
Es ya de noche y el cansancio, aunque nunca la resignación, cae sobre esta joven mujer, deportista, llena de vida y que además muestra un futuro promisor, con inteligencia, capacidad de trabajo, agudeza y lucidez que la mayoría desconocíamos, pero que la necesidad y circunstancias ajenas a sus propios deseos han obligado a aflorar.
Por eso Lilian Tintori, de hermosa, deportista y moderna ama de casa, se ha convertido en toda una líder popular.
Como cada noche da la bendición a sus hijos y los pone a dormir. Exhausta, se recuesta para descansar de las arduas labores diarias y prepararse para la nueva jornada que le espera al día siguiente, se va quedando dormida con la televisión encendida, oye un ruido inusual, se despierta alarmada porque en esta Venezuela de hoy nadie duerme tranquilo, nadie se siente seguro. Por un momento piensa que el sonido que no logra identificar viene del televisor y lo apaga.
Vuelve a adormilarse y regresa el inusitado sonido, es como un murmullo, un susurro, una voz firme pero prudente que con suavidad para evitar una reacción adversa saluda, ahora se da cuenta: “Sra. Tintori, muy buenas noches”.
Sorprendida piensa aceleradamente, trata de comprender con exactitud que sucede y hace la pregunta que a ella misma le extraña: “¿Chávez? ¿Qué hace usted en nuestro hogar?” Y de inmediato reacciona: “¡No es bienvenido!”
El comandante sabe ser respetuoso cuando quiere, se disculpa por la intromisión y pide ser oído. La señora López es de las que no le tiene miedo a nada ni a nadie, pero esta vez también percibe que no hay agresión, que el visitante es amable. Sin moverse, Chávez, un tanto rígido, señala: “he venido a solicitarle su consentimiento para visitar a Leopoldo López en Ramo Verde”.
Asombrada Lilian exclama: “¿Consentimiento?” Reacciona con cierto atisbo de indignación, “¿vino a burlarse de mí? Usted puede ir donde quiera, cuando estaba vivo lo hacía y hoy difunto me imagino que puede hacerlo aun más”.
Chávez sostiene la formalidad y reconoce “Es verdad, pero aun así, me gustaría que usted lo alertara antes de mi visita”. “¿Pero cómo?” pregunta Lilian, “¿sabe cuántas trabas, degradaciones y agravios hemos padecido para entrar a Ramo Verde, ¿y a esta hora?, sólo me dejan visitarlo sábado y domingo, si es que les da la gana, porque igual amanecen con el chavismo atravesado y entonces no hay manera”
Chávez no se inmuta, “Usted déjeme eso a mí”.
En la celda de reclusión del fundador de Voluntad Popular de repente una luz brillante pero no tanto como para alertar a los carceleros, despierta al dirigente preso que, sorprendido, exclama: “¿Bella, qué haces aquí? ¿Cómo entraste?” No está seguro de si es un sueño o si efectivamente su mujer está allí, frente a él, ¿ha pasado algo? ¡Debe ser algo grave para que ella esté ahí, en plena celda y a esa hora de la noche! Sale de la pequeña cama confuso y nervioso. Ella no se le acerca, lo mira con el amor de siempre y le habla con exaltación: “no lo vas a creer, no sé cómo explicarlo, pero Hugo Chávez se me apareció y quiere visitarte, quiere tu consentimiento”
López se tranquiliza pero a la vez se desconcierta, ¿qué está pasando? ¿Chávez está muerto o no? Pero en la cárcel se aprende el autocontrol, recapacita y decide seguir la realidad o la ilusión, lo que sea. Siente que debe aceptar, “está bien, eso sí, siempre y cuando tú te quedes y seas mi testigo de excepción”.
Sin nuevos avisos aparece la figura del Comandante eterno: “Leopoldo López, ¿cómo estás?” Hay luz en la celda, pero afuera está oscuro, el calabozo es como un apretado centro de luminosidad que no se expande, que se concentra en sí mismo.
Con una mezcla de humor y de realismo, López responde: “mejor que usted pero muy maltratado” y aclara: “la mitad del tiempo que llevo preso la he pasado aislado” Y no puede evitar recalcar: “A usted cuando estuvo encarcelado nunca lo trataron tan mal”.
