El misionero católico de felicidad suprema por Miguel Weil Di Miele

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Lo supremo es lo más de lo más, lo más alto; es la última instancia. Por ejemplo, cuando no hay más remedio porque así lo dice el supremo y esto es lo mejor que hay. La cima, la cúspide, el tope de la felicidad, eso es la felicidad suprema. O eso nos imaginamos que procurará la nueva oficina de la Administración Pública nacional creada como garantista de aquello, que no está muy claro qué es, pero que para acompañar el qué bonito, qué bello, está perfecta. Se repite el ejercicio populista de siempre, pero llevado a un nivel, este sí, supremo, de lo inverosímil, y de lo cursi. Suponemos que como no puede haber felicidad suprema con focos de infelicidad, los tristes y llorones serán suprimidos. Queda pendiente el trámite ante la oficina feliz, que como es de suponer, implicará carpetitas, separadores y calcomanías. Alegría, alegría.

Mientras el populismo oficialista hace lo de siempre, aparece por ahí un misionero católico, que es como se hace llamar el candidato a la Alcaldía de El hatillo por Primero Justicia, Elías Sayegh, para hacer gala del mismo formato, pero con la ñapa de total ilegalidad. Lo comentaba en estas páginas Tomás Hernández el domingo pasado y es importante reiterarlo. Elías, sabrá Dios padre y Jesucristo su único hijo y nuestro señor por qué, decidió que ponerse a tapar huecos sin tener competencia administrativa alguna, era igual que ir a la plaza Bolívar a dar un discurso, repartir volantes y explicar sus planes o que comerse unas fresas con crema.

Usurpando funciones, poniendo la torta, y echando por la borda el discurso de legalidad y Estado de Derecho al que tanto hace referencia su propio partido, y la mayoría de los que nos oponemos al gobierno, Elías hace justo lo que se supone que la Unidad quiere terminar, recurriendo a la banalidad populistoide en vez de alguna idea racional de cambio. Adoptar esa forma de hacer política y campañas electorales en detrimento de la legalidad, es la esencia fundamental electorera del chavismo, sólo que aquí, eso sí, añada usted un padre nuestro y una señal de la Santa Cruz. Como para rematar a la republicanidad. Como no hay más remedio, tapo un hueco porque yo digo, y encierro a Alí Babá y a los 40 ladrones en mi casa por choros (y por musulmanes también), porque como Iris no hace su trabajo, yo tiro para adelante, he dicho, caray, que hay que llevarlo a últimas instancias: las mías. Pongo plata aunque no me toca, por caridad cristiana quizás, pero no vaya usted a despeñarse por culpa de una tronera mal tapada, la misión evangelizadora no responde por eso. Y de gracias al Señor. Es justo y necesario. En verdad, es justo y necesario.

Primero Justicia también puede equivocarse, como todo el mundo. Pero el electorado hatillano sabrá lo que le interesa: votar a quien eligió como estrategia el mismo populismo rancio, supremamente feliz mezcladito o disimulado con un par de ave marías, banal y vacío, opuesto a la racionalidad y propuestas más interesantes u optar por alguna alternativa representativa de lo que el discurso de progreso y legalidad realmente significan. En cualquier caso, vistas sus mañas y la última moda, para el misionero seguro hay algo más por ahí. Quizás el título Misionero Católico para la Felicidad Suprema, que para ponerlo en tuiter, está de lujo.

Miguel E. Weil Di Miele

Twitter: @weilmiguel

miguelwd@yahoo.com

 

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Lo supremo es lo más de lo más, lo más alto; es la última instancia. Por ejemplo, cuando no hay más remedio porque así lo dice el supremo y esto es lo mejor que hay. La cima, la cúspide, el tope de la felicidad, eso es la felicidad suprema. O eso nos imaginamos que procurará la nueva oficina de la Administración Pública nacional creada como garantista de aquello, que no está muy claro qué es, pero que para acompañar el qué bonito, qué bello, está perfecta. Se repite el ejercicio populista de siempre, pero llevado a un nivel, este sí, supremo, de lo inverosímil, y de lo cursi. Suponemos que como no puede haber felicidad suprema con focos de infelicidad, los tristes y llorones serán suprimidos. Queda pendiente el trámite ante la oficina feliz, que como es de suponer, implicará carpetitas, separadores y calcomanías. Alegría, alegría.

Mientras el populismo oficialista hace lo de siempre, aparece por ahí un misionero católico, que es como se hace llamar el candidato a la Alcaldía de El hatillo por Primero Justicia, Elías Sayegh, para hacer gala del mismo formato, pero con la ñapa de total ilegalidad. Lo comentaba en estas páginas Tomás Hernández el domingo pasado y es importante reiterarlo. Elías, sabrá Dios padre y Jesucristo su único hijo y nuestro señor por qué, decidió que ponerse a tapar huecos sin tener competencia administrativa alguna, era igual que ir a la plaza Bolívar a dar un discurso, repartir volantes y explicar sus planes o que comerse unas fresas con crema.

Usurpando funciones, poniendo la torta, y echando por la borda el discurso de legalidad y Estado de Derecho al que tanto hace referencia su propio partido, y la mayoría de los que nos oponemos al gobierno, Elías hace justo lo que se supone que la Unidad quiere terminar, recurriendo a la banalidad populistoide en vez de alguna idea racional de cambio. Adoptar esa forma de hacer política y campañas electorales en detrimento de la legalidad, es la esencia fundamental electorera del chavismo, sólo que aquí, eso sí, añada usted un padre nuestro y una señal de la Santa Cruz. Como para rematar a la republicanidad. Como no hay más remedio, tapo un hueco porque yo digo, y encierro a Alí Babá y a los 40 ladrones en mi casa por choros (y por musulmanes también), porque como Iris no hace su trabajo, yo tiro para adelante, he dicho, caray, que hay que llevarlo a últimas instancias: las mías. Pongo plata aunque no me toca, por caridad cristiana quizás, pero no vaya usted a despeñarse por culpa de una tronera mal tapada, la misión evangelizadora no responde por eso. Y de gracias al Señor. Es justo y necesario. En verdad, es justo y necesario.

Primero Justicia también puede equivocarse, como todo el mundo. Pero el electorado hatillano sabrá lo que le interesa: votar a quien eligió como estrategia el mismo populismo rancio, supremamente feliz mezcladito o disimulado con un par de ave marías, banal y vacío, opuesto a la racionalidad y propuestas más interesantes u optar por alguna alternativa representativa de lo que el discurso de progreso y legalidad realmente significan. En cualquier caso, vistas sus mañas y la última moda, para el misionero seguro hay algo más por ahí. Quizás el título Misionero Católico para la Felicidad Suprema, que para ponerlo en tuiter, está de lujo.

Miguel E. Weil Di Miele

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