Argentina, 1985. Nunca más la injusticia

¿Puede la democracia parar el horror? ¿La cárcel, la tortura, la vejación, el exilio, la muerte?

 

@IsaacLpez

A Alberto Hernández, amigo puntual, siempre.

“Llorarás las lágrimas, las que aún nos faltan por llorar. Gritarás la libertad, la que hiciste a gritos callar. Siempre serás llanto de furia en cadenas. (…) Siempre serás un pedazo de vergüenza. No hay palabra de Dios que borre lo que pasó. No sé si vas a caer. El amor es tenaz y vuelve a salir con el sol.” ¿Puede la democracia parar el horror? ¿La cárcel, la tortura, la vejación, el exilio, la muerte? ¿Puede el poder civil poner un basta al poder militar? ¿De verdad puede imponerse la justicia, sin odios, sin revanchismo, sin retaliaciones?

El tema de la opresión, la intolerancia, los desaparecidos y muertos de la Argentina en los años terribles la bota castrense (1976-1983), me ha conmovido desde siempre. A sensibilizarnos ante la pesadilla contribuyeron crónicas, relatos, novelas, películas… Las Madres de Mayo caminan en silencio por la ciudad sitiada. La historia oficial no era historia. Tomás Eloy Martínez pulsa las letras del destierro. Juan Gelman y Paco Urondo saben el significado exacto de la palabra pérdida. Nacha Guevara recuenta los atentados por una obra de teatro y dos canciones. Fito Páez se sobrepone a la tristeza reivindicando la rebeldía como parte del aire.

Volver a esos hechos a través de la película de Santiago Mitre, Argentina 1985 (2022), largometraje sobre la necesidad de equidad ante las heridas de un país, narración de los días del juicio llevado a cabo por la democracia presidida por Raúl Alfonsín a los miembros de las Juntas Militares, responsables de una política represiva atroz contra la población civil, para frenar lo que ellos consideraban la amenaza radical contra la república.

Hay escenas, diálogos y situaciones terribles. Pero también momentos simples y genuinamente emotivos. El elenco lo encabezan el fiscal general Julio César Strassera y su asistente Luis Moreno Ocampo, interpretados por el gran Ricardo Darín y Peter Lanzani. Pero no son solo ellos los personajes principales. Es una historia coral, la protagonista es la sociedad argentina, toda: los abusadores y los abusados, los que promovieron el terror y los que callaron ante él.

Una síntesis protagónica única se siente a lo largo del filme. El miedo y la valentía, el llanto y la risa, también tienen papeles estelares.

Videla, Massera, Agosti, Anaya, Graffigna, Galtieri, Viola, Lambruschini, sus abogados y las manos ejecutoras de amenazas y golpes, persecuciones y ultrajes, por una parte, y por la otra un fiscal y su entorno familiar, el equipo jurídico montado para recabar pruebas, los medios de comunicación, los miembros de la Fiscalía General… También las sombras y las luces de todo aquello. La conciencia y la sensibilidad que pueden nacer en medio de la exposición y la denuncia.

¿Quién autorizó a ese agente a largarme dos cachetas en cada mejilla como recibimiento al puesto policial? ¿Quién mandó a este otro a brincar sobre mi pecho y abdomen, a darme patadas como bestia llena de odio? ¿No son acaso seres humanos, como todos los que aquí estamos apiñados, estos que llegan y arremeten contra nuestros cuerpos blandiendo mangueras, rolos y llenándonos la nariz de “polvo pimienta”, insultándonos como a escoria? ¿Quién le dio el visto bueno al comisario, que tirándome una pastilla me dijo: “Tomá viejo mamaguebo, ojalá te hubiera dado ese dolor en el pecho ayer cuando estabas quemando la alcaldía. Ojalá y te mueras”? ¿Por qué nos juzgan sin pruebas, nos sacan fotografías frente a bidones llenos de gasolina que nunca habíamos visto y nos obligan a firmar declaraciones inculpándonos de hechos que no hemos cometido? ¿Quién borra las lágrimas de las madres ante la partida de sus hijos por miedo? ¿Quién cura los moretones de un país al que se marca con sadismo, crueldad, bestialismo, desgarramiento?

