Sola vera oppositio?

Saludos a todos. Tenía tiempo sin escribir por acá. No es la primera vez que los azares de la vida en Venezuela me obligan a hacer una pausa. Sospecho que tampoco será la última. Pero soy un hombre de hábitos. Siempre lo he sido. Como esta columna se acerca a sus diez años de vida, comprenderán quienes hoy la leen que dejarla del todo sería algo que me costaría mucho. No por razones monetarias, pues desde el principio la he escrito ad honorem. Más bien por el apego a un hábito más.

En fin, quienes me conocen saben muy bien que un objeto frecuente de mis críticas en años recientes es el grupo de ciudadanos, hoy muy reducido, que se identifica como “oposición” pero nada hace por oponerse efectivamente al statu quo. Precisamente porque ya casi no tiene ningún respaldo masivo y se ha reducido a la inanidad, me parece pertinente no dedicarle tanta atención a partir de ahora.

Entonces, hoy el reflector en este modesto teatro que regento se va a posar sobre una corriente de opinión política venezolana muy diferente. No está tan cohesionada como la otra. De hecho, no creo que responda a ningún tipo de intereses mancomunados. Sus miembros por lo general actúan en aislamiento el uno del otro y a veces hasta mantienen relaciones antagónicas. Pero sus discursos suelen apuntar a una misma dirección.

Lo que tienen en común es una pretensión de ser los únicos opositores genuinos. Todos los que no comulguen con su pensamiento son falsos adversarios de la elite gobernante. Especialmente se afincan en denunciar como tal a la dirigencia política que estuvo o está amalgamada en las distintas iteraciones de lo que alguna vez fue llamado “Mesa de la Unidad Democrática”. Eso incluye a la dirigencia actual, encabezada por María Corina Machado. Según estas narrativas, los ciudadanos comunes que la respaldan son cómplices de la mentira, o unos tontos que se la creen. La dirigencia, según ellos, secretamente está en contubernio con la elite gobernante y comparte los mismos beneficios que ella.

Para demostrarlo, señalan que la dirigencia opositora se ha empeñado en tratar (de nuevo, según ellos, falsamente) de conseguir el cambio político al que la inmensa mayoría de la población aspira por vías que la elite gobernante controla y que están diseñadas para garantizar la continuidad del statu quo. Sobre todo, las “elecciones”. Por poner el ejemplo relevante de actualidad, a Machado la señalan por haber encabezado una campaña presidencial luego de haber llamado a la abstención previamente.

Hay que admitir que las posiciones cambiantes de Machado y otros dirigentes sobre la disyuntiva entre participación y abstención puede prestarse para incoherencias. A mi juicio, la inconstancia del liderazgo opositor en la materia se debe a percepciones de oportunidad que han sido igualmente inconstantes. Es decir, cuando la dirigencia ha percibido que unas “elecciones” pueden servirle para lograr el cambio político, han tomado lo que consideraron como una oportunidad. Así fue con las parlamentarias de 2015 y las presidenciales del año pasado.

Estas decisiones fueron estimuladas por expectativas de que la elite gobernante se vería obligada a aceptar cualquier resultado. En ambos casos, ya sabemos qué pasó. La frustración en cada paso desplazó la expectativa a la siguiente elección de mayor trascendencia, hasta llegar a 2024. Por ser los presidenciales los comicios de mayor trascendencia en Venezuela, considero que desde el 28 de julio pasado se llegó al límite y ya no hay desplazamiento posible. Desde esa fecha, las masas dejaron de creer, irrevocablemente, que por esta vía la oposición podrá alcanzar sus objetivos. Quienes insistan en lo contrario no son considerados opositores, pero no solo por los señores sobre los que este artículo versa, sino por la población en general. Lo vimos con la reacción de las masas al llamado a “votar” en las últimas regionales y locales formulado por políticos como Henrique Capriles y Manuel Rosales.

