Cambio de papeles para un mismo problema

MaduroConstituyente

 

Escribo esto voluntariamente encerrado en una casa más en una ciudad más de un país sumido en un conflicto espantoso, sin igual en toda su historia reciente. Las calles hacen de campo para una batalla desigual, en la que civiles desarmados o apertrechados con morteros artesanales y escudos de cartón se enfrentan a policías y militares que llegan a reprimirlos de la forma más salvaje y cruel que pueda imaginarse.  Urbanizaciones de clase media y alta, pero también los barrios pobres, se convierten en objetivos bélicos en el instante en que sus habitantes deciden protestar contra uno de los peores gobiernos que el mundo haya visto. Sin embargo, ello no ha impedido que las calles se vacíen de manifestantes. El desesperante hundimiento de la calidad de vida de casi toda la población es la gasolina que mantiene vivo el fuego de las protestas, sobre todo ante la intransigencia oficialista de dar inicio a una “asamblea nacional constituyente” asumida como herramienta para la eternización en el poder de la clase gobernante y, por lo tanto, de las desgracias asociadas.

Al chavismo no le interesa que casi toda la población esté furibundamente en contra; tampoco que el hemisferio occidental, con contadas excepciones, acompañe a la mayoría de los venezolanos en su rechazo a a los métodos antidemocráticos; ni siquiera que, en vez de cohesionar a los seguidores de Chávez, el efecto logrado sea una fractura severa. A pesar de todo esto han insistido en hacer de la “ANC” una realidad. Y hay que estar claros: a estas alturas es ridículo afirmar que no será así. Es casi seguro que la “constituyente” se instale y queda por ver cómo reaccionarán los millones que no la desean, así como la comunidad internacional.

En una contienda en la que son los únicos competidores, a los oficialistas naturalmente el único número que les preocupa es el de participantes, como forma de legitimar el proceso. Aunque proclamen a todo pulmón que la mayoría los apoya, se les sale hasta por los poros que saben que la realidad es otra. Entonces, para minimizar la abstención recurren a las amenazas. Están, desde luego, las denuncias anónimas de trabajadores públicos que llegan a medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales, cosa que se ha visto en (verdaderos) procesos electorales anteriores. Algunas son solo testimonios transcritos, pero otras no son tan sutiles, como el video de un funcionario de Pdvsa que, en un acto de apoyo a la “constituyente”, advirtió que quien no vote el domingo será despedido de la industria. También hay nuevas formas de coerción. Por ejemplo, negar el acceso a la única fuente legal de divisas a todo aquel que se abstenga. En fin, todo un catálogo de chantajes, elocuente sobre una mentalidad primitiva, para la cual buscar votos es lo mismo que arrear ganado.

La democracia siempre corre el riesgo de ser eliminada por quienes se valen de ella para llegar al poder. Hace casi dos décadas se advirtió sobre las consecuencias de elegir a quien nunca escondió su desdén por la política civilizada. El chavismo nació de mala manera, en un hecho violento. Por usar su propia terminología, es un árbol cuyas raíces se nutren de la noción de que es la imposición, y no la persuasión, la forma de conseguir que los demás hagan lo que se espera de ellos. Hoy se conoce la influencia que tuvieron en los cuarteles, incluyendo a los fundadores del MBR-200, las ideas de los marxistas que se negaron a renunciar a la lucha armada como forma de hacer la revolución luego de que el grueso de la guerrilla dejara los fusiles entre 1967 y 1968.  

En esa década, los comunistas debieron sentir que eran una especie de “iluminados”, seres conscientes de cuáles eran los únicos destinos que los venezolanos debían transitar para llegar a la felicidad plena. Si las masas no los acompañaban y ellos eran, por lo tanto, incapaces de ganar elecciones, no importaba. Igual era necesario llevar a la nación hacia el sendero correcto, así fuera por la fuerza bruta. Pero entonces, las elecciones y los gobiernos resultantes eran un no pequeño escollo. Así que cuando se terminaba el quinquenio del “abominable” Rómulo Betancourt y llegó el momento de realizar los comicios de 1963, el Frente de Liberación Nacional (organización que articulaba a la izquierda subversiva) decidió que las mismas eran un inconveniente para la causa revolucionaria y debían ser neutralizadas.

Durante la segunda mitad de ese año hubo varias acciones para sabotear el proceso electoral. Reportes de prensa de la época dan cuenta de que fue incendiada una imprenta que producía las papeletas para la votación. El FLN y su brazo armado, las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, lanzaron una campaña de propaganda para promover la abstención. Desde un avión secuestrado arrojaron panfletos llamando a la población a no participar (un evento tan caricaturesco como el Vuelo sobre Viena que hizo el poeta fascista D’Annunzio 45 años antes). Incluso corrieron amenazas de atentados armados contra los centros de votación el día de los comicios.

