Ataques de pánico, por Alberto Barrera Tyszka

Ataques de pánico, por Alberto Barrera Tyszka

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Están muy asustados. Le tienen miedo a los votos, le tienen miedo a las manifestaciones, le tienen miedo al parlamento, le tienen miedo al dólar paralelo, le tienen miedo a las redes sociales y al precio de las cebollas. Es una alarma difícil de controlar, un temblor en el ánimo y en las certezas. La histeria se contagia más rápido que el zica. Y ahora el poder está histérico. No confía ni en sí mismo. Ingenua y lamentablemente, cree que su única seguridad está en la violencia.

El chavismo ya no sabe cómo congelar al pueblo. El gobierno, como en otras ocasiones, apostó por el desgaste. Sin en el menor escrúpulo. Decidió usar la pobreza de los venezolanos, sus necesidades y carencias, con tal de no negociar nada. Prefirió sacrificar a la gente antes que renunciar a su control absoluto del poder. Pero ahora la realidad ha cambiado. La crisis económica es un vértigo fulminante. La política de la parálisis ya no parece ser tan eficaz. El discurso encendido y vehemente tiene menos seguidores. La iglesia que promovía el culto a San Hugo no está de moda…Hace rato que la revolución cambió las promesas por las amenazas. Ahora, el socialismo del siglo XXI solo es un exceso de generales.

Un ataque de pánico es un rapto, un viaje hacia la irracionalidad. Así parece estar el gobierno. Su capacidad de discernimiento se ha evaporado velozmente. Sus reacciones frente a la marcha propuesta para el 1 de septiembre son destempladas, erráticas, miserables. Hunden aun más su imagen en la violencia. Frente a los venezolanos, y también frente a la comunidad internacional, el gobierno de Maduro solo parece capaz de conjugar tres verbos: prohibir, censurar, reprimir.

La detención de Daniel Ceballos ofrece una narrativa digna de cualquier dictadura de la segunda mitad del siglo pasado en Latinoamérica. Una madrugada, una ambulancia, una orden de traslado clandestina…Hay en esa secuencia una construcción épica que solo alimenta a la oposición. Lo mismo puede decirse del traslado, sin aviso y sin justificación, de Francisco Márquez y Gabriel San Miguel a la cárcel de Tocuyito, dos jóvenes sometidos a un proceso judicial totalmente viciado, cuyo relato solo logra hacer crecer la temperatura heroica de quienes adversan al gobierno. Lo mismo, también, vale por supuesto para los demás detenidos por causas políticas. Se trata ya de una práctica continua y generalizada. Como la suspensión de sueldos para los parlamentarios. Como la prohibición de entrada al municipio libertador a la manifestación del próximo jueves. Como la absurda medida que oficializa en el Estado Barinas la imposibilidad de ejercer un periodismo independiente y crítico. Estamos asistiendo a un espectáculo patético y terrible: un poder desesperado y sin tino, entregado a su propia ceguera.

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