De las tantas escenas a rescatar de la película de Santiago Mitre: en un pasillo del Palacio de Justicia se encuentran los integrantes del staff de defensores de los jefes militares y los jóvenes abogados contratados para recabar pruebas. Strassera dirige a los segundos y ante la arrogancia irrespetuosa de quien se sabe todavía ungido por el poder de las armas, el fiscal responde: “No se preocupe usted, señor abogado, por la juventud de los asistentes de la Fiscalía, preocúpese por la calidad de las pruebas que ellos recabaron contra sus defendidos”. La fuerza de esos jóvenes, su afán de reivindicar a sus compatriotas, es de lo más hermoso de esta puesta en escena.

Otra: una mujer cuenta lo que hicieron con ella. Embarazada, a punto de tener a su hijo, la policía la secuestró. Amarrada en el asiento de atrás del automóvil gritaba que la socorrieran pues estaba pariendo. Los esbirros se burlaban y reían de ella. Su hijo nació y cayó al piso. El llanto de la madre y del niño se confundían. Cuando llegaron al centro de reclusión la hicieron limpiar desnuda un recinto ante las groserías de todo un contingente militar. Cuando terminó fue que pudo al fin abrazar a su criatura. Casi 800 casos similares fueron expuestos ante las autoridades para establecer la culpabilidad del alto mando militar.  

Otra, limpia, clara, contundente: el fiscal lee su alegato final ante la sala repleta. Ni música incidental, ni efectos de ningún tipo. La palabra alta de la dignidad que reclama justicia ante la cobardía, que niega la posibilidad de inmunidad ante la saña, los hechos atroces de una máquina de horror, “La muerte como herramienta política”. La investigación ha sido “el descenso a las tinieblas del alma humana.”

Memoria, verdad, justicia, Argentina 1985 muestra la recuperación de la institucionalidad después de un tiempo de sombras. Lo indispensable de establecer responsabilidades sin jugar las mismas cartas de quienes ya no ostentaban el poder, aunque el de las armas lo siguieran teniendo. Los mecanismos de la democracia debían ser sustentación, imparcialidad, ecuanimidad. Aunque todo ese drama fuera llaga sangrante en miles y miles de hogares. Nunca más esos hechos debieron repetirse en ningún lugar de la América Latina.

“Todavía cantamos, todavía pedimos. Todavía soñamos, todavía esperamos. A pesar de los golpes que asestó en nuestras vidas el ingenio del odio desterrando al olvido a nuestros seres queridos.

Todavía cantamos, todavía pedimos. Todavía soñamos, todavía esperamos. Que nos digan adónde han escondido las flores que aromaron las calles persiguiendo un destino ¿Dónde, dónde se han ido?”.

La madurez de una sociedad lo exige. No puede haber dispensa ni olvido ante el crimen. Deben prevalecer memoria y justicia, siempre.

 13 de enero de 2021

* El autor es profesor de la Universidad de Los Andes, en Mérida. 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Puede la democracia parar el horror? ¿La cárcel, la tortura, la vejación, el exilio, la muerte?

 

@IsaacLpez

A Alberto Hernández, amigo puntual, siempre.

“Llorarás las lágrimas, las que aún nos faltan por llorar. Gritarás la libertad, la que hiciste a gritos callar. Siempre serás llanto de furia en cadenas. (…) Siempre serás un pedazo de vergüenza. No hay palabra de Dios que borre lo que pasó. No sé si vas a caer. El amor es tenaz y vuelve a salir con el sol.” ¿Puede la democracia parar el horror? ¿La cárcel, la tortura, la vejación, el exilio, la muerte? ¿Puede el poder civil poner un basta al poder militar? ¿De verdad puede imponerse la justicia, sin odios, sin revanchismo, sin retaliaciones?

El tema de la opresión, la intolerancia, los desaparecidos y muertos de la Argentina en los años terribles la bota castrense (1976-1983), me ha conmovido desde siempre. A sensibilizarnos ante la pesadilla contribuyeron crónicas, relatos, novelas, películas… Las Madres de Mayo caminan en silencio por la ciudad sitiada. La historia oficial no era historia. Tomás Eloy Martínez pulsa las letras del destierro. Juan Gelman y Paco Urondo saben el significado exacto de la palabra pérdida. Nacha Guevara recuenta los atentados por una obra de teatro y dos canciones. Fito Páez se sobrepone a la tristeza reivindicando la rebeldía como parte del aire.

