La semana pasada hicimos referencia a la persistencia colectiva sobre la ficción. La percepción fantástica de la realidad que, de alguna manera u otra, nos hace insistir en perjudicar el tino de nuestra puntería. Una de esas concepciones erradas, es sin duda la de democracia. Entendida por algunos como ganar elecciones, y ya está, y por otros como una construcción elaborada de institucionalidad, separación de poderes, Estado de Derecho y República, en ambos casos, son insuficientes aunque la segunda se aproxima mucho más que la primera, evidentemente. Es decir, que no se trata de una cosa y otra, ni de la suma de los dos entendimientos, sino de esa suma y algo más.
Partimos de la construcción de esa ficción. La dictadura gobernante, como casi todas las dictaduras latinoamericanas del pasado, procura legitimarse en el poder a través de la democracia. Es un estigma continental; una necesidad imperante, lograr tal legitimidad. Aquí lo han logrado ganando elecciones al principio, y trucando la última (quien sabe si otras). Porque eso basta como justificación ante el mundo, y sobre todo ante los gobiernos de América Latina, para quienes la mitad más uno, es suficiente. Nuestra vecindad no ha hecho parte de sí la construcción real de la democracia. A pesar de los esfuerzos, la importación del modelo democrático occidental no se ha adaptado a nuestra realidad. Nuestras mentalidades, nuestras costumbres persisten en contrariar todo lo moderno. Y es que la imposición de una democracia no puede llevarse a cabo por militares independentistas, ni por revolucionarios de pacotilla, sino de la sociedad como una totalidad. Se trata, además de importar el modelo del Estado de Derecho republicano y democrático, de adaptar esa idea a nuestra idiosincrasia. Esto no será posible jamás, si no existe una crítica contundente sobre nuestra propia sociedad; sobre nuestras costumbres. Juzgar desde la racionalidad, no con el fin de lograr una verdad absoluta, sino bajo el entendimiento de que la democracia, además de todas aquellas cosas, necesita de un proceso de deliberación y de construcción colectiva.
No es de un día para otro. Hace falta mucho viento y muchas olas para hacer arena de las piedras. Hace falta tiempo, porque esta piedra no es precisamente arcillosa. Persistir en la inmediatez y en la imposición de concepciones a medias, es imposibilitar un cambio sustentable en América Latina, que permita que democracia sea algo más que una paradoja. De lo contrario, se seguirá negando la posibilidad de hacer realidad en el futuro lo que es hoy, nuestra ficción. A ver si damos de una vez en el blanco.
Miguel Weil Di Miele




