventana daba a una preciosa plaza con el nombre de Bolívar, decorada con una gran estatua de El Libertador.

Rodríguez no había absorbido el grado de deterioro de la ciudad hasta que llegó a ser alcalde. “En mi primer día de trabajo, miré por la ventana y vi a un borracho orinando sobre la estatua de Bolívar. Me dije a mí mismo, ‘si así son las cosas aquí, ¿cómo será en el resto de la ciudad?’”. Rodríguez dijo que fue a ver a Chávez para discutir la situación. “Decidimos que íbamos a arreglar la ciudad, desde el centro hacia afuera. Teníamos que empezar en alguna parte”.

Rodríguez culpó a los gobernantes anteriores por los problemas de Caracas. Desde que los españoles fundaron la ciudad su crecimiento no ha sido planificado, excepto durante la dictadura de Pérez Jiménez. “Él tenía un plan, pero luego fue derrocado”, según Rodríguez. El alcalde describe el preámbulo a la emergencia actual como un “lento terremoto”. Los pobres habían vivido en barrancos y laderas de las montañas para luego trasladarse a la ciudad por mera necesidad. El adinerado sector privado dejó de invertir en la ciudad y la inundación de 2010 había tornado la situación en una crisis.

Rodríguez dijo que en todo el país la déficit de viviendas era de tres millones, y la meta para el año era de doscientas setenta mil unidades nuevas. Barrios me había dicho que durante la mayor parte del mandato de Chávez el gobierno había construido un promedio de veinticinco mil unidades al año. El gobierno había atendido  un porcentaje menor de las necesidades de vivienda que cualquier administración desde 1959. Pero Rodríguez me aseguró de que estaba en buen ritmo para alcanzar su meta, diciendo: “Estamos construyendo donde sea que podamos”. Admitió que todavía tenían un largo camino por recorrer. “Apenas descanso, ¡y estoy de pie todo el día!”, dijo, riéndose y señalando sus zapatos deportivos.

Rodríguez señaló a la plaza y me preguntó si notaba alguna diferencia respecto a mi visita anterior. Me di cuenta de que la plaza estaba vacía. No estaba ninguno de los vendedores ambulantes que obstruían el paso peatonal de las calles del centro histórico. “Nos deshicimos de cincuenta y siete mil de ellos”, dijo Rodríguez. Los trasladaron a un nuevo mercado cubierto en el borde del centro de Caracas. Con el respaldo del Presidente, Rodríguez también decretó que las invasiones a edificios ya no serían toleradas, pero que tampoco habría expulsiones arbitrarias. “Todavía hay uno o dos intentos semanales de adueñarse de un edificio, pero los detenemos”.

Al parecer, el gobierno no aprobó oficialmente ninguna invasión de la Torre de David, pero no ha hecho ningún intento para cerrarla. ¿Hubo un acuerdo tácito en dejar las cosas como estaban? Rodríguez se mostró incómodo y dijo: “La situación de la Torre de David debe corregirse y será tratado por el gobierno a su debido tiempo”.

En los alrededores de la ciudad había indicios de que Chávez había comenzado a enfrentar los problemas relacionados con la insuficiencia de vivienda pública y transporte. Rodríguez me llevó a un sitio en la Avenida Libertador donde varios edificios de apartamentos eran derribados, incluyendo construcciones espontáneas de ladrillo y acero de más de cinco pisos. Junto a éstos, en el borde de la carretera, se demolían barriadas cuyos habitantes eran reubicados. A los lados de varias autopistas se veían torres de alta tensión para un nuevo tren de pasajeros elevado (comprado en China), parte de un ambicioso plan para aliviar el tráfico de la ciudad y aliviar la presión sobre su abrumado sistema de Metro. Se ha instalado un costoso teleférico para transportar a pasajeros hasta el tope del cerro que aloja a San Agustín, uno de los barrios marginales más antiguos de la ciudad. Los vagones parten de una reluciente estación y se mueven silenciosamente en el aire, impulsados por enormes poleas austríacas. Todos están pintados del color predilecto de Chávez, el rojo Bolivariano, y en cada uno reza: Soberanía, Sacrificio, Moral Socialista… Debajo, puede verse la basura rodando entre pendientes fangosas, un laberinto de ranchos y callejones mugrientos. Me dijeron que no me bajase en la cima, para evitar el riesgo de ser asaltado.

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Una mañana, Daza se reunió conmigo en un terreno baldío cubierto de maleza detrás la torre más pequeña. Estaba supervisando un grupo de trabajo de cuatro adolescentes y un hombre mayor que mezclaban cemento en una carretilla y lo untaban sobre una extensión de hormigón, barro, hierba y escombros. Daza lucía jeans, zapatos de gamuza y una camisa de cuadros. El aire apestaba a cloaca. Daza explicó que quería hacer un pequeño parque, donde las familias con niños puedan tener un lugar seguro para jugar y organizar piñatas y fiestas de cumpleaños.

Los adolescentes del grupo bromeaban y evitaban trabajar, mientras que Daza gritaba órdenes de vez en cuando, pero en general los observaba con tolerancia. Él me dijo que eran jóvenes en riesgo de caer en la delincuencia, recomendados por sus propios padres. En el trabajo podían ser supervisados y, ganando un salario de aproximadamente cien dólares al mes, podrían colaborar con un poco de dinero para sus familias. Los supervisaba personalmente, explicó, porque el último encargado resultó ser irresponsable. “Todo lo que hacía era pasear en su moto, armando desorden”, me dijo.

Daza tenía planes ambiciosos para la Torre. Me mostró el estacionamiento en planta baja, un espacio enorme y vacío excepto por algunos autobuses dañados y explicó que era una fuente importante de ingresos: el garaje se alquila a los conductores de autobús. Más tarde estaría lleno. Cerca de la entrada, donde un par de muchachos descansaban en sucios sofás, Daza planificaba instalar una puerta de seguridad y construir una caseta de vigilancia. A un lado del edificio, cerca de una hilera de frondosos árboles de mango, Daza señaló un espacio no utilizado donde quería construir una guardería para los niños de las madres trabajadoras. Cerca de la puerta principal esperaba abrir una cafetería, “donde pueda venderse comida Bolivariana a precios socialistas”.

A medida que caminábamos Daza me explicaba cómo funciona el edificio. Tenía una manera rítmica y enfática de hablar, como un predicador. “No hay ningún régimen carcelario impuesto aquí”, dijo. “Lo que hay aquí es orden. Y no hay celdas, sino hogares. Nadie está obligado a colaborar aquí. Aquí nadie es un inquilino: todos son habitantes”. Cada habitante tiene que pagar una cuota mensual de ciento cincuenta bolívares (alrededor de ocho dólares al tipo de cambio del mercado negro) para ayudar a cubrir los gastos básicos de mantenimiento, como los salarios de la brigada de limpieza y de construcción. A las personas que no pudieron permitirse el lujo de construir sus viviendas se les ofreció ayuda financiera. Todos los residentes están registrados y cada piso tiene su propio delegado encargado de resolver cualquier problema. Si los problemas no podían resolverse en el piso, son llevados a una reunión del consejo de la Torre, que Daza convocaba dos veces por semana. Un problema común, dijo con un poco de amargura, era que los residentes no pagaran su cuota mensual, y era difícil disuadir a los inquilinos de arrojar basura en el patio. A los transgresores “se les da una advertencia apelando a sus conciencias”. Hay una junta disciplinaria que tiene la capacidad de expulsar de la construcción a los peores infractores, pero siempre hay quienes se toman libertades.

La versión de Daza del sistema de justicia de la torre contrastaba crudamente con las historias que había escuchado de ejecuciones al estilo carcelario, de personas mutiladas y partes corporales volando desde los pisos superiores. Este era el castigo habitual para ladrones y soplones en las cárceles de Venezuela, y la costumbre se ha colado entre los criminales de los barrios de Caracas. Cuando le pregunté acerca de estas historias, Daza apretó los labios, un gesto común de reproche entre los venezolanos. “Lo que queremos es seguir viviendo aquí “, dijo. “Tenemos una buena vida. No oímos tiroteos todo el tiempo. No hay matones con pistolas en sus manos. Lo que hay aquí es trabajo. Lo que hay aquí es gente buena, gente trabajadora”. Cuando le pregunté a Daza cómo se había convertido en el jefe o líder de la Torre frunció nuevamente los labios, y finalmente dijo: “Al principio, todo el mundo quería ser el jefe, pero Dios se deshizo de los que quería deshacerse y dejó a aquellos que él quería que se quedaran”.

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Muchos de los residentes de la Torre han llevado vidas complicadas, afectados por la confluencia en el país de la pobreza y la delincuencia. En un almacén habilitado cerca de la iglesia de Daza vive Gregorio Laya, un compañero de Daza de los tiempos de la prisión. Laya trabajaba como cocinero en la cocina presidencial del Palacio de Miraflores, pero en los viejos tiempos  formaba parte de una banda de roleros o ladrones de relojes caros. Hizo una lista de sus favoritos: Rolex, Patek Philippe, Audemars Piguet. Por lo general, él y sus hombres esperaban fuera del Teatro Teresa Carreño a los asistentes de conciertos. Pero un día decidió robar al dueño de un spa “cerca de aquí, a pocas cuadras de distancia”, señalando más allá de la Torre. Consiguió el reloj pero, al salir, el hombre sacó un arma y comenzó a dispararle. No tuvo “más remedio” que responder, dijo, y disparó contra el propietario varias veces hasta matarlo. Laya fue herido también y la policía lo acorraló a sólo unas cuadras de distancia. Lo condenaron a once años en prisión.

