Hace unos meses en este espacio se abordó la peculiar forma en que el Gobierno venezolano, empezando por Nicolás Maduro, se aproximó al hecho de que Donald Trump fuera el nuevo Presidente de Estados Unidos. A pesar de que el señor Trump reúne una serie de caracterÃsticas que lo convierten en el villano ideal para el chavismo (capitalista multimillonario, que enfureció a los latinoamericanos de todas partes por su campaña peyorativa hacia los inmigrantes mexicanos), la regla general por un tiempo fue evitar a toda costa criticar o descalificar al hombre. Maduro hasta lo consideró vÃctima de los medios de comunicación norteamericanos que tanto él como Trump detestan. Mi parecer fue (y sigue siendo) que el Gobierno decidió bajarle el tono a su discurso antiestadounidense y actuar con suma cautela ante alguien tan impredecible y alejado de la polÃtica tradicional de su paÃs. No saber qué esperar produce temor. Satanizar a Obama, cuyo interés por Venezuela fue siempre mÃnimo, era por eso mucho más cómodo.
Pues bien, ya tanteado el terreno y visto que al final no hay nada que se pueda hacer por evitar que el nuevo gobierno de Estados Unidos asuma su postura actual hacia la situación venezolana, el chavismo dio un giro de 180 grados. Ahora Maduro no hace una alocución en la que no se refiera a Trump, siempre en los términos más negativos. De pronto, el magnate de la Quinta Avenida y sus sanciones son los responsables de problemas de larga data, pero cuya mera existencia el Gobierno negó hasta hace poco. Y claro, la retórica se enciende cada vez que Mr. Trump aborda el tema de Venezuela. Particular roncha levantó la semana pasada su intervención en la Asamblea General de la ONU, durante la cual se refirió al régimen polÃtico de nuestro paÃs como “una dictadura socialista”.
Maduro respondió al poco tiempo, y entre otras cosas negó la posibilidad de que un gobierno socialista sea dictatorial. Momentos como ese son los que hacen al espectador con un mÃnimo de luces quedarse anonadado ante el grado de cinismo con el cual desde el poder en Venezuela se hace cualquier explicación de la realidad, la cual es manoseada de la manera más tosca para adaptarla a los intereses del chavismo. Veamos este caso.
Durante su juventud, Maduro pasó al rededor de un año en Cuba recibiendo formación polÃtica marxista-leninista. Por lo tanto, cuesta creer que el Presidente no esté aunque sea mÃnimamente familiarizado con el concepto de dictadura del proletariado. Esto es ortodoxia marxista pura. No se trata de una crÃtica liberal a los regÃmenes de corte soviético. Realmente Marx y Engels concibieron la necesidad de que el poder del Estado sea tomado por los trabajadores, y utilizado para ejecutar los cambios que requiera la formación de una sociedad comunista, sin propiedad privada ni desigualdades sociales. Claro, los defensores de esta idea han intentado diferenciarla del concepto tradicional de dictadura, asociado con gobiernos oligárquicos y empecinados en preservar la opresión y la pobreza de las masas. El objetivo, más bien, serÃa universalizar el acceso a los medios de producción y a servicios de calidad en salud, educación, etc. Sin embargo, estos nobles propósitos no cambian el hecho de que la dictadura del proletariado está facultada para suprimir mediante el uso de la fuerza cualquier forma de oposición polÃtica, por “burguesa y contrarrevolucionaria” (“el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”). Con tal condición no se puede hablar ya de democracia.
Hasta aquà el preámbulo teórico, pues este es un espacio dedicado a la historia y la actualidad. El Diccionario de la Real Academia Española define “dictadura” como “un régimen polÃtico que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los Derechos Humanos y las libertades individuales”. Veamos ahora cómo la manifestación de estos rasgos en varios gobiernos socialistas desmiente el argumento de Maduro. Obviemos Cuba, cuya proximidad con nuestro caso hace innecesario ahondar en ella. Tampoco hablaré sobre los ejemplos más célebres (¿o infames?), como Stalin o Mao.
