Jesus Alberto Yajure | @albertoyajure
Tel Aviv. El ruido de las sirenas se escucha en toda Tel Aviv, Israel, a las 17:10 minutos. Es domingo. Un grupo de turistas se relajaba en la terraza del albergue donde me hospedo al sur de la ciudad, cuando de pronto el sonido se apoderó de todo el lugar. Cerca de diez personas saltan de sus sillas y corren. Un voluntario de nacionalidad española comentaba ayer que las alarmas se escuchan casi a diario. Para mí, que llevo acá dos días, era la primera vez que pasaba.
La gente en las calles comenzó a correr, algunos en la calle bajaron de sus vehículos, otros se detuvieron. Todos tenían los ojos clavados en el cielo. Unos segundos luego lo vimos: un cohete volaba sobre nuestras cabezas, a cientos de metros en el aire. Hizo una curva y explotó con un estruendo. No sabemos si el misil era israelí o si venía de Gaza.
Todos en el albergue corrieron hacia las escaleras y se refugiaron en un bunker hecho con concreto reforzado varios metros bajo tierra. Todo duró menos de 5 minutos. Al apagarse las sirenas, volvió la calma. Israelíes y extranjeros hablan con confianza del Iron Dome, el sistema de defensa israelí que se vale dr radares para detectar e interceptar misiles enemigos en el aire. Y eso les brinda seguridad, aunque en ciudades como Ashkelon y Sederot, al sur del país, se viva con el miedo metido en el cuerpo. Aunque en Gaza haya un cementerio cubierto de decenas de edificios en ruinas.
Israel está en guerra, pero en Tel Aviv, una ciudad turística llena rascacielos, playas, cafés al aire libre y tiendas, la gente parece que aún no lo sabe o no quiere pensar en ello. Solo las sirenas les recuerdan durante varios minutos al día que en una guerra nadie está a salvo.




