La intervención que ha realizado la OTAN en Libia debería servir de espejo en momentos en que el gobierno de la República Árabe de Siria utiliza métodos violentos y represivos contra una población que no consigue el amparo de unas fuerzas militares y de seguridad leales al clan Assad.
Sin embargo, ¿por qué no se interviene en Siria aún cuando la ONU ha exhortado al gobierno del país a detener el uso de la fuerza y los cientos de migrantes a países vecinos como Líbano, revelan una ofensiva militar feroz destinada a aplastar cualquier revuelta popular?
1) Las alianzas históricas regionales de un clan, los al-Assad, que cuentan con más de 40 años en el poder, llevan a Occidente a medir muy bien los pro y los contras para atacar un país que no se encuentra solo en la región y que además promociona y respalda grupos radicales, que en momentos en donde los frentes en la región están tan caldeados, sería un riesgo enorme atacar al mejor amigo del gobierno de Irán o movimientos como Hamas o Hezbollah.
El estallido de una guerra desde Damasco impactaría rápidamente en Irak (un estado fallido), Líbano, Jordania, y por supuesto en una Israel temerosa ante cualquier ataque, ya que Siria desde donde lo veamos siempre ha estado involucrada en los conflictos de la región.
2) Damasco demuestra fortaleza con una policía que aplica una habitual ofensiva brutal mientras los periodistas extranjeros, no logran cruzar las fronteras para situar en todos los medios internacionales, sucesos que si hicieron historia en Túnez o Egipto. Así como, la muralla en Libia fue enorme, el gobierno de Assad está empleando una política feroz antes de ceder con reformas como lo hizo en su momento Ben Alí o Hosni Mubarak. La apuesta aquí es seguir haciendo uso de la represión, sin medir, el impacto que a nivel regional e incluso internacional pueda tener, antes de constituirse, como un Estado Fuerte y mantener la estabilidad que tanto desea el gobierno y la población anhela.
3) Los militares en Egipto son una fuerza con poder y es a lo que se venía enfrentando Hosni y su hijo, Gamal Mubarak, en los últimos años. Al final, la decisión de los militares fue combatir una política hereditaria para mantener poder y salir de un problema, colocándose al lado del sentir popular que a la larga les trajera dividendos. En Siria, las fuerzas militares no han vacilado en continuar ciegamente con las instrucciones de un gobierno que guarda más similitudes con el gobierno de Sadam Hussein (del mismo partido Baaz), que con el gobierno del derrocado Hosni Mubarak o Ben Alí.
A pesar de que Bashar al-Assad gestiona una herencia política y un país en apariencia difícil de dominar desde Occidente, este carece de capacidad creativa y de la ambición y voluntad de su padre, Hafez al-Assad. Ello se vio cuando Bashar retiró las tropas del Líbano en 2005, tras 29 años de ocupación, o cuando tuvo que recurrir a un entendimiento con los líderes supremos iraníes para garantizar la seguridad de su gobierno.
Por otro lado, sopesar entre la violencia en la que incurre un gobierno como el de Siria contra su población, y la desestabilización que traería a nivel regional e internacional otra intervención, incluso la guerra, es la encrucijada en la que se encuentra Occidente. Además habría que sumarle, las circunstancias internas que países como Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña están atravesando en lo político-electoral, económico y social como para decidirse a emprender otra carrera bélica de la cual posiblemente no sepan cómo salir.
Adriana Boersner Herrera
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