El apartamento de Laya era de una sola habitación, equipado con elementos esenciales de la vida diaria, similar a un camarote de marinero o una celda de prisión. Había una cama grande y una TV pantalla plana, un armario, una silla y un tendedero en una esquina con ropa. Laya declaró estar contento. Tuvo la suerte de conseguir un trabajo y agradece a Daza por haberle encontrado un lugar en la Torre. Todos los días camina frente al spa en su trayecto al trabajo y piensa en lo diferente que era su vida.

Daza contó su propia historia de redención en términos similares. Un día me mostró su iglesia, un almacén antiguo y grande pintado de verde, con sillas de plástico apiladas y un atril de predicador. Letras recortadas de papel dorado pintaban en la pared las palabras “Casa de Dios” y “Puerta del Cielo”. Daza dispuso de dos sillas y me invitó a sentarme.

Daza me dijo que era oriundo de Catia, uno de los barrios más famosos de Caracas. Su familia era muy pobre. Era el más joven de varios niños y sus hermanos eran mucho mayores. Se mantuvo alejado de los problemas hasta cumplir los ocho años, cuando unos muchachos mayores robaron su bicicleta y le dieron una humillante paliza. Los describió como malandros que aterrorizaban su barrio. “Recuerdo que miraba como perseguían a mis hermanos mayores”, dijo Daza. “Ellos tenían armas y mis hermanos corrían cuando los perseguían y les disparaban”.

“No me importaba si mataban a mis hermanos”, prosiguió. “Me molestaba la forma en que llegaban a casa y se comportaban frente a mi mamá. Ellos la maltrataban, fumaban drogas y hablaban mal delante de ella. Yo les decía que eran unos cobardes, porque lo único que hacían era traer a sus enemigos al barrio para luego huir cuando llegaban”.

Daza formó su propia banda de niños delincuentes. “Nos adueñamos de algunas pistolas y luego, cuando tenía quince años, hicimos nuestro primer trabajo, que fue esperar a que el líder de esos mismos malandros subiera y…” -simulando disparar con su mano- dijo,  “acabamos con él”. Después de eso, Daza se convirtió en el jefe de todo el barrio.

Daza ha cumplido dos sentencias en la cárcel, una de cinco años y otra de dos. Durante su segundo encarcelamiento, por un cargo de porte ilegal de armas, un policía que también ejercía de pastor llegó a la cárcel y lo convirtió. Él resurgió “con el Evangelio” y ha tratado de llevar una vida mejor desde entonces.

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Para Daza, como para muchos otros residentes de Caracas, la perspectiva de una vida mejor es tanto material como espiritual. La administración de Chávez ha tenido efectos volubles sobre la economía de la nación. Mientras que su retórica anticapitalista ha inducido a algunas empresas a abandonar el país, otras han aprendido a trabajar con el gobierno y han obtenido muy buenos resultados. Las regulaciones son sorprendentemente abundantes (el mero hecho de pagar la cena en un restaurante requiere mostrar una identificación) pero, de forma perversa, esto ha fomentado el emprendimiento en el mercado negro. Muchos médicos e ingenieros han huido del país, mientras que otros profesionales han prosperado. La única constante es el flujo de dinero petrolero, que brinda una gran riqueza a ciertas personas y es compatible con un creciente sector público. Los venezolanos más pobres están ligeramente mejor en la actualidad. Y, sin embargo, a pesar de que Chávez apela a la solidaridad socialista, su gente ansía seguridad y objetos de la buena vida tanto como una sociedad más equitativa.

Una noche, Daza insistió en llevarme de regreso a mi hotel. Él, Gina y yo esperamos fuera de la torre cuando una reluciente Ford Explorer verde se detuvo frente a nosotros y un conductor se bajó y le entregó las llaves a Daza. Entré al asiento trasero y nos pusimos en marcha. Mientras conducía, Daza me dijo: “Dios me bendijo con el carro el diciembre pasado”. Aparentemente un hombre le debía dinero y, cuando éste fue incapaz de devolvérselo, le dio el auto a cambio. Era un modelo del 2005, según Daza, lo cual estaba bien. Pero ahora quería el del 2008 (idealmente de color blanco). Por casualidad pasamos al lado de una Explorer blanca 2005 en la vía. Daza murmuró su apreciación del vehículo, admirando el cromo brillante en la rejilla del espejo retrovisor. Más tarde pasamos frente a un concesionario Ford, donde una Explorer 2012 descansaba en una sala de exposición iluminada. “Quién sabe lo que costará ésa, ¡tal vez medio millón de bolívares!”, exclamó.

En la autopista, Daza me preguntó dónde quedaba el hotel y parecía inseguro cuando le dije que era en el sector de Los Palos Grandes. ¿Había estado allí? “Sí, por supuesto”, me dijo, aunque tuve que señalarle la salida y dirigirlo a partir de allí. A medida que nos acercábamos al hotel, pasando edificios de apartamentos enrejados y exclusivos restaurantes, él y Gina miraban asombrados por la ventana. “La gente aquí es muy rica, ¿verdad?”, dijo Daza. Detuvo el coche en medio de la calle frente al hotel y lo observó paralizado, mientras que el resto de los autos tocaban la corneta y nos adelantaban.

Pero en muchas partes de la ciudad no son los ricos, sino los malandros, quienes están en ascenso. Caracas es uno de los lugares del mundo dónde es más fácil ser secuestrado. Miles de secuestros se producen cada año. En noviembre del 2011 fue secuestrado el cónsul chileno por hombres armados, que lo golpearon y le dispararon antes de liberarlo. Ese mismo mes, el cátcher venezolano de los Nacionales de Washington, Wilson Ramos, fue secuestrado en la puerta de la casa de sus padres y estuvo capturado por dos días antes de ser rescatado. En abril, un diplomático costarricense fue secuestrado. Al día siguiente la policía hizo una redada en la Torre de David en su búsqueda, pero sólo encontraron algunas armas.

En una cena, en Caracas, escuché a dos parejas intercambiar historias sobre unas llamadas que recibieron de criminales que aseguraban haber secuestrado a sus hijos. En ambos casos salían del teléfono voces infantiles muy similares a las de los suyos, llorando y pidiendo ayuda. Las llamadas eran falsas y fueron realizadas por secuestradores fraudulentos, pero el episodio, junto a las noticias cada vez más sangrientas en la prensa, los dejó preocupados por el futuro. Uno de los crímenes más comentados mientras estuve en Caracas involucró el asesinato de un taxista, que fue golpeado, cortado en la cara y le dispararon varias veces. Sus asesinos le pasaron por encima con su propio carro, sólo por diversión, antes de escapar.

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Daza aparentemente nunca salía de la planta baja de la Torre y tampoco parecía querer que yo pasara de allí. Cada vez que le propuse subir, tomaba una actitud evasiva y respondía con excusas cuando le preguntaba si podía asistir a una sesión de sus reuniones con los delegados. Si en verdad exigía una cuota de inscripción a cada nuevo residente, como me habían informado, es algo que no quiso admitir. Pero parecía probable que se ganase la vida del edificio, posiblemente de los ingresos del garaje de autobuses. En cierta forma, es capaz de permitirse algunos lujos: aunque vive encima de su iglesia, mantiene un apartamento en otra zona de la ciudad y sus hijos de relaciones anteriores pueden visitarlo allí con seguridad.

En un par de ocasiones me las arreglé para subir a la Torre y dar un vistazo. En el décimo piso, los miembros del equipo de seguridad del edificio siempre exigían que me identificase y les dijese a donde iba. Cuando mencioné a Daza me dejaron ir, pero reaparecían cada cierto tiempo, manteniendo un ojo vigilante sobre mí. Los residentes de la Torre eran cuidadosos y hablaban muy poco al pasar. En las escaleras, muchos tenían cargas propias que llevar, y se movían como montañistas, con las expresiones faciales propias de un grupo que está participando en una prueba de resistencia.

Los pasillos estaban en un ángulo que les permitía recibir luz de las ventanas ubicadas en las paredes de cada extremo de la construcción, pero aún así la iluminación era tenue. En los pisos que no estaban terminados se habían construido pequeñas casas de bloques pintados y de yeso. Muchos mantienen sus puertas abiertas para dejar entrar la brisa y para socializar y pude verlos ocupados con sus tareas cotidianas: cocinar, limpiar, llevar cubos de agua, bañarse. Se escuchaba música aquí y allá. Daza montó una bomba de agua que funcionaba por un generador y cada piso tenía su tanque, aunque el suministro de agua corría a través de tuberías impredecibles y mangueras de caucho.

La Torre cuenta con varias bodegas, una peluquería y un par de guarderías. Visité una pequeña bodega en el noveno piso donde Zaida Gómez, una mujer peliblanca y locuaz de unos sesenta años, vivía con su madre de noventa y cuatro años. Ella me mostró el cubículo al lado de la tienda donde había instalado a su madre, una pequeña mujer que me parecía un pájaro dormido, justo en una cama al lado de uno de los ventanales. Gómez mantiene un ventilador prendido a toda hora, ya que el calor que emana la ventana volvía la habitación en un horno.

Gómez es una pionera en la Torre y me dijo que al principio las cosas eran terribles allí. La Torre estaba gobernada por malandros —dijo sacudiendo la cabeza— y se habían producido palizas, tiroteos y asesinatos. Pero ahora podía dejar la puerta de su tienda abierta, algo que nunca fue capaz de hacer en Petare, el barrio donde vivía antes. Su tienda vendía de todo, desde jabón hasta refrescos y verduras. Y para reabastecerse de suministros tenía que subir y bajar las nueve plantas de la Torre varias veces al día. Era agotador, pero dijo que no podía darse el lujo de pagar un mototaxi que cobraba quince bolívares (alrededor de ochenta centavos de dólar) por cada viaje. Tiene una hija que la asiste y un nieto.

