El 19 de abril de 1810 acaba el período colonial en Venezuela. Hubo sus sangrientas entradas y salidas. Idas y venidas, de la mano de Monteverde, Boves, Morales, Ceballos. Pero nunca más (hasta ahora), gracias a la espada de los libertadores, la tierra venezolana volvió a ser sojuzgada; nunca más volvió a estar bajo la dependencia de una entidad nacional o de un estado extranjero, salvo en los discursitos de Jaua, antes de meterle candela a algún autobús en la Plaza de las Tres Gracias.
Pero las cosas repentinamente cambiaron, a pesar de 40 años de democracia e institucionalización de la sociedad venezolana. El caudillismo, del que tantas veces se había venido quejando Uslar Pietri, se las arregló para encontrar, entre las dificultades e imperfecciones de las que seguíamos adoleciendo, la oportunidad para dar al traste con las dos grandes conquistas del pasado: en primer lugar, la cháchara inconexa y superficial del chavismo, pulverizó a las instituciones democráticas de Venezuela y sustituyó la creciente capacidad para resolver las diferencias por medio del debate y el voto, por el insulto, la amenaza y la violencia institucionalizadas. Sustituyó en forma no tan callada las nacientes y todavía débiles instituciones por la institucionalización del partido de gobierno, que, por otra parte, no es mucho más que una montonera sostenida con los caudales del tesoro nacional, bajo la pedagogía directa y amenazante de los profesores marxistas importados de Cuba o extraídos de los reductos comunistas de parte de la “intelligentia” criolla.
Asimismo, el elemento clave que ha marcado nuestra política desde el advenimiento del chavismo es la incorporación de las fuerzas armadas a jugar el papel de institución política rectora. Parte más o menos camuflada del partido de gobierno o como el otro partido de gobierno: el que tiene las armas. Y quizá sea necesario definir que, en el mismo impulso y con el mismo efecto, las Fuerzas Armadas, con sus correspondientes y cosméticos cambios de nombre, han pasado a ser la institución determinante: tiene el poder de las armas, pero no se someten al poder civil y a la voluntad popular, salvo en el discurseo demagógico. Cada vez más, se confrontan en la lucha por el poder, con las armas en la mano, frente a una sociedad en proceso de desmoronamiento y desarmada.
El culmen del asalto a las instituciones de la sociedad venezolana no se quedó allí. Porque, desde aquel estuprado 2 de Febrero de 1999, en que el dictador en cierne fingió que juraba la Constitución, lo esencial de la conquista de nuestros abuelos al despedir a Emparan, empezó a esfumarse. Y desapareció por completo, una vez que el nuevo presidente cayó en los lazos de Fidel Castro. De allí en adelante el poder fue siendo captado (junto con sus “correspondientes” negocios) por la oficialidad de las FFAA dispuesta por el tirano.
A partir de ese momento, la oficialidad no dispuesta a rendirle culto a los tiranos de la Isla, fue siendo retirada o puesta en prisión y se quedaron en los puestos de comando casi todos los amigos y conspiradores de ambos golpes de 1992. Más grave fue el hecho, cuya profundidad y extensión real habrá que investigar, de que los responsables de las FFAA, en todas sus ramas y muchas de sus posiciones de comando, perdieron toda sensibilidad y toda capacidad de reaccionar a tiempo frente al proceso de apoderamiento y empoderamiento protagonizado por los Castro y sus comandos de total confianza, frente a las instituciones, las decisiones cruciales para el mantenimiento del poder, las claves para el control de la riqueza fiscal, la seguridad de País, el sistema de votación, las comunicaciones, el control de la identificación nacional y el control de lo esencial de la seguridad nacional.
En conclusión, probablemente por más razones y mediante más eficientes medios, el País volvió a la condición previa a 1810, pero ya no pasando directamente a Madrid con algunos trámites en Bogotá, sino al Caribe, no por la Real Audiencia de Santo Domingo sino en La Habana: la Corte de la Habana.
Estas reflexiones son esenciales para entender a qué nos enfrentamos hoy en día en las calles, en la lucha internacional y en el ámbito institucional. Entenderlo, aunque nos duela, nos permitirá acortar el camino que hemos emprendido hacia la libertad, en medio de la tiranía y del golpe de estado fraguado por el Tribunal Supremo de Justicia.
Nuestros objetivos inmediatos, como Unidad, son claros: elecciones ya, reconocimiento de la Asamblea Nacional, liberación de los presos políticos y apertura de un canal humanitario. Alcanzar esas metas será posible en la medida en que comprendamos el rol de las FAN (B) y del invasor caribeño en nuestra política.




