La otra crisis del periodismo venezolano

La crisis del periodismo venezolano es más aguda que en otros oficios o profesiones porque en buena medida es un producto deliberado

@AAAD25

Me gusta mucho, para describir de manera sucinta lo que ha pasado en Venezuela en los últimos 25 años, un concepto de “daño antropológico” formulado por el pensador cubano Dagoberto Valdés. Remite a nuestra condición de ánthrōpos. A nuestra humanidad. Es nuestra humanidad misma la que ha sido dañada, en todas sus aristas. Los oficios no son excepciones. Han sufrido perjuicio severo tanto en su dimensión de forma de ganarse la vida como en su dimensión de persona arquetípica (el papel que los demás esperan que desempeñemos en la sociedad, Jung dixit). No se me ocurre oficio honrado alguno que haya salido indemne de tanta destrucción. Por supuesto, entre ellos se encuentra el periodismo, aquel para el cual me formé.

La crisis del periodismo venezolano es más aguda que en otros oficios o profesiones porque en buena medida es un producto deliberado.

No creo que al gobierno chavista-madurista le inquiete, por ejemplo, que haya en el país médicos e ingenieros. Los periodistas, en cambio, si ejercen su oficio con ética, son inherentemente molestos al poder gubernamental. De ahí que desde Miraflores y varios de sus apéndices (Conatel, la Corporación Alfredo Maneiro, etc.) se haya liberado toda una campaña para eliminar o limitar severamente los medios de comunicación, aquellos entes que hacen de plataforma para el periodismo. Lo hemos visto con medidas directas, como el cierre de canales de televisión y emisoras de radio y el bloqueo a portales informativos, o indirectas, como el monopolio estatal sobre el papel periódico y la compra de medios por empresarios afines al gobierno. En conjunto, estas acciones constituyen el lado más visible y ruidoso de la crisis del periodismo venezolano.

Hay otro lado, quizá más tenebroso, aunque sea la cara alterna de una misma moneda y esté en relación inmanente con la descrita en el párrafo anterior. Para gobiernos como este, es mucho más económico que sus críticos no hagan cosas que los molesten en primer lugar, en vez de que esas cosas sí ocurran y tengan que moverse para suprimirlas. Es como el axioma sanitario que dice que la prevención de una enfermedad es menos costosa que el tratamiento. ¿Qué pasaría entonces si menos personas se interesan por ejercer el periodismo en Venezuela?

Me temo que eso ya pudiera estar ocurriendo. No manejo cifras al respecto ni tengo el tiempo o los recursos para obtenerlas por cuenta propia. Entiendo que la experiencia anecdótica no permite llegar a conclusiones definitivas. Pero creo que mi temor, aun en una dimensión puramente especulativa, es suficiente como para ameritar su abordaje en la opinión pública. Lo cierto es que cada vez veo a más periodistas que dejan de dedicarse al oficio reporteril o que manifiestan que evalúan dejarlo. ¿La razón? Una letanía de quejas muy difíciles de desestimar.

Primero, el riesgo de que una cobertura o reportaje indigne a la elite gobernante al punto de que haya represalias contra el autor. Recuérdese el caso emblemático de los cuatro periodistas del portal Armando Info que desde hace ocho años se encuentran exiliados por su investigación del negocio millonario detrás de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP). Otros reporteros que siguen en Venezuela son objeto de procesos judiciales que duran años y que restringen su libertad.

Luego tenemos algo que pudiera sonar banal pero no lo es: el tedio. Venezuela hoy es una grandísima paradoja gatopardiana. Es un caos controlado. Muy a menudo hay eventos que asombran o producen sobresalto. La cotidianidad privada se ve interrumpida por apagones, escasez de gasolina y un sinfín de trabas más que, si bien no ocurren por diseño, fueron normalizadas a regañadientes por buena parte de la población y rara vez se traducen en alguna novedad.

Lo mismo pasa en la vida pública mediante leyes arbitrariamente punitivas, persecuciones, inhabilitaciones y otras medidas de la elite gobernante para asegurar su permanencia en el poder. Para quien tiene que examinar cualquiera de estos fenómenos cada vez que ocurren para luego informar sobre ello, lo extraordinario se vuelve ordinario y llega un momento en el que hastía. Incluso la recreación en Venezuela durante la etapa actual de hegemonía chavista, con sus restaurantes lujosos que abren y cierran y sus conciertos de artistas por lo general fuera del cosmos de las más grandes estrellas internacionales del momento, se ha vuelto parte del statu quo.

