La información se esparce, cruda y dolorosa por todo el paÃs; desgarra e indigna. Una joven bella y exitosa, y su esposo, son asesinados en presencia de su hija. El paÃs conmociona y recibo por la red social, entre exclamaciones de pesar, una preocupante: “aquà lo que hace falta es un Pérez Jiménez que ponga orden, por las buenas o por las malas”.
La desesperación por detener esta espiral destructiva puede llevar a algunos a contemplar la renuncia a la libertad, confundiendo el orden con la paz. Por eso alarman reacciones que llaman al “diálogo” con el régimen o al acatamiento de su pedido a no “politizar el hecho”.
Es hora de asumirlo. El brutal incremento del costo de la vida, la humillante odisea para conseguir comida y medicinas, y la violencia fÃsica y verbal, tienen un origen polÃtico y deben enfrentarse polÃticamente. ¿No politizar el crimen? El asunto es que para el régimen la violencia impune es polÃtica de Estado.
El régimen tendrá que adoptar en los próximos dÃas decisiones económicas con alto costo polÃtico. Para ello necesita aquietar las fuerzas opositoras. Por eso invita a un “diálogo” que es tan fraudulento como los procesos electorales que ha convocado una y otra vez. El verdadero diálogo democrático exige reconocer la legitimidad del otro, respetando la pluralidad; nociones incompatibles con la conducta totalitaria del régimen. Su objetivo es ganar tiempo, compartir su fracaso y transferir la responsabilidad del drama nacional, que no se intenta corregir. La pulverización de la cohesión social, la destrucción del aparato productivo, el empobrecimiento de la población y la violencia impune, han sido provocados para lograr el control absoluto, fÃsico, social, polÃtico, económico y espiritual de los venezolanos.
Este drama no se resuelve colaborando con el régimen o compartiendo su responsabilidad; sólo enfrentando este modelo y recuperando nuestra vida democrática. El precio de la libertad por MarÃa Corina Machado
Queremos paz, orden y seguridad. Anhelamos la convivencia ciudadana. Pero no podemos sacrificar la libertad a “la paz” de los totalitarios. Reconocer esta realidad frente a un régimen despótico, implica asumir que la conquista perdurable de la libertad tiene un precio, y es alto. Nuestra generación está dispuesta a pagarlo.