Gómez tenía miedo de verse obligada a mudarse de la Torre. “Este edificio es demasiado caro para que gente como nosotros esté aquí “, dijo. Vendrá el día en que las autoridades lo quieran de vuelta. Esperaba que el gobierno, que estaba construyendo viviendas para los pobres en la adyacente Avenida Libertador, se acercase a la Torre también y los reubicase a todos. “Todo lo que quiero es mi casa propia y un pequeño pedazo de tierra para cultivar. Algo que pueda llamar mío”.

Albinson Linares, un periodista venezolano que ha escrito sobre la Torre, me describió a sus residentes como “refugiados de un estado subdesarrollado que viven en una estructura del Primer Mundo”. Contiene una muestra de trabajadores caraqueños: enfermeras, guardias de seguridad, conductores de autobuses, comerciantes y estudiantes. Hay personas desempleadas también y el círculo de exconvinctos evangélicos de Daza. Cada piso tenía su propia sociología. Los pisos más bajos son reservados en gran parte para las personas mayores, quienes no pueden subir hasta los niveles más altos. Algunos pisos están dominados por familias y otros están ocupados principalmente por hombres jóvenes de peligroso aspecto. Un día, un fotógrafo con quien viajaba fue jalado hacia un apartamento por un par de hombres que lo interrogaron con suspicacia. Cuando mencionó el nombre de Daza lo dejaron ir, pero a regañadientes. En la escalera vimos un grafiti que decía “El Niño Sapo”. Parecía que Daza tenía enemigos dentro de la Torre.

Que hubiese conflicto parecía inevitable. Entre los derechos de admisión, los cargos de mantenimiento y el alquiler del garaje, hay una buena cantidad de dinero disponible para los invasores. Una tarde Daza me llevó a un restaurante en la calle de la Torre, un lugar pequeño y caluroso con una cocina abierta. Poco después de sentarnos, tres hombres entraron a rondar amenazadoramente por nuestra mesa, parados justo detrás de nuestras sillas. Daza arqueó las cejas y dejó de hablar, hasta que después de un par de largos y tensos minutos los hombres salieron y se sentaron en la acera. Más tarde, Daza me dijo que aquellos hombres se ganaban la vida organizando invasiones. “Son profesionales”, dijo. “Es lo que hacen”. Le pregunté si eran enemigos. Me dijo que no exactamente y luego murmuró que había muy poca gente en la vida en quienes se pueda confiar.

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A media hora en carro desde la Torre de David está otra invasión: El Milagro. Fue fundada unos años antes por José Argenis, otro ex convicto convertido en pastor que se unió a ex reclusos y sus familias para invadir una parcela de terreno al lado del río en las afueras de Caracas. Era una zona cubierta de matorrales y desperdicios, pero cuenta con una excelente ubicación: justo al lado de la carretera principal, al lado de una estación de autobuses y cerca de un puente angosto que le permite a los residentes cruzar el río a pie o en moto. El Milagro es ahora una comunidad de casi diez mil personas y sigue creciendo.

Argenis, un hombre negro con carisma y una atronadora voz, dirige un centro de rehabilitación en El Milagro para ex prisioneros que van a pedirle ayuda para hacer una mejor transición al mundo exterior. Las cárceles de Venezuela tal vez sean las peores de América Latina: las treinta instalaciones del país fueron diseñadas para mantener unos quince mil internos, pero realmente alojan tres veces esa cantidad. Se compran y venden narcóticos abiertamente, y los reclusos tienen acceso a armas automáticas y granadas. En muchas prisiones los guardias han cedido el control a las bandas armadas dirigidas por jefes delincuentes llamados “pranes”, llamados así por el sonido que hace un machete al golpear concreto. Los pranes lideran la creciente comunidad criminal que se extiende dentro y fuera de las prisiones. Frente a una deplorable fuerza policial y judicial, caracterizadas por la ineficiencia y la corrupción, los pranes brindan una estructura donde no existe ninguna.

Los pranes se han vuelto suficientemente poderosos como para tratar directamente con el gobierno. Argenis trabajó como asesor de Iris Varela, la recién nombrada por Chávez Ministra de Servicios Penitenciarios, a quien ayudaba a negociar con los pranes. Explicó que era un trabajo no remunerado “hasta el momento”, pero que le interesaba trabajar con ella. Argenis espera que su modelo de rehabilitación obtenga financiamiento gubernamental, y que pueda construir otras instalaciones a lo largo del país.

Argenis cumplió una condena de nueve años por homicidio, en los que conoció a Daza. Después de salir de prisión se mantuvieron en contacto. “Cuando invadieron la Torre, El Niño todavía estaba involucrado en ese mundo, el de los bajos fondos”, dijo. “Y había quienes querían desorden, pero él impuso orden… a la antigua”. Me regaló una mirada resabiada. Hubo un momento en el que Daza acudió a él en busca de ayuda. “Estuvo aquí por seis meses. Permanecía como el líder oficial de la Torre, pero se quedó aquí”. Según Argenis, Daza había “salido de la cárcel con problemas. Había gente que quería matarlo y lo protegimos”. Dejó abierta la posibilidad de que Daza volviera a la vida criminal. “Creo que ya colgó los guantes”, dice Argenis, sonriendo irónicamente. “Pero siempre puede volver a caer en tentación, porque tenemos que cuidar de nosotros mismos, ¿sabes?”

Argenis mantenía enemigos también. “He matado a hombres. He dejado a otros en silla de ruedas. Dejé a algunos estériles. Sólo imagínalo: me van a odiar por el resto de sus vidas”. Cuando le pregunté cómo la cultura del malandro había cobrado tanta fuerza, me respondió que se debía a las cárceles. Me explicó que los hombres internados ni siquiera trataban de escapar, porque “tienen todo lo que necesitan allí y viven tan bien o mejor que en las calles”. La economía penitenciaria estaba en auge, con miles de millones de bolívares generados a través del control del tráfico de drogas. “Las cárceles son muy fuertes, y han llegado a ser mucho más fuertes en los últimos siete u ocho años”.

Argenis cumplió su condena en una prisión llamada Yare, situada en medio de colinas a una hora del sur de Caracas. Yo visité la cárcel en el 2001 y un funcionario de la prisión me condujo por un camino de tierra alrededor del perímetro de la verja que cercaba el edificio. Nos detuvimos y vi dos bloques de celdas con decenas de agujeros de bala en sus fachadas. Había agujeros donde debían estar las ventanas y un grupo grande de hombres rudos sin camisa bajaba la mirada hacia nosotros. Una línea gruesa y negra de excremento humano recorría la pared exterior y el patio de abajo era un mar de lodo y basura de varios pies de profundidad. “No podemos quedarnos por aquí”, me dijo el funcionario. “Si nos quedamos demasiado tiempo, puede que nos disparen”. A medida que nos alejábamos, me explicó que sólo había seis guardias a la vez dentro de la prisión. Los internos permitían a un guardia elegido por ellos para acercarse hasta una puerta determinada y recuperar los cadáveres dejados allí.

Chávez estuvo preso en Yare durante dos años después de su intento de golpe de Estado. A pesar de que se mantuvo en un área segura para presos políticos, supuestamente escuchó con impotencia cómo un grupo violaba a otro recluso, le cortaban la garganta y luego era apuñalado hasta morir. Chávez fue perdonado en 1994 y al comienzo de su presidencia se comprometió a contribuir con la reforma del sistema carcelario. Pero, mientras nuevas causas y crisis emergían, las prisiones fueron olvidadas: de las veinticuatro prisiones que prometió construir, sólo se construyeron cuatro. El año pasado hubo más de quinientas muertes violentas en el sistema. En agosto, dos pandillas de Yare se involucraron en un tiroteo de cuatro horas en el que murieron veinticinco reclusos y un visitante. Se publicaron fotografías de Geomar y El Trompiz, los jefes pandilleros responsables de la masacre, posando desafiantes con sus armas. El Trompiz fue asesinado el pasado enero, al parecer por sus propios hombres.

Después de que Chávez fue reelecto, declaró un estado de emergencia en el sistema penitenciario del país, y prometió una completa transformación. Sin embargo, Argenis sugiere que el daño ya estaba hecho. “Este gobierno ha sido más permisivo: los gobiernos anteriores eran más represivos”, dijo. “Y así, la cultura malandra ha crecido y ha migrado de las cárceles hacia las escuelas, las universidades y las calles. Se ha convertido en una cultura nacional”.

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Lo primero que un visitante ve al llegar desde el Aeropuerto Internacional a Caracas es un barrio, quizás el más famoso de la ciudad: el 23 de Enero. “El 23″, como se le conoce, fue construido en los años cincuenta como un proyecto de vivienda pública diseñado por uno de los más grandes arquitectos del país: Carlos Raúl Villanueva. Es un complejo de ochenta edificios que ocupa verticalmente un enorme pedazo de tierra en la entrada norte de la ciudad. Fue concebido como un enorme suburbio, dividido entre edificios de cuatro plantas y torres de quince pisos, entrelazados por jardines y caminerías.

Hoy en día, los espacios verdes están sobrecargados de invasores. El 23 es una favela donde viven unas cien mil personas, apretadas entre los bloques de apartamentos de Villanueva. La zona es un volátil mosaico de colectivos independientes que abarcan desde aquellos con pretensiones izquierdistas hasta criminales puros y duros. Muchos están armados.

