La Doctrina Romanov, por Alejandro Armas – Runrun

La Doctrina Romanov, por Alejandro Armas

Putin-y-Maduro.jpg

EN ESTOS DÍAS EXTREMADAMENTE CONVULSOS PARA VENEZUELA, la sucesión de escenas farsescas protagonizadas por la elite gobernante, siempre concentrada en el único propósito de mantener su poder y sus privilegios, no se ha detenido. En una de ellas, el voluminoso Nicolás Maduro lanzó ante miembros de las Fuerzas Armadas sus características consignas antiestadounidenses. Además, exhortó a los cadetes a estudiar la Doctrina Monroe, alegando que la conducta del país norteamericano hacia su régimen es un ejemplo de la misma.

Curiosamente, al otro lado del Caribe, creo que por primera vez alguien en el entorno de la Casa Blanca apeló a la Doctrina Monroe para referirse a la política exterior de Washington. Hablo de John Bolton, el asesor de Seguridad Nacional de Donald Trump. Dudo mucho que el funcionario de verbo duro y albo bigote ignore qué fue la Doctrina Monroe, así que sospecho que se trató de un ejercicio retórico para mostrar contundencia, con palabras poco acertadas. Porque hablar de la Doctrina Monroe en pleno siglo XXI resulta un tanto retrógrado. Evoca contextos históricos propios de la época de las guerras latinoamericanas de independencia, aquel período que, combinado con los años 60, constituye un desagradable caldo de consignas románticas bolivarianas y marxistas vomitado por el aparato de propaganda de Miraflores. En efecto, más allá de lo dicho por Bolton, el chavismo tiene años descalificando como “Doctrina Monroe” cualquier pronunciamiento norteamericano sobre Venezuela. Es una manida reacción que la extrema izquierda latinoamericana siempre ha empleado para culpar a Estados Unidos por sus desgracias, no muy diferente a “sabotaje de la CIA”.

La doctrina lleva el nombre del quinto Presidente estadounidense, James Monroe, aunque fue su secretario de Estado, John Quincy Adams, quien la formuló en 1823. En esencia, se planteaba que la presencia colonial europea en el continente americano debía ser repudiada y hasta combatida. Que la motivación haya sido un rechazo de la república joven a las monarquías del Viejo Continente o, desde el punto de vista del paradigma realista en relaciones internacionales, una forma de resguardarse contra amenazas por las potencias de la época, es tema para otro debate. Cabe mencionar que el proceso independentista latinoamericano no había concluido y que, mucho más cerca de Estados Unidos, la vieja metrópoli británica controlaba el Canadá, mientras que los rusos avanzaban desde Alaska. Durante todo el siglo XIX, las repúblicas al sur del Río Grande, mucho más débiles, fueron objeto de intentos de dominación, e incluso de conquista, por ingleses, franceses y españoles. En Estados Unidos algunos pensaban que si Latinoamérica sucumbía ante los europeos, ellos podían ser los siguientes. Para evitarlo, los norteamericanos emprendieron acciones que ayudaron a preservar la soberanía de sus vecinos meridionales. Por ejemplo, el apoyo a Benito Juárez para expulsar a los franceses de México en la década de 1860. Asimismo, Washington tuvo un papel decisivo en el cese del bloqueo europeo a las costas venezolanas de 1902.

Sin embargo, como en política y en (geopolítica) a duras penas uno se consigue con causas absolutamente nobles, en este caso es indiscutible que Estados Unidos desplazó a Europa como ente hegemónico en las Américas, lo cual derivó en no pocos abusos, con la Doctrina Monroe como justificación. De ahí que la doctrina se volviera objeto de odio para los nacionalistas latinoamericanos. La izquierda, en un uso inteligente de las tácticas leninistas que combinan el los sentimientos patrióticos con el marxismo, no se quedó atrás.

Ahora bien, no amerita discusión que el mundo ha cambiado enormemente desde aquellos días de imperialismo desatado. Aunque es innegable que hay Estados más poderosos que otros, la negación de la soberanía entre democracias liberales ha estado descartada desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, un Estado que se precie de pertenecer a aquella categoría no se excusa de sus problemas internacionales con alaridos sobre injerencia.

