Mi mamá y mi tía viven en Luisiana, Estados Unidos, y de la casa de mi tía a la de mi mamá solo hay dos cuadras, así como dos maneras de llegar: o por la acera de la calle o bordeando una idílica y calmada laguna que tiene patos, tortugas y aguas que reflejan el vecindario cual si fuese un espejo. Y como amante del agua que soy, decidí irme por la segunda para así llevar unas golosinas venezolanas a casa de mi mamá mientras iba contemplando la relajante laguna.
Sin embargo, cuando me faltaban como cien metros para llegar a casa de mi mamá, de un patio salieron a perseguirme un pastor alemán negro y un pit bull. Al ver que el pitbull tenía más músculos que yo además de una quijada de anaconda comiendo elefante, me emocioné. Jamás pensé que un cuarentón calvo, orejón, sin nalgas y con golosinas en el bolsillo sería todo un plato Michelin para alguien.
De inmediato volteé, vi que no había dónde esconderme o encaramarme y no me tocó sino echarme a la laguna con todo y ropa para evitar ser el filet miñón de estos perros. Fue cuando me di cuenta de que no era ninguna laguna idílica y apacible, sino un vulgar estanque donde los patos y las tortugas mean.
Ahora la amenaza era otra. ¿Me intoxicaría con el agua? ¿Me mordería una tortuga? ¿Una culebra? ¿Un caimán? O pasaría lo más catastrófico y desgarrador: se me mojaría el teléfono por dentro.
Pero nada de eso pasó. Lamentablemente pasó algo muchísimo más triste y que no me esperaba. Cuando la dueña guardó a los perros, salí del estanque y sentí que me faltaba un zapato. ¡Una de las Crocs que tienen diecinueve años conmigo! Diecinueve años en donde siempre le fui fiel y leal, cuidándola, amándola y defendiéndola, solo para saber que en todo este tiempo ella solo aprendió una sola cosa. Que, si a tu dueño lo atacan unos perros, bótalo y sálvate tú.
Entonces salí del estanque y así seguí a casa de mi mamá, mojado como un trapito de cocina… y oliendo como uno. Recuerdo que apenas entré y les conté lo que me había pasado, mi abuela me dijo: “Cuando te ataquen unos perros, quédate quieto y velos a los ojos”. Gran consejo que no aplica si el atacado tiene presbicia y le termina arrugando la cara a los perros para enfocar porque nos los ve bien.
Además, me di cuenta de que eso de que el perro es el mejor amigo del hombre es mentira. Es el mejor amigo de un solo hombre: su amo. De resto, todos somos croqueta.
¿Y por qué esta vecina no podía tener unos poodles, unos pinschers o unos chihuahuas? Ahí confirmé que la gente definitivamente escoge su raza de perros para compensar algo que les falta. El lento busca un perro rápido, el enano quiere gran danés, el alto pomerania, la gente que está buenísima tiene perros callejeros mezclados y feos y las que tienen un pastor alemán negro y un pit bull… imagínense ustedes cómo era.
Ademas, ¿qué le cuesta estar pendientes de sus perros? Lo único que pide uno en la calle es que por favor les pongan correa…
y camisa de fuerza…
y los enyesen…
en una jaula…
bajo llave…
dentro de una cápsula espacial…
vía Neptuno.
Por fortuna apareció mi Croc. La fuimos a buscar al día siguiente y apareció sumergida en el fango del estanque. Menos mal. Solo le tocó una noche de spa que la dejó exfoliadita, porque pasa dos años ahí y termina hecha petróleo.
Aunque lo más importante es que finalmente sé para qué había entrenado tanta natación los últimos quince años de mi vida. No para ganar los 50 metros pecho ni los 50 metros espalda, sino para llevarme oro en los 50 metros mandíbula de perro. Por fortuna estoy bien. Aún con manos en mis muñecas para escribirles esto. Si quieren celebrarlo conmigo, avisen. Los espero con unos caramelos venezolanos sabor a estanque de Luisiana.
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