Perestroika sin glasnost - Runrun
Alejandro Armas Dic 13, 2019 | Actualizado hace 1 semana

No me percaté de ello hasta finales de marzo, durante mi última estadía en Caracas. Terminaba el primer trimestre del año sin que el régimen chavista ordenara las rutinarias razzias de la Sundde, esas abominables, injustas y humillantes visitas de burócratas a comercios para exigirles vender sus productos siguiendo las disposiciones de precios ruinosas ordenadas por los “genios” a cargo de la maltrecha economía venezolana, so riesgo de ser tratado como un delincuente para todo el que se resista. Llamativo, pero no había razón para suponer que fuera simplemente un período de tregua más largo de lo normal. Volví a Nueva York, pasaron meses y meses y nada de razzias.

El control de precios dejó de ser aplicado y como consecuencia natural, los anaqueles volvieron a estar ocupados. Pero además, el mercado paralelo de divisas dejó silenciosamente de ser perseguido. Aunque quedó un duro y relativamente nuevo encaje legal sobre la banca, el chavismo, sin ningún escándalo, se desentendió de varios de los controles económicos que por dos décadas estuvieron entre sus banderas. Por último, Nicolás Maduro no solamente aceptó, sino que celebró la irrupción del dólar como medio de pago en Venezuela. Me voy a ahorrar la exposición del descaro de esta afirmación tras 16 años de control de cambio y criminalización de las transacciones informales con divisas, pues eso abarcaría toda la columna.

Mucho más importante es preguntarse hacia dónde va realmente el orden chavista, si así se le puede llamar. La justificación de los controles siempre reposó en un criterio ideológico de inspiración marxista-leninista. A saber, el libre mercado es un sistema inherentemente injusto que favorece la acumulación de riquezas por parte de un puñado de capitalistas, mientras las masas son empobrecidas y explotadas, así que el Estado, controlado por una vanguardia de los trabajadores, tiene el deber de intervenir para revertir este mal. Si el chavismo decidió dejar el ethos comunistoide como algo meramente simbólico, queda la duda sobre qué tipo de sistema político y económico tiene en mente.

Algunos han señalado que el nuevo modelo será China, una de las dos potencias aliadas del régimen. Pero, como explicaré en el próximo artículo, no creo que esto sea posible. Más bien pienso que ahora el objetivo es emular a Rusia, la otra potencia aliada. En tal sentido, hay dos variantes de la experiencia moscovita que los jerarcas del PSUV pudieran querer imitar, parcial o totalmente. En la edición de hoy de esta columna veremos la primera de ellas, que es la etapa final en la historia de la Unión Soviética. En la siguiente, tocará a la segunda.

 

Los cambios recientes en Venezuela han sido llamados perestroika, el concepto más frecuentemente asociado con la URSS en los días de Mijaíl Gorbachov. Perestroika significa “reestructuración”. Fue un conjunto de políticas económicas introducidas por el nuevo liderazgo soviético a mediados de los años 80, como respuesta al estancamiento de la economía arrastrado desde la década anterior. Mientras que Estados Unidos y otros países occidentales, rivales capitalistas y liberales, se recuperaban de la turbulencia de los 70, la URSS se rezagaba. Cada vez le era más difícil satisfacer las necesidades de sus habitantes. No era solo un problema económico, pues el atraso suponía asimismo el riesgo de menor capacidad para innovar tecnológica y militarmente, lo que comprometía la seguridad del Estado soviético en la Guerra Fría. Así que había una necesidad existencial de romper con el statu quo, aunque implicara desechar parte del dogma oficial. Pero el objetivo no era abandonar el socialismo, ni disolver la URSS. Creer esto es un error común. La idea, más bien, era preservar la Unión Soviética haciendo el socialismo “más eficiente”.

Las reformas de Gorbachov permitieron una forma limitada de propiedad privada, algo no visto desde la derogación de la Nueva Política Económica de Lenin en 1928. Por supuesto, las grandes industrias que sostenían la economía, como el petróleo y el gas, siguieron bajo control estatal. Solo se permitió a los ciudadanos administrar algunos negocios pequeños de manera privada. Asimismo se autorizó la formación de empresas mixtas entre el Estado soviético y capital extranjero, algo que el chavismo tiene años haciendo y que pudiera profundizarse próximamente, dado que es este capital el que mantiene a flote lo poco que queda de explotación petrolera. También las empresas públicas soviéticas pudieron ajustar su producción a la demanda, en vez de obedecer las directrices de la planificación central. Sin embargo, se mantuvieron en la URSS los controles de precio, que el chavismo no ha vuelto a aplicar, así como otras regulaciones nocivas para el crecimiento.

