Juan Luis Correa E.
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La movida polÃtica del presidente Barack Obama de buscar un acercamiento con la Cuba de los Castro constituye, para muchos, un hecho inédito y de tal relevancia que ya se ha ganado un sitial histórico en los anales de la relación de los Estados Unidos con América Latina. Y es que en el análisis habrÃa que concluir que con esa movida se matan dos pájaros de un solo tiro. Por un lado, se pone fin a la larga y tormentosa relación con Cuba y, al mismo tiempo, se pone en jaque al tambaleante gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela.
Para efectos del análisis hagamos un breve repaso. Para Cuba es un buen ejemplo de ‘realpolitik’, puesto que le abre un camino alterno a la dependencia que tienen con Venezuela y le permite, además, iniciar una suerte de apertura económica al estilo de China o Vietnam que, a corto plazo, les puede generar divisas, inversión extranjera y más turismo.
En este escenario, la apertura podrÃa significar una fuente interesante de recursos para impulsar la agobiada economÃa cubana y con ello ganar un tiempo valioso para dilatar la necesaria e inevitable apertura polÃtica que se les avecina en el horizonte.
En el caso de Venezuela el escenario es muy distinto, puesto que el acercamiento entre Cuba y los Estados Unidos le cambia de golpe el discurso polÃtico a la gran mayorÃa de los paÃses que, arropados en el ALBA, miran al coloso del norte como el principal enemigo a batir. Ante esta situación cabe preguntarse cómo se debe sentir el presidente Maduro, quien probablemente ha sido el más sorprendido con esta jugada digna de un tablero de ajedrez. ¿Se habrá sentido traicionado por los cubanos, sus mentores y aliados que lo llevaron inicialmente al poder?
Para Maduro la situación es crÃtica. Una economÃa totalmente dependiente de la industria del petróleo que enfrenta una caÃda significativa en el precio del mercado internacional. Un paÃs con la inflación más alta del mundo, con muy poca productividad, altos niveles de desempleo, que se está consumiendo sus reservas internacionales, con devaluaciones diarias del bolÃvar, que enfrenta serios problemas de liquidez, con una deuda externa descomunal, con una escasez de alimentos cada vez mayor, carentes de insumos médicos, altÃsimos niveles de inseguridad ciudadana y una corrupción rampante en casi todas las instituciones públicas.
Frente a esta caótica realidad, el Gobierno de Venezuela responde reprimiendo las manifestaciones populares que se generan por ninguna otra razón que por el creciente descontento de una población cansada y agobiada ante tanto sufrimiento producto de la mala administración y de los frecuentes desaciertos cometidos en el manejo de la polÃtica económica del paÃs. Pareciera ser que al Gobierno de Venezuela se le agota la gasolina. Ante la evidente disminución de los ingresos provenientes del petróleo, le quedan pocas opciones. Disminuir los gastos de los programas sociales que afectan el frente interno, cambiar los términos y beneficios de Petrocaribe que afecta al frente externo y sentarse a negociar con la oposición, con el objetivo de alcanzar una salida democrática antes de que sea muy tarde.
En la gran mayorÃa de los regÃmenes autocráticos, los dictadores necesitan inventarse enemigos para justificar los sacrificios y sufrimientos a que someten a sus ciudadanos. Todo parece indicar que, con la jugada de Obama, el régimen venezolano se ha quedado sin enemigos. Entonces, habrÃa que preguntarle a Nicolás Maduro lo mismo que le preguntó Pedro a Jesús, ¿quo vadis Nicolás?