Pero entonces, ¿por qué el público no le dio la espalda a Machado cuando hizo un llamado que ella misma había rechazado antes, en vista de que así lo estaban advirtiendo los autoproclamados gurús de la sola vera oppositio. La respuesta a esta pregunta explica también por qué estas damas y estos caballeros, en el mejor de los casos, tienen un fiel grupo de partidarios bastante ruidosos, pero muy minoritario como porcentaje de la población venezolana. No es falta de planteamientos alternativos. Atajo de inmediato cualquier pretensión de que me respondan con la burla del tan manido “¿Y tú qué propones?”.

Propuestas tienen. Lo que no tienen es la disposición de llevarlas a cabo. Por los riesgos que implica hacerlo. Entonces, si ellos mismos no están dispuestos a tomar la iniciativa, no sé cómo pretenden que otros lo hagan. Tengo por imperativo categórico no exigir a los demás que hagan lo que yo tampoco estoy dispuesto a hacer. Parafraseando a Jean-Luc Godard, “solo los que saltan al vacío tienen moral para cuestionar a quienes se quedan mirando”. Por eso puedo criticar a la dirigencia opositora por los que a mi juicio son sus errores y vicios, y lo hago. Pero no puedo repudiarlos por abstenerse de lo que yo también me abstengo. Conozco bien mis límites. No me enorgullezco de ellos, pero los admito como parte de mi identidad.

Pareciera que los susodichos señores no. Desde la comodidad de las salas de sus casas, repudian a la dirigencia opositora, y a veces a la sociedad venezolana entera, por no hacer algo que ellos tampoco hacen. Así no sirve. En política, no basta con proponer. Hay que actuar. Los demás solo se sentirán alentados a acompañar a quien propone si además lo ven tomar la iniciativa. No vale aducir que no se tiene aspiraciones a líder político. De todas formas, si propones, eres un actor político, con la aspiración natural de que tu propuesta sea acogida por la mayor cantidad posible de personas. Ese es el propósito de la política, según Hannah Arendt.

Tampoco es válido el pretexto “Es que yo sí sé lo que hay que hacer, pero no tengo los medios para concretarlo”. ¡Qué excusa tan patética y autoindulgente! Un ejemplo más de un concepto que ya ha sido invocado en esta columna. A saber, la “mala fe”, como la entendía Jean-Paul Sartre. Un autoengaño para negar las posibilidades propias. Si no tienes los medios, búscalos. Quienes lograron grandes cambios políticos no esperaron a que los medios les cayeran del cielo.

Ningún venezolano es especial por lamentarse por la suerte del país y porque las cosas no han salido como él quiere. Eso cualquiera lo hace. Ese venezolano, aunque pedantemente se crea exento, es otro miembro más de la dizque “sociedad de cómplices” que él mismo imaginó.

.@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Saludos a todos. Tenía tiempo sin escribir por acá. No es la primera vez que los azares de la vida en Venezuela me obligan a hacer una pausa. Sospecho que tampoco será la última. Pero soy un hombre de hábitos. Siempre lo he sido. Como esta columna se acerca a sus diez años de vida, comprenderán quienes hoy la leen que dejarla del todo sería algo que me costaría mucho. No por razones monetarias, pues desde el principio la he escrito ad honorem. Más bien por el apego a un hábito más.

En fin, quienes me conocen saben muy bien que un objeto frecuente de mis críticas en años recientes es el grupo de ciudadanos, hoy muy reducido, que se identifica como “oposición” pero nada hace por oponerse efectivamente al statu quo. Precisamente porque ya casi no tiene ningún respaldo masivo y se ha reducido a la inanidad, me parece pertinente no dedicarle tanta atención a partir de ahora.

Entonces, hoy el reflector en este modesto teatro que regento se va a posar sobre una corriente de opinión política venezolana muy diferente. No está tan cohesionada como la otra. De hecho, no creo que responda a ningún tipo de intereses mancomunados. Sus miembros por lo general actúan en aislamiento el uno del otro y a veces hasta mantienen relaciones antagónicas. Pero sus discursos suelen apuntar a una misma dirección.