Volver a esos hechos a través de la película de Santiago Mitre, Argentina 1985 (2022), largometraje sobre la necesidad de equidad ante las heridas de un país, narración de los días del juicio llevado a cabo por la democracia presidida por Raúl Alfonsín a los miembros de las Juntas Militares, responsables de una política represiva atroz contra la población civil, para frenar lo que ellos consideraban la amenaza radical contra la república.

Hay escenas, diálogos y situaciones terribles. Pero también momentos simples y genuinamente emotivos. El elenco lo encabezan el fiscal general Julio César Strassera y su asistente Luis Moreno Ocampo, interpretados por el gran Ricardo Darín y Peter Lanzani. Pero no son solo ellos los personajes principales. Es una historia coral, la protagonista es la sociedad argentina, toda: los abusadores y los abusados, los que promovieron el terror y los que callaron ante él.

Una síntesis protagónica única se siente a lo largo del filme. El miedo y la valentía, el llanto y la risa, también tienen papeles estelares.

Videla, Massera, Agosti, Anaya, Graffigna, Galtieri, Viola, Lambruschini, sus abogados y las manos ejecutoras de amenazas y golpes, persecuciones y ultrajes, por una parte, y por la otra un fiscal y su entorno familiar, el equipo jurídico montado para recabar pruebas, los medios de comunicación, los miembros de la Fiscalía General… También las sombras y las luces de todo aquello. La conciencia y la sensibilidad que pueden nacer en medio de la exposición y la denuncia.

¿Quién autorizó a ese agente a largarme dos cachetas en cada mejilla como recibimiento al puesto policial? ¿Quién mandó a este otro a brincar sobre mi pecho y abdomen, a darme patadas como bestia llena de odio? ¿No son acaso seres humanos, como todos los que aquí estamos apiñados, estos que llegan y arremeten contra nuestros cuerpos blandiendo mangueras, rolos y llenándonos la nariz de “polvo pimienta”, insultándonos como a escoria? ¿Quién le dio el visto bueno al comisario, que tirándome una pastilla me dijo: “Tomá viejo mamaguebo, ojalá te hubiera dado ese dolor en el pecho ayer cuando estabas quemando la alcaldía. Ojalá y te mueras”? ¿Por qué nos juzgan sin pruebas, nos sacan fotografías frente a bidones llenos de gasolina que nunca habíamos visto y nos obligan a firmar declaraciones inculpándonos de hechos que no hemos cometido? ¿Quién borra las lágrimas de las madres ante la partida de sus hijos por miedo? ¿Quién cura los moretones de un país al que se marca con sadismo, crueldad, bestialismo, desgarramiento?

De las tantas escenas a rescatar de la película de Santiago Mitre: en un pasillo del Palacio de Justicia se encuentran los integrantes del staff de defensores de los jefes militares y los jóvenes abogados contratados para recabar pruebas. Strassera dirige a los segundos y ante la arrogancia irrespetuosa de quien se sabe todavía ungido por el poder de las armas, el fiscal responde: “No se preocupe usted, señor abogado, por la juventud de los asistentes de la Fiscalía, preocúpese por la calidad de las pruebas que ellos recabaron contra sus defendidos”. La fuerza de esos jóvenes, su afán de reivindicar a sus compatriotas, es de lo más hermoso de esta puesta en escena.

Otra: una mujer cuenta lo que hicieron con ella. Embarazada, a punto de tener a su hijo, la policía la secuestró. Amarrada en el asiento de atrás del automóvil gritaba que la socorrieran pues estaba pariendo. Los esbirros se burlaban y reían de ella. Su hijo nació y cayó al piso. El llanto de la madre y del niño se confundían. Cuando llegaron al centro de reclusión la hicieron limpiar desnuda un recinto ante las groserías de todo un contingente militar. Cuando terminó fue que pudo al fin abrazar a su criatura. Casi 800 casos similares fueron expuestos ante las autoridades para establecer la culpabilidad del alto mando militar.  