Uno de las figuras emblemáticas del 23 fue Lina Ron, una activista militante de pelo rubio teñido y carácter grandilocuente. Antes de morir el año pasado de un infarto, Ron organizó ruidosas protestas antiimperialistas que con frecuencia se tornaban violentas. Chávez toleraba a Ron y sus agresivos seguidores porque era una apasionada defensora de sus políticas y solía aparecer a su lado en marchas y eventos. En 2001, Chávez me insinuó que había aceptado a la extrema izquierda como una forma de impedir un golpe de Estado como el que lo puso en el cargo. “La verdad es que necesitamos una revolución aquí y si no lo logramos ahora vendrá después, con otra cara”, dijo. “Tal vez de la misma manera que comenzó, una medianoche con pistolas”.

Probablemente no haya hoy en día otro chavista más abiertamente radical que Juan Barreto. Profesor de cincuenta años de la Universidad Central, Barreto es un marxista rotundo, brillante y locuaz. Fue Alcalde Mayor de Caracas, supervisando todos los distritos de la ciudad desde el 2004 hasta 2008, cuando ocurrieron muchas de las invasiones, incluyendo la ocupación de la Torre de David. Pasé algún tiempo con él a inicios del 2008 y me quedó claro que era visto como un protector por algunos ocupantes ilegales del centro de la ciudad. Barreto siempre ha dicho que no apoya las invasiones, pero consiente las expropiaciones de propiedades abandonadas en la ciudad para aliviar la crisis habitacional. En una acción típica de su mandato, Barreto enfureció a la fracción adinerada de la ciudad al amenazar con la confiscación del Country Club de Caracas, rodeado de suntuosas villas y jardines que circundan un campo de golf de dieciocho hoyos, para darle el espacio al pueblo. Al final, el plan fue abandonado, al parecer, por órdenes de Chávez.

La franqueza de Barreto le ha ganado numerosos enemigos e incluso muchos jefes chavistas lo ven como un fanático desbocado, con una tendencia de hablar públicamente acerca de “armar al pueblo” para defender la revolución. Siendo alcalde, claramente le encantaba ser el enfant terriblede la revolución de Chávez. Organizó una tripulación de motorizados guardaespaldas que viajaban con él. Entre sus allegados estaba un ex sicario adolescente llamado Cristian, que estaba siendo rehabilitado por Barreto. Al presentármelo le preguntó: “Cristian, ¿a cuántas personas has matado?” El chico murmuró “Unas sesenta, creo…” y Barreto se rió con deleite.

Cuando Barreto dejó el cargo, entró en un limbo político que terminó el año pasado durante la campaña de reelección de Chávez, en la que volvió al entorno presidencial. Fue el líder de un grupo informal de colectivos radicales de barrios con los que formó una nueva organización, REDES, que se unió a la campaña del presidente. Caracas fue abarrotada de pósters de REDES que muestran a un Chávez hinchado, debido a tratamientos con esteroides, unido por un abrazo varonil con el aún más corpulento Barreto.

Me encontré con Barreto en su casa situada en el sector de El Cementerio, llamado así por el gran cementerio que alberga y en el que malandros celebran rituales en honor a sus camaradas caídos. Las colinas cercanas están cubiertas por ranchos. El frente de la casa de Barreto es una enorme puerta doble de hierro, resguardada por un par de vigilantes armados con pastores alemanes cerca. Después de haberme identificado me condujeron a través del garaje, donde había dos camionetas blindadas estacionadas. Dentro había un claustro repleto de arte moderno y esculturas, además de un gran acuario. Barreto estaba en la parte de arriba, en una cocina de último modelo preparando tamales. A un lado de la cocina estaba la sala de estar, donde un grupo de hombres jóvenes, miembros de su séquito, estaban sentados en una mesa con laptops. La habitación estaba decorada con una pintura erótica hecha por Barreto —una mujer sin camisa, con la mano de un hombre dejando caer una fresa en su boca— junto a una botella de Johnnie Walker Platinum (“regalo de un amigo”) y una figura de Marlon Brando como Don Corleone.

Barreto explicó que él y sus compañeros estaban trabajando para convertir a REDES en un partido político. Chávez había mostrado un reciente plan para el “socialismo del siglo veintiuno”, en el cual la sociedad venezolana sería reestructurada en comunas. Nadie entendía exactamente lo que el término significaba o cómo se aplicaría, excepto tal vez el propio Chávez, y había un acalorado debate al respecto. Barreto dijo que él y sus seguidores estaban preocupados pues, sin la presión de grupos como REDES, el plan se utilizaría para “meter en una camisa de fuerza” a las verdaderas fuerzas revolucionarias.

Para ayudar a crear una comuna auténtica, Barreto trabaja estrechamente con Alexis Vive, uno de los colectivos armados mejor organizados del 23. Barreto sugirió subir a verlos. A medida que entramos en una de sus camionetas —que, según él, Chávez le había prestado—, un guardaespaldas sacó una ametralladora, una P90 belga. “Hermosa, ¿verdad?”, dijo Barreto, sonriendo. “Dispara cincuenta y siete balas”. Explicó que armas como estas son necesarias para defenderse. “No es que estemos en contra del gobierno. Es que no encuentro la manera de apoyarlo totalmente”. Se echó a reír. “Es como cuando tienes una mujer hermosa, pero te has desenamorado de ella. Es difícil. La quieres un momento y al siguiente no, ¿me entiendes?”

En la sede del colectivo Alexis Vive hay murales de Marx, Mao, Castro y el Che Guevara pero, aparte de algunos hombres armados merodeando al borde de unos edificios cercanos, los soldados se mantenían discretamente fuera de la vista. Uno de los líderes del grupo, un joven estudiante de Sociología llamado Salvador, me explicó que el colectivo controlaba unas cincuenta acres que alojaban cerca de diez mil habitantes, con quienes trataban de formar en un colectivo marxista autosustentable. El grupo estaba armado sólo para defenderse, dijo. Policías corruptos y miembros de la Guardia Nacional venezolana estaban trabajando con grupos de malandros del 23, a veces en zonas que bordeaban su propio territorio. Barreto sostuvo que el contingente armado estaba protegiendo a su pueblo de oficiales delincuentes. “No han sido capaces de llegar aquí desde 2008″, dijo entre risas. “Hemos estado en tiroteos con ellos”.

La corrupción en las fuerzas de seguridad es un problema profundamente arraigado —y según Barreto—es la verdadera fuente de la cultura criminal del país. Dijo haber luchado contra el problema durante su período como Alcalde, sustituyendo gran parte de la fuerza policial con miembros de los Tupamaros, un grupo armado del 23 de Enero. Salvador dice que la situación surge de la incapacidad de Chávez para enfrentarse a los verdaderos criminales: “Chávez no ha perseguido a los malandros porque cree que pueden volverse en su contra”.

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Un domingo, cincuenta sillas de plástico fueron alineadas para la misa dominical en la iglesia de Daza, pero sólo una docena de personas se presentaron, casi todas mujeres y niños. Daza no se veía molesto. Llevaba una corbata, pantalones y zapatos negros. Probó el micrófono cantando “Gloria” y “Aleluya”, mientras que un par de hombres acomodaban el equipo musical: una batería, un órgano eléctrico y enormes altavoces. Llegaron un par de mujeres más y se arrodillaron a orar antes de unirse a la congregación. Apareció Gina, la compañera de Daza, con sus hijos, y sacó una Biblia forrada en una cubierta de rosado chillón.

Mientras los músicos tocaban, Daza cantaba desde un lado de la tarima (cantaba mal pero sin complejos) y tocaba unos bongos. Finalmente tomó el micrófono y comenzó a gritar, en un rítmico gruñido ronco, sobre el bien y el mal. Dijo: “Hay guerras en el mundo, en las que a la gente no les importa si los niños mueren, si las mujeres mueren, si los viejos mueren: lo único que les importa son las riquezas. Pero la Biblia dice que sólo hay una vida y es ésta. El Señor conoce la vida eterna, pero sólo él la conoce y entonces debemos vivir ésta. Tenemos que vivir esta vida y ser buenos con Dios”.

El servicio duró tres horas. Las mujeres se balanceaban y movían sus pies con los ojos cerrados. La voz de Daza se volvió un fascinante muro sonoro. Hubo un momento en el que se levantó a testificar un joven predicador invitado llamado Juan Miguel. Dijo ser de un barrio pobre y que su padre estaba loco. Había estado en la cárcel, y su casa había sido arrasada por las inundaciones de 2010. Vivía con miles de otros damnificados en el interior de un centro comercial expropiado por Chávez. “Hemos tenido vidas difíciles, vidas duras, pero Dios nos ha llamado a predicar su palabra”. Sus ojos brillaban cuando le dijo a Daza: “Dios nos ha escogido. Dios ha escogido a Venezuela para llevar el Evangelio al Mundo”.

Un día Daza me llevó a Miranda, un estado vecino, a ver el barrio donde vivió con su ex esposa y donde ésta aún vivía. A lo largo del camino habló, como siempre, de cómo Dios lo había salvado. Dejó la escuela cuando tenía trece años y a los catorce ya estaba en la vida pandillera. Aprendió a leer durante su segunda estadía en prisión y la Biblia fue su primer libro. “Yo no tengo preparación universitaria, pero me he educado mucho sobre Dios. Solía hablarle a la gente de manera ofensiva, con groserías. Me salía la inmundicia. Pero leí en alguna parte de la Biblia, no recuerdo dónde, que el lenguaje grosero corrompe las buenas costumbres. Y cuando leí eso me dije: ‘Ay, Dios me está hablando’”.

