Desde el punto de vista del bienestar (o, más bien en este caso, malestar) del consumidor, ya la mitad del ajuste económico ocurrió. Se trata del peor y más ineficaz de los ajustes (peor y más ineficaz porque no acaba con la escasez, el estancamiento y la corrupción); pero, insisto, desde la perspectiva de cómo se siente el consumidor promedio venezolano, la mitad de la reducción de su bienestar que iba a tener lugar ya ocurrió.
El Estado vende el dólar en promedio en 8,75Bs/$ (aproximadamente, un 85% a 6,3Bs/$, y el resto a las ya extintas tasas SICAD I y II). Pero, el consumidor promedio venezolano, luego del aprovechamiento de diferenciales de precio y cambio por parte de buhoneros, bachaqueros, comerciantes informales y motorizados), lo paga en alrededor de 35Bs/$. Aunque, eso no es todo, ya que luego el consumidor debe lidiar con una escasez del 30%, que implica una inflación oculta y reprimida que de no existir significaría un cambio del orden de unos 50Bs/$. En definitiva, el bienestar del consumidor promedio venezolano, equivale hoy al que se obtendría si existiese un único tipo de cambio para la economía del alrededor de unos 50Bs/$, lógicamente, sin escasez, y sin la expoliación que ejercen los buhoneros, bachaqueros, comerciantes informales y motorizados que se benefician de los diferenciales de precio y cambio.
Claramente, el ajuste hasta ahora lo han hecho quienes racionan para lidiar con la escasez (el comerciante formal), sin beneficiarse, y el que sí aprovecha los diferenciales de precio (buhoneros, bachaqueros, comerciantes informales y motorizados).
Y el resto del ajuste, el que aún no ha golpeado al consumidor, ¿a qué se deberá? Sencillo, al hecho de que el escenario antes descrito da por descontado algo fundamental: que los inventarios de la economía serán suficientes, y que se mantendrán en el tiempo, cuando en la práctica vienen consumiéndose a un ritmo acelerado que conducirá a su desaparición en los próximos meses a nivel nacional. Así, el resto del ajuste por ocurrir, implicaría una disminución del bienestar del consumidor medio equivalente a pasar de los 50Bs/$ a los 100Bs/$, como tasa única a la cual el Estado inicialmente vendería divisas (i.e. en ese caso se acabaría la escasez, el negocio del contrabando y los diferenciales). Solo a esa tasa podrá reducirse el consumo e incentivar el incremento de la oferta (la producción nacional) lo suficiente, como para poder recapitalizar a productores formales. Es decir, solo a 100Bs/$, la demanda podrá reducirse por debajo de la escasa oferta para así acumular inventarios.
El fin del control de cambio afectará con la mayor fuerza, no al consumidor promedio, sino a los mafiosos, contrabandistas, buhoneros, bachaqueros, comerciantes informales, motorizados y todo aquel que aproveche diferenciales de precio y cambio. De hecho, el consumidor promedio solo sufrirá el paso de, digamos, 50Bs/$ a 100Bs/$, mientras que, quienes aprovechan los diferenciales de precio sufrirán el paso de 8,75Bs/$ a 100Bs/$. Más aún, lo que hoy apropia del productor formal y consumidor medio quien vive de los diferenciales de precio y cambio, contribuirá a atenuar la merma de bienestar del último, e incentivará al primero a incrementar sus inversiones y producción en el país.
En los próximos meses veremos cómo 15% de la población que vive de los diferenciales (desde los contrabandistas y los beneficiarios con contactos en CENCOEX y SICAD, hasta los pequeños comerciantes informales) pierden sus privilegios a favor del consumidor promedio y la gran mayoría de los que hacemos vida en el país.