Lo que tienen en común es una pretensión de ser los únicos opositores genuinos. Todos los que no comulguen con su pensamiento son falsos adversarios de la elite gobernante. Especialmente se afincan en denunciar como tal a la dirigencia política que estuvo o está amalgamada en las distintas iteraciones de lo que alguna vez fue llamado “Mesa de la Unidad Democrática”. Eso incluye a la dirigencia actual, encabezada por María Corina Machado. Según estas narrativas, los ciudadanos comunes que la respaldan son cómplices de la mentira, o unos tontos que se la creen. La dirigencia, según ellos, secretamente está en contubernio con la elite gobernante y comparte los mismos beneficios que ella.

Para demostrarlo, señalan que la dirigencia opositora se ha empeñado en tratar (de nuevo, según ellos, falsamente) de conseguir el cambio político al que la inmensa mayoría de la población aspira por vías que la elite gobernante controla y que están diseñadas para garantizar la continuidad del statu quo. Sobre todo, las “elecciones”. Por poner el ejemplo relevante de actualidad, a Machado la señalan por haber encabezado una campaña presidencial luego de haber llamado a la abstención previamente.

Hay que admitir que las posiciones cambiantes de Machado y otros dirigentes sobre la disyuntiva entre participación y abstención puede prestarse para incoherencias. A mi juicio, la inconstancia del liderazgo opositor en la materia se debe a percepciones de oportunidad que han sido igualmente inconstantes. Es decir, cuando la dirigencia ha percibido que unas “elecciones” pueden servirle para lograr el cambio político, han tomado lo que consideraron como una oportunidad. Así fue con las parlamentarias de 2015 y las presidenciales del año pasado.

Estas decisiones fueron estimuladas por expectativas de que la elite gobernante se vería obligada a aceptar cualquier resultado. En ambos casos, ya sabemos qué pasó. La frustración en cada paso desplazó la expectativa a la siguiente elección de mayor trascendencia, hasta llegar a 2024. Por ser los presidenciales los comicios de mayor trascendencia en Venezuela, considero que desde el 28 de julio pasado se llegó al límite y ya no hay desplazamiento posible. Desde esa fecha, las masas dejaron de creer, irrevocablemente, que por esta vía la oposición podrá alcanzar sus objetivos. Quienes insistan en lo contrario no son considerados opositores, pero no solo por los señores sobre los que este artículo versa, sino por la población en general. Lo vimos con la reacción de las masas al llamado a “votar” en las últimas regionales y locales formulado por políticos como Henrique Capriles y Manuel Rosales.

Pero entonces, ¿por qué el público no le dio la espalda a Machado cuando hizo un llamado que ella misma había rechazado antes, en vista de que así lo estaban advirtiendo los autoproclamados gurús de la sola vera oppositio. La respuesta a esta pregunta explica también por qué estas damas y estos caballeros, en el mejor de los casos, tienen un fiel grupo de partidarios bastante ruidosos, pero muy minoritario como porcentaje de la población venezolana. No es falta de planteamientos alternativos. Atajo de inmediato cualquier pretensión de que me respondan con la burla del tan manido “¿Y tú qué propones?”.

Propuestas tienen. Lo que no tienen es la disposición de llevarlas a cabo. Por los riesgos que implica hacerlo. Entonces, si ellos mismos no están dispuestos a tomar la iniciativa, no sé cómo pretenden que otros lo hagan. Tengo por imperativo categórico no exigir a los demás que hagan lo que yo tampoco estoy dispuesto a hacer. Parafraseando a Jean-Luc Godard, “solo los que saltan al vacío tienen moral para cuestionar a quienes se quedan mirando”. Por eso puedo criticar a la dirigencia opositora por los que a mi juicio son sus errores y vicios, y lo hago. Pero no puedo repudiarlos por abstenerse de lo que yo también me abstengo. Conozco bien mis límites. No me enorgullezco de ellos, pero los admito como parte de mi identidad.