Llegamos a una pequeña casa de bloques en la loma de un cerro empinado que se alzaba sobre otras colinas boscosas, marcadas por nuevas invasiones. La hija de la ex esposa de Daza estaba allí, una mujer joven y rolliza de unos veinte años. Parecía feliz de ver a Daza. Nos sentamos en una pequeña sala de estar y Daza comenzó a recordar la vida con su ex esposa. Aunque entonces era todavía un criminal, la relación había sido formativa para él. Ella era mayor que él y Daza sintió que ella lo ayudó a moldearlo como hombre. Ella también lo malcriaba, dijo riendo, ya que le cocinaba, limpiaba y hasta le planchaba su ropa.

Daza se veía con otras mujeres. “Yo solía cambiar de novias como tú te cambias de ropa”, me dijo, y dejó a varias embarazadas. Él y su ex esposa peleaban mucho. Se puso de pie y representó una pelea particularmente dramática, en la que Daza inmovilizó a su esposa contra la pared, sacó su pistola, y disparó justo al lado de su cabeza. “Era sólo para asustarla “, dijo sonriendo. Pero ella sostenía un cuchillo y, cuando Daza disparó (“quizás ella pensó que realmente iba a dispararle… o tal vez fue sólo su reacción instintiva”), le había clavado el cuchillo en el pecho. Salió tambaleándose de la casa y se internó en una clínica. Tuvo suerte: el cuchillo falló en darle al corazón o a otros órganos vitales. La joven asintió con la cabeza y se rió al recordar el incidente. “Después volvimos a estar juntos”, dijo Daza.

En el carro, le pregunté a Daza si se arrepentía de algo

—No… —dijo.

—¿Qué hay de los hombres que has matado?

—¿Como quién?

—Como el malandro que mataste cuando tenías quince años.

Daza se quedó callado. Después de un minuto, dijo: “Yo era un ignorante y ahora me he transformado. Me siento como un hombre nuevo, una nueva persona. Ésas son cosas que se viven en la vida y que, bueno, Dios permitió, pero ahora creo que soy diferente”.

Daza volvió a guardar silencio y luego dijo: “En esta vida, cuando te conviertes en un líder, tu vida corre riesgo porque te ganas enemigos. A veces la gente piensa que estás involucrado con mafias y cosas extrañas, gracias a tu pasado. Los enemigos siempre van a tratar de desacreditarte. El Diablo tratará de garantizar que continúes siendo miserable para utilizarte para su beneficio”.

Al final era difícil saber si El Niño Daza era un malandro, un genuino defensor de los pobres o ambas cosas. Lo qué parecía claro es que estaba perfectamente adaptado a la vida en la Venezuela de Hugo Chávez, capaz de obtener ventajas por todos los medios: aprovechando los vacíos dejados por el gobierno, manejando su propia empresa capitalista y negociando con el mundo del hampa cuando era necesario. Al salir de su antiguo barrio, la calle estaba llena por un pequeño mitin político. Henrique Capriles, quien compitió contra Chávez en las elecciones presidenciales, es el gobernador de Miranda y las elecciones gubernamentales se avecinaban en pocas semanas. Voluntarios de la campaña repartían cerveza y carteles desde una camioneta. Daza se encogió de hombros. Esperaba que el candidato de Chávez ganara.

Daza comentó que estaba considerando meterse en la política. Siendo el jefe de la Torre de David, Daza ha logrado conocer a algunas autoridades de Caracas, incluyendo a funcionarios de Chávez, y estos le han pedido que considere la posibilidad de postularse para un puesto de concejal en la ciudad. Con los cambios propuestos por el gobierno y la creación de las comunas, Daza espera que la Torre de David pueda adquirir estatus legal. Ha comenzado a hacer sondeos en el edificio. “La gente me sigue diciendo que debería lanzarme y que tengo una buena oportunidad”, me dijo. “Así que lo estoy pensando”.

*

En el centro de Caracas, a una milla de la Torre de David, un nuevo y espléndido mausoleo está a punto de ser terminado. Chávez ordenó su construcción hace dos años para proporcionar un nuevo lugar de descanso a los huesos de Simón Bolívar. Chávez ya había ordenado anteriormente exhumar y examinar los restos de Bolívar, persiguiendo la hipótesis de que había sido envenenado por sus enemigos, pero la autopsia no llegó a ninguna conclusión. Después ordenó levantar la nueva tumba.

El edificio es una cuña blanca y delgada que se eleva ciento setenta pies como un mástil hacia el cielo. La construcción ha costado ciento cincuenta millones de dólares según reportajes y, como todo lo que ha hecho Chávez, es controversial. La construcción se llevó a cabo con mucha reserva y el mausoleo, que planeaba abrir sus puertas el pasado 17 de diciembre después de múltiples retrasos, aún no se ha inaugurado. En el momento en que se complete se convertirá en la pieza central de un decadente rincón de la ciudad, junto a una vieja fortaleza militar (donde Chávez estuvo brevemente encarcelado después de su intento de golpe) y al Panteón Nacional, una iglesia del siglo XIX donde los restos de Bolívar son vigilados por guardias floridamente uniformados. Hay rumores persistentes de que cuando Chávez muera será enterrado en el mausoleo, al lado de Bolívar.

Por supuesto, Chávez y sus seguidores tienen la esperanza de que su lucha no sea sepultada con él. En 2001, Chávez me dijo que era su más ferviente deseo llevar a cabo una “verdadera revolución” en Venezuela. Sin embargo, unos años más tarde su viejo maestro Jorge Giordani parecía preocupado de que su protegido no estuviera construyendo una revolución permanente. “Yo también soy un Quijote”, dijo. “Pero hay que tener los pies firmemente plantados en la tierra. Si todavía tenemos petróleo, vamos a tener un país de verdad en unos veinte años, pero tenemos mucho que hacer entre hoy y ese entonces”, dijo Giordani. Y recitó un proverbio venezolano: “Muerto el perro, se acabó la rabia…”

Ahora, mientras Chávez yace gravemente enfermo, los hombres que se denominan chavistas transmiten sus supuestos deseos a los ciudadanos. Durante los pasados meses, los venezolanos han tenido muy poca información confiable acerca de sus intenciones o del verdadero estado de su salud y, por lo tanto, tienen poco que decir acerca de su propio futuro. Para ellos, la muerte de Chávez representa el final de una larga y fascinante actuación. Le dieron el poder elección tras elección: son víctimas de su afecto por un hombre carismático al que le permitieron convertirse en el personaje central del escenario venezolano, a expensas de todo lo demás. Después de casi una generación, Chávez deja a sus compatriotas con muchas preguntas sin respuestas y sólo una certeza: la revolución que trató de llevar a cabo nunca sucedió. Comenzó con Chávez, y lo más probable, es que con él termine.

***

Pueden leer la crónica en inglés pulsando aquí. Traducción al español: Nelson Algomeda

House Of Cards. Una obra Maestra

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El servicio que presta Netflix de Video on Demand (VOD) para muchos representa el futuro de la TV. Un lugar sin cortes, donde el cliente o televidente mejor dicho, decide como ver la serie, cuando y a que velocidad.

Si bien ya teníamos esta parte como ventaja, ahora Netflix trae programación Original. Cansados de las negociaciones con las grandes cadenas y después de haber tenido que comprar varios DVD de series en diferentes tiendas por departamento para poder ofrecerlos en su catálogo, Netflix decidió crear sus propias series, y empezó a lo grande, con una producción dirigida por David Fincher (The Social Network) y protagonizada por Kevin Spacey (no voy a nombrar solo una y no hay espacio para todas) Robin Wright (Forrest Gump) y Kate Mara (Shooter).

La serie es, como lo dice el título, una obra maestra. Un drama polítco que mezcla una gama de recursos frescos dentro del género que se maridan de maravilla.

La historia sigue la vida de Frank Underwood un operador político de alto nivel de la Casablanca y el Senado, El látigo de la mayoría” como se conoce. Basicamente cuando quieres algo en Capitol Hill, Frank es el hombre. Tras apoyar en la campaña al presidente electo y ser prometido para el puesto de  Secretario de Estado, Frank es traicionado por el presidente y su equipo. Ahora Frank tiene un nuevo propósito, La venganza.

Este drama nos lleva de la mano al mundo de la política y a su lado más sucio (no se si tiene un lado limpio) con elemnetos de engaños, sexo y poder que nos bajan a los más básico de las relaciones humanas.

La serie verdaderamente vale la pena y se estrena en Netflix mañana 01 de Febrero con la particularidad de que todos los capitulos estarán disponibles mañana mismo para que decidad como la quieres ver.

Tuve el chance de ver los dos primeros capítulos y estoy desesperado por ver el resto. House Of Cards es sin duda alguna una de las mejores series que he visto y veré en mucho tiempo.

Grandes cosas vienen de la mano de Netflix este año, ya tiene planeado estrenar 5 producciones originales, esperemos que todas sean igual de buenas. Mientras tanto los dejo con esta frase de House Of Cards que verdaderamente me gustó.

“Good Night Miss Barnes, I never make decisions so late after dusk and so far from dawn” – Frank Underwood

“Buenas Noches señorita Barnes, nunca tomo decisiones tan tarde después del atardecer y tan lejos del amanecer” – Frank Underwood

Aquíel trailer:

 

@LiveFromMind

Venezuela: El peligro de la democracia de facto por Xavier Reyes Matheus

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Artículo publicado en Infobae.com

El surgimiento de foros como el G8 o el G20 no ha dejado de ser denunciado, por parte de la izquierda, como la asunción arbitraria de un amplísimo poder de decisión, capaz de trazar políticas de alcance global en virtud de acuerdos que no cuentan con ningún título para atribuirse la aprobación de los ciudadanos. El panorama de crisis económica ha dado amplio margen a la acción de aquellos cónclaves, haciéndonos ver que el destino de la política no sólo amenaza con la deslocalización de los centros decisorios, dispersando y volviendo opaca la expresión de la soberanía, sino que avanza hacia una razón maquiavélica que, por lo anterior, no es ya ni siquiera la antigua “razón de Estado” -pues prescinde de las connotaciones territoriales y comunitarias de este último término-, pero que mantiene intacta la noción de una autoridad fundamentada sobre un “quiero y puedo” que todos han de encajar como un irremediable “debo”.