Pero, mientras Maduro y compañía detestan lo que ellos tildan de “Doctrina Monroe”, parecen estar muy cómodos con otro tipo de relación desigual entre Estados, en la que uno depende del otro. Me voy a tomar la libertad de bautizar dicha relación como “Doctrina Romanov”. Es una de esas ironías de la historia que el individuo epónimo se llame Nicolás, pero no Maduro. Se trata del zar Nicolás I, quien gobernó el Imperio Ruso entre 1825 y 1855.

Nicolás era el arquetípico autócrata conservador y reaccionario de la época. Heredó el trono justo cuando estalló la Rebelión Decembrista, intento de convertir a Rusia en una monarquía constitucional o una república, suprimido con plomo, cárcel y exilios a Siberia. Todo su reinado vivió con un celo paranoico hacia cualquier insinuación liberal. No conforme con ello, para el emperador era de suma importancia que se mantuviera el statu quo surgido del Congreso de Viena. Nada de reformas ni de alteraciones territoriales, no solo dentro de su país, sino en toda Europa. Imagino que, para el zar, las reformas siempre terminaban en revolución, y la revolución terminaba en regicidio, como le pasó a “Luis Capeto” en Francia. Tal era la determinación de Nicolás, que cuando Bélgica rompió con los Países Bajos, quiso enviar tropas rusas al otro lado de Europa para suprimir el separatismo. Aunque en esa ocasión sus planes no se concretaron por falta de apoyo internacional y problemas en casa, las revoluciones de 1848 le dieron la oportunidad de demostrar lo que era capaz de hacer para preservar el anicen régime. Brindó dinero y tropas a los imperios austriaco y otomano para ayudarlos a suprimir levantamientos liberales y nacionalistas dentro de sus fronteras. Paradójicamente, mientras Rusia parecía estar en la cúspide de su poderío como jugadora en la geopolítica europea, lo cierto que su economía estaba bastante atrasada (mientras que en el oeste la Revolución Industrial avanzaba a pasos agigantados), y con ella, su fortaleza militar. Con el tiempo, el intervencionismo ruso espantó a otros Estados. Así que cuando una disputa con los otomanos precipitó un nuevo conflicto, Gran Bretaña, Francia y Cerdeña (semilla del futuro reino italiano) se unieron a Turquía. La resultante Guerra de Crimea fue una derrota humillante para Rusia, que marcó el inicio de la decadencia de su papel de potencia mundial, que no se revertería hasta los tiempos de Stalin (y a cambio de qué horroroso precio). Nicolás murió de neumonía antes de que concluyeran las hostilidades. Hay versiones según las cuales el zar, al saber que la guerra estaba perdida, optó por el suicidio.

Por su talante autoritario y otros rasgos, Vladimir Putin ha sido comparado con varios zares: Pedro el Grande, Catalina la Grande…Y Nicolás I. Putin es el modelo de muchos sátrapas, por llevar casi dos décadas gobernando su país con bastante estabilidad y contar con recursos para no solamente resistir cualquier presión democratizadora desde Occidente, sino también desafiar al mismo fuera de sus fronteras. El ocupante del Kremlin gusta de apoyar a otros regímenes autoritarios y en años recientes, como hiciera Nicolás I para mantener el absolutismo en Europa, hasta se ha involucrado militarmente en Siria con tal de proteger a Bashar Al Assad. Esa es la Doctrina Romanov en el siglo XXI.

Desde que la crisis venezolana pasó a un nuevo nivel en enero de este año, Rusia ha sido la potencia que más ha defendido al chavismo, incluso más que China. Aunque Putin rara vez se expresa en persona al respecto, sus secuaces en el Ministerio de Asuntos Exteriores se pronuncian semana tras semana exigiendo a las democracias del mundo que dejen de presionar al régimen venezolano. Esto puede ser más que solo retórica, como sugiere la misteriosa llegada de militares eslavos a finales de marzo. Sea lo que sea que estén haciendo, el chavismo lo celebra y además busca con ansias que Rusia aumente sus inversiones en Venezuela. La presencia de personal castrense extranjero y la explotación de recursos naturales igualmente por extranjeros han sido históricamente objeto de las furibundas denuncias de la extrema izquierda latinoamericana a la cual pertenece el chavismo. Denuncias à la Eduardo Galeano que entre otras cosas satanizan la Doctrina Monroe. Ah, pero cuando esa extrema izquierda toma el poder todo se vale para conservarlo. Incluso la Doctrina Romanov.

@AAAD25

Enviar Comentarios



© Manapro Consultores

Enviar Comentarios