Pero sin duda el mayor inhibidor del ejercicio periodístico en Venezuela es el económico. Ningún lamento en el gremio es tan frecuente como los bajos salarios. Ahora bien, el periodismo en Venezuela (y muchos otros países) nunca ha sido una profesión que permita a sus practicantes enriquecerse considerablemente, con quizá unas pocas excepciones estelares en radio y televisión. También es verdad que casi todos los demás empleos en la Venezuela contemporánea tienen sueldos paupérrimos. Pero en un contexto de economía arrasada e inflación elevada crónicamente, el poder adquisitivo de los periodistas hoy es muchísimo peor que el de otros tiempos. Y la pobreza en otros ramos no es consuelo, sobre todo cuando a la del periodismo se le agregan los elementos peculiares ya aludidos.

Aunque entiendo las quejas al respecto, a veces siento que son injustamente canalizadas hacia los responsables de los medios que quedan en pie. No sé cómo puede un medio ofrecer salarios de calidad si, a diferencia de lo que ocurre en países democráticos donde el periodismo independiente se mantiene con ingresos por publicidad y suscripciones, los de acá dependen de fundaciones filantrópicas que suelen tener muchas otras operaciones a las que donar. ¿Qué empresa va a querer anunciar en un medio censurado, al que un gobierno inescrupuloso considera enemigo?

A los bajos salarios se une la falta de una amplia oferta laboral, en parte por la hecatombe de medios en Venezuela. Son más de 400 luego del cierre de RCTV en 2007, de acuerdo con un registro de la organización no gubernamental Espacio Público.

Fuera de Caracas, como con casi todo, la situación es más desoladora, pues el resto del país se empobreció de manera desproporcionada con respecto a la capital. “Conseguir trabajo en las regiones es mucho más difícil, porque se quiera o no, la mayoría de los buenos proyectos están concentrados en Caracas. Los medios regionales no tienen recursos y el pago es muy malo”, declaró recientemente al portal Crónica Uno una periodista en el estado Bolívar, sin empleo formal desde 2022. Quedan los medios del Estado o propiedad de empresarios oficialistas, devenidos en fábricas de propaganda prochavismo. Pero, claro, nadie con un mínimo de ética quiere trabajar en ellos.

Todas estas cuitas las veo sobre todo en periodistas jóvenes. Más jóvenes que yo (tengo 32 años). Son aquellos que ingresaron al mercado laboral periodístico luego de que la crisis hiciera estragos. Los que no tuvieron oportunidad antes de volverse renombrados y ascender a posiciones al menos un poco mejor remuneradas. Así que tiene sentido que sean los más tentados a abandonar la profesión. No me quiero ni imaginar cómo será el panorama aguas generacionales más abajo. Tal vez me equivoque, pero el interés en estudiar periodismo en Venezuela ha de estar en niveles mínimos históricos.

Desde hace tiempo estoy convencido que ser periodista en Venezuela en una labor heroica, por el grado de altruismo y entrega que supone (conste que yo me estoy ganando la vida con actividades de edición y de estudio de la política, no con reporteo; así que no me incluyo en el panegírico). Obviamente no voy a decirles a quienes lo hacen que tiren la toalla. Pero al mismo tiempo me parece egoísta pretender que otros persistan en eso, aunque les impida explorar otras posibilidades laborales que pudieran aumentarles una calidad de vida con la que se sienten muy inconformes. Sobre todo, teniendo en cuenta que no hay ninguna certeza de que pronto tendremos un cambio político.