Por supuesto, lo que subyace a la queja de los antisistema es un conflicto de intereses que si cuestiona aquella usurpación es, simple y llanamente, porque no son ellos los que se benefician de tales métodos. Si estuvieran, en cambio, puestos al servicio de su causa, no dudarían en despreciar las “formalidades burocráticas” que uno juzgaría necesarias para circunscribir el ejercicio del poder. Poco puede extrañar ese doble rasero si tenemos en cuenta otras contradicciones que delatan la verdadera ralea del voluntarismo socialista. Verbigracia: el socialismo afirma la naturaleza autoritaria de la democracia representativa con el argumento de que en ella el pueblo sólo vale para refrendar a los políticos, concurriendo borreguilmente y de tanto en tanto a las citas electorales. Se obvia, por supuesto, que en la medida en que exista un orden constitucional responsable y respetuoso de los derechos individuales, la aquiescencia electoral no puede ser interpretada, por parte de los poderes públicos, como un cheque en blanco para actuar según les venga en gana, sino que han de sujetarse a lo previsto en la ley. Pero en la alternativa de los socialistas -la llamada “democracia participativa”, cuyo ideal es el plebiscito constante-, la institucionalidad se desprecia y en cambio se privilegia, precisamente, la recurrencia electoral: no sólo es falso que se le dé más poder al pueblo, sino que, por el contrario, se le convoca una y otra vez como poderdante para autorizar una conducta política que no se considera obligada frente a ningún otro límite ni principio.  Por lo demás, en contextos que con frecuencia son todo menos plurales -con partidos muy hegemónicos; con el ventajismo abierto de los aspirantes oficialistas; con un férreo control del Estado sobre la conciencia de los funcionarios; con sistemas corruptos o clientelares-, resulta muy poco ético rendirse al pretexto de que el asentimiento de las urnas consagra sin más la bondad de las acciones gubernamentales.

Los que mandan ahora en Venezuela han reconocido, con la mayor desfachatez, quela letra de la Constitución es para ellos un mero “formalismo”, y han actuado en consecuencia al soslayar, como cosa puramente incidental, la preceptiva declaración sobre la ausencia temporal o absoluta del presidente. Con todo, esa ostentosa conculcación de las disposiciones constitucionales para la asunción presidencial  (en una palabra: ese flagrante golpe de Estado) ha pretendido disimularse bajo una pirueta sofística según la cual el mandatario no es que se halle ausente: es más bien que no está. Llegados a este punto absurdo, la única forma de seguir fingiendo que en Venezuela no ha habido una ruptura de la legalidad democrática es admitir que el país se rige por una lógica particular, ajena a la racionalidad, y en donde hasta lo más insólito debe verse con la naturalidad propia de Macondo. El pensamiento constitucional, según esto, consistiría en adaptar el mundo de Constant y de Oliver Wendell-Holmes al de Ionesco y Buñuel. Por desgracia, el resultado histórico de este tipo de híbridos no es una comedia de enredos, sino un distopía horriblemente realista y trágica, reconstruida en los testimonios de Solzhenitsyn o de Sebastian Haffner.

Lo que contrasta con este montaje irracionalista, sancionado por todos con cómplice encogimiento de hombros, es la resolución con que, en cambio, la comunidad internacional se apresuró a tender un cordón sanitario alrededor de Honduras y deParaguay cuando los otros poderes públicos hicieron uso de prerrogativas constitucionales para deponer al presidente. Por supuesto, la estabilidad política es un valor deseable para la consolidación de las democracias latinoamericanas, y resulta muy disfuncional la utilización de recursos excepcionales y expeditivos para fulminar al contrario con ánimo puramente partidista. Pero sacrificar la legalidad en Venezuela con el subterfugio de tener la fiesta en paz es volver al famoso argumento del “son of a bitch” que, aun siéndolo, es el que mejor sirve a determinados intereses.

El imperio de la ley tampoco puede quedar abolido con el alegato de que el chavismo sigue teniendo el apoyo de las masas. El pueblo tiene derecho a apoyar la opción política que quiera, pero asimismo tiene el deber de saber cuáles son las reglas del juego limpio, y que nadie se las puede saltar. Es a los propios líderes a quienes corresponde fijar ese principio con el ejemplo de una conducta íntegra. En cambio, el régimen de Hugo Chávez le ha hecho ver a la gente que, a fin de cuentas, la democracia es algo maleable, subastable, viscoso, impreciso, donde ni la transparencia ni el respeto son imprescindibles. Pero si las masas se han avenido a sostener ese modelo inconsecuente, en el que lo aceptable y lo inadmisible dependen de lo que convenga al régimen, ha de hacérselas perfectamente conscientes de que con la misma vara serán medidos los derechos ciudadanos, y de que están sellando un pacto mefistofélico de servidumbre.

En Política: verdades ocultas vs. mentiras necesarias

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A propósito del binomio verdad – mentira y de cómo las estrategias políticas muchas veces derivan en “verdades a medias” y “mentiras necesarias” bien vale rescatar el artículo publicado en El País de la mano de Juan Cruz: 

La verdad no tiene dueño

En lo público y en lo privado la mentira es un instrumento de seducción y de engaño

En ella caen todos, incluso los que afirman ser dueños de la verdad, y los que la esgrimen contra otros

“La verdad no tiene dueño”, dice el poeta Pedro Lezcano en su Romance de la verdad y de la mentira. De Antonio Machado es la advertencia más famosa en contra de toda certidumbre: “Tu verdad, no, la verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdala”.

La mentira abunda, la verdad escasea; pero por la mentira se va a la verdad. Pasó, en este tiempo, desde la Transición, con los casos Gal, Filesa, Roldán, Naseiro, Gürtel, Bárcenas, Pallerols…, hasta el último que tuvo como nombre propio un nombre falso, Amy Martin… Mentiras dichas por grandes personajes, mentiras piadosas, mentiras dichas por delincuentes o por altos dignatarios.

El debate es viejo como los siglos. En La Celestina se dice: “Mal me quieren mis comadres porque digo las verdades”. Y en el Libro del Buen Amor: “Por las verdades se pierden los amigos, y por las no decir se hacen desamigos”. Albert Camus dijo: “No hay una verdad, sino muchas mentiras”. Probablemente conocía el Nobel lo que había escrito Machado sobre la verdad: no existe la de cada uno, hay que buscar La Verdad.

¿Existe? Existen las verdades, dice el psiquiatra Jorge Tizón. “Las verdades y la verosimilitud. Tanto en ciencia como en psicoterapia, lo que intentamos no es llegar a una verdad idealizada, sino a aproximaciones más verosímiles, más ajustadas a la realidad”. ¿Y por qué se miente? “Mentir tiene que ver con juegos cognitivos y emocionales. El bebé y el niño introyectan el mundo y las relaciones a través del juego y el juego, en último extremo, es una media verdad-media mentira: es un comportamiento en modo simulativo. Es una no-verdad que precisamente nos permite diferenciarnos del otro y construir una de las primeras verdades (relativas): nuestra identidad para nosotros”.

Explica el psiquiatra: “El cu-cu, tras-tras, uno de los juegos más tempranos, universales y primitivos, promueve la difusión de una posible verdad (tus padres te defenderán siempre) a partir de una mentira (tu padre y tu madre se han ido, no volverán). Obliga a construir las primeras verdades, sobre uno mismo y sobre los demás: ¿de verdad te abandonan, son capaces de abandonarte? ¿O es una mentira que puede dar lugar a la construcción de la relación más compleja, de la propia mente y la propia identidad con ella y, más allá, de relaciones más desarrolladas?”.

El profesor Carlos García Gual, catedrático instruido en las culturas clásicas, recuerda que fueron los griegos “los que más hicieron por buscar la verdad por debajo de las apariencias”; aquellos filósofos consideraban la verdad como el instrumento más precioso para apreciar la vida. Ahora es muy difícil, concede el profesor, “saber si la verdad significa lo mismo para todo el mundo. Muchas veces”, dice, “no se aprecia tanto la verdad como el provecho”. Lo que sucede es que vivimos en el dominio de “la ilusión de ser más, del vivir un poco a la ligera… Ese es el mundo del placer, que entra en contradicción con la verdad. La verdad puede ser áspera y dura y el ser humano gusta mucho de las ilusiones y de las fantasías”.

Eso es lo que buscaba Platón: frente a la opinión, los hechos. La opinión, la Doxa, puede ser una, pero los hechos la pueden contradecir. Las apariencias engañan, es cierto, por tanto hay que buscar la verdad de los hechos”.

Imposible resguardarse de esa sospecha, de que nos mienten? Nos responde el filósofo Ángel Gabilondo, que fue ministro de Educación en el último Gobierno socialista. “Lo que sí está claro es que la verdad está unida al poder; hay una producción de verdad, un régimen de verdad, hay discursos y técnicas para que lo que se dice suene a verdadero… Como es lógico, detrás de esas técnicas hay intereses, luchas, y cada uno hace valer su verdad”. El amor por la verdad hay que confrontarlo, dice el filósofo, con la mentira. ¿Y qué es la mentira? “No es exactamente decir lo contrario de lo que uno piensa: en realidad, es vivir lo contrario de lo que se habla. Eso es la mentira. La verdadera palabra de uno es su forma de vivir. La forma de vivir es el verdadero vivir. Faltar a la verdad es hacer ostentación de unos valores y luego vivir de otra manera, eso sí que no es verdad”.

