Refugiados, un asunto personal

PapaSalomonMamaSaraVirginiaChurruca (1)

 

Mi padre tenía una pesadilla recurrente. El origen de esos malos sueños fue un hecho trágico. A sus 20 años le tocó prestar asistencia a un grupo de judíos que habían sobrevivido un naufragio cuando salían de Marruecos hacia el recién creado Estado de Israel. En esa época había un movimiento de inmigración clandestina hacia el Estado judío desde el país del Magreb. Los inmigrantes eran sobre todo los más pobres de las comunidades judías marroquíes. Aunque mi padre no hablaba mucho del tema, sí me contó alguna vez la impresión que la causó ver a esos seres humanos salvados de las aguas, desamparados, temblando de frío, asustados. Y todo había que hacerlo con la mayor prudencia, pues no había que llamar la atención de las autoridades españolas y marroquíes en el contexto del Protectorado, quienes no tenían ninguna simpatía por la emigración judía hacia Israel.

Esa pesadilla de mi padre también me marcó a mi. Es por eso que las imágenes de refugiados, ya sea en Gaza, el Líbano, Somalia, Grecia, Italia o Cúcuta me remueven algo muy hondo por dentro. No es solo la angustia y la tristeza que resultan de la empatía ante la presencia del sufrimiento de otros seres humanos. Es la experiencia del migrante, la mía propia, la que me interpela cuando veo a estos desterrados en búsqueda de un terruño.

Mi historia personal está lejos del drama que vivieron y viven hoy millones de personas desplazadas por los genocidios, las guerras y las hambrunas. Salí de Marruecos hacia Venezuela a los seis años. La foto que ilustra esta nota retrata el día que llegamos en barco a La Guaira en junio de 1968 (esa instantánea la tomó mi tío Jaime Serfaty Laredo). Allí se ven a mis abuelos maternos, a mi madre, a mi hermana (en ese entonces tenía tres años) y a quien suscribe. Veníamos desde Cádiz, España, donde habíamos iniciado un viaje de doce días hacia el Nuevo Mundo. Llegamos, como tantos otros, a un país abierto a los inmigrantes que nos brindó muchas oportunidades, un país amable. La democracia se consolidaba. Unos años después vendría el delirio de la Venezuela Saudita que atrajo a más inmigrantes, incluyendo a muchísimos colombianos, dominicanos, y un gran número de argentinos, chilenos y uruguayos que venían huyendo las terribles dictaduras militares del Cono Sur.

Hasta que cumplí 18 años, cuando fui a la Oficina de Extranjería (como se llamaba en ese entonces el SAIME) en la avenida Baralt a solicitar mi nacionalidad venezolana, tuve un estatus un poco ambiguo en cuanto a mi ciudadanía. Era un residente con cédula amarilla, pero no tenía pasaporte, pues Marruecos no tenía relaciones diplomáticas con Venezuela ni consulado en el país. Viajaba con un pasaporte de “emergencia”, como se denominaba al documento que se le daba a los “apátridas” (término que ha puesto de moda el chavismo). Cada vez que sacaba mi pequeño pasaporte, de tamaño reducido en comparación al pasaporte de quienes “tenían patria” (para seguir en clave chavista), me sentía un poco como un refugiado.

Se me vuelven a mezclar los sentimientos cuando veo las fotos que llegan desde la frontera colombo-venezolana. Esa pesadilla de mi padre parece repetirse hoy en la Tierra de Gracia. Son las mismas miradas aterradas, desorientadas. Son los mismos cuerpos con la carga pesada del destierro encima. Es la misma arbitrariedad y abuso, la misma violencia del poder y de sus ejecutores que atropellan con la excusa de la Patria que debe ser protegida de ese cuerpo extraño, extranjero. La misma fragilidad y la misma brutalidad que se encuentran de nuevo.

 

* Periodista y profesor en la Universidad de Ottawa.