Pero todo fue un fracaso. No solamente ganó las elecciones el correligionario de Betancourt, Raúl Leoni, sino que además la abstención fue mínima. 92,21% de los venezolanos habilitados acudió a las urnas. El mensaje, por desgracia, no fue de inmediato captado por los guerrilleros, la mayoría de los cuales mantuvo la insurrección por cuatro años más, un conflicto que supuso varias tragedias para el país y atrocidades de lado y lado (excusen el uso de esta expresión que tanta roncha ha levantado por estos días).

Otros ni después del 67 lo entendieron. Ellos son los predecesores ideológicos del chavismo, que no en balde celebra y glorifica sus acciones como parte fundamental de la crónica patriótica. Ahora que los herederos son los que están gobernando, se invirtieron los papeles hasta cierto punto, pero el problema de base sigue siendo el mismo: una izquierda desprovista de apoyo mayoritario y electoralmente impotente. Así que el chavismo se inventó una votación en la que es imposible perder. Si hace medio siglo se amenazó para lograr la abstención, hoy se amenaza para que se participe. Toda una ironía cruel. Ojalá que, si los venezolanos logramos salir de este desastre y volvemos a tener democracia, no olvidemos nada de esto cuando alguien vuelva presentarse con ofertas políticas como las que encantaron a tantos al final del milenio pasado.

@AAAD25

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Escribo esto voluntariamente encerrado en una casa más en una ciudad más de un país sumido en un conflicto espantoso, sin igual en toda su historia reciente. Las calles hacen de campo para una batalla desigual, en la que civiles desarmados o apertrechados con morteros artesanales y escudos de cartón se enfrentan a policías y militares que llegan a reprimirlos de la forma más salvaje y cruel que pueda imaginarse.  Urbanizaciones de clase media y alta, pero también los barrios pobres, se convierten en objetivos bélicos en el instante en que sus habitantes deciden protestar contra uno de los peores gobiernos que el mundo haya visto. Sin embargo, ello no ha impedido que las calles se vacíen de manifestantes. El desesperante hundimiento de la calidad de vida de casi toda la población es la gasolina que mantiene vivo el fuego de las protestas, sobre todo ante la intransigencia oficialista de dar inicio a una “asamblea nacional constituyente” asumida como herramienta para la eternización en el poder de la clase gobernante y, por lo tanto, de las desgracias asociadas.

Al chavismo no le interesa que casi toda la población esté furibundamente en contra; tampoco que el hemisferio occidental, con contadas excepciones, acompañe a la mayoría de los venezolanos en su rechazo a a los métodos antidemocráticos; ni siquiera que, en vez de cohesionar a los seguidores de Chávez, el efecto logrado sea una fractura severa. A pesar de todo esto han insistido en hacer de la “ANC” una realidad. Y hay que estar claros: a estas alturas es ridículo afirmar que no será así. Es casi seguro que la “constituyente” se instale y queda por ver cómo reaccionarán los millones que no la desean, así como la comunidad internacional.

En una contienda en la que son los únicos competidores, a los oficialistas naturalmente el único número que les preocupa es el de participantes, como forma de legitimar el proceso. Aunque proclamen a todo pulmón que la mayoría los apoya, se les sale hasta por los poros que saben que la realidad es otra. Entonces, para minimizar la abstención recurren a las amenazas. Están, desde luego, las denuncias anónimas de trabajadores públicos que llegan a medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales, cosa que se ha visto en (verdaderos) procesos electorales anteriores. Algunas son solo testimonios transcritos, pero otras no son tan sutiles, como el video de un funcionario de Pdvsa que, en un acto de apoyo a la “constituyente”, advirtió que quien no vote el domingo será despedido de la industria. También hay nuevas formas de coerción. Por ejemplo, negar el acceso a la única fuente legal de divisas a todo aquel que se abstenga. En fin, todo un catálogo de chantajes, elocuente sobre una mentalidad primitiva, para la cual buscar votos es lo mismo que arrear ganado.

