La décimo tercera acepción de la palabra “negro”, según el DRAE, es “infeliz, infausto y desventurado”. Sin embargo, hace unos días, un chavista me acusó de “racista” porque dije que el lunes de la devaluación de 773% del bolívar más débil que jamás hemos tenido, era un “lunes requeté negro”. “Ofendes a los afrodescendientes”, me reclamó. Sin embargo, no se quejó cuando otro chavista dijo que la oposición era “una oposición negra”.
El mayor daño que Chávez dejó en Venezuela no es PDVSA quebrada. Tampoco es la inflación más alta del mundo. Ni siquiera la escalada que ha experimentado la violencia estos quince años. PDVSA puede recuperarse. La economía también. Y aunque las vidas humanas que se han perdido son irrecuperables, la inseguridad también tiene remedio, ahí tenemos el caso de Medellín como ejemplo.
El mayor daño que dejó Hugo Chávez es el resentimiento que sembró, porque quién sabe cuándo saldremos de él… El país más igualitario de América Latina se convirtió, por obra y gracia de un resentido, en un país donde ser blanco, educado, o refinado, o rico o… es ser enemigo y culpable de las desgracias de quienes no lo son, los proclamados “revolucionarios”. Peculiar resulta que si el “revolucionario” es blanco, o tiene los ojitos lindos, o rico porque robó, o educado, o refinado (en este renglón solo se me viene a la mente como ejemplo Roy Chaderton, pero me imagino que habrá otros), o… no importa, porque ser “revolucionario” es una patente de corso para tomar revancha. Y la revancha puede ser cualquier cosa, incluso matar. ¿No fue eso lo que hizo Hitler, crear un enemigo a quien culpar de todos los males, deshumanizarlo y luego aniquilarlo?…
Hay muchos venezolanos que no saben hoy que éste fue un país de oportunidades para quienes quisieran trabajar y que el ascenso social no tenía que ver ni con el color de la piel, ni con la cuna. Que no había casi acomplejados y que pasar de ser “pobres y honrados” con ánimo y tenacidad para ser “clase media honrada” era la bandera de la mayoría.
En su primer discurso como padrino de una promoción de abogados, tanto en la UC como en la UCAB, el doctor Franklin Arrieche, ex-magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, habló sobre una pareja de venezolanos que eran “sus personajes más admirados”: ella era pobre, analfabeta y madre soltera. Se casó con un hombre pobre y analfabeta como ella, experto en talar montañas con hacha. Con esos árboles que él taló, entre otras cosas, se hizo el puerto de La Guaira.
Habitaban una casita de paredes de bahareque y caña amarga cerca de Carora. Su pobreza, sin embargo, no les impidió tener sueños. Soñaron con tener hijos profesionales, que tuvieran las oportunidades que ellos no tuvieron. Y la Venezuela democrática hizo posible esos sueños. Cuando la Reforma Agraria les permitió acceder a una parcela, sembraron hortalizas y cambures.
Aprendieron a leer y a escribir para poder ayudar y estimular a sus hijos en sus estudios. Leían poesías de José Martí en unas revistas viejas, que estaban escritas en letras más grandes y eran las que les permitía leer su presbicia. Jamás se sintieron inferiores a nadie, ni que lo que ellos no tenían era porque otro se los había quitado. Enfrentaron su pobreza con dignidad y no le tuvieron miedo al trabajo. Y salieron adelante.
“Yo hubiera querido que hubieran venido para presentárselos” dijo el doctor Arrieche, emocionado. “Pero ellos en su humildad decidieron no venir a este recinto. De verdad que lo lamento, porque les confieso que me hubiera encantado que conocieran a mis padres”.
El discurso fue interrumpido por un atronador aplauso. Un aplauso que se prolongó por minutos. El hijo de aquellos caroreños pobres en bienes materiales pero ricos en humanidad había llegado a ocupar el cargo más alto que un abogado puede ocupar en su país y por méritos propios. No como ahora, que “uh, ah”. Y tenía la humildad y la grandeza de decirlo y enorgullecerse de sus padres. Eso fue Venezuela. Pero como dijo la gran Chabuca Granda, “ah, malhaya, la siembra se echó a perder”… ¡Ah, malhaya!
Carolina Jaimes Branger