 

PapaSalomonMamaSaraVirginiaChurruca (1)

 

Mi padre tenía una pesadilla recurrente. El origen de esos malos sueños fue un hecho trágico. A sus 20 años le tocó prestar asistencia a un grupo de judíos que habían sobrevivido un naufragio cuando salían de Marruecos hacia el recién creado Estado de Israel. En esa época había un movimiento de inmigración clandestina hacia el Estado judío desde el país del Magreb. Los inmigrantes eran sobre todo los más pobres de las comunidades judías marroquíes. Aunque mi padre no hablaba mucho del tema, sí me contó alguna vez la impresión que la causó ver a esos seres humanos salvados de las aguas, desamparados, temblando de frío, asustados. Y todo había que hacerlo con la mayor prudencia, pues no había que llamar la atención de las autoridades españolas y marroquíes en el contexto del Protectorado, quienes no tenían ninguna simpatía por la emigración judía hacia Israel.

Esa pesadilla de mi padre también me marcó a mi. Es por eso que las imágenes de refugiados, ya sea en Gaza, el Líbano, Somalia, Grecia, Italia o Cúcuta me remueven algo muy hondo por dentro. No es solo la angustia y la tristeza que resultan de la empatía ante la presencia del sufrimiento de otros seres humanos. Es la experiencia del migrante, la mía propia, la que me interpela cuando veo a estos desterrados en búsqueda de un terruño.

Mi historia personal está lejos del drama que vivieron y viven hoy millones de personas desplazadas por los genocidios, las guerras y las hambrunas. Salí de Marruecos hacia Venezuela a los seis años. La foto que ilustra esta nota retrata el día que llegamos en barco a La Guaira en junio de 1968 (esa instantánea la tomó mi tío Jaime Serfaty Laredo). Allí se ven a mis abuelos maternos, a mi madre, a mi hermana (en ese entonces tenía tres años) y a quien suscribe. Veníamos desde Cádiz, España, donde habíamos iniciado un viaje de doce días hacia el Nuevo Mundo. Llegamos, como tantos otros, a un país abierto a los inmigrantes que nos brindó muchas oportunidades, un país amable. La democracia se consolidaba. Unos años después vendría el delirio de la Venezuela Saudita que atrajo a más inmigrantes, incluyendo a muchísimos colombianos, dominicanos, y un gran número de argentinos, chilenos y uruguayos que venían huyendo las terribles dictaduras militares del Cono Sur.

Hasta que cumplí 18 años, cuando fui a la Oficina de Extranjería (como se llamaba en ese entonces el SAIME) en la avenida Baralt a solicitar mi nacionalidad venezolana, tuve un estatus un poco ambiguo en cuanto a mi ciudadanía. Era un residente con cédula amarilla, pero no tenía pasaporte, pues Marruecos no tenía relaciones diplomáticas con Venezuela ni consulado en el país. Viajaba con un pasaporte de “emergencia”, como se denominaba al documento que se le daba a los “apátridas” (término que ha puesto de moda el chavismo). Cada vez que sacaba mi pequeño pasaporte, de tamaño reducido en comparación al pasaporte de quienes “tenían patria” (para seguir en clave chavista), me sentía un poco como un refugiado.

Se me vuelven a mezclar los sentimientos cuando veo las fotos que llegan desde la frontera colombo-venezolana. Esa pesadilla de mi padre parece repetirse hoy en la Tierra de Gracia. Son las mismas miradas aterradas, desorientadas. Son los mismos cuerpos con la carga pesada del destierro encima. Es la misma arbitrariedad y abuso, la misma violencia del poder y de sus ejecutores que atropellan con la excusa de la Patria que debe ser protegida de ese cuerpo extraño, extranjero. La misma fragilidad y la misma brutalidad que se encuentran de nuevo.

 

* Periodista y profesor en la Universidad de Ottawa.