La democracia siempre corre el riesgo de ser eliminada por quienes se valen de ella para llegar al poder. Hace casi dos décadas se advirtió sobre las consecuencias de elegir a quien nunca escondió su desdén por la política civilizada. El chavismo nació de mala manera, en un hecho violento. Por usar su propia terminología, es un árbol cuyas raíces se nutren de la noción de que es la imposición, y no la persuasión, la forma de conseguir que los demás hagan lo que se espera de ellos. Hoy se conoce la influencia que tuvieron en los cuarteles, incluyendo a los fundadores del MBR-200, las ideas de los marxistas que se negaron a renunciar a la lucha armada como forma de hacer la revolución luego de que el grueso de la guerrilla dejara los fusiles entre 1967 y 1968.  

En esa década, los comunistas debieron sentir que eran una especie de “iluminados”, seres conscientes de cuáles eran los únicos destinos que los venezolanos debían transitar para llegar a la felicidad plena. Si las masas no los acompañaban y ellos eran, por lo tanto, incapaces de ganar elecciones, no importaba. Igual era necesario llevar a la nación hacia el sendero correcto, así fuera por la fuerza bruta. Pero entonces, las elecciones y los gobiernos resultantes eran un no pequeño escollo. Así que cuando se terminaba el quinquenio del “abominable” Rómulo Betancourt y llegó el momento de realizar los comicios de 1963, el Frente de Liberación Nacional (organización que articulaba a la izquierda subversiva) decidió que las mismas eran un inconveniente para la causa revolucionaria y debían ser neutralizadas.

Durante la segunda mitad de ese año hubo varias acciones para sabotear el proceso electoral. Reportes de prensa de la época dan cuenta de que fue incendiada una imprenta que producía las papeletas para la votación. El FLN y su brazo armado, las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, lanzaron una campaña de propaganda para promover la abstención. Desde un avión secuestrado arrojaron panfletos llamando a la población a no participar (un evento tan caricaturesco como el Vuelo sobre Viena que hizo el poeta fascista D’Annunzio 45 años antes). Incluso corrieron amenazas de atentados armados contra los centros de votación el día de los comicios.

Pero todo fue un fracaso. No solamente ganó las elecciones el correligionario de Betancourt, Raúl Leoni, sino que además la abstención fue mínima. 92,21% de los venezolanos habilitados acudió a las urnas. El mensaje, por desgracia, no fue de inmediato captado por los guerrilleros, la mayoría de los cuales mantuvo la insurrección por cuatro años más, un conflicto que supuso varias tragedias para el país y atrocidades de lado y lado (excusen el uso de esta expresión que tanta roncha ha levantado por estos días).

Otros ni después del 67 lo entendieron. Ellos son los predecesores ideológicos del chavismo, que no en balde celebra y glorifica sus acciones como parte fundamental de la crónica patriótica. Ahora que los herederos son los que están gobernando, se invirtieron los papeles hasta cierto punto, pero el problema de base sigue siendo el mismo: una izquierda desprovista de apoyo mayoritario y electoralmente impotente. Así que el chavismo se inventó una votación en la que es imposible perder. Si hace medio siglo se amenazó para lograr la abstención, hoy se amenaza para que se participe. Toda una ironía cruel. Ojalá que, si los venezolanos logramos salir de este desastre y volvemos a tener democracia, no olvidemos nada de esto cuando alguien vuelva presentarse con ofertas políticas como las que encantaron a tantos al final del milenio pasado.

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Escribo esto voluntariamente encerrado en una casa más en una ciudad más de un país sumido en un conflicto espantoso, sin igual en toda su historia reciente. Las calles hacen de campo para una batalla desigual, en la que civiles desarmados o apertrechados con morteros artesanales y escudos de cartón se enfrentan a policías y militares que llegan a reprimirlos de la forma más salvaje y cruel que pueda imaginarse.  Urbanizaciones de clase media y alta, pero también los barrios pobres, se convierten en objetivos bélicos en el instante en que sus habitantes deciden protestar contra uno de los peores gobiernos que el mundo haya visto. Sin embargo, ello no ha impedido que las calles se vacíen de manifestantes. El desesperante hundimiento de la calidad de vida de casi toda la población es la gasolina que mantiene vivo el fuego de las protestas, sobre todo ante la intransigencia oficialista de dar inicio a una “asamblea nacional constituyente” asumida como herramienta para la eternización en el poder de la clase gobernante y, por lo tanto, de las desgracias asociadas.

Al chavismo no le interesa que casi toda la población esté furibundamente en contra; tampoco que el hemisferio occidental, con contadas excepciones, acompañe a la mayoría de los venezolanos en su rechazo a a los métodos antidemocráticos; ni siquiera que, en vez de cohesionar a los seguidores de Chávez, el efecto logrado sea una fractura severa. A pesar de todo esto han insistido en hacer de la “ANC” una realidad. Y hay que estar claros: a estas alturas es ridículo afirmar que no será así. Es casi seguro que la “constituyente” se instale y queda por ver cómo reaccionarán los millones que no la desean, así como la comunidad internacional.

