Ojos, pestañas, cejas, por Samuel González-Seijas - Runrun
Ojos, pestañas, cejas, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso 

Hoy, tal vez más que en otras ocasiones, más que en otras fechas que siempre pasan como quemando los calendarios; hoy cuando es el propio calendario el que se atasca y la dinámica diaria se evapora, hoy es cuando la mirada de la gente se ha vuelto el único lugar de reconocimiento humano.

La obligación de portar mascarilla protectora en estos días de cuarentena tiene su lado enriquecedor. Como nunca antes, me atrevo a decir, los ojos de los que topamos en la calle, o de aquellos que conocemos, se aceptan tan expresivos, tan habladores, tan penetrantes. Esa mascarilla inusual, de un azul de piscina, que nos envuelve medio rostro como si fuéramos un objeto estéril, por otra parte, y es mi asombro, nos pone frente a honduras mayores, que en la rutina no hubiésemos siquiera entrevisto.

En efecto, aun si la persona lleva lentes correctivos (si son de sol, pues ni modo) ese sobrante que sale de la tela protectora emite señales. Los párpados, el tabique nasal, el nacimiento de las cejas se convierten en un lugar y una memoria. He visto miradas que no son de este tiempo, miradas que escrutan, que asienten, que invitan, que corrigen, que se hacen casi de entrada cómplices. Todas esas miradas saben que compartimos un mismo padecimiento.

Los ojos parecen tener ahora la primera y la última palabra. Son ellos los que nos dicen lo que nunca quisimos escuchar. En ellos quizá estén los hilos necesarios para salir del laberinto. En una acera o en un pasillo veloz de algún supermercado, los ojos abren el paso, guían la suerte de transitar y de salir. Y lo logran con ese sabio tino del momento justo, en el que dos desconocidos se miran como si ataran cabos. “Yo te conozco, aunque jamás te había visto”, “Qué extraño, me parece recordar ese brillo”, “uff me encantó esa mujer/ me fascinó ese hombre”… Y así.

Margarita y Delia son dos mujeres que trabajan en la barra de una panadería que visito con frecuencia. Juro que nunca las había visto como ahora, detrás de aquella tela. Sus ojos profundos me imantan hacía un no sé dónde que me encanta. Margarita mira con oscuridades antiguas, como una cautiva de días medievales, que podría contar (¿tal vez cantar?) mil noches sin hablar. Delia, por su parte, ríe con los párpados y ordena las entregas del pan y de las compras a velocidades impensables hasta que detiene los ojos en ti y te derramas en agradecimiento y amistad que no tenías. Somos cómplices gratuitos, sin duda.

De modo que esta separación brusca e impensada tiene sus fisuras. Algo también inesperado sabe colarse por ellas. No todo es aislamiento, ni llanto, ni legítima queja. Por esos resquicios la vida sanguínea, imbatible, deseosa de seguir, saca la cabeza y, con picardía de saberlo todo hasta el cansancio, nos hace un guiño.

 

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