Este reformismo de medias tintas no logró de ninguna manera levantar la economía soviética. Las empresas estatales siguieron siendo terriblemente ineficientes y requirieron de un gasto público cuantioso. La escasez y la inflación siguieron siendo elevadas y el descontento poco a poco fue en aumento, hasta llegar al punto en el que las repúblicas menores, donde renació el nacionalismo, se declararon independientes, mientras que en Rusia el hombre de la ruptura con el sistema comunista, Boris Yeltsin, se hizo con el poder, ante la aprobación activa o pasiva de la mayoría de la población.

Aquel descontento pudo estallar más fácilmente gracias a la glasnost, la política hermana de la perestroika presentada por Gorbachov. Significa “apertura” y consistió en una mayor tolerancia a la disidencia. Empezó con los medios de comunicación, a los que por primera vez se les permitió criticar al gobierno. Luego, en 1989, se celebraron las primeras elecciones relativamente libres. Aunque las organizaciones políticas opositoras siguieron prohibidas, los candidatos oficialistas tuvieron un desempeño sorprendentemente negativo ante sus rivales independientes. Ese fue el resultado de no saber competir en comicios, pues nunca se habían visto en la necesidad de hacerlo antes.

Podemos apreciar que algunos de los cambios vistos en el último año en Venezuela tienen algún parecido con la perestroika. Hasta cierto punto, hay un ambiente más favorable para las operaciones del sector privado, pero las industrias venezolanas más importantes siguen en manos del régimen. Así como la perestroika no pudo levantar el aparato productivo soviético, la mayoría de los economistas venezolanos se mantiene escéptica sobre la posibilidad de que haya una mejora significativa en el largo plazo que ponga fin a la crisis humanitaria y devuelva a todo el país condiciones de vida decentes. Como mucho, es posible que siga este nuevo ambiente de mayor actividad económica entre el minúsculo sector de la población con acceso frecuente y relativamente amplio al dólar, lo cual acentuará las desigualdades ya extremas que hay en la nación. El “nuevo orden” del chavismo, que llegó al poder prometiendo acabar con esas desigualdades y la pobreza, solo beneficia a las capas más privilegiadas de la sociedad (cuyos miembros no tienen ninguna culpa, por cierto).

Además, la perestroika fue una política formal de reformas. Lo que el chavismo ha hecho es dejar de aplicar algunas de sus propias normas catastróficas, dejando que los agentes del mercado actúen sin estas ataduras, pero sin introducir un marco jurídico que garantice la “libertad”. Así como hoy lo permiten, mañana mismo pueden volver a bloquear todo. Considerando el largo historial de desprecio chavista a la ley, incluso si apareciera una Gaceta Oficial eliminando formalmente los controles, la confianza de los agentes económicos, necesaria para el crecimiento, no volvería de la noche a la mañana.

 

Finalmente, hay que decir que esta perestroika chavista viene sin nada de glasnost. La elite gobernante no ha dado ni una muestra de impulso democratizador moderado. Por el contrario, la falta de instituciones democráticas es cada vez peor. La hostilidad a la prensa independiente se agrava, con amenazas a periodistas y bloqueos digitales en momentos delicados para el régimen. Asimismo, no hay ninguna razón para suponer que el chavismo autorizará cambios al sistema electoral que permitan arrebatarle el poder por vía del voto. Sustituir los rectores del CNE, como supuestamente planean, es algo puramente cosmético. Mientras que en la URSS a finales de los 80 la disidencia ingresó por primera vez al Congreso y pudo elevar su voz contra el oficialismo, el régimen venezolano ha proscrito la participación de la mayoría de los partidos opositores, quedando solo aquellos que aceptaron “negociar” con él, en un esquema que no les permite desafiarlo realmente, lo cual veremos con más detalle en el próximo artículo.

Posdata: Notarán que en esta edición de la columna solo se habla de lo que pudiera ser el futuro de Venezuela bajo el chavismo, sin mencionar a la oposición que sí está haciendo algo por frenar al régimen. No es mi intención desestimar sus esfuerzos, pero lamentablemente una vez más está claro que los mismos no tienen el éxito garantizado. Por ello, sin menoscabo del respaldo a la dirigencia opositora, creo que es un deber de quienes estudiamos la política venezolana contemplar la posibilidad de que ese cambio tan deseado no esté a la vuelta de la esquina y hacer nuestro aporte para que quienes siguen en Venezuela puedan tomar decisiones que les permitan llevar vidas tan poco duras como sea posible.

@AAAD25