
Todos vivimos en esta tierra que, desde que tenemos uso de razón, es un “mal país”. Pocas veces hemos escuchado a algún venezolano referirse a su patria y no decir: “vamos de mal en peor” o un “esto se lo llevó quien lo trajo” o el más popular “este es un país de mierda”. Así vivimos, así nos criaron, nuestros ideales están afuera, y allí hemos ido migrando también, desesperanzados, así como quien prefiere olvidarse de ese familiar que se endeudó, dejó todo, se puso grosero y violento, se dejó manipular por las malas influencias y nosotros lo abandonamos, “Él es familia mía pero hasta ahí”, pensamos con desprecio, como quien prefiere mirar a otro lado y hacerse el pendejo. Tal vez para que duela menos.
Cuando pensamos en lo bonito del país se lo adjudicamos a la dicha geográfica con la que Dios nos bendijo, pero también a ese humor paciente e inagotable que nos caracteriza, el reírnos de todo. Esos son nuestros estandartes: ser unos tropicales bochincheros. Pero no nos damos cuenta que somos muchísimo más que eso, somos excelentes músicos, por decir algo, somos ingenieros de talla mundial que son la joya de muchas transnacionales, somos científicos que avanzan en curas inalcanzables, somos mujeres que más que bellas son grandes empresarias, somos grandes deportistas que se transforman en héroes de millones. Somos gente luchadora que en medio de la adversidad sobrevive y eso, sobre todo, es una característica de la que no puede jactarse cualquier gentilicio.
Alguien engatusó a muchos y ha jugado con la capacidad de supervivencia más de lo que cualquiera puede aguantar. Pero es que si nosotros no hemos creído en lo nuestro desde hace rato, si no nos creemos que tenemos el poder de cambiar las cosas solo con pensar que somos capaces, si esperamos que lo bueno suceda solo para que cuando eso pase hagamos el esfuerzo de llegar a lo excelente, así es complicado. Hagamos el ejercicio, aunque sea por un minuto, de imaginar cómo sería el país de aquí en unos años, solo si empezáramos a creer que somos capaces.
Resulta que nos creemos que la fuerza de un pueblo en paz puede derrotar una dictadura. Perdemos el miedo y hacemos lo necesario para activar la salida de un régimen de ineptos malandros que desgobernaban el país (escoja usted la manera en la que nos organizamos, yo personalmente estoy convencido que es por la vía de la constituyente, pero lo dejo a su libre albedrío, ya que de cualquier manera necesitamos un pueblo organizado y convencido de que sí puede). Entonces, vamos a primarias de nuevo y con Leopoldo fuera de prisión, el pueblo puede, luego de muchos años, elegirlo libremente sin obstáculos, sin miedo.
El nuevo Presidente hace un gran llamado a la unidad nacional y gobierna junto a Capriles, Machado, Ledezma y todos los que ayudaron a empujar el país adelante. Todos los que sí creyeron, los que se jugaron la vida y la fe en los momentos más difíciles. Los primeros meses son duros, el país casi en quiebra tiene que levantarse, pero el principal motor es que nadie se queda de brazos cruzados esperando que se den las cosas, todo el mundo se activa de nuevo, todos hacemos algo, todos colaboramos. Comienza un gran plan de seguridad nacional en donde los vecinos se organizan junto a las policías municipales, regionales y nacional y estas a su vez reciben mejor formación y se realiza una inversión importante para que la corrupción disminuya hasta extinguirse de los cuerpos policiales.
La guerra contra el narcotráfico es una realidad y se desmantelan grandes mafias de la droga, a su vez se invierte en el mejoramiento de las cárceles que vuelven a manos de los gobiernos regionales, y así se les puede dar un trato más específico y dejan de ser universidades del delito para transformarse en reformatorios. Se sienten las calles más seguras en pocos meses y eso estimula la vuelta de miles de jóvenes al país y con ellos una fuerza de trabajo inmensa, que para transformarla en un motor se decide dar condiciones favorables a las empresas que inmediatamente trabajan junto al Estado (no el Gobierno) para retomar la producción de productos venezolanos.
El país pronto se vuelve la esperanza de la región e inversionistas buscan de nuevo apostar por la rivera del Arauca vibrador. Maiquetía se convierte en punto de encuentro de muchos, lágrimas vienen y van pero esta vez son de alegría, familias unidas de nuevo, celebran con tranquilidad. Los negocios pequeños se arriesgan otra vez, nadie se quiere quedar por fuera de ser parte de la reconstrucción. La mejor Venezuela empieza a verse. Sí, existen aún los chavistas de base, de convicción, pero la rivalidad se transforma como en la del béisbol, magallaneros y caraquistas bailan al son de la zamba de los Tiburones, como chavistas y no chavistas se comen un sancocho en la misma mesa, felices de vivir en el mejor país del mundo gracias a la Gran Sabana, Morrocoy y la certeza de un futuro próspero y alcanzable para todos.
Así van pasando los días, la nueva Asamblea Nacional nombra a los magistrados más calificados y profesionales del país para que conduzcan el proceso de reconstrucción del sistema judicial, una nueva contralora hace seguimiento a cada uno de los expedientes de corrupción del régimen saliente, y comienza la justicia a darse como un proceso real que le devuelve a los ciudadanos la creencia en las instituciones.
Hacer un mercado deja de ser un suplicio, poco a poco se vuelven a ver en los anaqueles todo aquello que necesitamos para hacer los mejores platos criollos, ya no pedimos “lo que haya” sino que compramos lo que queremos. En los barrios, los niños juegan en paz en las calles, se inauguran bibliotecas y espacios culturales en varios cerros del país, existe esperanza de surgir. Allí está naciendo de nuevo lo mejor de nosotros, dejamos de dar pedacitos de lo nuestro por ahí y nos volvemos cada uno una pieza indispensable del gran rompecabezas que es el país que siempre soñamos.
Tan sencillo como creérselo, volver nuestro sueño una meta y trabajar juntos hasta alcanzarla, así comenzamos a reconstruirnos diciendo: “¡Este país no lo para nadie! ¡Yo me lo creo!”.
@darioramirez
Concejal del Municipio Sucre, Estado Miranda.