Pareciera que los susodichos señores no. Desde la comodidad de las salas de sus casas, repudian a la dirigencia opositora, y a veces a la sociedad venezolana entera, por no hacer algo que ellos tampoco hacen. Así no sirve. En política, no basta con proponer. Hay que actuar. Los demás solo se sentirán alentados a acompañar a quien propone si además lo ven tomar la iniciativa. No vale aducir que no se tiene aspiraciones a líder político. De todas formas, si propones, eres un actor político, con la aspiración natural de que tu propuesta sea acogida por la mayor cantidad posible de personas. Ese es el propósito de la política, según Hannah Arendt.

Tampoco es válido el pretexto “Es que yo sí sé lo que hay que hacer, pero no tengo los medios para concretarlo”. ¡Qué excusa tan patética y autoindulgente! Un ejemplo más de un concepto que ya ha sido invocado en esta columna. A saber, la “mala fe”, como la entendía Jean-Paul Sartre. Un autoengaño para negar las posibilidades propias. Si no tienes los medios, búscalos. Quienes lograron grandes cambios políticos no esperaron a que los medios les cayeran del cielo.

Ningún venezolano es especial por lamentarse por la suerte del país y porque las cosas no han salido como él quiere. Eso cualquiera lo hace. Ese venezolano, aunque pedantemente se crea exento, es otro miembro más de la dizque “sociedad de cómplices” que él mismo imaginó.

.@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Desde la comodidad de las salas de sus casas, repudian a la dirigencia opositora, y a veces a la sociedad venezolana entera, por no hacer algo que ellos tampoco hacen. Así no sirve
TelegramWhatsAppFacebookX

Saludos a todos. Tenía tiempo sin escribir por acá. No es la primera vez que los azares de la vida en Venezuela me obligan a hacer una pausa. Sospecho que tampoco será la última. Pero soy un hombre de hábitos. Siempre lo he sido. Como esta columna se acerca a sus diez años de vida, comprenderán quienes hoy la leen que dejarla del todo sería algo que me costaría mucho. No por razones monetarias, pues desde el principio la he escrito ad honorem. Más bien por el apego a un hábito más.

En fin, quienes me conocen saben muy bien que un objeto frecuente de mis críticas en años recientes es el grupo de ciudadanos, hoy muy reducido, que se identifica como “oposición” pero nada hace por oponerse efectivamente al statu quo. Precisamente porque ya casi no tiene ningún respaldo masivo y se ha reducido a la inanidad, me parece pertinente no dedicarle tanta atención a partir de ahora.

Entonces, hoy el reflector en este modesto teatro que regento se va a posar sobre una corriente de opinión política venezolana muy diferente. No está tan cohesionada como la otra. De hecho, no creo que responda a ningún tipo de intereses mancomunados. Sus miembros por lo general actúan en aislamiento el uno del otro y a veces hasta mantienen relaciones antagónicas. Pero sus discursos suelen apuntar a una misma dirección.

Lo que tienen en común es una pretensión de ser los únicos opositores genuinos. Todos los que no comulguen con su pensamiento son falsos adversarios de la elite gobernante. Especialmente se afincan en denunciar como tal a la dirigencia política que estuvo o está amalgamada en las distintas iteraciones de lo que alguna vez fue llamado “Mesa de la Unidad Democrática”. Eso incluye a la dirigencia actual, encabezada por María Corina Machado. Según estas narrativas, los ciudadanos comunes que la respaldan son cómplices de la mentira, o unos tontos que se la creen. La dirigencia, según ellos, secretamente está en contubernio con la elite gobernante y comparte los mismos beneficios que ella.

Para demostrarlo, señalan que la dirigencia opositora se ha empeñado en tratar (de nuevo, según ellos, falsamente) de conseguir el cambio político al que la inmensa mayoría de la población aspira por vías que la elite gobernante controla y que están diseñadas para garantizar la continuidad del statu quo. Sobre todo, las “elecciones”. Por poner el ejemplo relevante de actualidad, a Machado la señalan por haber encabezado una campaña presidencial luego de haber llamado a la abstención previamente.

