Arancha González Laya niega que su llegada al frente del ministerio español de Exteriores implique cambios bruscos en las políticas. Y, sin embargo, tanto sus gestos como sus mensajes dan pistas de un sólido deseo de renovación. Reacia al boato y al formalismo, la ministra dirige desde el mes pasado la diplomacia española, un cuerpo muy apegado a las tradiciones. Ella resuelve la aparente contradicción invocando lo que llama “diplomacia del siglo XXI” y esgrimiendo como aval su amplia experiencia negociadora en organizaciones como la Comisión Europea, la Organización Mundial del Comercio y Naciones Unidas. Didáctica y asertiva, la ministra recibe a El País el pasado viernes, minutos después de haber conversado por teléfono con el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo.
Pregunta. En su ministerio se aprecian señales de cambio. La primera se refiere a la llamada diplomacia económica. ¿En qué consiste esa estrategia? ¿No corre el riesgo de quedar confundida con una ministra de Comercio?
Respuesta. La diplomacia económica supone ajustar el papel de la diplomacia al siglo XXI. Apalancar la economía en todas sus expresiones: cultural, empresarial, investigadora, científica. Yo llego aquí y encuentro que el ministerio tiene una red increíble de casas, fundaciones, patronatos… Cada una se puede articular mucho mejor para ponerla al servicio de la política exterior. Es una manera más moderna de interpretar el rol de la diplomacia.
P. Ha eliminado como tal la Secretaría de Estado de Iberoamérica. ¿No es necesaria ya una persona específica para dialogar con esa región tan cercana?
R. Iberoamérica no tenía una secretaría de Estado exclusiva. La compartía con cooperación, algo que cuando llegué aquí me dijeron que no gustaba. Quise reposicionar Iberoamérica donde tiene que estar: con las relaciones exteriores de España, pero con una especificidad que no tienen otras regiones. ¿Significa que recortamos nuestro interés por Iberoamérica? Francamente no. En mi primera semana de trabajo he llamado a todos los ministros de Exteriores de Iberoamérica. No lo he hecho con otras regiones.
P. En el caso concreto de Venezuela, ustedes dicen que no hay cambio de políticas, pero el presidente del Gobierno ha pasado de reconocer a Juan Guaidó a no recibirlo y a hablar de “reconocimiento de la oposición venezolana”. ¿Eso cómo se explica?
R. Guaidó es el presidente encargado de Venezuela y eso lo dice España por activa y por pasiva. Es verdad que cuando viene lo recibo yo, como lo recibe Josep Borrell en Bruselas. Lo que me importa es que hagamos avanzar una situación que se ha enquistado en Venezuela. La manera de hacerlo nos parece construir un consenso internacional lo más amplio posible que apoye a las partes de Venezuela en torno a la celebración de elecciones democráticas. Igual nos equivocamos, pero me gustaría que se nos diera un poco de crédito. Nuestro objetivo no ha cambiado en este año, pero la situación sobre el terreno sí. También hay que tener en cuenta que la situación de España respecto a Venezuela es diferente a la de otros países. Tenemos una gran población venezolana en España y española en Venezuela. Somos los únicos con un líder opositor, Leopoldo López, en nuestra misión diplomática. Lo que no aprecio es el uso partidista que se ha hecho de la visita de Guaidó, que no ayuda a resolver el conflicto en Venezuela.
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