Esto me lleva al cierre del artículo. Muchos de sus predecesores, con comentarios sobre la manera en que la política incide en distintos aspectos de la vida en el país, terminan con la advertencia de que el aspecto en cuestión no mejorará si la política no cambia primero. Hoy toca repetir la monserga (volvamos a la idea del daño antropológico). Me parece muy triste por la profesión que estudié y por todos esos chamos que soñaron con ser periodistas y se encontraron con algo muy distinto a lo que esperaban. Pero esa es la realidad. No dudo que en el gobierno lo saben y sonríen ante el panorama de un país con menos periodistas.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La crisis del periodismo venezolano es más aguda que en otros oficios o profesiones porque en buena medida es un producto deliberado

@AAAD25

Me gusta mucho, para describir de manera sucinta lo que ha pasado en Venezuela en los últimos 25 años, un concepto de “daño antropológico” formulado por el pensador cubano Dagoberto Valdés. Remite a nuestra condición de ánthrōpos. A nuestra humanidad. Es nuestra humanidad misma la que ha sido dañada, en todas sus aristas. Los oficios no son excepciones. Han sufrido perjuicio severo tanto en su dimensión de forma de ganarse la vida como en su dimensión de persona arquetípica (el papel que los demás esperan que desempeñemos en la sociedad, Jung dixit). No se me ocurre oficio honrado alguno que haya salido indemne de tanta destrucción. Por supuesto, entre ellos se encuentra el periodismo, aquel para el cual me formé.

La crisis del periodismo venezolano es más aguda que en otros oficios o profesiones porque en buena medida es un producto deliberado.

No creo que al gobierno chavista-madurista le inquiete, por ejemplo, que haya en el país médicos e ingenieros. Los periodistas, en cambio, si ejercen su oficio con ética, son inherentemente molestos al poder gubernamental. De ahí que desde Miraflores y varios de sus apéndices (Conatel, la Corporación Alfredo Maneiro, etc.) se haya liberado toda una campaña para eliminar o limitar severamente los medios de comunicación, aquellos entes que hacen de plataforma para el periodismo. Lo hemos visto con medidas directas, como el cierre de canales de televisión y emisoras de radio y el bloqueo a portales informativos, o indirectas, como el monopolio estatal sobre el papel periódico y la compra de medios por empresarios afines al gobierno. En conjunto, estas acciones constituyen el lado más visible y ruidoso de la crisis del periodismo venezolano.

Hay otro lado, quizá más tenebroso, aunque sea la cara alterna de una misma moneda y esté en relación inmanente con la descrita en el párrafo anterior. Para gobiernos como este, es mucho más económico que sus críticos no hagan cosas que los molesten en primer lugar, en vez de que esas cosas sí ocurran y tengan que moverse para suprimirlas. Es como el axioma sanitario que dice que la prevención de una enfermedad es menos costosa que el tratamiento. ¿Qué pasaría entonces si menos personas se interesan por ejercer el periodismo en Venezuela?

Me temo que eso ya pudiera estar ocurriendo. No manejo cifras al respecto ni tengo el tiempo o los recursos para obtenerlas por cuenta propia. Entiendo que la experiencia anecdótica no permite llegar a conclusiones definitivas. Pero creo que mi temor, aun en una dimensión puramente especulativa, es suficiente como para ameritar su abordaje en la opinión pública. Lo cierto es que cada vez veo a más periodistas que dejan de dedicarse al oficio reporteril o que manifiestan que evalúan dejarlo. ¿La razón? Una letanía de quejas muy difíciles de desestimar.

Primero, el riesgo de que una cobertura o reportaje indigne a la elite gobernante al punto de que haya represalias contra el autor. Recuérdese el caso emblemático de los cuatro periodistas del portal Armando Info que desde hace ocho años se encuentran exiliados por su investigación del negocio millonario detrás de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP). Otros reporteros que siguen en Venezuela son objeto de procesos judiciales que duran años y que restringen su libertad.

Luego tenemos algo que pudiera sonar banal pero no lo es: el tedio. Venezuela hoy es una grandísima paradoja gatopardiana. Es un caos controlado. Muy a menudo hay eventos que asombran o producen sobresalto. La cotidianidad privada se ve interrumpida por apagones, escasez de gasolina y un sinfín de trabas más que, si bien no ocurren por diseño, fueron normalizadas a regañadientes por buena parte de la población y rara vez se traducen en alguna novedad.

Lo mismo pasa en la vida pública mediante leyes arbitrariamente punitivas, persecuciones, inhabilitaciones y otras medidas de la elite gobernante para asegurar su permanencia en el poder. Para quien tiene que examinar cualquiera de estos fenómenos cada vez que ocurren para luego informar sobre ello, lo extraordinario se vuelve ordinario y llega un momento en el que hastía. Incluso la recreación en Venezuela durante la etapa actual de hegemonía chavista, con sus restaurantes lujosos que abren y cierran y sus conciertos de artistas por lo general fuera del cosmos de las más grandes estrellas internacionales del momento, se ha vuelto parte del statu quo.