 

TelegramWhatsAppFacebookX

PapaSalomonMamaSaraVirginiaChurruca (1)

 

Mi padre tenía una pesadilla recurrente. El origen de esos malos sueños fue un hecho trágico. A sus 20 años le tocó prestar asistencia a un grupo de judíos que habían sobrevivido un naufragio cuando salían de Marruecos hacia el recién creado Estado de Israel. En esa época había un movimiento de inmigración clandestina hacia el Estado judío desde el país del Magreb. Los inmigrantes eran sobre todo los más pobres de las comunidades judías marroquíes. Aunque mi padre no hablaba mucho del tema, sí me contó alguna vez la impresión que la causó ver a esos seres humanos salvados de las aguas, desamparados, temblando de frío, asustados. Y todo había que hacerlo con la mayor prudencia, pues no había que llamar la atención de las autoridades españolas y marroquíes en el contexto del Protectorado, quienes no tenían ninguna simpatía por la emigración judía hacia Israel.

Esa pesadilla de mi padre también me marcó a mi. Es por eso que las imágenes de refugiados, ya sea en Gaza, el Líbano, Somalia, Grecia, Italia o Cúcuta me remueven algo muy hondo por dentro. No es solo la angustia y la tristeza que resultan de la empatía ante la presencia del sufrimiento de otros seres humanos. Es la experiencia del migrante, la mía propia, la que me interpela cuando veo a estos desterrados en búsqueda de un terruño.

Mi historia personal está lejos del drama que vivieron y viven hoy millones de personas desplazadas por los genocidios, las guerras y las hambrunas. Salí de Marruecos hacia Venezuela a los seis años. La foto que ilustra esta nota retrata el día que llegamos en barco a La Guaira en junio de 1968 (esa instantánea la tomó mi tío Jaime Serfaty Laredo). Allí se ven a mis abuelos maternos, a mi madre, a mi hermana (en ese entonces tenía tres años) y a quien suscribe. Veníamos desde Cádiz, España, donde habíamos iniciado un viaje de doce días hacia el Nuevo Mundo. Llegamos, como tantos otros, a un país abierto a los inmigrantes que nos brindó muchas oportunidades, un país amable. La democracia se consolidaba. Unos años después vendría el delirio de la Venezuela Saudita que atrajo a más inmigrantes, incluyendo a muchísimos colombianos, dominicanos, y un gran número de argentinos, chilenos y uruguayos que venían huyendo las terribles dictaduras militares del Cono Sur.

Hasta que cumplí 18 años, cuando fui a la Oficina de Extranjería (como se llamaba en ese entonces el SAIME) en la avenida Baralt a solicitar mi nacionalidad venezolana, tuve un estatus un poco ambiguo en cuanto a mi ciudadanía. Era un residente con cédula amarilla, pero no tenía pasaporte, pues Marruecos no tenía relaciones diplomáticas con Venezuela ni consulado en el país. Viajaba con un pasaporte de “emergencia”, como se denominaba al documento que se le daba a los “apátridas” (término que ha puesto de moda el chavismo). Cada vez que sacaba mi pequeño pasaporte, de tamaño reducido en comparación al pasaporte de quienes “tenían patria” (para seguir en clave chavista), me sentía un poco como un refugiado.

Se me vuelven a mezclar los sentimientos cuando veo las fotos que llegan desde la frontera colombo-venezolana. Esa pesadilla de mi padre parece repetirse hoy en la Tierra de Gracia. Son las mismas miradas aterradas, desorientadas. Son los mismos cuerpos con la carga pesada del destierro encima. Es la misma arbitrariedad y abuso, la misma violencia del poder y de sus ejecutores que atropellan con la excusa de la Patria que debe ser protegida de ese cuerpo extraño, extranjero. La misma fragilidad y la misma brutalidad que se encuentran de nuevo.

 

* Periodista y profesor en la Universidad de Ottawa.

 

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.