Otra, limpia, clara, contundente: el fiscal lee su alegato final ante la sala repleta. Ni música incidental, ni efectos de ningún tipo. La palabra alta de la dignidad que reclama justicia ante la cobardía, que niega la posibilidad de inmunidad ante la saña, los hechos atroces de una máquina de horror, “La muerte como herramienta política”. La investigación ha sido “el descenso a las tinieblas del alma humana.”

Memoria, verdad, justicia, Argentina 1985 muestra la recuperación de la institucionalidad después de un tiempo de sombras. Lo indispensable de establecer responsabilidades sin jugar las mismas cartas de quienes ya no ostentaban el poder, aunque el de las armas lo siguieran teniendo. Los mecanismos de la democracia debían ser sustentación, imparcialidad, ecuanimidad. Aunque todo ese drama fuera llaga sangrante en miles y miles de hogares. Nunca más esos hechos debieron repetirse en ningún lugar de la América Latina.

“Todavía cantamos, todavía pedimos. Todavía soñamos, todavía esperamos. A pesar de los golpes que asestó en nuestras vidas el ingenio del odio desterrando al olvido a nuestros seres queridos.

Todavía cantamos, todavía pedimos. Todavía soñamos, todavía esperamos. Que nos digan adónde han escondido las flores que aromaron las calles persiguiendo un destino ¿Dónde, dónde se han ido?”.

La madurez de una sociedad lo exige. No puede haber dispensa ni olvido ante el crimen. Deben prevalecer memoria y justicia, siempre.

 13 de enero de 2021

* El autor es profesor de la Universidad de Los Andes, en Mérida. 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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¿Puede la democracia parar el horror? ¿La cárcel, la tortura, la vejación, el exilio, la muerte?

 

@IsaacLpez

A Alberto Hernández, amigo puntual, siempre.

“Llorarás las lágrimas, las que aún nos faltan por llorar. Gritarás la libertad, la que hiciste a gritos callar. Siempre serás llanto de furia en cadenas. (…) Siempre serás un pedazo de vergüenza. No hay palabra de Dios que borre lo que pasó. No sé si vas a caer. El amor es tenaz y vuelve a salir con el sol.” ¿Puede la democracia parar el horror? ¿La cárcel, la tortura, la vejación, el exilio, la muerte? ¿Puede el poder civil poner un basta al poder militar? ¿De verdad puede imponerse la justicia, sin odios, sin revanchismo, sin retaliaciones?

El tema de la opresión, la intolerancia, los desaparecidos y muertos de la Argentina en los años terribles la bota castrense (1976-1983), me ha conmovido desde siempre. A sensibilizarnos ante la pesadilla contribuyeron crónicas, relatos, novelas, películas… Las Madres de Mayo caminan en silencio por la ciudad sitiada. La historia oficial no era historia. Tomás Eloy Martínez pulsa las letras del destierro. Juan Gelman y Paco Urondo saben el significado exacto de la palabra pérdida. Nacha Guevara recuenta los atentados por una obra de teatro y dos canciones. Fito Páez se sobrepone a la tristeza reivindicando la rebeldía como parte del aire.

Volver a esos hechos a través de la película de Santiago Mitre, Argentina 1985 (2022), largometraje sobre la necesidad de equidad ante las heridas de un país, narración de los días del juicio llevado a cabo por la democracia presidida por Raúl Alfonsín a los miembros de las Juntas Militares, responsables de una política represiva atroz contra la población civil, para frenar lo que ellos consideraban la amenaza radical contra la república.

Hay escenas, diálogos y situaciones terribles. Pero también momentos simples y genuinamente emotivos. El elenco lo encabezan el fiscal general Julio César Strassera y su asistente Luis Moreno Ocampo, interpretados por el gran Ricardo Darín y Peter Lanzani. Pero no son solo ellos los personajes principales. Es una historia coral, la protagonista es la sociedad argentina, toda: los abusadores y los abusados, los que promovieron el terror y los que callaron ante él.

Una síntesis protagónica única se siente a lo largo del filme. El miedo y la valentía, el llanto y la risa, también tienen papeles estelares.

Videla, Massera, Agosti, Anaya, Graffigna, Galtieri, Viola, Lambruschini, sus abogados y las manos ejecutoras de amenazas y golpes, persecuciones y ultrajes, por una parte, y por la otra un fiscal y su entorno familiar, el equipo jurídico montado para recabar pruebas, los medios de comunicación, los miembros de la Fiscalía General… También las sombras y las luces de todo aquello. La conciencia y la sensibilidad que pueden nacer en medio de la exposición y la denuncia.

