Entre los pasajeros de esa nao maltrecha por la represión y la muerte que es la nación; asediada por dos fuertes vientos encontrados, con las maderas crujiendo y la velas golpeando agitadas en medio del temporal que la tripulación roja convocó y ahora no encuentra cómo capear, viaja de polizón: la antipolÃtica.
Es una dolencia que trasmuta; asumiendo distintas expresiones -unas más virulentas que las otras- pero que persistentemente va mermando el ánimo democrático, la confianza en que es posible cambiar el rumbo de un paÃs de manera pacÃfica, orientando con inteligencia las grandes convulsiones, impidiendo los enfrentamientos fraticidas a los que históricamente han conducido los aprendices de brujo totalitarios. En algunos casos corresponde a una maquinación para desplazar liderazgos establecidos, para incitar el quÃtate tú para ponerme yo a ritmo de vanidad; o para sacar al aire alguna que otra mugrienta factura que se guardó por años en el monedero. En otros, es el producto de una genuina indignación que, atizada por la impaciencia, suele convertirse en rabia para pronto dar paso a ese estado de modorra polÃtica, ajeno a todo estÃmulo organizativo para lograr un cambio cualitativo de la situación que se quiere superar. Alimenta el tránsito que va desde el combativo “para atrás ni para recoger bombas lacrimógenas” al empijamado “no mi amor, aquà ya no hay nada que hacer”. Allà reside uno de los principales peligros que confronta la dirección opositora.
La imprescindible unidad de la oposición -sin la cual no habrá cambio posible- requiere el reconocimiento de que hay posiciones diversas y un gran objetivo: ser mayorÃa en el paÃs. Pero no basta con declaraciones y saludos a la bandera unitaria, como hasta ahora. Se requieren hechos. Los estudiantes siguen dando su dolorosa cuota y la gente sigue animando la protesta pacÃfica en las calles. Quienes dirigen a la oposición están en deuda para encontrarle un cauce a tamaño esfuerzo. O inventamos o erramos -con el perdón del maestro Simón RodrÃguez, a quien tanto debemos por importunarle la paz eterna repitiendo la misma cita- si queremos que la energÃa acumulada no se diluya en descorazonados cantes jondos.
No pareciera pertinente esperar a que el desenlace -cualquiera sea- le dé la razón a una u otra de las opciones en disenso en la oposición. Ahora que es evidente que la salida se construye y no se determina a priori; convendrÃa establecer un programa común de todos los sectores, que convoque más allá de los convencidos, y constituya un relanzamiento de la oposición conjunta, fortalecida por la energÃa contestataria que se ha generado.
La situación social y económica del paÃs se está degradando -más aún, de ser eso posible- y la incapacidad de la burocracia roja para enmendar su despropósito es cada dÃa más evidente. Los sectores populares son las primeras vÃctimas de tanta ignominia, pero están forzados a encontrar de qué alimentar a sus familias primero y a escabullir el sorteo de la inseguridad cotidiana de segundo -según nos dicen las encuestas- sin encontrar todavÃa en el horizonte una propuesta polÃtica, en base a iniciativas concretas, que los aliente a asumir que es posible vivir de otra manera. Acordar esa propuesta y defenderla unitariamente es la tarea pendiente sin la cual no se cerrará el cÃrculo del cambio. No basta con denunciar, hay que convencer.
Mientras miles de trabajadores sortean las guarimbas para ir a trabajar, el Gobierno se ocupa de infiltrarlas, remedarlas, o montar las propias, para desvirtuar el propósito pacÃfico de las protestas democráticas. Quienes las aúpan, no están pensando en las vidas jóvenes que están en la primera lÃnea.
La antipolÃtica se alimenta de la insatisfacción sincera de muchos, para satisfacer las ansias de figuración de unos cuantos. Es el veneno que causa la necrosis de las ansias de cambio, el que paraliza voluntades intentando destruir a quienes las encarnan. Alaba a unos y quiere sepultar a otros, según el ritmo de sus propios motivos. Es mucho lo que se ha logrado y más lo que se puede perder si la dejamos prosperar. Está en nuestras manos neutralizarla.
Jean Maninat




