Una apuesta… aprender a convivir con las diferencias, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
Una apuesta… aprender a convivir con las diferencias, por Julio Castillo Sagarzazu
El país opositor cayó en la trampa de Chávez: se cayó en la polarización gobierno-oposición en vez de una oposición de la gente con problemas que reclama al gobierno sus derechos

 

@juliocasagar

Uno de los valores que más se ha difundido en el nuevo milenio es el respeto a la diversidad. Es evidente que si ello se convierte en un tema esencial de la educación de nuestros niños, el mundo va a ser mejor en algunas décadas. Aprenderemos a convivir, independientemente de nuestras ideas, nuestro color, nuestra raza, nuestro sexo y nuestra religión. Todo ello nos hará poner el foco en causas mayores y en unidades superiores.

Sabemos que no es fácil para los adultos asimilar estas ideas. Venimos de un mundo de conflictos, polarizado, cruzado por intereses subalternos y hemos sido moldeados en muchos prejuicios que dejan siempre marcas profundas en el alma.

Recordemos alguno, nada más que por interés pedagógico: Chávez supo siempre manejar bien el tema de la polarización y atizar las diferencias para su provecho: la lucha de ricos contra pobres; patriotas contra pitiyankis; escuálidos contra los rodilla en tierra.

El país que no se sentía identificado con él (casi el 50 %) cayó en su trampa. No solo en su elección comprándole la baratija que planteaba y señalando a los chavistas como “monos” y “tierrúos”, sino luego, después de electo, cayendo en todas sus provocaciones argumentales y privilegiando su salida del poder con un acto mágico o de fuerza, en lugar de acompañar  a la gente, sobre todo al pueblo chavista, en su decepción y en sus problemas para evitar la polarización gobierno-oposición y lograr otra, la de la gente con problemas que reclama al gobierno sus derechos. Tuvimos un pequeño oasis de clarividencia en el enfoque que dimos a la campaña del 2015, pero nos duró poco: no teníamos horas en la Asamblea Nacional, cuando volvimos a la trampa polarizadora, ofreciendo que en 6 meses sacaríamos a Maduro de Miraflores. Así estamos desde entonces.

La vuelta al terreno electoral, con todas las incertidumbres que provoca un proceso en un régimen como el de Maduro, ha vuelto a poner en contacto a la dirigencia opositora con amplias capas de sus bases y sobre todo con aquella gente común y corriente que pateó las calles y pidió, a voz en cuello, un cambio en el país. Es más que evidente lo que está ocurriendo y la enorme potencialidad que tiene este paso.

Peeero… (siempre hay un pero) es momento de preguntarnos si no vale la pena hacer un pequeño alto en el fragor que toda campaña produce para reflexionar sobre un tema capital.

Veamos: es inevitable que una de las cosas que aún se interponga entre la duda del opositor a votar y decidir hacerlo, sea que no se ha logrado la “UNIDAD”. La ponemos en mayúsculas y entrecomillada ex profeso, porque aquí es cuando tenemos que lidiar con la palabreja. En efecto, la unidad es un tema importantísimo. La palabra en sí misma tiene miles de virtudes. Quizás por eso es que debemos incorporar a nuestra narrativa la idea de que la unidad de la oposición se da en medio de su diversidad y también que no todas las “unidades” son necesariamente virtuosas.

Es necesario, entonces, incorporar al debate la noción que explica que este proceso electoral, más allá de las posiciones que se puedan conseguir y arrebatar al chavismo, deben servir también como una suerte de tamiz popular por el que pasarán las diversas opciones de quienes se postulan como opositores. Y que eso no es ninguna tragedia.

Es necesario empinarse un poco por encima del inmediatismo. Ciertamente, lo ideal es que el madurismo tenga menos votos que las demás opciones y que quienes se llaman opositores hagan más esfuerzos de lo que han hecho para presentar opciones unitarias. El mundo, efectivamente, debe saber que Maduro es una minoría. Pero este árbol no nos debe tapar el bosque. El 22 de noviembre amanecerá un país con un nuevo liderazgo y eso debe motivarnos a la reflexión.

Ese nuevo liderazgo no solo estará encabezado por aquellos opositores que hayan logrado alcanzar posiciones o buenas votaciones, sino también por muchos “chavistas” que sortearon el pintoresco proceso interno en sus primarias y que lograron imponerse a pesar de los arreglos internos de grupos del PSUV, porque tenían fuerza en sus bases.

Será inevitable que el país comience a definirse en torno a los grandes desafíos que tendrá por delante: la negociación de México; las perspectivas de un referéndum revocatorio; la realidad social y económica agravada por la falta de inversión y de recursos del gobierno y sus posibles consecuencias en el ánimo de la gente.

No cabe duda de que frente a este horizonte, el liderazgo nacional tendrá que plantearse alternativas audaces y no convencionales. Las elecciones producirán un nuevo escenario y nuevos líeres, pero los partidos, sobre todo los de la oposición, deberán idear mecanismos novedosos que superen las plataformas existentes. Es necesario que se armen de coraje y diseñen un proceso de verdadera relegitimación de todos los liderazgos.

En esta perspectiva, quien “tenga más saliva, tragará más harina”. Hay que formar los cuadros, abrirse a los liderazgos naturales; saber diferenciar los intereses generales por sobre los individuales y sobre todo asumir la diversidad y la tolerancia con los que no piensan igual.

Es una apuesta audaz, pero vale la pena analizarla. Hay que abrir el debate.

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