¿Y por qué tiene tantos dueños?, como sostiene el poeta Lezcano. “Porque cada uno tiene que justificar su forma de vivir. Todos quieren apropiarse de una ficción, de un relato de la verdad…”. No puede haber una idea dogmática de la verdad; a ello nos ayuda la libertad. “La libertad genera sentidos de la verdad”. Hay que huir del dogma, pero también del que afirma tenerla. “Los que gritan la verdad en general sienten la debilidad de no tenerla en absoluto, por eso chillan a ver quién es más rotundo afirmándola”.

¿Qué pasa en un juicio, donde la verdad parece que debe prevalecer? Responde Manuela Carmena, jueza. “No, no es fácil saber la verdad cuando declara un presunto culpable. Para llegar a ella has de crear una relación entre la persona a la que interrogamos, que nos abra una puerta”. La verdad, dice, “requiere un clima”. Por ejemplo, si el fiscal, el juez, el que interroga, muestra un interés burocrático por el sujeto que declara, este tiene muy fácil la puerta por la que escaparse con su verdad. “Pero si el interrogador se lo toma en serio, la verdad termina sabiéndose, probablemente”.

“Para mí la clave es establecer una estructura de relación que haga difícil al delincuente tomar un camino liberador…”. ¿Se le ve en la cara a los mentirosos que lo son? “Los buenos mentirosos saben fingir muy bien. Pero pueden desprender una sensación, puede notarse en los gestos, en la entonación”. Lo difícil es mentir, una vez que lo consiguen ya adquieren esa naturalidad.

“La mentira”, afirma Manuela Carmena, “expulsa de la relación a una persona; supone una burla, es caricatura, deja en ridículo cualquier argumento”. La verdad, como afirmaba Machado, es un cúmulo de subjetividades, “por eso el proceso que propone para llegar a la verdad es tan hermoso: renunciar cada uno a su verdad, buscar la verdad entre todos”.

Tan hermoso y tan utópico. El diputado socialista Ramón Jáuregui, que fue ministro de la Presidencia con Zapatero, considera que “la verdad es la condición necesaria del ejercicio de la política; es convencer, y eso no se puede hacer si no tienes credibilidad. La credibilidad es el elemento necesario para que en la política puedas resultar útil. La credibilidad implica honestidad y coherencia personal. No podemos contemplar la verdad en la política sino como un requisito de honestidad intelectual para dirigirte a la ciudadanía”.

¿No toda la verdad es posible? “En la política la verdad no es un absoluto. Hay otras disciplinas (la investigación, la ingeniería u otras materias) que manejan verdades más absolutas. En política solo son verdad los hechos y ni siquiera las motivaciones… Piense en la violencia asociada a la política, hay quienes la interpretan según unos códigos morales muy peculiares…”. Este espacio en el que nos movemos no tiene tan definidos los perfiles de la verdad, por eso hay tantas interpretaciones de los hechos”.

Jáuregui señala “las verdades ocultas” en política “por la inconveniencia, la impopularidad que conllevan”; las “verdades a medias”, que aconsejan contar solo lo que interesa (lo que pasó con la guerra de Irak o con el 11-M)… Existen “las mentiras necesarias” porque el sentido común político aconseja que no se adelanten cuestiones estratégicas (“la formación de un Gobierno, reuniones delicadas cuya difusión iría en contra de la eficacia de las mismas”)… En cualquier caso, precisa el político, “no hay verdades absolutas en política; no relativizo la verdad, pero en el ejercicio largo y honesto de la política estas circunstancias que hay en torno a la verdad existen…”. “Yo creo”, explica, “en la verdad ligada a la honestidad personal”.

Preguntas parecidas para su colega José María Lassalle, ensayista, secretario de Estado de Cultura. Según él, “la verdad es uno de esos conceptos que se te escapan de las manos, dependen de una vivencia y de una percepción interior”. Los nominalistas decían que eran “soplos de voz que se los llevaba la tempestad de la existencia”. La verdad, en todo caso, “nace de un consenso social, de la fiabilidad que te producen las palabras o los hechos”. Es, como advertía Machado, tentativa, “y solo puede llegar a parecer objetiva si se dan los elementos de veracidad y de contrastabilidad”.

Mientras, señala, “todo es complejo, todo es confuso” en relación con la verdad. “Todo es poliédrico”. A él le asustan “los ortodoxos de la verdad, los que llaman relativistas a todos aquellos que no comparten sus certezas”. ¿Mienten los políticos? “Los judíos hablaban de la eumená, la fiabilidad. La fiabilidad está en el origen de la verdad política; si el gobernado lo cree y el gobernante cumple entonces se habrá establecido la veracidad”. Es muy complicado hoy hallar “un poso de veracidad” en medio de tantos discursos contrapuestos. ¿Dónde advierte usted el engaño? “Cuando se elude la desnudez de uno mismo; cuando aprecio eso me siento engañado. Cada uno evita mostrarse en su propia fragilidad” y ahí surge la tentación de la mentira.

Victoria Camps, catedrática de Ética: “La verdad es la adecuación de lo que uno piensa con la realidad. Es la definición clásica y yo creo que no se ha superado”. ¿Por qué parece que nos mienten siempre, en particular los políticos? “Porque lo cuentan mal, porque lo que ocurre nadie lo conoce del todo. Porque nadie puede decirnos toda la verdad, porque todo nos viene desde puntos de vista parciales… Eso sucede en la información política, económica. Todos tratan de ocultar y la gente no puede confiar, no podemos confiar porque no nos dicen todo casi nunca y sospechamos”.

En el espacio público, dice Victoria Camps, “la desconfianza es absoluta. No nos creemos a nadie. Las consecuencias son malísimas”. ¿Cuáles? “Es muy difícil así construir un mundo común, una cohesión social”.

¿Es imposible encontrar la verdad, profesora? “No debería serlo. Al menos sería posible llegar a establecer una sensación de veracidad, la que se da en la vida privada. Pero si nos mienten, cómo vamos a creer que nos dicen, a veces, la verdad? ¿Cómo creerlos si han dicho que dimitirán si se establece que su partido es corrupto y luego siguen ahí, escurriendo el bulto? ¿Cómo creerles si sus verdades son medias verdades, y a veces ni siquiera eso?”

La verdad no tiene dueño, pero su manejo sí.

Runrunes El Universal 31.01.2013

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ALTO
CELAC 1:

Todos los presidentes que se reunieron con el presidente cubano Raúl Castro inmediatamente después de los saludos y las discusiones de los temas bilaterales lo abordaron con preguntas sobre el estado del paciente que está en manos de la medicina cubana desde junio de 2011.

Confiaban más en la opinión de Castro que en la de Maduro o Jaua que insistían al unísono que mejoraba, estaba aferrado a la vida y a Cristo. Muchas preguntas le hicieron. Tres de ellos, de Brasil, Argentina y España, cuestionaron angustiados algunas informaciones y una presidenta inquirió sobre el movimiento en avión y de allí surgió la especie, luego negada en Cuba, que el desplazamiento se haría en un barco para evitar los cambios de presión.

La fecha de regreso del presidente a Caracas sigue en manos de los médicos cubanos. Españoles, brasileros y venezolanos reiteraron su parecer negativo al traslado antes del tiempo necesario para la estabilización y recuperación básicas.

Por cierto que al ex presidente brasilero Lula da Silva no le permitieron acceso a la habitación donde está recluido el mandatario reelecto y no juramentado. La cadena del martes, por error, dejó ver cómo hicieron la firma electrónica de Chávez. Una mano tras 50 días en reposo, con poca fuerza, al menos debía salirse un poquito del cauce habitual de escritura…

CELAC 2:

La reunión de la CELAC en Chile contó con la participación de diferentes jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea con el fin primordial de concertar esfuerzos entre el viejo continente y las Américas para mejorar la situación económica de los países miembros. Líderes europeos han hablado del potencial latinoamericano para invertir en sus economías depauperadas y en crisis. América Latina ha sido vista, al revés de años anteriores, como una palanca para mejorar sus finanzas. Por ello coordinaron la visita de esos mandatarios y sus equipos económicos incluyendo empresarios de sus respectivos países para reunirse con sus pares americanos.

Supimos que por Venezuela asistieron empresarios sin ninguna concertación por parte del gobierno. Ningún ministro ni director sectorial del área económica oficial participó en la delegación venezolana. Más oportunidades perdidas. Las reuniones que tuvieron tanto el canciller Jaua como el Vicepresidente Maduro fueron solamente a nivel político.

Para ejemplo la sostenida por el primero con su colega de España, retomando el diálogo interrumpido entre los dos gobiernos desde que asumió el poder el Partido Popular. Fedecámaras, Conindustria, Consecomercio y Fedeagro, presididas por Jorge Botti, Carlos Larrazábal, Carlos Fernández y Pedro Rivas, respectivamente, participaron en esta Cumbre Empresarial en representación del sector productivo de nuestro país quienes, siempre por su cuenta, sin ninguna concertación con el gobierno de Venezuela -que cuida y cultiva a los empresarios de otros países como Brasil, Argentina, Colombia y otros en desmedro de sus conciudadanos- pudieron intercambiar opiniones con los más de 800 líderes empresariales que se dieron cita en Santiago de Chile en la IV Cumbre Empresarial Unión Europea – América latina y El Caribe, reafirmando la voluntad de seguir fortaleciendo las múltiples relaciones y lazos que unen a empresarios de ambos lados del océano Atlántico, así como su compromiso de contribuir con reflexiones e ideas en la elaboración de la Agenda Birregional de los próximos años.