Pero sin duda el mayor inhibidor del ejercicio periodístico en Venezuela es el económico. Ningún lamento en el gremio es tan frecuente como los bajos salarios. Ahora bien, el periodismo en Venezuela (y muchos otros países) nunca ha sido una profesión que permita a sus practicantes enriquecerse considerablemente, con quizá unas pocas excepciones estelares en radio y televisión. También es verdad que casi todos los demás empleos en la Venezuela contemporánea tienen sueldos paupérrimos. Pero en un contexto de economía arrasada e inflación elevada crónicamente, el poder adquisitivo de los periodistas hoy es muchísimo peor que el de otros tiempos. Y la pobreza en otros ramos no es consuelo, sobre todo cuando a la del periodismo se le agregan los elementos peculiares ya aludidos.

Aunque entiendo las quejas al respecto, a veces siento que son injustamente canalizadas hacia los responsables de los medios que quedan en pie. No sé cómo puede un medio ofrecer salarios de calidad si, a diferencia de lo que ocurre en países democráticos donde el periodismo independiente se mantiene con ingresos por publicidad y suscripciones, los de acá dependen de fundaciones filantrópicas que suelen tener muchas otras operaciones a las que donar. ¿Qué empresa va a querer anunciar en un medio censurado, al que un gobierno inescrupuloso considera enemigo?

A los bajos salarios se une la falta de una amplia oferta laboral, en parte por la hecatombe de medios en Venezuela. Son más de 400 luego del cierre de RCTV en 2007, de acuerdo con un registro de la organización no gubernamental Espacio Público.

Fuera de Caracas, como con casi todo, la situación es más desoladora, pues el resto del país se empobreció de manera desproporcionada con respecto a la capital. “Conseguir trabajo en las regiones es mucho más difícil, porque se quiera o no, la mayoría de los buenos proyectos están concentrados en Caracas. Los medios regionales no tienen recursos y el pago es muy malo”, declaró recientemente al portal Crónica Uno una periodista en el estado Bolívar, sin empleo formal desde 2022. Quedan los medios del Estado o propiedad de empresarios oficialistas, devenidos en fábricas de propaganda prochavismo. Pero, claro, nadie con un mínimo de ética quiere trabajar en ellos.

Todas estas cuitas las veo sobre todo en periodistas jóvenes. Más jóvenes que yo (tengo 32 años). Son aquellos que ingresaron al mercado laboral periodístico luego de que la crisis hiciera estragos. Los que no tuvieron oportunidad antes de volverse renombrados y ascender a posiciones al menos un poco mejor remuneradas. Así que tiene sentido que sean los más tentados a abandonar la profesión. No me quiero ni imaginar cómo será el panorama aguas generacionales más abajo. Tal vez me equivoque, pero el interés en estudiar periodismo en Venezuela ha de estar en niveles mínimos históricos.

Desde hace tiempo estoy convencido que ser periodista en Venezuela en una labor heroica, por el grado de altruismo y entrega que supone (conste que yo me estoy ganando la vida con actividades de edición y de estudio de la política, no con reporteo; así que no me incluyo en el panegírico). Obviamente no voy a decirles a quienes lo hacen que tiren la toalla. Pero al mismo tiempo me parece egoísta pretender que otros persistan en eso, aunque les impida explorar otras posibilidades laborales que pudieran aumentarles una calidad de vida con la que se sienten muy inconformes. Sobre todo, teniendo en cuenta que no hay ninguna certeza de que pronto tendremos un cambio político.