Chávez evade el tema y contraataca: “¡que lavativa, López, te pusiste a inventar salidas no contempladas en la Constitución y no previste que a Maduro no le iban a permitir que le temblara la mano para meterte preso, y tampoco se te pasó por la cabeza que algunos de tus amigos no te acompañarían ni en tu aventura ni en tus apetencias de poder.”
“Bueno”, López es terco, “eso lo dice usted”
Chávez lo mira con fijeza, pero no busca regañarlo, no ha venido a eso, más bien siente curiosidad por ese joven líder que le ha enredado las cosas a la oposición y al oficialismo. “Eres inteligente, López, pero estás jojoto, te falta burdel para comprender que en política no hay amigos sino conveniencias”
Leopoldo reacciona, enfadado por lo que considera injusticias: “mire, Presidente, yo no cometí delito alguno. Pedir la renuncia de Maduro no es infracción. Solicitar una transición tampoco lo es. Usted lo hizo en su momento. No hay ninguna prueba ni testimonio ni testigo que me inculpe de nada. Soy víctima de una trampa, de una patraña”
Chávez le aclara: “eso no es culpa de nadie, es tu error por ser tan confiado. Sólo te importó tu ambición y popularidad, no tomaste en consideración el egoísmo y la envidia de los otros, además de apetencias e intereses ajenos”.
Se hace un breve silencio casi de tumba, y Chávez habla de nuevo con severidad, interroga: “¿por qué no aceptaste la oferta de Maduro y Diosdado?”
“¿Cual oferta?” riposta López a quien el tema parece molestar.
Chávez es veterano discutidor, sabe que López está buscando tiempo, insiste: “no te hagas el loco, la oferta de Diosdado cuando te convidó a que te fueras del país o te asilaras en una embajada; y por si fuera poco recientemente te ofrecieron otorgarte casa por cárcel pero te volviste a negar”.
López está ahora seguro de su respuesta y expresa sin vacilar ni titubear: “antes era inaceptable salir huyendo del país, y ahora es inadmisible aceptar la casa por cárcel. Soy inocente de todo lo que se me acusa y además quieren lavarse la cara con la comunidad internacional. No me voy a prestar para semejante vagabundería”.
“¿Cuánto tiempo piensas estar preso?” repregunta Chávez
López no se deja presionar por la malintencionada pregunta: “Todo el tiempo que sea necesario para liberar al país de esta vergüenza de gobierno que nos dejaste, y por eso y otras cosas, no te escapas de responsabilidad, a Maduro lo pusiste tu, pero el desastre previo también, a Nicolás lo que le pasa es que no tiene cabeza ni fuerza para arreglar nada, y un Presidente que no mejora, desmejora”.
Ambos son polémicos y polemistas, el admirador de Bolívar y el que lleva su sangre, ambos son jefes; se miran, no se admiran pero tampoco se temen.
Chávez, un tanto socarrón, cambiando el tema: “cómo fue eso de la jugada que le hicieron a María Corina Machado después que aceptaron que ella designara a su suplente, y ustedes la traicionan?”
Leopoldo no vacila y contesta con claridad: “de traición nada, siempre dije que apoyaran a María Corina. Ésa fue una jugada muy bien preparada por interesados que también querían sacarnos a nosotros del juego. Tenían conocimiento mucho antes de la inhabilitación y se prepararon, nos agarraron fuera de base para después pasarnos la aplanadora.”
“Tal vez”, admite Chávez con cierta satisfacción y ceño juguetón bajo la boina roja, “pero ese muchacho Freddy Guevara queda muy mal ante los ciudadanos y es percibido como desleal”
López sigue el tema para aclarar cosas: “lo cierto es que Freddy puso su cargo a la orden y dejó libre a Voluntad Popular para actuar, ésa es la verdad. Ante el engaño al que fuimos expuestos no podíamos hacer mucho y hasta nos trataron de intimidar. En todo caso María Corina está en pleno conocimiento de lo sucedido.”
Hugo Chávez pregunta sobre un tema de actualidad: “Jorge y el general González López dicen que en el asesinato de Liana Hergueta la oposición tuvo algo que ver. ¿Qué opinas al respecto?”
