Mientras empezamos a escribir lo que serán estas lÃneas, la MUD ha anunciado que congela su participación en el proceso de diálogo que se venÃa realizando con el concurso de facilitadores externos. Ni bien estalló la noticia en las pantallas, empezó el encarnizado ejercicio de colgar culpables y salvar responsabilidades. Retintinearon con nuevos brios los “estaba cantado”, “yo se los advertÔ, “con dictadura no se dialoga” y el resto de anatemas que se levantaron cuando se vislumbró la posibilidad de establecer un ámbito de discusión con el Gobierno. En el fondo subyacÃa y sigue subyaciendo, la aspiración de algunos sectores de barrer los “obstáculos colaboracionistas” que, según su entender, impedÃan atrapar el mango bajito de la caÃda del régimen.
Lo cierto es que, a tres meses de comenzar las justas y valientes manifestaciones estudiantiles; de la aparición de “La Salida” como opción diferente y diferenciadora; y luego de su progresiva trasmutación -alabado sea el Señor- en una entidad que asume todas las posibilidades abiertas: la calle, las etapas, crecer en las alcaldÃas y gobernaciones, acumular fuerzas, ser instigadora del diálogo, contemplar la eventual participación electoral -es decir asumir lo que ha sido la posición de la MUD, pero desmarcándose de ella- la fruta sigue allÃ, pendiendo en el aire, agitada ciertamente, pero sin cumplir el vaticinio de Newton de tarde o temprano, atraÃda por las fuerzas de la gravedad, caer irremisiblemente a tierra.
El debate ha sido bastante civilizado entre quienes dirigen -o más o menos intentan conducir- a la oposición. (Los francotuitiadores de los laboratorios miameros han perdido fuelle gracias a sus lunáticos planteamientos). Si es verdad que las posiciones se están acercando cada vez más, ¿qué impide que se relance una nueva plataforma unitaria para darle nuevos brÃos a la contienda democrática? ¿Cuáles son las diferencias -tan abismales- que impiden una acción común y convincente? Preguntaba un amigo y preocupado observador extranjero de nuestros quehaceres. Son dos preguntas básicas que no deberÃan ser tan difÃciles de responder, sobre todo si tenemos en cuenta el clima ecuménico que se ha venido desarrollado últimamente.
Ahora que la puerta del diálogo pareciera estar a punto de cerrarse -a la espera de la reunión con la troika de cancilleres de Unasur y el Nuncio Apostólico- todo indica que harÃa falta una discusión, abierta, transparente, pero entre los diversos componentes de la MUD para tratar de ubicar en cuál coordenada de la carta de navegación se encuentran. (Corresponde a los estudiantes y sus lÃderes naturales decidir si participarÃan en un ejercicio semejante. Lo mismo vale para los otros sectores). Con la derrota del diálogo también pierde la oposición. La fantasÃa según la cual haber mostrado al mundo las iniquidades del régimen, su destructiva acción económica y su inagotable capacidad represiva, serÃa suficiente para que la comunidad internacional entre en razón y reconozca plenamente todos los argumentos opositores, es eso: una quimera. Hay que tener la razón y saber hacerla avanzar y allà se está en deuda.
Venezuela se ha convertido en el fastidio del vecindario, en la basurita aferrada a los ojos de los gobernantes de la región. De la troika de cancilleres de Unasur, dos tienen ante sà procesos electorales a tiro de piedra y el Nuncio Apostólico está realizando la primera mediación de Francisco en su mandato como Papa. A ninguno le interesa que el diálogo fracase completamente. Por tanto, a la oposición le podrÃa interesar batir la puerta, pero dejando un pie metido contra el quicio, para que quede abierto un intersticio por el cual obligar la atención de los representantes internacionales. Dejarlos ir sin más, después de haber expresado el enojo y la indignación con la actitud del régimen, serÃa poco hábil y menos útil. Si el diálogo fracasa por culpa del Gobierno, hay dos objetivos a proseguir con la representación internacional que tendrÃan amplio apoyo: la medida humanitaria para Simonovis y la vigilancia efectiva de los procesos electorales.
Paradójicamente, el diálogo podrÃa tener más dolientes afuera que adentro del paÃs.
Jean Maninat