Esto me lleva al cierre del artículo. Muchos de sus predecesores, con comentarios sobre la manera en que la política incide en distintos aspectos de la vida en el país, terminan con la advertencia de que el aspecto en cuestión no mejorará si la política no cambia primero. Hoy toca repetir la monserga (volvamos a la idea del daño antropológico). Me parece muy triste por la profesión que estudié y por todos esos chamos que soñaron con ser periodistas y se encontraron con algo muy distinto a lo que esperaban. Pero esa es la realidad. No dudo que en el gobierno lo saben y sonríen ante el panorama de un país con menos periodistas.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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La crisis del periodismo venezolano es más aguda que en otros oficios o profesiones porque en buena medida es un producto deliberado

@AAAD25

Me gusta mucho, para describir de manera sucinta lo que ha pasado en Venezuela en los últimos 25 años, un concepto de “daño antropológico” formulado por el pensador cubano Dagoberto Valdés. Remite a nuestra condición de ánthrōpos. A nuestra humanidad. Es nuestra humanidad misma la que ha sido dañada, en todas sus aristas. Los oficios no son excepciones. Han sufrido perjuicio severo tanto en su dimensión de forma de ganarse la vida como en su dimensión de persona arquetípica (el papel que los demás esperan que desempeñemos en la sociedad, Jung dixit). No se me ocurre oficio honrado alguno que haya salido indemne de tanta destrucción. Por supuesto, entre ellos se encuentra el periodismo, aquel para el cual me formé.

La crisis del periodismo venezolano es más aguda que en otros oficios o profesiones porque en buena medida es un producto deliberado.

No creo que al gobierno chavista-madurista le inquiete, por ejemplo, que haya en el país médicos e ingenieros. Los periodistas, en cambio, si ejercen su oficio con ética, son inherentemente molestos al poder gubernamental. De ahí que desde Miraflores y varios de sus apéndices (Conatel, la Corporación Alfredo Maneiro, etc.) se haya liberado toda una campaña para eliminar o limitar severamente los medios de comunicación, aquellos entes que hacen de plataforma para el periodismo. Lo hemos visto con medidas directas, como el cierre de canales de televisión y emisoras de radio y el bloqueo a portales informativos, o indirectas, como el monopolio estatal sobre el papel periódico y la compra de medios por empresarios afines al gobierno. En conjunto, estas acciones constituyen el lado más visible y ruidoso de la crisis del periodismo venezolano.

Hay otro lado, quizá más tenebroso, aunque sea la cara alterna de una misma moneda y esté en relación inmanente con la descrita en el párrafo anterior. Para gobiernos como este, es mucho más económico que sus críticos no hagan cosas que los molesten en primer lugar, en vez de que esas cosas sí ocurran y tengan que moverse para suprimirlas. Es como el axioma sanitario que dice que la prevención de una enfermedad es menos costosa que el tratamiento. ¿Qué pasaría entonces si menos personas se interesan por ejercer el periodismo en Venezuela?

Me temo que eso ya pudiera estar ocurriendo. No manejo cifras al respecto ni tengo el tiempo o los recursos para obtenerlas por cuenta propia. Entiendo que la experiencia anecdótica no permite llegar a conclusiones definitivas. Pero creo que mi temor, aun en una dimensión puramente especulativa, es suficiente como para ameritar su abordaje en la opinión pública. Lo cierto es que cada vez veo a más periodistas que dejan de dedicarse al oficio reporteril o que manifiestan que evalúan dejarlo. ¿La razón? Una letanía de quejas muy difíciles de desestimar.

Primero, el riesgo de que una cobertura o reportaje indigne a la elite gobernante al punto de que haya represalias contra el autor. Recuérdese el caso emblemático de los cuatro periodistas del portal Armando Info que desde hace ocho años se encuentran exiliados por su investigación del negocio millonario detrás de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP). Otros reporteros que siguen en Venezuela son objeto de procesos judiciales que duran años y que restringen su libertad.

Luego tenemos algo que pudiera sonar banal pero no lo es: el tedio. Venezuela hoy es una grandísima paradoja gatopardiana. Es un caos controlado. Muy a menudo hay eventos que asombran o producen sobresalto. La cotidianidad privada se ve interrumpida por apagones, escasez de gasolina y un sinfín de trabas más que, si bien no ocurren por diseño, fueron normalizadas a regañadientes por buena parte de la población y rara vez se traducen en alguna novedad.

Lo mismo pasa en la vida pública mediante leyes arbitrariamente punitivas, persecuciones, inhabilitaciones y otras medidas de la elite gobernante para asegurar su permanencia en el poder. Para quien tiene que examinar cualquiera de estos fenómenos cada vez que ocurren para luego informar sobre ello, lo extraordinario se vuelve ordinario y llega un momento en el que hastía. Incluso la recreación en Venezuela durante la etapa actual de hegemonía chavista, con sus restaurantes lujosos que abren y cierran y sus conciertos de artistas por lo general fuera del cosmos de las más grandes estrellas internacionales del momento, se ha vuelto parte del statu quo.