¿Quién autorizó a ese agente a largarme dos cachetas en cada mejilla como recibimiento al puesto policial? ¿Quién mandó a este otro a brincar sobre mi pecho y abdomen, a darme patadas como bestia llena de odio? ¿No son acaso seres humanos, como todos los que aquí estamos apiñados, estos que llegan y arremeten contra nuestros cuerpos blandiendo mangueras, rolos y llenándonos la nariz de “polvo pimienta”, insultándonos como a escoria? ¿Quién le dio el visto bueno al comisario, que tirándome una pastilla me dijo: “Tomá viejo mamaguebo, ojalá te hubiera dado ese dolor en el pecho ayer cuando estabas quemando la alcaldía. Ojalá y te mueras”? ¿Por qué nos juzgan sin pruebas, nos sacan fotografías frente a bidones llenos de gasolina que nunca habíamos visto y nos obligan a firmar declaraciones inculpándonos de hechos que no hemos cometido? ¿Quién borra las lágrimas de las madres ante la partida de sus hijos por miedo? ¿Quién cura los moretones de un país al que se marca con sadismo, crueldad, bestialismo, desgarramiento?

De las tantas escenas a rescatar de la película de Santiago Mitre: en un pasillo del Palacio de Justicia se encuentran los integrantes del staff de defensores de los jefes militares y los jóvenes abogados contratados para recabar pruebas. Strassera dirige a los segundos y ante la arrogancia irrespetuosa de quien se sabe todavía ungido por el poder de las armas, el fiscal responde: “No se preocupe usted, señor abogado, por la juventud de los asistentes de la Fiscalía, preocúpese por la calidad de las pruebas que ellos recabaron contra sus defendidos”. La fuerza de esos jóvenes, su afán de reivindicar a sus compatriotas, es de lo más hermoso de esta puesta en escena.

Otra: una mujer cuenta lo que hicieron con ella. Embarazada, a punto de tener a su hijo, la policía la secuestró. Amarrada en el asiento de atrás del automóvil gritaba que la socorrieran pues estaba pariendo. Los esbirros se burlaban y reían de ella. Su hijo nació y cayó al piso. El llanto de la madre y del niño se confundían. Cuando llegaron al centro de reclusión la hicieron limpiar desnuda un recinto ante las groserías de todo un contingente militar. Cuando terminó fue que pudo al fin abrazar a su criatura. Casi 800 casos similares fueron expuestos ante las autoridades para establecer la culpabilidad del alto mando militar.  

Otra, limpia, clara, contundente: el fiscal lee su alegato final ante la sala repleta. Ni música incidental, ni efectos de ningún tipo. La palabra alta de la dignidad que reclama justicia ante la cobardía, que niega la posibilidad de inmunidad ante la saña, los hechos atroces de una máquina de horror, “La muerte como herramienta política”. La investigación ha sido “el descenso a las tinieblas del alma humana.”

Memoria, verdad, justicia, Argentina 1985 muestra la recuperación de la institucionalidad después de un tiempo de sombras. Lo indispensable de establecer responsabilidades sin jugar las mismas cartas de quienes ya no ostentaban el poder, aunque el de las armas lo siguieran teniendo. Los mecanismos de la democracia debían ser sustentación, imparcialidad, ecuanimidad. Aunque todo ese drama fuera llaga sangrante en miles y miles de hogares. Nunca más esos hechos debieron repetirse en ningún lugar de la América Latina.

“Todavía cantamos, todavía pedimos. Todavía soñamos, todavía esperamos. A pesar de los golpes que asestó en nuestras vidas el ingenio del odio desterrando al olvido a nuestros seres queridos.

Todavía cantamos, todavía pedimos. Todavía soñamos, todavía esperamos. Que nos digan adónde han escondido las flores que aromaron las calles persiguiendo un destino ¿Dónde, dónde se han ido?”.

La madurez de una sociedad lo exige. No puede haber dispensa ni olvido ante el crimen. Deben prevalecer memoria y justicia, siempre.

 13 de enero de 2021

* El autor es profesor de la Universidad de Los Andes, en Mérida. 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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