
Hablar de liderazgo, no es asunto sencillo. Sobre todo, luego de comprender que dominarlo en términos de su ejercicio, tampoco es una cuestión de fácil conducción. No sólo las ciencias sociales destacan su importancia como aquel proceso de transformación que compromete capacidades en la dirección del futuro a alcanzar. Igualmente lo hacen las ciencias administrativas, educacionales, económicas y políticas, particularmente. Pero aún cuando su análisis es copioso, su práctica se ve muchas veces ahogada por la inercia de pretensiones que chocan con realidades de compleja estructuración. O peor aún, de complicada aclaración.
Eso deja ver que su problema, no radica en su concepción de lo cual se ha escrito con suficiente holgura. Aunque no necesariamente. El problema que furibundamente se suscita de situaciones enmarañadas organizacional y gerencialmente, se localiza en su praxis. Fundamentalmente, cuando aduciendo a sus bondades y alcances, se apunta hacia objetivos que en su ejecución se tornan profundamente dispersos. O por el contrario, desvergonzadamente aglomerados. En consecuencia, se pierde así toda posibilidad de identificar, descubrir, utilizar, potenciar y estimular las fortalezas y energías del talento humano capaz de incrementar la productividad y la creatividad del trabajo en sintonía con la satisfacción de las necesidades del conjunto. Pero al final, las realidades lucen contradictorias, incompatibles e inmovilizadas. O sea, la anarquía en su exacta consideración.
En política, las incoherencias son abrumadoras. Más, cuando las apetencias se imponen a las ideologías. O cuando las ideologías son manipuladas mediante pretensiones, coyunturas o intereses egoístas. En el fragor de tan embrolladas situaciones, muchos confunden un gobernante con un líder lo cual es un inmenso error dado que no hay proximidad ni siquiera cercana entre una y otra actitud. Sobre todo, cuando el gobernante intenta imponer un esquema de gestión sin mediar o conciliar ideas o proyectos. Lejos de ello, el líder busca concertar pues entiende que sus cometidos dependen tanto de la convivencia que logre motivar, como del compromiso que pueda crear a partir del talante que demuestre ante las circunstancias afrontadas. Es entonces cuando puede hablarse de liderazgo por cuanto el esfuerzo es grupal o colectivo. No individual.
Sin embargo, ese liderazgo puede manifestarse de acuerdo a la motivación que oriente sus propósitos. Así se tiene un liderazgo positivo o negativo lo cual en política es bien diferenciado toda vez que sus efectos son demostrativos del carácter que éste posee. El caso Venezuela, es interesante revisarlo dado el grado de crisis que sus realidades económicas, sociales y políticas, detenta.
De un país que en otrora fue admirado en virtud del desarrollo alcanzado, aún cuando en consonancia con el equilibrio alcanzado, pasó a ser un país cuestionado dada su impronta de inseguridad jurídica, administrativa y de violencia en todos los sentidos. Es decir, sufrió un salto entre la opulencia y la indigencia. Indigencia ésta que minó casi todos los resquicios de su endeble condición a la que, desde un principio, incitó el gobierno bolivariano en nombre de un socialismo perturbado y al mismo tiempo perturbador.
Miedo, terror, y desconfianza, fue lo que sembró una política aparentemente “revolucionaria” aunque infectada de vetustos convencionalismos o absurdas formalidades que sólo sirvieron para fracturar la institucionalidad democrática existente hasta entrado el siglo XXI. Pero también, estos mismos supuestos han sido perversamente útiles para modificar la historia política contemporánea y desmoronarla para entonces moldearla al antojo de intereses oscuramente ideológicos y marcadamente sectarios. Al extremo que para hoy, el gobierno central, escamoteando principios constitucionales de cooperación, solidaridad y corresponsabilidad (Del Art. 4, Constitución Nacional), así como haciendo caso omiso de compromisos igualmente constitucionales que lo obligan a comportarse por siempre de modo democrático, descentralizado, alternativo, pluralista y de mandatos revocables (Del Art. 6), se ha desviado del curso de “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”. Por consiguiente, dejó de actuar apegado a preceptos que establecen la separación de poderes como principio sobre el cual se instituye el Estado de Derecho.
El desconocimiento abiertamente observado por el alto gobierno, sobre la organización del Poder Público Nacional, capítulo constitucional éste que destaca funciones de control sobre el gobierno y la administración pública por parte del Poder Legislativo (Del Art. 187, Numeral 3) o de aquellas que describen los preceptos 222, 223 y 224, revela un comportamiento gubernamental fuera de contexto. Simplemente, evidencia una actitud alejada de la pauta constitucional para lo cual la autocracia en combinación con el autoritarismo, lo cual no es otra cosa que grosero presidencialismo, se convierte en modelo político a seguir. Es decir, insurrecto y que, a juicio de estudiosos juristas, representa una diáfana interrupción del “hilo constitucional”. Aunque desde otra perspectiva, el problema que vive Venezuela también obedece a que se padece de un liderazgo de oscura razón.
@ajmonagas