En una contienda en la que son los únicos competidores, a los oficialistas naturalmente el único número que les preocupa es el de participantes, como forma de legitimar el proceso. Aunque proclamen a todo pulmón que la mayoría los apoya, se les sale hasta por los poros que saben que la realidad es otra. Entonces, para minimizar la abstención recurren a las amenazas. Están, desde luego, las denuncias anónimas de trabajadores públicos que llegan a medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales, cosa que se ha visto en (verdaderos) procesos electorales anteriores. Algunas son solo testimonios transcritos, pero otras no son tan sutiles, como el video de un funcionario de Pdvsa que, en un acto de apoyo a la “constituyente”, advirtió que quien no vote el domingo será despedido de la industria. También hay nuevas formas de coerción. Por ejemplo, negar el acceso a la única fuente legal de divisas a todo aquel que se abstenga. En fin, todo un catálogo de chantajes, elocuente sobre una mentalidad primitiva, para la cual buscar votos es lo mismo que arrear ganado.

La democracia siempre corre el riesgo de ser eliminada por quienes se valen de ella para llegar al poder. Hace casi dos décadas se advirtió sobre las consecuencias de elegir a quien nunca escondió su desdén por la política civilizada. El chavismo nació de mala manera, en un hecho violento. Por usar su propia terminología, es un árbol cuyas raíces se nutren de la noción de que es la imposición, y no la persuasión, la forma de conseguir que los demás hagan lo que se espera de ellos. Hoy se conoce la influencia que tuvieron en los cuarteles, incluyendo a los fundadores del MBR-200, las ideas de los marxistas que se negaron a renunciar a la lucha armada como forma de hacer la revolución luego de que el grueso de la guerrilla dejara los fusiles entre 1967 y 1968.  

En esa década, los comunistas debieron sentir que eran una especie de “iluminados”, seres conscientes de cuáles eran los únicos destinos que los venezolanos debían transitar para llegar a la felicidad plena. Si las masas no los acompañaban y ellos eran, por lo tanto, incapaces de ganar elecciones, no importaba. Igual era necesario llevar a la nación hacia el sendero correcto, así fuera por la fuerza bruta. Pero entonces, las elecciones y los gobiernos resultantes eran un no pequeño escollo. Así que cuando se terminaba el quinquenio del “abominable” Rómulo Betancourt y llegó el momento de realizar los comicios de 1963, el Frente de Liberación Nacional (organización que articulaba a la izquierda subversiva) decidió que las mismas eran un inconveniente para la causa revolucionaria y debían ser neutralizadas.

Durante la segunda mitad de ese año hubo varias acciones para sabotear el proceso electoral. Reportes de prensa de la época dan cuenta de que fue incendiada una imprenta que producía las papeletas para la votación. El FLN y su brazo armado, las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, lanzaron una campaña de propaganda para promover la abstención. Desde un avión secuestrado arrojaron panfletos llamando a la población a no participar (un evento tan caricaturesco como el Vuelo sobre Viena que hizo el poeta fascista D’Annunzio 45 años antes). Incluso corrieron amenazas de atentados armados contra los centros de votación el día de los comicios.

Pero todo fue un fracaso. No solamente ganó las elecciones el correligionario de Betancourt, Raúl Leoni, sino que además la abstención fue mínima. 92,21% de los venezolanos habilitados acudió a las urnas. El mensaje, por desgracia, no fue de inmediato captado por los guerrilleros, la mayoría de los cuales mantuvo la insurrección por cuatro años más, un conflicto que supuso varias tragedias para el país y atrocidades de lado y lado (excusen el uso de esta expresión que tanta roncha ha levantado por estos días).

Otros ni después del 67 lo entendieron. Ellos son los predecesores ideológicos del chavismo, que no en balde celebra y glorifica sus acciones como parte fundamental de la crónica patriótica. Ahora que los herederos son los que están gobernando, se invirtieron los papeles hasta cierto punto, pero el problema de base sigue siendo el mismo: una izquierda desprovista de apoyo mayoritario y electoralmente impotente. Así que el chavismo se inventó una votación en la que es imposible perder. Si hace medio siglo se amenazó para lograr la abstención, hoy se amenaza para que se participe. Toda una ironía cruel. Ojalá que, si los venezolanos logramos salir de este desastre y volvemos a tener democracia, no olvidemos nada de esto cuando alguien vuelva presentarse con ofertas políticas como las que encantaron a tantos al final del milenio pasado.

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