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País de mentiras, por Armando Martini Pietri
El comunismo retorcido de Chávez, empeorado por el castro-madurismo, ha continuado desarrollando el rastrero recurso de la mentira

 

@ArmandoMartini

Tertulia de ilegítimos que se atribuyen representación ciudadana. Engaño de oponerse, afiliados y compañeros de ideología. Millones se fueron. Y a los arraigados se les curtió la piel en la lucha por la defensa de valores. Para ninguno ha sido cómoda la vida. No ha sido fácil ni lo será, pero sigue la tarea enorme de recuperar la república.

Simón Bolívar, cuya grandeza nadie osaría cuestionar, ofreció libertad, soberanía y felicidad en una gran nación, poderosa y de avanzada. La soñó, visualizó, pero no pudo cumplir. Quizás, no fue su culpa, aunque esa ilusión nació, creció y murió antes de San Pedro Alejandrino, Santa Marta y el camisón prestado para bajar al sepulcro.

En los años restantes del siglo XIX, cada caudillo en rebelión prometió prosperidad, orden social y bienestar, todos incumplieron. Solo derramaron sangre, desorden y destrucción. Los federalistas llevaron al país a una guerra feroz que ganaron, para dejar las cosas como estaban pero con ellos en el poder. Y la distribución del país en estados que prometieron, la olvidaron frente a la primacía de Caracas.

Cipriano Castro cacareó “hombres nuevos”, pero la vida se le fue en parrandas y bailes pomposos mientras la miseria cundía. Juan Vicente Gómez lo dejó flotando en el exterior, dando la palabra de orden y trabajo que cumplió. Pero, con el arribo del petróleo, puso de moda cárceles, asesinatos y torturas para quienes cometieran la irreverencia de pensar contrario, con la complicidad abyecta de los que ante él se arrodillaron, no solo por codicia, sino por cobardía.

Los militares prometieron orden y paz, se confabularon, convidando libertad y democracia; se realizaron elecciones, meses después derrocaron por la fuerza al presidente electo porque no les hacía caso, e instauraron una dictadura que construía infraestructura, pero hostigaba, eliminaba, confinaba y atormentaba.

Por presión popular depusieron a quien les ordenaba y respaldaron a políticos que pactaron como forma sólida frenar ambiciones militares y consolidar la democracia; pero temprano romperían su compromiso para coquetear con la tiranía, subversión que instauraba el castrismo en Cuba, y con planes de esparcirla por el continente, empezando por Venezuela rica en posibilidades y petróleo. El pueblo no les creyó, muchos estudiantes universitarios sí.

En casi 40 años, dos socialismos, el llamado democrático y el propuesto como cristiano intercambiaron posiciones, divulgaron la democracia, pero sin éxito para extinguir la mentira y controlar la corrupción. Dieron a pocos para quedarse con mucho, hasta que agotaron la economía y a ellos mismos.

Se repite, cuando sectores apoyan el fraude del 21N, se reafirman en la complicidad y amistad, anhelando espacios burocráticos que no se traducen en libertad, avalando la legitimidad cuestionada por las democracias del mundo. Pero la sociedad se resiste y no participa en bribonadas electorales y, pone de contraste adecentar la política.

Llega la revolución fracasada en lo militar, lucrativa en falsedades. Aquél mediocre que señaló lo que venezolanos –necesitados, excluidos y poderosos- querían oír, sin precisar que iba a hacer y de hecho inició. El ignorante propagandista afirmó que la Cuba sojuzgada por Fidel era “un mar de felicidad”.

El comunismo retorcido de Chávez, empeorado por el castro-madurismo, ha continuado desarrollando el rastrero recurso de la mentira y alarde de falsedades como técnica.

Por eso, se debe sin demora romper radicalmente con la política hipócrita, manipuladora, embustera, sin moral ni principios éticos, donde la viveza y las zancadillas se interpretan como proeza de sumo prócer; cuando no es otra cosa que una infeliz práctica de la mediocridad e insuficiencia, en la que aniquilan el recto proceder, debido proceso, integridad y buenas costumbres.

Acostumbrados a la falsedad y que la verdad no es más que un sueño ilusorio, siguen esperando que el ignaro, hábil en clavar garras en el poder, cumpla promesas como la recuperación económica y defensa del pueblo. No son más que apariencias que se mueven al compás de aquel “cómo vaya viniendo vamos viendo”, traducido a cómo vaya viniendo vamos mintiendo.

Ya no es solo el oficialismo que miente. Lo hace a diario, y a plena voz, la oposición acostumbrada a prometer y no cumplir. Que abandona a sus presos, lucha por pequeñas posiciones, y hasta recibe órdenes del régimen. Sin embargo, hay que mantenerse con valentía, firmeza y coherencia para enrumbar hacia el éxito, donde capacidades y principios estén por encima de cuotas partidistas que tanto daño han hecho.

De allí, el insípido manipulador, primer Acuerdo Parcial, de mero trámite, pastoreo de nubes, eufemismo para el levantamiento de sanciones, y peor, se preparan para desairar, esquivar responsabilidades ante las denuncias. Ciudadanos que se presumen de honestos, con principios, que desean rescatar la democracia y devolver la libertad a millones de secuestrados, se sientan frente a representantes de presuntos delitos de lesa humanidad y violaciones a los derechos humanos, denunciados ante la Corte Penal Internacional. ¿Qué harán en caso de que la Corte Penal Internacional dicte providencia? Mentir, complicado desde el punto de vista moral.

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