La economía en el laberinto del “socialismo” , por Antonio José Monagas - Runrun

No hay capítulo de la historia política contemporánea, que no describa alguna realidad caracterizada por diatribas cuyas consecuencias desfiguraron idearios, programas y propuestas alineadas con objetivos de desarrollo político y crecimiento económico. Los tiempos electorales, han sido aprovechados por quienes intentan maniobrar situaciones a fin de agudizar problemas que -cínicamente- convierten en respuestas incapaces de servir. Pues, escasamente, con ellas configuran una narrativa que solamente alcanza a complicar todo antes de asomar un ápice de respiro ante el problema en cuestión.

La economía es profundamente sensible a estas movidas tácticas cuyas bases muestran una especie de estructura dialéctica que da cuenta de meros paliativos dirigidos a desnaturalizar condiciones y deformar procesos funcionales diseñados con no siempre definidos propósitos de regulación de la dinámica económica. Sin embargo, hasta ahí suelen servir. En lo sucesivo, se transforman en mecanismos de alteración y confusión para usufructo de acomodaticias circunstancias.

De ese modo, la economía comienza a extraviarse del rumbo que la teoría económica traza a nivel doctrinario. Aunque en algo pudiera sorprender, el hecho de reconocer que estas prácticas políticas le han valido a los contubernios dominantes algunas razones para mantener posturas verticales que han permitido “justificar” su arraigo en el poder político.

Los tiempos coloniales no fueron excusa para que alguna nación o provincia, escapara de tales manipulaciones de las cuales se sirvieron esas mismas componendas políticas para enquistarse en el poder. Y al mismo tiempo, para aprovecharse de las susodichas razones con el perverso objetivo de usurpar figuraciones desde donde, muchos personajes exaltados por pírricas historias domésticas, se hicieron de importantes finanzas con intenciones absolutamente mezquinas y egoístas.

Desde el establecimiento de la Primera República, en 1810, hasta la actual, el escamoteo ha sido problema común cuyos efectos siguieron trastocando la política en su ejercicio del poder político. Para ello, buscó apoyarse en una economía que la  brindara las oportunidades necesarias y suficientes para restarle valor a los reacomodos que requería su dinámica para superar los desvaríos que forzosamente devenían en procesos torcidos. Pero que de alguna forma se ajustaban a subterfugios de manera que las coyunturas pudieran compadecerse de las realidades que derivaban de los correspondientes problemas.

Así, la economía se vio distorsionada por razones que no eran propias de lo que la teoría económica le inculcaba. Fueron entonces las maniobras del populismo que arreció entradas las dictaduras civiles y militaristas del siglo XX, lo que acentúa el descalabro de la economía. Así sucedió, a pesar de ciertos logros que ocasionalmente lograron remontar los socavones que políticas gubernamentales diseñaban con el propósito de abrir los surcos dentro de los cuales estarían escondiendo lo extraído de los procesos administrativos contiguos a lo que la dinámica económica podía infundirle a las realidades comerciales.

Los gobiernos no dejaron de comportarse según la tradición que en un principio le marcó la conducta de la economía “timorata”. Propiamente, de lo que se denominó “capitalismo salvaje”.  Así que esos gobiernos, imbuidos en un comportamiento totalmente agorero en términos de sus pretensiones políticas, terminaban cada período gubernamental desenfocando más aún la visión que la teoría económica pautaba sobre su ejercicio. Y es que dicho problema no ha dejado de hacer el daño que la historia política ha dejado ver.

Por consiguiente, cada gobierno, en aras de su despotismo, busca golpear las fuentes de crecimiento de la economía con la absurda excusa de revertir tal situación en el “largo plazo”. Desde luego, esto hace que la inversión pública se trabe. El gasto público, se exacerba al verse inflado por encima de lo proyectado a instancia de cálculos formales y convencionales. El desarreglo administrativo, fiscal y financiero, lo embadurnan a fin de desaparecer sus fuentes. Las reformas tributarias, así como de índole cambiaria o fiscal, terminan oscureciendo la dinámica económica. Pues sólo así es posible justificar cualquier asomo de coartadas válidas en el terreno de la politiquería. Aún peor, cuando a estas alturas del siglo XXI el irascible escenario político se convirtió en una variable más del espectro de la economía dificultándole su desarrollo natural.

De ese modo, la economía se inmuta, se atrofia, hasta que no le es posible crecer por vías expeditas. Es decir, la economía se entrampa en los laberintos de una política “delincuencial” Sobre todo si cohabita con un Estado malogrado, dado su nivel de corrupción y anarquía. El clima político urde con toda la malicia posible creando la desconfianza necesaria para seguir justificando medidas que solamente desvinculan la realidad de las necesidades que clama el desarrollo económico (y social) de una nación. En consecuencia, la economía resulta atrapada. Y es porque habrá que reconocer la aguda crisis que se vive, cuando se tiene a la economía en el laberinto del “socialismo”.