Elogio de Twitter, por Alejandro Armas - Runrun
Alejandro Armas Nov 25, 2022 | Actualizado hace 1 semana
Elogio de Twitter, por Alejandro Armas
Si el ave azul se une al dodo, el moa y otros en la lista de especies aladas extintas, pues sería una noticia terrible para Venezuela

 

@AAAD25

Elon Musk está muy lejos de ser mi persona favorita. No puedo decir que es un inepto, porque no creo que con pura ineptitud se llegue a ser el individuo más rico sobre la faz de la Tierra. De hecho, es posible que los rasgos negativos de su personalidad sean consecuencia de su innegable éxito empresarial: soberbia, impulsividad excesiva, patanería. Características de alguien a quien se le suben los humos a la cabeza. Y sin embargo… No me queda más remedio que apostarle a que, aunque sea a su caótica manera, haga lo correcto para que Twitter no desaparezca. Si su ya abultado ego sale incluso más agrandado por ello, pues que así sea. El valor de esa red social es mucho mayor que un “Te lo dije”. De lo que los alemanes llaman schadenfreude, y los venezolanos mientan “comer dulcito de lechosa”, no se vive.

Este artículo sale a la luz más de una semana después de la noctus horribilis en Twitter, cuando cientos de sus empleados renunciaron por no estar de acuerdo con los cambios que Musk aspira a introducir en la compañía. El pajarito azul sigue cantando, así que es seguro decir que erraron los reportes más fatalistas en la prensa estadounidense especializada en tecnología, según los cuales el emplumado no pasaría de un par de días, habiendo quedado famélico por la estampida de personal clave. Ojalá que semejantes augurios sigan exponiendo a pitonisas defectuosas. Porque si el ave aquella se une al dodo, el moa y otros en la lista de especies aladas extintas, pues sería una noticia terrible para Venezuela.

Ya se deben estar imaginando cuál es mi valoración de Twitter. Valoración que muy probablemente no sería la más popular en democracias desarrolladas y sobre todo en Estados Unidos. Allá, periodistas y académicos en ciencias sociales rutinariamente atribuyen a las redes sociales, incluyendo Twitter, buena parte de la responsabilidad por el surgimiento de manifestaciones políticas extremas que ponen en peligro la democracia. Específicamente, argumentan que estas redes colaboran con la propagación de información falsa o tergiversada que favorece narrativas radicales. También que fomentan la polarización con algoritmos que exponen más aquellos contenidos que escandalizan e indignan a los usuarios y que los ponen en contacto sobre todo con personas que comparten sus opiniones (y sesgos).

Todo esto podrá ser verdad. Pero en los países gobernados por regímenes autoritarios, donde no hay una democracia que perder porque ya se perdió, ni polarización que alimentar porque una parte de la población suprime por la fuerza el disenso de la otra, la realidad es distinta. Venezuela es una muestra elocuente. Lo ha sido desde hace años. No recuerdo cuándo fue la primera vez que vi la caricatura de Edo Sanabria en la que televisores se apilan uno sobre otro en un contenedor de basura, mientras que una multitud revisa Twitter en sus teléfonos. ¿Por qué? Porque desde aquel pacto abyecto entre varias de las principales televisoras y Hugo Chávez en 2004, la pantalla chica no puede difundir informaciones que molesten a la elite gobernante. Las que osen infringir la norma terminan fuera del aire, como RCTV, o en manos de empresarios comprometidos con la nueva elite, como Globovisión. En la radio pasa algo parecido. Las emisoras están considerablemente amordazadas o confinadas al internet (RCR es el caso más notable en esta categoría) o, peor, totalmente anuladas. La lista crece y crece. En los últimos meses, Conatel se ha dado un banquete de cierres de emisoras.

Ni hablar de la prensa escrita. El número de periódicos independientes se ha reducido a una mínima expresión, gracias al monopolio del chavismo sobre la distribución de papel. Inversamente ha habido un boom de medios digitales, que son la principal tribuna de la prensa libre que hoy queda en Venezuela. Pero para hacer llegar su contenido a la audiencia, se valen precisamente de las redes sociales. Twitter, entre ellas. No soy experto en temas de community management, pero me atrevería a decir que una parte sustancial del tráfico que reciben estos portales viene de Twitter. Así que la desaparición de la red sería un golpe para un periodismo que ya ha aguantado demasiados.

Twitter es además, por su formato, la red social que más se presta para la discusión de asuntos de interés público.

Si Facebook es como una reunión en la sala de tu casa con tus familiares y amigos, Twitter es como un ágora virtual, tal como dijo uno de mis profesores en la UCAB en una ocasión. Por lo tanto, es el espacio idóneo para la opinión pública. O al menos el mejor que tenemos a la mano por los momentos. Si los medios tradicionales ya no son vehículos habilitados para la información periodística que incomoda al gobierno, exactamente lo mismo sucede con los contenidos de opinión. Ya casi no se puede comprar un diario en un quiosco para leer una columna de opinión crítica del oficialismo. O escuchar una entrevista del mismo tenor en radio o televisión. La opinión libre quedó para las redes sociales, y sobre todo Twitter. Eso no quiere decir que los tuits molestos para el chavismo no entrañen riesgos. En este país hay gente presa, o sancionada de otra forma, por posts en redes sociales que critican a los jerarcas rojos.

Pero la probabilidad de medidas punitivas arbitrarias sigue siendo más pequeña que en los medios tradicionales, debido a que la dificultad, en términos foucaultianos, para vigilar y castigar es mayor cuando se trata de millones de generadores de contenidos actuando de forma descentralizada, en lugar de unos cientos de periódicos, emisoras de radio y televisoras.

Es verdad que el chavismo usa las redes sociales para sus propios fines propagandísticos, y Twitter no es de ninguna manera la excepción. La pobreza tecnológica de Venezuela les impide valerse de sustitutos bajo su dominio, como en China, así que tienen que recurrir a los muy capitalistas colosos de Silicon Valley. Pero eso no niega que el chavismo, que ya cuenta con un imperio vasto de medios tradicionales, necesita Twitter mucho menos que la oposición o, si se quiere, la sociedad civil autónoma. Tal vez le duela un poco perder una plataforma más en la que está activo, pero también se beneficiaría inmensamente de la desaparición de un espacio comunicacional que no controla. Ah, y lo mismo puede decirse de la oposición prêt-à-porter. No es casual que algunos de sus miembros connotados estaban de fiesta ante la visión de la muerte de la red social. Ellos quieren pontificar en Globovisión contra el “abstencionismo” sin que los “radicales de Twitter” los cuestionen.

En fin, lo más inquietante de esta incertidumbre sobre el futuro de Twitter es la impotencia. Los venezolanos, por mucho que nos beneficiemos de la red, no tenemos ningún poder de decisión. Dependerá de lo que ocurra en Estados Unidos. Creo que la opinión de las elites culturales e intelectuales de ese país sobre Twitter se seguirá agriando por los cambios introducidos por Elon Musk, como devolverles a Donald Trump y otros personajes de la extrema derecha nativa sus cuentas. Probablemente querrán más que nunca que Twitter colapse, y hasta pongan de su parte para que así ocurra. Entiendo algunas de sus preocupaciones, pero como venezolano me siento obligado a anteponer los intereses de mi país, los cuales en este caso implican que Twitter siga viviendo por muchos años más. Sigue surcando estos cielos desde la Sierra de Perijá hasta el delta del Orinoco, ave azul.

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