¿Y ahora qué?, por Armando Martini - Runrun
¿Y ahora qué?, por Armando Martini
¿Quién y cómo se levanta el sentimiento arrinconado al fondo de las desgracias después de que todas, como en Venezuela, han salido del baúl?

 

@ArmandoMartini

La esperanza es lo último que se pierde. Pero quién y cómo se levanta el sentimiento arrinconado al fondo de las desgracias después de que todas, como en Venezuela, han salido del baúl. Estamos en el segundo semestre, se nos va el año sin que pueda observarse más que un empeño sin base. Suena a vacío aquel viejo deseo.

¿Qué puede hacerse en una economía sin más planes que ambiciones y codicias personales de pocos en un poder que no pueden darse el lujo de perder? ¿Cómo planificar con un patrimonio petrolero manejado por adulantes y habladores de pendejadas?; necios que de petróleo nada saben, operándolo como pretexto para alardes y no como la competida industria que es.

¿Cómo confiar en un sistema de salud cuyos médicos no tienen insumos ni motivación, y las enfermeras renuncian a su oficio porque les pagan mal o peor? ¿Qué solicitar de un sistema educativo que abandona las universidades a su suerte y ni siquiera las entiende, que trata de formar niños y adolescentes en instalaciones destartaladas o a través de clases por un internet debilitado o caído? ¿Cómo proyectar en una economía de pedacitos dominada en dólares que la población no tiene? ¿Qué puede soñarse en un país del cual sus pobladores huyen, escapan con sus sueños agotados, pasando de emisores a receptores de remesas?

Escribir de nuevas perspectivas sería lo ideal. Sin embargo, en esta Venezuela actual, que ha venido empeorando cada día, solo se pueden recordar fracasos conocidos y pronosticar nuevos.

Entre certezas y desesperanzas

No existe incertidumbre ni vacilación en la inmensa mayoría ciudadana. El régimen castrista no genera esperanzas más allá de fantasías sin fundamento y mentiras. Con fracasos exhibidos sin rubor ni pudor y amontonados como basura en la cual los desesperados manosean en busca de algo para comer. ¿Qué sienten los desnutridos sin salida cuando hurgan en los desechos? Poca duda cabe en ellos, de cualquier nivel socioeconómico, de que el castro-madurismo debe negociar su salida. El régimen también lo sabe, pero continúa elaborando ilusiones con el propósito de no tener que hacerlo.

Solo una certeza parece ir creciendo, a juzgar por estudios de opinión, tanto los serios como los vendidos piratas: cada día menos venezolanos creen en los dirigentes. Ni en la elite chavista, ni en los poco confiables opositores al frente de partidos devenidos en abrumadora minoría. Y eso incluye al oficialista, el cual, por su empeño exclusivista, ha convencido que es el único culpable del desastre, desmoronamiento de los servicios, crecimiento de la delincuencia y todo tipo de carencias. En consecuencia, comienza a prosperar en el régimen cansancio, desesperanza y convicción de cambio.

La ardua reconstrucción

La historia –en particular la venezolana–, es de retrocesos para ajustar y regresar mejor, y en el chavismo parece estar pasando. Elaboran listas para limpieza de corruptos e incompetentes, evalúan permitir que otro que pueda encargarse se encargue y trague años de problemas de difícil solución. Porque toda reconstrucción es ardua; en especial, si se comienza desde muy abajo. Entonces regresar a un país en recuperación y continuar la reparación. Despojados de pesos es más fácil, especialmente si se presentan como continuadores de lo bueno que nunca se aplicó. Poco original, pero atractivo por la decadencia de otros hoy convertidos en fantasía.

El chavismo no nació para morir en veinte años, pero puede refrescarse y renovarse como ilusión; un sueño siempre y cuando se desembarace de pesadillas, duro trabajo del cual pueden encargarse tribunales y gobiernos extranjeros. Más difícil lo tienen opositores porque vienen de un retroceso, un exceso de insistencia en promesas que se diluyeron a una cuadra antes de cumplir, siempre ofreciendo triunfos y entregando fracasos.

La propensión a lo negativo sobre lo favorable daña el ánimo colectivo y el tejido social. La experiencia histórica tiende a favorecer lo nocivo, lo perjudicial. Eso debe invertirse para tener un chance. Una oportunidad si queremos salir de la deshonra y deshonor que significa esta afrenta, este oprobio que nos mantiene esclavos de la estulticia socialista del siglo XXI. Merecemos una Venezuela honorable, distinguida, de excelencia y futuro promisor, para convertirnos en una gran nación. Hay un país esperando, perdiendo ciudadanos, ganando prisas y devastado, haciendo antesala por semillas.

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