Así como los amigos del interinato no tienen un plan para desencadenar el cambio político en Venezuela, sus enterradores tampoco lo tienen
La popularidad de la Navidad o, mejor dicho, del concepto de “temporada navideña” es fácil de entender. Va mucho más allá de los creyentes en la divinidad de un niño nacido en Belén un diciembre. Es una época, extendida a menudo a la primera semana del año, en la que no solo abundan las vacaciones y por lo tanto millones de personas se desconectan de sus trabajos, sino que además lo mismo pudiera decirse de las preocupaciones en general. Incluyendo a la política. Con excepciones, la actividad política trascendente por esos días es poca. Ah, pero como los enemigos del Chapulín Colorado, quienes nos dedicamos (entre otras, por suerte, en mi caso) a observar la política venezolana no contábamos con la astucia de la dirigencia opositora. Sí, con su astucia… ¡Para escribir guiones de bodrios!
Porque eso es lo que fue la triste novela por desastrosas entregas del fin del “gobierno interino” encabezado por Juan Guaidó. El drama de opereta coincidió con el asueto navideño de esta columna. Así que ahora hay mucho que contar. Fueron semanas y semanas de intercambios hipócritas de ofensas y acusaciones. De caos comunicacional, como en un guion de Ionesco, ante una opinión pública ya hastiada por la fealdad e inefectividad de la política venezolana para efectos del bienestar colectivo. De interpretaciones rivales, pero igualmente acomodaticias, de la Constitución.
Y todo eso, ¿para qué? ¿Se justifica toda la hiel derramada? ¿Es que acaso estamos, como en los cuentos de hadas, en un conflicto existencial de buenos contra malos, en el que una de las partes tiene la solución al gran problema, pero debe imponerse a como dé lugar sobre la intransigencia inmoral de la otra? No. En absoluto. Por más que los insoportables grupúsculos de fanáticos de cada facción simulen lo contrario con su griterío patético en redes sociales, lo cierto es que esta guerra fratricida fue totalmente fútil. Se cambió una forma sin alterar en lo más mínimo el fondo problemático.
Porque ni quienes propiciaron el fin del interinato ni quienes trataron de evitar tal desenlace tienen una estrategia para el cambio político en Venezuela. El “gobierno interino” fracasó. Eso es patente desde hace años. Sus defensores más decididos lo niegan, apuntando hacia el reconocimiento de una cincuentena de países y a la confiscación de bienes de la República en el extranjero, que la elite gobernante venezolana trataba como parte de su botín privado. Olvidan que esos no eran fines en sí mismos, sino medios. Medios para el verdadero y único propósito del interinato: precipitar una transición política que ponga fin a la actual hegemonía autoritaria.
Pudiera decirse que de todas formas aquellos medios se deberían preservar. Pero en realidad, ya caducaron o su preservación no depende del interinato. Del tan mentado medio centenar de Estados que reconocieron a Guaidó, casi todos volvieron a entenderse directamente con el régimen chavista, bien sea por cambios de gobierno en aquellos Estados hacia una izquierda amiga del chavismo o simplemente por hastío con una debacle política venezolana que no mejora. La excepción es Estados Unidos. Pero Washington tiene tiempo plegándose a lo que sea que el G4 decida hacer. Voilà.
Su reconocimiento del interinato ahora pasó a la Asamblea Nacional de 2015 que lo reemplaza. Esto aseguraría que los bienes venezolanos bajo su jurisdicción no volverán a manos del chavismo (está por verse qué pasará con otros activos, como el oro en las bóvedas del Reino Unido). Los norteamericanos asimismo insisten en que la normalización de relaciones con Miraflores depende de que haya reformas democráticas en Venezuela. Haya o no sinceridad en tales garantías, su cumplimiento es un entierro en el cual Guaidó no tiene vela.
En primer lugar, por su descaro. Primero Justicia, Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo pretenden que Guaidó y Voluntad Popular sean los únicos a los que se les pueden atribuir los fracasos y vicios del “gobierno interino”. Como si estos partidos no hubieran tenido su cuota de posiciones de poder en el reparto que se hizo a partir de 2019. Como si no hubieran renovado tres veces el interinato, incluso después de que fuera evidente que no estaba cumpliendo su cometido. Como si no estuvieran extendiendo la vigencia de la Asamblea Nacional electa en 2015 más allá de su duración ordinaria con los mismos argumentos jurídicos que dieron vida al interinato.
En segundo lugar, porque así como los amigos del interinato no tienen un plan para desencadenar el cambio político en Venezuela, sus enterradores tampoco lo tienen. ¿Qué pueden ofrecerle al país en términos estratégicos, más allá del oxidado fetichismo electoral que tanto venden Henrique Capriles y similares?
Todos sabemos que los ojos están puestos en las elecciones presidenciales del próximo año como la siguiente oportunidad de alcanzar un cambio de gobierno. Pero pasan los meses y nadie en la dirigencia opositora está hablando de cómo esos comicios, desprovistos de reglas democráticas, se puedan aprovechar. Nadie dice cómo lidiar con un orden autoritario que no luce para nada dispuesto a cesar solo porque la mayoría ciudadana así lo desee.
Me cuesta mucho creer que los señoritos que tanto pelearon por la suerte del interinato no sean conscientes de todo esto. Así que su motivación ha de ser otra: la administración de recursos públicos en el extranjero que los respectivos gobiernos otorgaron al interinato. Resulta que los entes que ahora estarán a cargo de ellos serán controlados por militantes de los partidos del G4. No hubo cambios más allá de la distribución de accesos a aquellos bienes. Una razón muy mezquina para representar ante el país el espectáculo deprimente de las últimas semanas. Acaso el único consuelo es que el grueso de la población, desde mucho antes decepcionada y hasta aburrida de la política venezolana, no estaba atenta. Pero si no se revierte el desencanto, no habrá la movilización ciudadana que el cambio político requiere. Peleando así, los partidos opositores no ayudan.
Los comienzos de año son momentos para reflexionar sobre lo que hemos hecho con nuestras vidas, pensar en cómo podemos mejorar y ponernos metas en tal sentido, para cumplirlas antes de que la Tierra dé otra vuelta alrededor del Sol. A juzgar por cómo arranca 2023 el liderazgo disidente, pues por desgracia no hay mucha razón para el optimismo en cuanto a su desempeño por venir.
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