Empezaré por la Albania de Enver Hoxha, una de las instancias menos recordadas de Europa Oriental, pero una de las más trágicas. A pesar de su ubicación geográfica, no fue un satélite soviético, y se alineó con China luego de que esta denunciara como “revisionista” a la URSS. Hoxha tiranizó con mano estalinista su paÃs por 41 años, hasta su muerte en 1985. La “Sigurimi”, una temible policÃa polÃtica, se encargaba de detectar y suprimir toda actividad opositora. Los disidentes eran acusados de traidores, contrarrevolucionarios, enemigos del pueblo y desestabilizadores de la dictadura del proletariado. Los juicios a los disidentes eran más espectáculos de humillación que otra cosa, con cero posibilidad real de una defensa efectiva. Ejecutar a los acusados era común y, dependiendo de la fuente, se estima que el régimen mató entre 5.000 y 25.000 personas. Muchos más fueron enviados a campos de trabajo forzado, a vivir en condiciones inhumanas.
Ahora pasaré a Pol Pot y sus Jemeres Rojos, en Camboya. Aunque, a diferencia de la larga dictadura de Hoxha, esta solo duró tres años, el horror que desató en ese tiempo es uno de los peores que la humanidad haya visto. Apenas tomaron el poder, quisieron copiar el Gran Salto Adelante intentado en China, con resultados iguales o peores. Escuelas, universidades, negocios y bancos fueron cerrados. Se abolió el dinero, asà como la propiedad privada e individual de todos los bienes materiales. La población urbana fue desplazada al campo y obligada a trabajar en granjas comunales, a punta de fusil. Asà se esperaba triplicar la producción. Por el contrario, la obvia falta de conocimiento de los citadinos en materia agrÃcola llevó a un hambre generalizada. Las jornadas de trabajo solÃan ser de 12 extenuantes horas. Violar hasta la menos importante de las normas de vida comunal, o no cumplir con las metas productivas, a menudo era castigado con una bala en la sien. Los profesionales y, sobre todo, los intelectuales, eran vistos como burgueses inútiles o nocivos para el nuevo orden, asà que a menudo terminaban en el paredón. Según algunas versiones, la brutalidad de los soldados era tal, que hasta un rasgo estereotÃpico del intelectualismo, como usar lentes, era razón para ser ejecutado. También aquà el número de muertos varÃa, pero la mayorÃa de las investigaciones lo señala entre 1,4 y 2,2 millones, entre ejecuciones, trabajo excesivo, hambre y enfermedades. El régimen cayó en 1979, cuando Vietnam invadió Camboya.
¿Se acabó la lista de dictaduras socialistas? ¡No! EtiopÃa, 1974: el “Derg”, una junta militar, derrocó al emperador Haile Selassie I (un déspota curiosamente venerado como deidad por los rastafari) e instauró un régimen carmesÃ. Haile Mariam Mengistu se alzó como su lÃder e intentó acabar con la economÃa feudal etÃope mediante reformas marxistas. Entre 1977 y 1978 emprendió una ofensiva contra opositores polÃticos, muchos de ellos también de izquierda, que ha pasado a ser conocida como el “Terror Rojo”. ¿Número de muertos? Entre 500.000 y 750.000. No conforme con esto, el paÃs pasó por una hambruna entre 1983 y 1985, que se saldó con 400.000 decesos más. Los efectos de una sequÃa anormalmente dura sobre las cosechas fueron una causa, pero las polÃticas gubernamentales y la falta de una reacción adecuada por las autoridades, también. Aunque se suponÃa que el Derg tuviera un carácter provisional, no fue sino hasta 1987 cuando fue sustituido por un régimen de partido único socialista, igualmente autoritario. Mengistu siguió al frente, pero perdió el poder cuatro años más tarde y huyó a Zimbabue. TodavÃa hoy vive ahÃ, protegido por el régimen de Robert Mugabe (gran amigo del chavismo, por cierto), a pesar de que en su paÃs lo condenaron in abstentia por genocidio.
Hay más, mucho más. Pero creo que el punto está suficientemente demostrado. Decir que no puede haber dictaduras socialistas es un disparate. No se puede asumir que el ropaje de una ideologÃa, sea cual sea, blinda contra la aparición de conductas antidemocráticas. La democracia está más allá de las ideologÃas polÃticas. Si alguien quiere discutirle eso, sospeche usted que lo que hay detrás no es muy democrático.




