Mi mamá murió hace diez días. Estuvo casi nueve años enferma. El diagnóstico, demencia de Cuerpos de Lewy. La realidad, una mamá que se fue yendo por poquito día a día. Lo primero que perdió fue su memoria. Luego su discreción. También perdió su belleza, su elegancia y su porte. Perdió el habla y la movilidad. Lo que nunca perdió fue la dulzura de su mirada al vernos. Los últimos cuatro años los pasó en cama. Era como una bebé recién nacida. Había que hacerle todo.
Quienes han pasado por esto saben lo que digo. Es duro cuidar a alguien en ese estado y más duro es encontrar a un cuidador de confianza. Nosotros tuvimos la suerte los dos últimos años de contar con Inés De Armas, una enfermera profesional e insigne.
Una de las muchísimas cartas que recibí la escribió mi entrañable amiga Gloria Stolk de Egui:
Mi querida:
Ayer en la noche por una papeleta de prensa me enteré del fin del largo camino de ausencia presente de Hercilia.
Ese devastador e intrincado dejar de ser que gracias a tu amor y devoción filial fue para ella menos doloroso, es una pérdida permanente y prolongada que se hizo definitiva y hoy se materializa en orfandad.
Comparto y comprendo tu pesar y quisiera estar contigo personalmente en un instante solidario de tantos recuerdos.
“Devastador”… “intrincado dejar de ser”… “largo camino de ausencia”… Mejor dicho imposible. Porque el largo camino fue exactamente eso: un dejar de ser, una presencia ausente. ¡Y cómo duele!
Pero el tema de este artículo no es la enfermedad de mi madre. El tema es mi hermano Ricardo.
Ricardo es exactamente un año menor que yo. A pesar de ello nunca pude “mandonearlo” como hacen la mayoría de los hermanos mayores, porque desde muy pequeñito tuvo una personalidad arrolladora. A veces trataba de chantajearlo sacándolo de mis juegos, pero a él no le importaba: jugaba solo hasta que yo, contrita, lo iba a buscar. Siempre fue excelente estudiante. Yo era desordenadísima y él, ordenadísimo. Yo era tremenda y él era tranquilo. Pero sin embargo crecimos unidos como lo que somos… ¡hermanos!
Ricardo vivió en Boston y Nueva York durante 32 años. Egresado como Ingeniero Electricista de MIT (Massachusetts Institute of Technology), donde durante el pregrado trabajó en investigación de superconductores con la Profesora Margaret MacVicar y con una maestría en Business de la Sloan School of Management de la misma universidad, trabajó para todas las grandes consultoras, MacKinsey, Arthur D. Little, Price Waterhouse Coopers, AT Kearney… luego se instaló como consultor por su cuenta e hizo una carrera brillante y reconocida. Cuando no había cumplido treinta años ya aparecía en el libro de “Outstanding Young Men of America”.
Sin embargo, hace cuatro años, Ricardo tomó la decisión de venirse permanentemente a Venezuela para ayudarme en el cuidado de nuestra mamá porque ya yo no podía sola. Cambiar estabilidad, casa, entorno, comodidades para volver a un país que se está cayendo a pedazos no es una decisión fácil, pero Ricardo no dudó en tomarla.
Nunca he visto un hijo tan dedicado y tan bueno, tan paciente y tan generoso. Mi mamá nos llenó de amor y Ricardo se encargó de devolverle ese amor con creces. “Llegó tu favorito”, le decía yo siempre que él entraba a su cuarto. Él respondía que mi mamá no tenía favoritos, pero sí lo tuvo, porque él se lo ganó a punta de amor. No tengo ningún problema en reconocerlo y admirarlo. Y en momentos en que se vive tanto cinismo, cuando hay tanto egoísmo a flor de piel, cuando la rabia se ha apoderado de muchos, para mí resulta reconfortante el ejemplo de mi hermano, su desprendimiento, su lealtad, su bondad, su cariño.
Alguien que es buen hijo es buena pareja, buen padre, buen amigo, buen ciudadano, buen todo. Porque la bondad no es más que amor. Mi hermano, con su hermoso proceder, me ha llenado de razones para tener esperanzas. Quiero seguir creyendo que el amor es la gran fuerza que mueve al mundo.
Ricardo, te quiero mucho. Qué honor tenerte como hermano.




