Ha muerto la sindéresis, ¡viva la sindéresis!, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
Ha muerto la sindéresis, ¡viva la sindéresis!, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar  

Así como en las guerras la primera víctima es la verdad, en los escenarios polarizados la primera víctima es la sindéresis. Además, la moderación y la sindéresis no tienen buena prensa, no venden, no son sexy. ¿Quién quiere ser moderado y juicioso cuando todos se están jalando de las greñas? ¿Qué éxito puede tener quien grita calma en medio de un incendio o en un naufragio? Cuando se vacían los dogouts, no hay umpire que pueda controlar la tángana.

El objeto de esta nota no es hacer una oda a la moderación. Estamos absolutamente conscientes de que los procesos históricos y políticos pasan por sucesivas etapas de rupturas y reacomodos que son los que hacen que los procesos avancen. Hay momentos en los cuales lo correcto es romper. No importa lo estridente e incomprensible que parezca esta ruptura.

En una nota anterior pusimos el ejemplo del decreto de Guerra a Muerte. Un documento terrorífico que llevaría a Bolívar, hoy en día, a ser reo de la Corte Penal Internacional por genocidio y por delitos de odio y de lesa humanidad. Ese decreto tuvo, sin embargo, una importancia política y militar muy grande. Los patriotas estaban perdiendo una guerra civil de venezolanos contra venezolanos, de ricos contra pobres, de señoritos caraqueños contra llaneros pata en el suelo. Boves había logrado a convencer a una buena parte de los venezolanos más humildes que lo que nos convenía era seguir con Fernando VII y que las tierras de los oligarcas caraqueños, que se habían declarado en rebeldía, podían ser repartidas entre sus peones. El decreto de guerra a muerte convirtió una guerra civil en una guerra de independencia nacional.

Aclarado este punto, pasemos a lo que pareciera ser lo importante que es la necesidad que tienen las sociedades de racionalizar sus decisiones, apartándose del fanatismo y tratando de construir relatos con un mínimo de apego a la sindéresis. Batalla perdida, dirán algunos. Puede ser, pero
perdida estará de antemano si no hacemos un mínimo de esfuerzo por advertir sobre este mal que, como ya dijimos, tiende a ser dominante en las sociedades cuando se polarizan políticamente.

¿Cómo se come esto en la Venezuela del 2020? Pues comerse puede que sea fácil, lo difícil es digerir la afirmación. En efecto, si hablamos en general sobre si lo justo es pensar racionalmente y no exageradamente, todos estarán de acuerdo en que lo racional debe imponerse.
Sin embargo, yendo a la práctica cotidiana, la realidad suele ser distinta.

Veamos: vamos a citar varios comportamientos en la política y en la vida pública para que nos demos cuenta de que el juego entre lo racional y lo irracional lo venido ganando este último equipo y por un amplio marcador.

La primera conducta anómala es la de regocijarse con la mala ventura de aquel con quien no estamos de acuerdo. La versión patológica de esto lo representan aquellas afirmaciones de “opositores” que toman las redes sociales diciendo “bien hecho”, incluso en casos trágicos de prisión, persecución de otro opositor a quien considera colaboracionista o vendido.

La otra conducta es la de dar por bueno cualquier comentario negativo de alguien con cuya posición no simpatizamos. Vaya este ejemplo. Hace poco, un periodista encabezaba con un titular estruendoso que “el padre de Leopoldo López” (no el diputado del PP español Leopoldo López Gil) había “suavizado” un acuerdo del Parlamento español para que agradara al PSOE. Lo curioso es que las mismas personas que se hicieron eco de esta noticia, a renglón seguido, se regocijaban con el contenido del acuerdo “suavizado” y convirtieron en viral la alocución de la vicepresidenta del Parlamento, que fue su vocera.

¿En qué quedamos entonces? ¿Hubiera sido preferible que no hubiera acuerdo? Sin embargo, lo que a algunos interesaba era sacar a relucir el apellido y la relación familiar del diputado para “to make his day”.

La maledicencia es otra de las patologías en boga. Hace poco, regresando de una reunión donde hablábamos del martirio y asesinato del concejal Fernando Albán, abro un chat muy reputado de la región y me consigo con la opinión de uno de sus miembros que afirmaba “Lo único que interesa a los dirigentes de la oposición son los dólares que se meten en el bolsillo”. Fue inevitable pensar en Fernando, en su familia. Me pregunté ¿valió su sacrificio para que su memoria fuera asesinada por segunda vez en el altar de estas generalizaciones absurdas?

En Venezuela se acerca el momento en el que el liderazgo tendrá que tomar importantes decisiones con la cabeza fría. En las que deberán saber separar bien la paja del grano. En las que deberán valorar, con mucho juicio, qué cosas son esenciales y de principios y qué cosas son prescindibles. Momentos en los que tendrán que dar por bueno el proverbio que nos recuerda que la política es el arte de lo posible. Y que la luna no es pan de horno porque la veamos redonda.

¡Atencion! Las decisiones con cabeza fría no son las que están en el medio, ni las timoratas, ni las que propugnan cambios para que nadie cambie.

Las decisiones con sindéresis son aquellas que señalan el camino justo, el mejor, el que menos costo tiene en sufrimiento para nuestro pueblo ya sufrido y escarnecido.

Con esto queremos significar que las buenas no son las que tomamos pensando en nuestros prejuicios, nuestros odios, nuestros caprichos, nuestros intereses, sino todo lo contrario, pensando en las grandes mayorías y en lo que les conviene.

¿Difícil? Sí, muy difícil. La frontera entre el interés individual y colectivo es muy tenue. Solemos confundir ambos con mucha frecuencia. Las pequeñas miserias humanas vinculadas al poder y al dinero son poderosísimas y hacen más difícil esta comprensión.

Nuestra esperanza está puesta en que al final los buenos son más que los malos y las ideas correctas tienen más fuerza que las incorrectas. Que los liderazgos se ponen a prueba en momentos como estos y que Venezuela está sembrada de gente que es capaz de andar por el buen camino.

Y nuestra gran suerte es que los malos son poquitos, que están aislados y no los quiere casi nadie.

 

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