Leopoldo contesta con celeridad y contundencia: “Voluntad Popular nada tiene que ver en este crimen repugnante. El asunto es que –y eso lo aprendieron ustedes del G-2 cubano- es un trapo rojo. Es una infamia e injuria. ¿Cómo saber quien se pone al lado y con quien uno se saca o le sacan fotografías? Tú tienes fotos con muchísima gente y si uno de ellos está involucrado en narcotráfico o es mafioso o asesino, por eso tú no eres un delincuente y denunciarte como tal, sería un absurdo y además de irresponsable.”
Chávez baja el tono cambia el tema y pregunta con curiosidad: “¿Qué actividad realizas en la cárcel?”
Más calmado, López responde con cordialidad: “En estos momentos –cuando puedo y me lo permiten- Lilian y yo estamos practicamos boxeo” Interrumpe Chávez desconcertado: “¿Boxeo?”
“Si”, explica el dirigente, “es un deporte de mucha actividad física y nosotros somos maratonistas y practicantes de deportes extremos” Hace una pausa y amplía: “también aprendo a pintar y tocar cuatro. Pero ¿sabe lo que más extraño? Los toros coleados, yo practicaba ese deporte antes de este injusto encarcelamiento”.
Chávez no reconoce que lo de los toros coleados le sorprende y le agrada, revela en cambio que “yo también pintaba, es muy relajante” y continua distendido: “por cierto me cuentan pajaritos que haces un excelente café, ¿podrías hacer un poco?”
“¡Seguro, Presidente!”
Chávez curiosea un poco por el limitado espacio y después, mientras se toma el café comenta: “Por cierto que tu esposa se ha convertido en toda una revelación, permítame felicitarla y felicitarte. Se la tenías guardada al oficialismo por aquello de que no contaban con tu astucia. Ha puesto al gobierno en lo interno y en lo internacional en tres y dos.”
Leopoldo sonríe, se le hincha la mirada: “Así es; la quiero más que nunca, la admiro y estoy muy orgulloso de ella”
Chávez deja la taza, “gracias por el café, realmente está bien bueno y no es un cumplido”. Hace una pausa, continua: “Una pregunta por pura curiosidad, Leopoldo, ¿Cómo ves las elecciones?
En pocas palabras le dice Leopoldo a Hugo: “te vamos a dar una paliza electoral a ti, a Maduro, a Diosdado, al PSUV y a esta caduca y destruida revolución” y de seguidas agrega: “en enero de 2016 estaremos todos los presos políticos y de conciencia en libertad con la Ley de Amnistía”.
Riposta escéptico pero averiguando Chávez: “¿Qué recomendarías hacer si alguien solicitara tu opinión?”
López da unos pocos pasos en el restringido lugar, reflexiona y luego arranca: “lo primero insistir en la renuncia de Maduro, sería lo mejor que le puede pasar a Venezuela. De inmediato promovería lo “hecho en Venezuela” y estimularía la producción nacional, pregúntele a su papá, él debe acordarse de aquella campaña de ‘Compra venezolano’. Comenzaría un diálogo serio y constante con todos los sectores económicos y sociales del país, buscando sosiego y paz. Abordaría la inseguridad sin contemplación con la participación de expertos y conocedores de este tema tan complejo, no con generales que no entienden sino con especialistas, criminólogos, psicólogos y policías profesionales. Atacaría con todas mis fuerzas a los corruptos y acabaría con la corrupción. Repatriaría los dineros robados a la nación y pediría un juicio justo, respetando la ley y derechos humanos a quienes estuvieran involucrados en este saqueo a la nación, renovaría el poder judicial con transparencia y concursos de credenciales, muchos somos víctimas de una justicia politizada y parcializada….”.
Amanece de repente en la celda del preso político y en su casa despierta Lilian Tintori. Ambos con un dejo de credulidad no logran comprender con certidumbre lo que ha sucedido. Empiezan las labores del día, a mediados de la mañana, logran comunicarse y Lilian pregunta: “¿Cómo estás? ¿Cómo amaneciste?”.
Leopoldo, un tanto ojeroso, contesta: “Bien, gracias Bella, pero algo pasó que me tiene confundido. Había lavado la cafetera antes de acostarme y hoy amaneció como si hubiera colado café anoche, pero no recuerdo haberlo hecho”. Hace una pausa, agrega, “un gran beso… Oye, Bella, ¿tú crees en los espíritus burlones?”
Afuera, el ruido de la cárcel militar está en todo su apogeo.



