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Si era una pelÃcula de encargo, cumplió el cometido. Algunos hablaron de una encomienda del comandante Chávez, quien querÃa ver al héroe en la pantalla grande partiendo de un guion que no defraudara sus hipérboles. Pero no fue un trato entre los realizadores del filme y el amo del poder, como la malicia ha murmurado, sino un asunto más colectivo. Fue un mandado de toda la sociedad, o de su inmensa mayorÃa, que querÃa solazarse ante un espectáculo capaz de ofrecer mayor fortaleza a las atribuciones sobrehumanas que ha concedido al Padre.
Debe sentirse regocijada la mayorÃa de la población ante el desfile de unas aventuras con las que siempre soñó y sobre las cuales jamás albergó dudas. Ahora resucitadas sin recato por los recursos dirigidos con prodigalidad a la industria del cine.
El vestuario estuvo bien cosido y acorde con los tiempos. Nada de gorras de cartón piedra, como en las harapientas pelis del pasado patriotero, ni de uniformes sacados del almacén de la zarzuela. Jamás se vio gente engalanada con tanta propiedad, en especial el protagonista. La escena del candidato a héroe jugando a un antecedente del tenis con el prÃncipe de Asturias, ante la vista de los cortesanos en Madrid, fue un superfluo primor que debe verse con la debida pausa, aunque jamás se viera cuando se supone ocurrió.
Por la presentación de los escollos colosales y la magnificencia del paisaje, las escenas del Paso de los Andes se parangonarÃan con las hazañas que las crónicas atribuyen a AnÃbal en los Alpes, si no fuera porque el cartaginés las realizó con ayuda de sus colaboradores y el nuestro se ocupó de pensarlo y hacerlo todo a solas, de acuerdo con un guion tan ciclópeo como el tránsito que reconstruye. Ni hablar de las batallas que desfilan ante nuestra vista, calcos de Marengo y Waterloo si no fuera por los morenos y los indios que en ellas participan para beneficio del color local. Ni hablar de la manera de presentar a Páez, estropajoso como los piratas del Caribe que últimamente nos han deleitado con estrafalarias fechorÃas. Más cinematográfico, imposible.
DeberÃa servir de modelo para volver hacia la fantasÃa de negocios y decencias que entonces no podÃan convertirse en realidad, debido a que el detentador del poder jamás ocultó sus simpatÃas por los negociantes de Londres. Sin embargo, la insólita encerrona conduce la historia a una tensión capaz de anunciar las vicisitudes posteriores del titán y de satisfacer a los espectadores crédulos. Asà es cierto cine.
En ese cierto cine el protagonista es de una sola pieza, sin debilidades que no sean las que puede superar el oportuno regaño de un maestro a cuyo cargo quedan las declamaciones de enmienda. El héroe es igual desde el principio hasta el fin.
Ni una cana le producen las guerras, ni un mÃnimo quebranto las asperezas del camino, ni una duda sobre la desolación que ha causado, ni un pensamiento digno de atención sobre sus rivales, pero tampoco sobre sus seguidores más fieles, ni una pasajera sensación de mortalidad. Es el todo y la circunstancia.
El resto, añadidura. De allà la irrelevancia de las actuaciones de la mayorÃa de los miembros del elenco, que cumplen a duras penas la función de comparsas, pero también el trabajo de quien hace de radiante sol. Solo actúa como personaje sol, una peripecia previsible y tediosa que no conduce a desafÃos de interpretación. El actor apenas torea por estatuarios, aunque de funciones anteriores le recordemos trasteos serios. Ahora no deja nada memorable para el arte que interpreta, tal vez por la simpleza de sus lÃneas. Tampoco para la faena que le encomendaron de apuntalar la fe en un paladÃn incomparable. Pero quién sabe, porque el héroe, el actor y el escritor del guión cuentan con una legión de espectadores entusiastas y cautivos.
ArtÃculo publicado originalmente en el diario El Nacional.Â