La comisión organizadora del encuentro multilateral de empresarios, resumió la jornada en un documento con propuestas de trabajo concretas en cuatro ejes: medio ambiente y desarrollo sustentable, pequeñas y medianas empresas, capital humano y compromiso con valores democráticos. A lo mejor ésta última molestaría a Maduro y su combo. Después de tres días de intenso trabajo, 24, 25 y 26 de enero de 2013, donde se llevaron a cabo una serie de rondas empresariales y coloquios entre los empresarios de la región, consensuaron 10 propuestas sobre desarrollo económico sustentable para ser entregado a más de 40 jefes de Estado y gobierno, a través de sus cancilleres.

MEDIO
POR LA CULATA:

Tras la campaña montada por el régimen acusando de acaparadores y especuladores a los empresarios privados el aumento de la demanda fue de un 30% provocando así mas desabastecimiento. Tras haberles desmontado desde Cavidea esas argumentaciones la presión mediática roja disminuyó considerablemente y se reanudó el diálogo con el ministerio de Alimentación.

El hecho más grotesco de la campaña roja fue el de acusar a PepsiCola de acaparar 8.520 toneladas de azúcar industrial que estaban destinadas a jugos y refrescos y no a la venta al detal. Las gubernamentales SADA (Silos, Almacenes y Depósitos Agrícolas) y SITCA (Sistema Integral de Control Agroalimentario) emitieron desde los permisos de importación hasta las 1660 guías de movilización utilizadas por los 457 camiones que la transportaron desde Puerto Cabello hasta el estado Aragua.

El desconocimiento total de las operaciones requeridas por parte de ministros como el del Interior o de militares de alto rango que usan la fuerza para amedrentar, así como también de la limitación de inventarios que cubren solo cuatro días inspirados en la guerra mediática roja provocaron más caos. Lo mismo se aplica a renglones que antes se producían y se exportaban en Venezuela hasta hace solo cuatro años como el maíz blanco, el arroz y el aceite.

Entre otros factores adicionales está que en Monaca hay un ausentismo laboral del 46% y que el 40% de la harina pre cocida que el SADA permite distribuir está destinado obligatoriamente a solo 6 centros comerciales. Añádase  la medida que requiere el llamado “Certificado de No Producción”  para los renglones a importar y debe expedirse barco por barco. ¿Incapacidad?, ¿corrupción?  o  ¿ceguera comunista? El tiro les salió por la culata. Ya le “bajaron dos”…

IMPUNIDAD:

Ninguna medida de la Inspectoría del Trabajo puede ser emitida contra los trabajadores. La orden es que lo que sea contra los patronos se acelere y lo de los obreros se congele en el tiempo. Ese empoderamiento abusivo no permite despedir a los trabajadores que se ausenten sin permiso, produzcan certificados médicos falsos o torpedeen el desempeño de sus pares. Allí va buena parte de los retrasos en producción de alimentos prioritarios…

BAJO
MEDIDAS:

Definitivamente los nuevos ajustes de precios y una devaluación de bajo impacto serán anunciados después de carnaval. Medicinas y alimentos siguen con preferencia. La venta del excedente de oro no monetario fue una medida urgente para cubrir la demanda de dólares antes de los anuncios.

El presidente del BCV, Nelson Merentes, y el presidente de Pdvsa, Rafael Ramírez, concertaron en La Habana el acuerdo. Éste último cobra preponderancia en este período de provisionalidad pues es el único que sabe donde están guardados los reales en el exterior…

 @nelsonbocaranda

Escasez de criterio por Francisco Ibarra Bravo

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La situación política tiene paralizado al gobierno. No es para menos tomando en cuenta que en Venezuela nada se hacía sin consultar la voluntad del Presidente. En las primeras semanas del año, el binomio de oro revolucionario se ha dado a la tarea de montar un buen circo, darse abracitos y sonrisitas. A todas estas el gabinete económico permanece paralizado si tomar ninguna medida para atender la difícil situación económica que se le viene encima al país. Es hora que le bajen el volumen al circo y se preocupen por el pan. Es en su propio beneficio político.

Ha sido tal el reguero económico que ha dejado Giordani y sus escuderos, que en Venezuela es necesario hacer ajustes con el precio del barril por encima de los 100 dólares. La apreciación real del bolívar ya no solo hace mella en el aparato productivo privado venezolano sino que tiene a PDVSA como res a finales del mes abril. El déficit público está en niveles alarmantes. La inflación ha regresado por sus fueros y ahora resulta que se comienzan a ver problemas con el abastecimiento. Ante esto último, el gobierno optó por sacar sus  matasietes rojos a atemorizar a los distribuidores y productores. Al parecer ya se van dando cuenta de que es peor el remedio que la enfermedad. La economía venezolana está en una situación delicada y requiere ajustes que no son menores. Hay que decirlo, estos ajustes podrán ser postergados pero son necesarios y en algún momento llegarán. Además, son el resultado del cúmulo de despropósitos, no hay otra manera de definirlo, en que se ha convertido la política económica de este ya largo gobierno.

El ajuste clave es el del tipo de cambio. Eso lo sabe Giordani, Merentes y sobretodo Ramírez. El tipo de cambio oficial de Bs. 4,3 por dólar, dejó hace muchos tiempo de tener algún sentido. Se debió haber realizado un ajuste hace más de un año pero decidieron continuar el 2012 con este tipo de cambio. No era poco lo que se jugaban y si en algo han demostrado ser eficaces e inescrupulosos es en ganar elecciones. La propensión natural de todo ser humano de aferrarse al poder también está presente en el hombre nuevo. No ocurrió el ajuste hace más de un año, fue postergado por motivos electorales y ahora nos encontramos con que está siendo postergado por motivos políticos que tienen que ver con la salud del Presidente.

La reciente medida para que PDVSA le entregue más divisas al BCV es insuficiente. Este gobierno además de destruir el presupuesto público también destruyó la responsabilidad que tenía PDVSA de entregar las divisas al BCV. La medida incrementa la entrega al BCV en US$ 2.470 millones, que visto desde la demanda total de divisas, es algo menos de 10 días hábiles.  Es por lo tanto una medida insuficiente si lo que se quiere es resolver la actual situación de escasez de divisas. La economía venezolana funciona con dólares. Esta dependencia se ha acentuado como nunca en durante el actual gobierno. La razón fundamental del desabastecimiento y la escasez que vive actualmente el país no es otra que la escases de dólares. Parte de escasez se debe a ineficiencias vinculadas al control de cambio y parte  se debe a que nadie realmente sabe cuantos dólares está facilitando PDVSA para atender las necesidades de importación. La oscuridad en las cuentas públicas se ha ido incrementando con el tiempo. Llegará un momento para ver hacia atrás y muchos se quedarán realmente sorprendidos de lo que encontrarán.

El mismo ministro Ramírez dijo que el año pasado se importaron casi US$ 57.000 millones y que eso era una barbaridad. El problema es que la economía venezolana ha sido inducida a ello por un tipo de cambio abiertamente sobrevaluado y por el acoso constante a la empresa privada. La responsabilidad de la situación actual recae sobre el gabinete económico y sobre el actual gobierno. El tipo de cambio debe ser ajustado, las divisas deben comenzar a fluir. De lo contrario lo que veremos será una contracción económica mayor y un desabastecimiento que comprometerá la estabilidad política del país.

 Francisco Ibarra Bravo

@franibar10

 

#HablandoEnStreaming SuperBowl

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Este domingo se celebra el Superbowl en la ciudad de New Orleans donde se enfrentan las San Francisco 49ers contra los Baltimore Ravens, además de ser un gran partido en la previa y ser la final, el juego cuenta con la particularidad que ambos entrenadores son hermanos. Dicho esto, el Superbowl es uno de las transmisiones más vistas de los EE.UU y cuenta con los espacios publicitarios más costosos de la TV y es por esto que sus comerciales son los más esperados del año.

Este miércoles les traigo 7 películas que nos comenzarán a poner en el sentimiento de este domingo, así que preparen Buffalo Wings o pidan pizza mientras disfrutan estas películas. (Como siempre hacer click en el título los lleva a la película)

1. Friday Night Lights

Este drama muestra los esfuerzos de Gary Gaines, el entrenador de un equipo de fútbol de Texas, por llevar a su equipo a los campeonatos estatales.

 

2. Varsity Blues

 

Cuando el mariscal de campo estrella de los Coyotes de West Canaan sufre una lesión en la rodilla, el suplente, Jonathan Moxon, se transforma en el centro de atención.

 

3. Two For The Money

 

 

Una exestrella de fútbol universitario hace de su increíble don para predecir resultados su nueva vocación, con la ayuda de un conocido pero oscuro “consultor deportivo”.

4. The Waterboy

 

 

La ira del aguador de un equipo de fútbol americano universitario lo transforma en una máquina de placar, cuya potencia aplastante puede llevar al equipo a las finales.

 

5. The Game Plan

 

Nada puede arruinar el juego de la estrella de la NFL Joe Kingman —nada, excepto la aparición de su hija desconocida de 7 años.

 

6. School Ties

El joven de clase media, David Greene, recibe una beca para estudiar en una selecta escuela, se convierte en una figura del deporte y llama la atención de una joven.

 

7. Friday Night Lights: TV Series

Eric Taylor firma como nuevo entrenador del equipo de fútbol americano de un pueblito de Texas a punto de ganar el campeonato estatal.

 

El superbowl se jugará este domingo 03 de Febrero a las 6:00 PM y en esta columna le vamos a los 49ers

 

@LiveFromMind