Hay que admitir que las posiciones cambiantes de Machado y otros dirigentes sobre la disyuntiva entre participación y abstención puede prestarse para incoherencias. A mi juicio, la inconstancia del liderazgo opositor en la materia se debe a percepciones de oportunidad que han sido igualmente inconstantes. Es decir, cuando la dirigencia ha percibido que unas “elecciones” pueden servirle para lograr el cambio político, han tomado lo que consideraron como una oportunidad. Así fue con las parlamentarias de 2015 y las presidenciales del año pasado.

Estas decisiones fueron estimuladas por expectativas de que la elite gobernante se vería obligada a aceptar cualquier resultado. En ambos casos, ya sabemos qué pasó. La frustración en cada paso desplazó la expectativa a la siguiente elección de mayor trascendencia, hasta llegar a 2024. Por ser los presidenciales los comicios de mayor trascendencia en Venezuela, considero que desde el 28 de julio pasado se llegó al límite y ya no hay desplazamiento posible. Desde esa fecha, las masas dejaron de creer, irrevocablemente, que por esta vía la oposición podrá alcanzar sus objetivos. Quienes insistan en lo contrario no son considerados opositores, pero no solo por los señores sobre los que este artículo versa, sino por la población en general. Lo vimos con la reacción de las masas al llamado a “votar” en las últimas regionales y locales formulado por políticos como Henrique Capriles y Manuel Rosales.

Pero entonces, ¿por qué el público no le dio la espalda a Machado cuando hizo un llamado que ella misma había rechazado antes, en vista de que así lo estaban advirtiendo los autoproclamados gurús de la sola vera oppositio. La respuesta a esta pregunta explica también por qué estas damas y estos caballeros, en el mejor de los casos, tienen un fiel grupo de partidarios bastante ruidosos, pero muy minoritario como porcentaje de la población venezolana. No es falta de planteamientos alternativos. Atajo de inmediato cualquier pretensión de que me respondan con la burla del tan manido “¿Y tú qué propones?”.

Propuestas tienen. Lo que no tienen es la disposición de llevarlas a cabo. Por los riesgos que implica hacerlo. Entonces, si ellos mismos no están dispuestos a tomar la iniciativa, no sé cómo pretenden que otros lo hagan. Tengo por imperativo categórico no exigir a los demás que hagan lo que yo tampoco estoy dispuesto a hacer. Parafraseando a Jean-Luc Godard, “solo los que saltan al vacío tienen moral para cuestionar a quienes se quedan mirando”. Por eso puedo criticar a la dirigencia opositora por los que a mi juicio son sus errores y vicios, y lo hago. Pero no puedo repudiarlos por abstenerse de lo que yo también me abstengo. Conozco bien mis límites. No me enorgullezco de ellos, pero los admito como parte de mi identidad.

Pareciera que los susodichos señores no. Desde la comodidad de las salas de sus casas, repudian a la dirigencia opositora, y a veces a la sociedad venezolana entera, por no hacer algo que ellos tampoco hacen. Así no sirve. En política, no basta con proponer. Hay que actuar. Los demás solo se sentirán alentados a acompañar a quien propone si además lo ven tomar la iniciativa. No vale aducir que no se tiene aspiraciones a líder político. De todas formas, si propones, eres un actor político, con la aspiración natural de que tu propuesta sea acogida por la mayor cantidad posible de personas. Ese es el propósito de la política, según Hannah Arendt.

Tampoco es válido el pretexto “Es que yo sí sé lo que hay que hacer, pero no tengo los medios para concretarlo”. ¡Qué excusa tan patética y autoindulgente! Un ejemplo más de un concepto que ya ha sido invocado en esta columna. A saber, la “mala fe”, como la entendía Jean-Paul Sartre. Un autoengaño para negar las posibilidades propias. Si no tienes los medios, búscalos. Quienes lograron grandes cambios políticos no esperaron a que los medios les cayeran del cielo.

Ningún venezolano es especial por lamentarse por la suerte del país y porque las cosas no han salido como él quiere. Eso cualquiera lo hace. Ese venezolano, aunque pedantemente se crea exento, es otro miembro más de la dizque “sociedad de cómplices” que él mismo imaginó.

.@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.