Avenidas vacías, balcones repletos, por Samuel González-Seijas - Runrun
Avenidas vacías, balcones repletos, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso 

Al suroeste de Caracas también están pasando cosas. Si en las ciudades de Italia donde la pandemia ha pegado con su puño feroz, como Bérgarmo y Milán, la gente descubrió que desde los balcones podía seguir teniendo algo de contacto con los otros, pues de este lado del planeta, con mucho menos belleza y garbo que aquellas, las personas han decidido llenar sus balcones para mitigar de algún modo la imposibilidad de salir.

De este modo, los fines de semana, sobre todo viernes y sábados, un vecino ocupa el balcón de su apartamento con parlantes y luces. Cerca de las 8 de la noche, religiosamente, enciende sus equipos y, con un micrófono, anima a los vecinos de su residencia y a los de edificios aledaños a tener un momento de alegría. Al menos así lo manifiesta cuando se pone entusiasmadamente a exhortar con su verbo el aire temprano de la hora, que se llena con la luz de los postes como estrellas cercanas.

El vecino habla de ánimos, de paciencia, de esperanza y como si fuese un pastor o un cura de última hora sobre el cuerpo de alguien que da sus últimos suspiros, riega de sonidos alentadores lo que fue apenas un día repetido, en el que el sol fue la única voz. Dice cosas como “amigos, ya saldremos de esto, Dios está con nosotros”, o “una bulla, una bulla, una bulla…”, esto último para que en los apartamentos cercanos se genere la respuesta que espera.

Y lo curioso, lo extraordinario, es que de los sitios cercanos se asoma la gente a seguir sus palabras y música con la luz de los celulares y con gritos de contento, como si de un concierto se tratara. Luego de sus palabras de apertura (sí, tiene un protocolo, además), coloca canciones que supongo son las de moda. Ninguna estruendosa ni bochinchera, ni malandra ni reguetonera. Algo que yo le agradezco con el alma…

Los vecinos entusiasmados se divierten, sin duda. Ahí donde había solo materos, algún mueble o una bicicleta, se puebla de siluetas a contraluz, varias siempre, que se acodan o mueven los brazos según el gusto de lo escuchado… y pasan el rato.

Cuando un tema termina y antes de pasar a otro, el locutor de altura lanza sus peticiones y esas aves que salen de sus cornetas pasan sobre los techos como queriendo quedarse. No dura mucho el efecto, pero por lo observado en las últimas semanas creo que funciona. Supongo que ya es esperado cuando se acerca ese momento de la semana, supongo que alguien comenta entre su gente que “hay un señor allá arriba que pone música”. Sí, porque además el “señor” vive en el penthouse de su edificio, lo que ya es, para lo que hace, una ventaja.

Así que la soledad de la avenida se pierde durante esa pequeña fiesta. La avenida, tan íngrima e iluminada como una nevera vacía. No creo que sea cosa de ingenio, pero estas salidas inesperadas de creatividad pudieran significar, en medio de la peor experiencia agregada a las ya insufribles de los venezolanos, un agua de frescura y de imbatible tenacidad que aún queda en nosotros. No sé, tal vez yo no tenga un corazón tan grande como el señor del penthouse; tal vez incluso no me gusten sus preferencias musicales y sus frases hechas. Pero siento que frente a todo lo que escasea, su humilde intención es una lección de gallardía y de acompañamiento humano como pocas.

Y tengo planteado, para la siguiente vez, servirme algún trago que me quede y acordarme con mis desconocidos vecinos a ver cómo la noche de las penas se repliega por breve tiempo. Y respirar.

 

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