Pero sin duda el mayor inhibidor del ejercicio periodístico en Venezuela es el económico. Ningún lamento en el gremio es tan frecuente como los bajos salarios. Ahora bien, el periodismo en Venezuela (y muchos otros países) nunca ha sido una profesión que permita a sus practicantes enriquecerse considerablemente, con quizá unas pocas excepciones estelares en radio y televisión. También es verdad que casi todos los demás empleos en la Venezuela contemporánea tienen sueldos paupérrimos. Pero en un contexto de economía arrasada e inflación elevada crónicamente, el poder adquisitivo de los periodistas hoy es muchísimo peor que el de otros tiempos. Y la pobreza en otros ramos no es consuelo, sobre todo cuando a la del periodismo se le agregan los elementos peculiares ya aludidos.

Aunque entiendo las quejas al respecto, a veces siento que son injustamente canalizadas hacia los responsables de los medios que quedan en pie. No sé cómo puede un medio ofrecer salarios de calidad si, a diferencia de lo que ocurre en países democráticos donde el periodismo independiente se mantiene con ingresos por publicidad y suscripciones, los de acá dependen de fundaciones filantrópicas que suelen tener muchas otras operaciones a las que donar. ¿Qué empresa va a querer anunciar en un medio censurado, al que un gobierno inescrupuloso considera enemigo?

A los bajos salarios se une la falta de una amplia oferta laboral, en parte por la hecatombe de medios en Venezuela. Son más de 400 luego del cierre de RCTV en 2007, de acuerdo con un registro de la organización no gubernamental Espacio Público.

Fuera de Caracas, como con casi todo, la situación es más desoladora, pues el resto del país se empobreció de manera desproporcionada con respecto a la capital. “Conseguir trabajo en las regiones es mucho más difícil, porque se quiera o no, la mayoría de los buenos proyectos están concentrados en Caracas. Los medios regionales no tienen recursos y el pago es muy malo”, declaró recientemente al portal Crónica Uno una periodista en el estado Bolívar, sin empleo formal desde 2022. Quedan los medios del Estado o propiedad de empresarios oficialistas, devenidos en fábricas de propaganda prochavismo. Pero, claro, nadie con un mínimo de ética quiere trabajar en ellos.

Todas estas cuitas las veo sobre todo en periodistas jóvenes. Más jóvenes que yo (tengo 32 años). Son aquellos que ingresaron al mercado laboral periodístico luego de que la crisis hiciera estragos. Los que no tuvieron oportunidad antes de volverse renombrados y ascender a posiciones al menos un poco mejor remuneradas. Así que tiene sentido que sean los más tentados a abandonar la profesión. No me quiero ni imaginar cómo será el panorama aguas generacionales más abajo. Tal vez me equivoque, pero el interés en estudiar periodismo en Venezuela ha de estar en niveles mínimos históricos.

Desde hace tiempo estoy convencido que ser periodista en Venezuela en una labor heroica, por el grado de altruismo y entrega que supone (conste que yo me estoy ganando la vida con actividades de edición y de estudio de la política, no con reporteo; así que no me incluyo en el panegírico). Obviamente no voy a decirles a quienes lo hacen que tiren la toalla. Pero al mismo tiempo me parece egoísta pretender que otros persistan en eso, aunque les impida explorar otras posibilidades laborales que pudieran aumentarles una calidad de vida con la que se sienten muy inconformes. Sobre todo, teniendo en cuenta que no hay ninguna certeza de que pronto tendremos un cambio político.

Esto me lleva al cierre del artículo. Muchos de sus predecesores, con comentarios sobre la manera en que la política incide en distintos aspectos de la vida en el país, terminan con la advertencia de que el aspecto en cuestión no mejorará si la política no cambia primero. Hoy toca repetir la monserga (volvamos a la idea del daño antropológico). Me parece muy triste por la profesión que estudié y por todos esos chamos que soñaron con ser periodistas y se encontraron con algo muy distinto a lo que esperaban. Pero esa es la realidad. No dudo que en el gobierno lo saben y sonríen ante el panorama de un país con menos periodistas.

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