El chavismo habla casi siempre en futurible. “Vamos a hacer, vamos a impulsar, vamos a desarrollar…”. Chávez era un ilusionista que planteaba horizontes heroicos, grandes batallas por venir, apocalipsis liberadores. Maduro ha seguido en la misma tónica, pero sin el billete ni las habilidades histriónicas de su padre político. Sin embargo, mantiene la misma retórica de futuro, prometiendo que mañana será mejor hoy, como si este régimen apenas se estuviera estrenando, y no tuviera ya 17 largos años en modo destructivo.
Como en tantas otras cosas, el chavismo ha tenido un efecto de contagio nefasto en el discurso de la sociedad venezolana. Sus palabrejas se han enquistado en el hablar cotidiano y de los medios (“escuálido”, “puntofijismo”, “la cuarta”). Su pugnacidad también ha contaminado las relaciones humanas entre venezolanos. Un estado de sospecha generalizada se ha apoderado de la sociedad. La desconfianza reina en las instituciones, en los partidos, en los políticos.
Una de las características de este discurso de lo futurible es su provisionalidad. En otro texto lo habíamos caracterizado como un síntoma de una “modernidad inacabada” o “modernidad incompleta”. Desde el lenguaje, el discurso de lo que vendrá (y nunca llega) es la expresión de una idea de sociedad donde todo está por hacerse, o mejor dicho, donde se anuncian proyectos, planes, “revoluciones”, que jamás se cumplen, o se cumplen a medias.
Algunos miembros de la Mesa de la Unidad Democrática también han asumido el discurso de lo provisional. Se entiende que ese hablar de cosas por comenzar o inconclusas es la expresión misma de la dificultad de generar acuerdos en una alianza política tan diversa como la MUD. Por eso sus voceros han insistido en hablar de un “pre-diálogo” con el gobierno, es decir un diálogo que no es tal, pues es solo preparatorio del “verdadero diálogo”. Además de las evidentes tensiones internas, este lenguaje de lo provisional, cuidadoso en extremo de los matices, es igualmente síntoma de una cautela para no herir susceptibilidades del público, sobre todo de los más radicales opositores, que no quieren saber nada de diálogo con el régimen.
¿Qué diferencia hay entre “pre-diálogo” y “diálogo”? Aparentemente no mucha. La MUD podría argumentar que en el “pre-diálogo” no hay encuentro verdadero entre las partes sino discusión de las condiciones del diálogo a través de los mediadores. Sabemos, sin embargo, que ya el diálogo se ha dado y que se han instalado cuatro mesas de trabajo sobre distintos temas. Pero la MUD prefiere comunicar la idea de “provisionalidad”, de diálogo que no es diálogo en el sentido pleno de la palabra.
Hay otra lectura que se puede hacer de la denominación “pre-diálogo”. La experiencia reciente y no tan reciente indica que tentativas anteriores de acercamiento con el régimen, tanto en la época de Chávez como de Maduro, no han llevado a nada, o más bien, han servido para consolidar la estabilidad del gobierno. La MUD, en su prudencia extrema y a veces paralizante, prefiere quedarse en el “pre” para no prometer demasiado, no generar expectativas, y eventualmente no defraudar a la amplia mayoría de venezolanos que quiere una solución democrática y constitucional a la tragedia nacional. La coalición opositora se juega su credibilidad. Su discurso debe romper con esa provisionalidad de lo futurible incierto para mantener o recuperar la confianza de los ciudadanos.




